sábado, 30 de septiembre de 2017

ENTRE EL DESEO Y LA SOLEDAD



Estoy interpretando a la Reina Gertrudis en Hamlet*. Es un trabajo que me hace muchísima ilusión. Lo cierto es que siempre me ilusiono mucho con todo lo que hago en el teatro, pero este personaje en particular es como un regalito, como una golosina interpretativa que ha caído en mis manos y que estoy disfrutando a tope.

Por otro lado, y como siempre, el teatro está haciendo las veces de espejo, enfrentándome a mi realidad y a mi propia alma de manera rápida, efectiva y - a veces - casi despiadada. Gertrudis, como yo, vive en algún lugar entre la pasión y el miedo, en esa fina línea que separa el deseo de esa completa y total soledad que sentimos cuando nos damos cuenta de que no nos han querido, de que nos han traicionado, de que no hemos sido merecedores del respeto del otro.

Cuando la soledad se convierte en compañera permanente durante tanto tiempo, una aprende a vivir con ella. No es conformismo. Ni siquiera es supervivencia. Es, simplemente, que una construye su vida alrededor de esa soledad... al principio, con cuidado, en silencio, como para no molestarla demasiado. Después, a voz en grito, con fiereza, reivindicando la soledad como forma de vida. Y lo es. Una forma de vida válida, digna y la mayor parte del tiempo, muy placentera. Pero eso no significa que no venga con un precio.


El precio lo pagas todos los días, de una u otra forma. A cambio - si juegas bien tus cartas - ganas espacio, independencia, tiempo para conocerte y quererte, tiempo para cultivarte... y libertad. Y poco a poco, creas tu propio jardín de vida y, casi sin querer, te enamoras de él... hasta tal punto, que ya ni puedes imaginarte a nadie entrando en él y compartiéndolo contigo.

Insisto: pagas el precio. A veces con gusto y otras con lágrimas. Ésa es la verdad. Y resulta que lo haces tan bien que todo el mundo - incluída tu misma - se cree que realmente no necesitas a nadie. Es una noción ridícula, porque todos necesitamos contacto humano. Quizás nunca me haya convencido el concepto de pareja tal y como está planteado en nuestra sociedad, pero eso no significa que no necesite intimidad, cariño y contacto físico, al igual que el resto de los seres vivos.

Esa necesidad me ha hecho permitir que otras personas me saquen de mi eje más de una vez. He permitido y aguantado cosas que, contadas por una amiga u otro ser querido, me habrían hecho querer sacudir sus hombros con violencia y darle una buena hostia para hacer que reaccionara. Cada error que he cometido me ha enseñado algo. Ahora, tras mucho camino andado, la persona que soy hoy sigue recordando esos errores. Los errores me han fortalecido... quizás me hayan endurecido algo más de lo que me gustaría, pero me han hecho firme como una roca. Por eso, si es necesario, seguiré pagando el precio de la soledad. Puede ser que no me guste, pero tengo la certeza de que es preferible a la pérdida de mi paz interior, de mi dignidad y de todo lo que he construido en estos años de aprendizaje y autoconocimiento.

La vida siempre ha sido generosa conmigo y tengo la certeza de que lo seguirá siendo... aunque no siempre me convenzan sus derroteros sé que, si se lo permito, me llevará por el camino perfecto. El lugar es aquí, el momento es ahora.


(* Hamlet estará en escena del 21 al 25 de Noviembre de 2017, producida por English Theatre Madrid. Visita la página web de la compañía para más información)

miércoles, 30 de agosto de 2017

TODOS LOS MONSTRUOS SON IGUALES


Hace algunas semanas, mientras tomábamos un delicioso brunch en Rayén Vegano, mi amiga Molly y yo estuvimos hablando sobre el amor, la pasión y los cambios en nuestra perspectiva sobre la vida a medida que vamos cumpliendo años. Desde aquel día, no he podido dejar de pensar en el tema. Entre otras cosas, porque no puedo dejar de comparar mi yo de hoy con el de hace unos años. A veces, cambiamos muy poco a lo largo de toda una década y, sin embargo, en relativamente poco tiempo podemos cambiar de forma radical: un único acontecimiento detonante o, simplemente, las experiencias de nuestro día a día, nos hacen mudar piel casi sin darnos cuenta y nos convierten en personas distintas a las que fuimos. Lo ideal es que seamos mejores, que nos convirtamos en una versión más completa, más madura, más fuerte, de nosotros mismos.

En mi caso, estoy segura de que así ha sido. Los acontecimientos de los últimos años me han hecho fuerte y me considero una persona mucho más estable y completa de lo que fui. Sin embargo, hay días en los que echo de menos la espontaneidad con la que vivía el amor. Era intrépida, lo vivía sin ningún miedo, con la certeza de que cualquier fracaso y todo el dolor siempre serían preferibles a no haberlo intentado jamás.

Pero somos seres con instinto de supervivencia y todos tenemos un límite. Tras muchos golpes, hay uno que nos hace cruzar la línea, que nos lleva al otro lado, al de la precaución. Nos volvemos comedidos, recelosos y desconfiados. A veces es muy difícil mantener un equilibrio entre no lanzarnos a la locura de cabeza y sin red y, al mismo tiempo, no establecer nuestra guarida en el miedo. Y una vez que empezamos a convivir con el monstruo del miedo, es muy difícil escapar.

Y es que el miedo es muy cómodo. Cuando vivimos con miedo, no nos sentimos obligados a hacer cosas que nos pueden hacer daño, no sentimos el impulso de arriesgarnos... y si lo sentimos, lo matamos de inmediato. Es más fácil vivir en la seguridad y evitar ciertas cosas, por si el cuento no acaba bien. Y con cada cosa que dejamos de hacer, alimentamos un poco más al monstruo.


El caso es que nuestra pasión, nuestro deseo sexual, nuestra necesidad de contacto físico, de cariño, de todo lo que atañe a las relaciones afectivas... todas estas cosas también son monstruos (monstruos buenos, pero monstruos al fin y al cabo) y todos los monstruos son iguales. Se hacen fuertes cuando los alimentamos y se quedan dormidos cuando los ignoramos. Para despertarlos, no hace falta más que darles un toque de atención, un pequeño alimento: un beso inesperado, una sonrisa, unas palabras al oído... y el monstruo está de vuelta y en lucha con nuestro miedo. De nosotros depende decidir quién gana.

Supongo que se trata de tener las suficientes ganas de vivir al máximo como para no permitir que el monstruo del miedo gane. Cada día algo nos recuerda que la vida es corta e impredecible y que el mayor pecado, como dice El Talmud, es el de no disfrutar cuando tenemos la oportunidad de hacerlo.


lunes, 31 de julio de 2017

MI RETIRO ESPIRITUAL


A principios de mes, andaba haciendo gestiones en la Agencia Tributaria. En verano, como casi todos los autónomos, me toca recolocar, sopesar mi actividad, darme de baja si es necesario, pedir cita y corretear por Madrid como pollo sin cabeza... porque por lo visto Hacienda somos todos. O no.

Mi relación odio-terror con Hacienda es una de las partes negativas de mi experiencia como autónoma. Aun con todo, si pongo todo lo bueno y lo malo de estos años trabajando por cuenta propia en una balanza con todo lo bueno y lo malo de mi anterior trabajo corporativo, siempre salgo ganando. Pero si tuviera que nombrar una sola cosa que consigue hacerme cruzar la fina línea que hay entre el estrés normal del trabajador autónomo y la desesperación absoluta, son las gestiones administrativas (y sí, eso incluye los robos a mano armada que son los impuestos trimestrales).

En fin, os cuento todo esto para que entendáis hasta qué punto estaba yo tirándome de los pelos esa bonita mañana del 4 de Julio. Salí de mi casa a las 9 de la mañana y no volví hasta las 2 de la tarde. En una mañana fui dos veces a Hacienda y dos veces a la Seguridad Social, me peleé con tres funcionarios y me puse a llorar (literalmente) cuando me acordé de que la línea 5 está cortada y tendría que andar tres manzanas hasta la otra boca de metro para coger la 9. Cuando llegué a casa me encontraba mal. ¿Cómo no? El estrés había sido descomunal. Así que cuando empecé a sentir dolor abdominal, lo achaqué a eso: demasiado estrés... a lo mejor se me está adelantando la regla... o serán gases... en cuanto me tranquilice se pasa.

Pero no se pasó, sino que fue a peor. Hasta el punto de que no podía andar recta. Aun así, esperé. Tenía pacientes por la tarde y una clase a la que me había apuntado y a la que no podía faltar. Pero cuando me entró frío y me tuve que poner un jersey y taparme con el edredón en una temperatura de 40ºC, no pude negar que algo no iba bien. Me puse el termómetro: 39ºC. Era hora de ir a urgencias.

Me considero una persona consciente. Soy consciente de la fragilidad del ser humano, de nuestra mortalidad, de cuan vulnerables somos. Nunca lo olvido, especialmente desde el fallecimiento de mi padre. Sin embargo, pienso que a un nivel subconsciente, sin darnos cuenta siquiera, todos pensamos que nunca nos va a tocar. Es como si pensáramos que somos invencibles, que estamos protegidos por una armadura impenetrable gracias a la cual las cosas que les pasan a los demás nunca nos van a pasar a nosotros. En cierta manera, debe ser así. No se puede estar pensando todo el tiempo que nos va a pasar algo. Eso no es vivir, es meramente existir en el miedo.

El caso es que cuando nos pasa algo, siempre nos pilla desprevenidos. Nos quedamos un poco en shock, como si fuera imposible que nos estén diciendo de verdad que nos tienen que ingresar en el hospital para tratar nuestra diverticulitis. Qué surrealista. Pero a veces estas cosas pasan. Y hacer de ellas una experiencia lo menos traumática y lo más positiva posible depende de nosotros.

Estuve en el hospital, sin poder comer ni beber nada, enganchada a suero y a antibióticos por vía intravenosa, durante seis días. He bautizado esos días como mi retiro espiritual. Entre otras cosas, porque me hicieron parar de una vez, dejar de correr por la vida como pollo sin cabeza, y plantearme mis actitudes y mis objetivos de manera totalmente distinta. Porque cuando te dicen que lo que te pasa te ha ocurrido por un exceso de estrés, comienzas a rememorar el año que has tenido. Piensas en el trabajo, en las preocupaciones económicas, en correr de una punta de la ciudad a otra para mantener siete trabajos a la vez, en la búsqueda del 150% de perfección en todo (consulta, enseñanza, trabajo escénico), en la falta de horas de sueño, en las comidas a deshora, en esos días de descanso inexistentes desde hace varios años... y entiendes que esto es un aviso y que se te está dando la oportunidad de rectificar. Una diverticulitis es fastidiosa, pero se resuelve. Hay otras cosas mucho peores: deja de invitarlas a presentarse en tu vida. Recapacita. Respira. Reinicia.


Tras mi retiro espiritual, viene lo complicado: encontrar ese equilibrio entre seguir ganándome la vida, seguir haciendo cosas que amo y, a la vez, vivir en la tranquilidad y en la salud. Ya he empezado a dar los primeros pasos: he comenzado por decir NO a varios proyectos para el otoño. También cierro la consulta durante la primera quincena de Agosto (cosa que no he hecho desde que abrí hace más de dos años). Y ya no duermo menos de siete horas ninguna noche, aunque deje cosas sin hacer: y es que no hay casi nada que, estando pendiente esta noche, no pueda esperar a mañana.

No está mal para empezar. Mi reto ahora es seguir acordándome de las enseñanzas que me ha aportado mi retiro espiritual. Aun cuando ya quede lejos de mi presente. Aun cuando se convierta, simplemente, en otro recuerdo más de vida para contar.


viernes, 30 de junio de 2017

DE DONDE VIENE LA PASIÓN


Solía pensar que el amor y la pasión eran dos cosas distintas, enraizadas en lugares diferentes, corriendo por nuestras venas en paralelo, pero surgiendo de distintas fuentes. Mis vivencias de los últimos meses me hacen pensar lo contrario: que el amor y la pasión surgen de lo mismo, que son como dos gemelos que nacen del mismo lugar, de la boca de la vida, de ese sitio en el que nos dejamos ir y nos entregamos por completo, para poder encontrarnos con nuestro verdadero yo.

Isabel Allende dijo que el mejor afrodisíaco es el amor. Yo encuentro que, cuantos más años cumplo, cuantas más experiencias de vida tengo y cuanto más conozco la naturaleza humana y, sobre todo, la mía propia, más de acuerdo estoy con lo que dice. Mis pasiones (tanto por las personas como por otros aspectos de mi vida) son cada vez más fuertes y exigen todo mi tiempo y mi energía, mis pensamientos, mis sentimientos, mi alma, lo mejor de mi ser. Los objetos de mi pasión y mi afecto también han cambiado. Ahora, dedico tiempo a los que me aman y a las vivencias que me llenan el corazón. Me resulta raro haber dedicado tan siquiera un minuto de mi existencia a llorar por alguien que me dañaba... aunque en mi juventud dediqué horas, días, semanas, incluso años - además de infinitos pensamientos y otras tantas lágrimas - a personas que hacían justo eso.


Pero a día de hoy, lo que me atrae de aquellos que me rodean es su bondad, su generosidad, la pureza de sus corazones. Ahora no tengo paciencia para dobles fondos ni corazones manchados de negro. No deseo permitir la entrada de almas envenenadas al santuario preciado de mi existencia... ni muchísimo menos exponer sus entresijos, sus vulnerabilidades y su pureza a personas que no lo merecen.

Para mi sorpresa, me encuentro deseando a personas que jamás imaginé. Mi pasión viene del mismo lugar que mi amor. Deseo a personas a las que amo, a las que se abren hueco en mi vida mostrando su verdadero yo, a las que me muestran que me respetan con sus palabras, pero sobre todo con sus actos. Antes, me cegaba el brillo externo de la gente. Ahora, me enamoro de sus almas, independientemente de su físico, de su género o de cualquiera de sus circunstancias.

En estos días en los que el mundo celebra el amor libre, sin trabas, sin tapujos y sin prohibiciones, deseo que todos aprendamos a querer más... a amar mucho a los demás, pero sobre todo, a amar tanto nuestras propias vidas, que solo permitamos que entren en ellas aquellos que las mejoran.
Feliz amor, feliz vida, feliz libertad.






viernes, 26 de mayo de 2017

LÁNZALO Y SUELTA


Vivimos en una sociedad competitiva. Desde pequeños, nos enseñan a ganar, a intentar ser el número 1, el campeón, el mejor. Añade a eso el factor de la educación y el de la personalidad de cada uno y podemos llegar a tener la receta perfecta para el sufrimiento. En mi caso, crecí pensando que cualquier cosa distinta a ser la primera, la mejor, la que más alto llega, no merecía la pena. No aprendí a hacer las cosas por el mero placer de hacerlas, sino para conseguir una meta: para ser, no sólo productiva, sino excelente. He tenido que ir desprogramando mi mente, reaprendiendo las cosas y aprendiendo a hacer para disfrutar, a no pensar tanto en el resultado, a vivir el camino y el aprendizaje como único objetivo. No lo he conseguido del todo: es un trabajo en progreso y lo sigo realizando cada día.

Dicen que la única persona a la que tienes que intentar superar es a ti mismo. Yo iría más allá: aparte de no pensar en superar a otras personas, tendríamos que aprender a permitirnos fallar más a menudo, a no ser siempre, necesariamente, mejores que el día anterior. Por supuesto que debemos intentarlo, pero creo que hay muchos corazones dañados por no conseguir estar siempre al 100%. Me viene a la cabeza uno de los Cuatro Acuerdos toltecas: hazlo siempre lo mejor que puedas. Es posible que lo mejor que puedes en este momento no sea un 100%. Quizás hoy, porque estás cansado, porque estás triste o enfermo o simplemente tu energía no está al máximo, solamente puedas llegar a un 70% o incluso menos. ¿Cuánta rabia, tristeza y frustración podríamos ahorrarnos si aceptáramos esto en lugar de luchar contra ello?


Personalmente, paso por fases durante las cuales sufro de algo a lo que llamo el síndrome de la actriz secundaria. Son temporadas en las que me siento continuamente como si estuviera un peldaño por debajo de otras personas, como si no fuera la protagonista de nada, por el simple hecho de no ser excelente en nada. Durante esas fases, siento que hago muchísimas cosas y que las hago bien... sólo que no lo suficientemente bien como para ser la mejor. No sé si esto, visto desde fuera, suena a preocupación narcisista o a tontería más apta para una adolescente que para una mujer de casi cuarenta años, pero es la verdad. Durante las temporadas en las que me siento así, me veo como la secundaria de todo: no soy ni la mejor actriz, ni la mejor directora, ni la mejor profesora. ni la mejor terapeuta. Y me toca sufrir por ello en silencio, hasta que se me pasa.

Durante mucho tiempo, he intentado quitarme esas ideas de la cabeza: convencerme de que sí puedo ser la mejor, de que mi trabajo es excelente. Para ello, he buscado afirmación (erróneamente) fuera de mí, en los demás, en sus comentarios y miradas y opiniones. De lo que no me daba cuenta es de que lo estaba enfocando desde una perspectiva completamente equivocada. Porque es muy posible que, simplemente, no sea la mejor en nada de lo que hago. De hecho, ¿quién lo es? ¿Quién decide quién es el mejor? Es algo tan subjetivo como variable. Pero es que hay una pregunta mucho más importante que ésa: ¿qué importa si soy la mejor o no? ¿A quién le importa? ¿A los demás? Y si es así, ¿qué significado tiene su opinión en mi vida? Y es que la pregunta no es si eres el mejor en algo; la pregunta es si eso es lo que da valor a tu trabajo.


En las últimas semanas he entendido al fin algo crucial: el valor de mi trabajo está en el propio trabajo, no en la calidad del resultado. Por supuesto que todos queremos hacerlo lo mejor posible; eso es lo que nos hace trabajar con pasión, con ganas, dando lo mejor de nosotros mismos. Pero he aquí el quid de la cuestión: una vez que realizas ese trabajo, con toda esa pasión y ganas y todo lo mejor de ti, debes lanzarlo al mundo Y SOLTAR. Ya está. Está hecho. Lo has vivido con todo tu ser y lo has regalado al universo. Enhorabuena, porque hacer las cosas dándolo todo requiere coraje y esfuerzo y amor. Eso - y no el resultado - es lo que te hace excelente.

Así que lánzalo al universo y suelta. Déjalo ir todo: las comparaciones, el miedo a la crítica, el miedo al rechazo, las frustraciones, todo. Nada importa, mas que el esplendoroso, palpitante y perfecto regalo que acabas de hacerte a ti mismo y al mundo. Felicidades y que lo disfrutes.


domingo, 30 de abril de 2017

EL CAMINO


Cada mes, me siento a escribir un post en este blog. Lo hago pase lo que pase, aunque esté agotada, aunque no tenga tiempo, aunque mi cabeza y mi cuerpo no den para más. En parte, es porque creo que tener un blog implica un grado de responsabilidad: hay que mantenerlo y cuidarlo; si no, no tiene sentido tenerlo. Pero la otra razón es que necesito estos momentos en los que me siento a escribir y mis pensamientos se ordenan, mis emociones se calman y pongo en perspectiva aquellas cosas que me han estado agobiando o preocupando.

En estas semanas, he estado inmersa de manera total, casi obsesiva, en mi actual producción teatral, Un Tranvía Llamado Deseo. Una de las cosas más maravillosas y terribles del teatro es que, cuando vemos el producto acabado sobre el escenario, no vemos nada de lo que pasa o ha pasado detrás: ni problemas técnicos, ni altercados entre bambalinas, ni desacuerdos, ni luchas por obtener derechos de representación o espacios donde actuar, ni un largo etcétera de cosas que ocurren desde el mismo momento en el que un proyecto se comienza a gestar hasta el momento del aplauso del público. Es la maquinaria, el sudor, el equivalente a la sala de calderas de los grandes barcos antiguos, donde cientos de hombres echaban carbón sin descanso a las calderas para que todo siguiera funcionando, mientras arriba la gente bebía, bailaba y disfrutaba sin tener ni idea de lo que estaba pasando bajo sus pies.


Las artes escénicas son duras. Lo son en todas sus facetas. El trabajo de un actor, cuando está bien hecho, es difícil. El de un director, si quiere crear el marco perfecto para que sus actores den lo mejor de sí mismos, es más difícil todavía. Un director debe tener lo que mi padre solía llamar una mano de hierro con guante de seda: es decir, debe ser estricto y específico en su trabajo con los actores, pero también debe saber lo importante que es apoyar, elogiar cuando es merecido y cuidar de ellos de todas las maneras posibles. Puesto que el actor es vulnerable, se expone en todos los sentidos y se desnuda de artificios y máscaras, es responsabilidad del director tenderle la mano durante el camino.

Como soy actriz, y he estado en el otro lado, comprendo bien cada mirada de mis actores, cada gesto que les delata sin querer, cada pequeña indicación casi escondida de que no están a gusto, de que algo les preocupa, de que se sienten juzgados, incómodos o asustados. Y como, además, tengo la ventaja de trabajar con la energía de manera regular en consulta, suelo ver más allá de las corazas y los escudos protectores de la gente que me rodea. Todo esto, por supuesto, no significa que nunca me equivoque. Me equivoco, y mucho. Pero sí que creo que estos factores me dan cierta ventaja a la hora de arreglar los problemas que puedan ir surgiendo. Tampoco quiere decir que yo misma no tenga también miedo, desconfianza, vulnerabilidad y corazas. Las presiones a las que se ve sometido un director no son las mismas que las de los actores, pero están ahí, existen... y creedme cuando os digo que pesan mucho.


Como peso añadido, el trabajo del director está lleno de soledad. El director no es parte del elenco y no es amigo de nadie, al menos dentro del contexto de la obra de teatro que tiene entre manos. No es una cuestión de enemistad. Simplemente, tiene que ser así para que el trabajo funcione. Yo lo tengo más que aceptado y no me importa... pero eso no significa que la soledad, en ocasiones, no siga pesando.

A la hora de la verdad, en el teatro, como en la vida, tenemos que avanzar con las fichas que tenemos. Aunque a veces el camino se haga duro, aunque nuestro equipaje pese... y aunque parezca que la línea de meta está cada vez más lejos, como si la movieran en cuanto nos acercamos a ella. Porque lo que de verdad importa, lo que nunca nos pueden quitar ni las críticas, ni las presiones ni los problemas, es la certeza de que estamos en el camino correcto para nosotros. Mientras esa verdad esté ahí, todo lo demás siempre tendrá sentido.




lunes, 27 de marzo de 2017

ES PURO TEATRO


Hoy es el Día Mundial del Teatro y, como casi todos los años, lo recibo inmersa en una nueva producción teatral. Desde que comencé a dedicarme en serio al teatro, han sido poquísimas las ocasiones en las que no me he encontrado con el 27 de Marzo sin tener algún proyecto entre manos... me atrevería a decir que sólo me ha pasado una vez, cuando dejé mi trabajo corporativo para montar mi negocio, cosa que no me dejó tiempo para involucrarme en nada más ese año.

Es difícil para mí explicar, o incluso entender, el poder que tiene el teatro en mi vida, lo importante que es para mi existencia, las emociones que mueve, lo mucho que me ancla y me sacude a la vez. A veces me quedo pensando en lo curioso que es este oficio, en lo raro que le parecería a un ser de otro planeta llegar aquí y ver a decenas de personas sentadas en filas de butacas, completamente quietas, observando algo que ocurre en un escenario. El teatro es entretenimiento, pero también es comunicación, catarsis, magia, chamanismo, vida. Cuando un dramaturgo pone lápiz sobre papel para contar una historia, cuando un director la interpreta para ponerla en escena, cuando un actor la vive, transitando sus propios sentimientos y vivencias y lanzándolos al público como flores, como ráfagas de viento, como bofetadas de realidad... están abriendo canales, moviendo energía, sacando penas, resolviendo dudas, celebrando la vida.

Amo mucho mi trabajo como terapeuta, estoy completamente entregada a mis pacientes, a mis alumnos, a mi oficio de sanar. Sin embargo, el teatro nunca ha perdido su sitio en mi realidad. Cuando me dedicaba a algo que no me gustaba, funcionaba como vía de escape, como una manera de encontrar la felicidad fuera de mi horario de trabajo. Pero también ahora, y aun dedicándome a algo que amo con todas mis fuerzas, sigue siendo especial e irremplazable. Ésa es mi realidad. Y entiendo que no todo el mundo la comprenda... creo que es privilegio de unos pocos tener algo que nos haga sentir tanto. Para los que lo amamos, el teatro no es un oficio, sino un lugar. Un lugar de creación de sueños y de destrucción de traumas, un patio seguro en el que jugar y - al mismo tiempo - una montaña rusa en la que dar rienda suelta a nuestras obsesiones, deseos y pasiones. No siempre es agradable: a veces es duro, muy duro. Y como nos importa, lo sufrimos. Y cuando los traumas y las penas y las obsesiones salen a la superficie, duelen. Y tenemos que hacernos con ellas y arrancarlas del alma y lanzarlas al universo desde un escenario para quedar en paz.

A veces me pregunto por qué no puedo estar sin teatro; a veces no entiendo por qué nada me hace sentir igual de viva, por qué no puedo dejar de pensar en ello, por qué ha sido la semilla, el núcleo, el corazón de mi existencia desde que tenía trece años y pisé por primera vez un escenario. Y quizás nunca sea capaz de explicarlo con palabras. Mi única manera de expresarlo es con mi trabajo. Cada palabra que digo en el escenario, cada movimiento que hace un actor bajo mi dirección, es un acto de amor hacia mi oficio. Y es que a veces, las palabras sobran.

Feliz Día Mundial del Teatro a todos.

(Nota: "Un Tranvía Llamado Deseo" se representará bajo mi dirección, en versión original, del 1 al 4 de Junio en el Teatro Tribueñe - para más información, echa un vistazo al poster al principio de este post)

martes, 28 de febrero de 2017

NIÑOS CON HIPOTECAS


Llevo algunos meses - desde el comienzo del año escolar - inmersa en el enriquecedor, complicado, maravilloso y terrible mundo de la enseñanza infantil. En mi trabajo con los niños, he encontrado una vocación oculta que nunca había pensado que podía tener. A pesar de las dificultades con las que me tropiezo cada día, los retos individuales de cada niño y los generales de una persona que no ha estudiado pedagogía pero intenta cada día ser mejor educadora y mejor modelo a seguir para esos seres diminutos, este mundillo se ha convertido rápidamente en una de mis pasiones.

Lo que ocurre con esta historia de amor es que el período de luna de miel y el de la desilusión y el hastío no han ido uno detrás de otro, sino que ocurren a la vez: paso de uno a otro varias veces al día y a veces lo siento todo junto y me dan ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. No es que me esté volviendo loca (o al menos no lo creo); es simplemente que mi trabajo se ha convertido en una montaña rusa que me puede hundir en el agobio más absoluto a las 4 de la tarde y llenarme de orgullo y felicidad a las 6 del mismo día. Y más me vale no bajar la guardia, porque a las 8 todo se puede volver a hundir en el abismo de la frustración y el agotamiento total.


A veces me siento a reflexionar sobre las actitudes y las reacciones de los pequeños. Ellos aún no han aprendido a filtrar sus emociones, no entienden de estar en público, de tener que mantener la compostura, de callarse las cosas porque no proceden, o porque no es conveniente que nadie las sepa. Esto les convierte en jueces brutales de todo, incluidos sus profesores. Un adulto puede aburrirse en tu clase de inglés y callárselo con una media sonrisa, quizás guardárselo para más tarde, hablar contigo en privado en una esquina y decirte diplomáticamente que en su opinión éste no es el mejor método de enseñanza para él. Un niño te mira a los ojos y te dice: Esto es muy aburrido y no quiero hacerlo. ¿Podemos hacer algo más diver?

En ocasiones me quedo pensando que envidio esa libertad de la infancia de decir las cosas sin filtro... y que realmente no importe, porque eres un niño y esa brutal sinceridad se te disculpa. La otra cara de la moneda son las pataletas, las rabietas descontroladas de algunos de los pequeños cuando no consiguen lo que quieren. Cuando yo era pequeña, sabía que las pataletas no eran aceptables. Mis padres me educaron dejándome muy claro que las cosas no se conseguían así. Ésta no parece haber sido la educación recibida (o, al menos, comprendida) por algunos de los pequeños con los que trabajo. No dejo de creer que es importantísimo enseñarles que las cosas no se arreglan montando una escena, que no siempre podemos tener todo lo que queremos y una larga lista de etcéteras que mis padres me hicieron el favor de enseñarme a mí para convertirme en una adulta feliz, eficiente y capaz de construir mi vida a diario. Pero a veces - sólo a veces - cuando estoy muy cansada, cuando me siento frustrada o triste o harta, se me ocurre pensar que les entiendo perfectamente y que si yo pudiera, si fuera aceptable y correcto y no fuera a desembocar en un viaje al manicomio, yo también me tiraría al suelo a currarme una buena pataleta de vez en cuando.

Porque, ¿sabéis qué? La vida es dura. Y a veces es triste. Y a veces nos sentimos tan derrotados que creemos que no podemos continuar. Y, en el fondo, muy dentro de nosotros, seguimos siendo esos niños: esos niños sin filtro, libres, limpios, sinceros... y a la vez asustados y vulnerables y necesitados de protección. Una parte de nosotros nunca deja de ser ese niño al que le daba miedo la oscuridad, ése que pensaba que había monstruos debajo de la cama y que se creía al niño mayor que le contaba que si dices Bloody Mary tres veces delante del espejo del baño, se te aparece y te mata. Una parte de nosotras sigue siendo la niña con corrector dental a la que le daba miedo sonreír por si se reían de ella o a la que llamaban cuatro ojos porque llevaba gafas. Esa niña que, a día de hoy, siente que se le echa el mundo encima si tiene que quitarse las lentillas y salir a comprar el pan con sus gafas de Ralph Lauren con cristal reducido y montura de 800 euros.


Una parte de mí sigue siendo la niña pre-adolescente con la que se metían porque sacaba dos cabezas a todos los niños de su clase... y aun hoy, con 37 años, sigo teniendo cero sentido del humor con mi altura y me siguen dando bajones ocasionales cuando tres personas seguidas me la mencionan o cuando una potencial pareja me dice que no podría estar con una mujer tan alta como yo. 

Siempre seremos un poquito niños. Niños con trabajos e hipotecas y tarjetas de crédito. Niños que tienen que hacer girar el mundo todos los días con su esfuerzo y con sus acciones y que, a veces, sienten que esa responsabilidad se les queda demasiado grande.

Pero tenemos muchísima ventaja sobre los niños que fuimos hace años. Porque ahora también tenemos un adulto dentro de nosotros. Un adulto que ha aprendido a base de caerse y levantarse e intentarlo y fallar y volver a empezar. Tenemos que dejar que ese adulto nos guíe... y acordarnos de decirle que tampoco se olvide de dar un abrazo al niño de vez en cuando. 
Que le entienda, que le hable. 
Y que le quiera mucho. 


martes, 31 de enero de 2017

VULNERABLES


Hace algo más de una semana, estaba tumbada en la cama leyendo un libro, cuando por casualidad noté un pequeño bulto en un pecho. Mi mente tardó un par de segundos en registrar lo que estaba pasando. Tuve que volver a tocarlo para acabar de creérmelo. Pero sí. Ahí estaba. Un bultito del tamaño de un guisante que se movía bajo mi dedo cuando lo tocaba. Enseguida comencé a hacer mis cábalas: no era especialmente duro y se movía, con lo cual no pintaba mal. Además estaba muy en la superficie y no parecía estar conectado al resto del tejido del pecho. Estoy acostumbrada a tocar bultos de este tipo en el cuerpo de mi perrita, porque es propensa a los quistes de grasa. Así que probablemente era eso: un quiste de grasa. Me quedé dormida tras haber decidido llamar a mi ginecóloga a primera hora del día siguiente para pedir cita para mirármelo. Pero pensé hasta en escribirme una notita para no olvidarme de llamar: así de tranquila estaba. 

Lo que ocurre es que la mente es muy traicionera. Y cuanto más tiempo le damos para sabotear nuestra paz interior, peor. Cuando me levanté a la mañana siguiente, ya no estaba tan tranquila. Pasé un día complicado, con ensayos y clases y una gripe cuyos síntomas (estoy segura) empeoraron considerablemente con mi preocupación. Aun así, viví mi día, realicé mi trabajo, me mantuve presente en lo que estaba haciendo. Y me di cuenta de que, hace unos años, no podría haber hecho eso. El mantener un estado de paz interior frente al miedo y la preocupación es algo que se aprende y se cultiva. Hay personas a las que les sale de forma natural. Otras debemos ser conscientes de ello y trabajarlo cada día. A mí me ha llevado años de trabajo personal pero, a día de hoy, puedo decir que tengo suficiente fuerza mental y emocional para mantenerme en mi eje cuando las cosas se tuercen o el camino es incierto. 


Afortunadamente, no tuve que sufrir la preocupación durante mucho tiempo. Mi doctora me dio cita urgente para el día siguiente y una ecografía dejó claro que todo estaba bien. Supongo que lo normal en estos casos es darnos cuenta de lo vulnerables que somos, de lo precario que es nuestro destino, de lo fácilmente que puede cambiar la vida en un segundo. Pero ya sabéis que yo todo eso ya lo tenía claro: no hay día en el que no sea consciente de lo fugaz de nuestro paso por el mundo, de la rapidez con la que la vida puede dar un giro de 180º y lanzarnos del cielo al infierno (y viceversa) en un solo momento. Y qué importante es no necesitar un susto, una enfermedad o una pérdida para tener esa consciencia. Eso es lo que hace que nos aseguremos de no distraernos con tonterías, de eliminar la morralla, de reírnos a carcajadas hasta que nos duela la tripa, de pararnos a contemplar el cielo de Madrid, de mirarnos a los ojos y perdernos en una sonrisa. 

Y de querernos. De querernos mucho. De amar profundamente a nuestra gente. Y de permitir que ellos también nos quieran y nos ayuden. Porque lo más importante que he aprendido sobre los pequeños y grandes sustos de esta vida es que tratar de vivirlos en soledad, sin contar con quien nos quiere, sólo para intentar evitarles el disgusto o la preocupación, es lo peor que podemos hacer. A veces pensamos que tirar hacia delante y enfrentar la tormenta solos significa que somos fuertes. Queremos evitar la vulnerabilidad a toda costa, tanto la nuestra como la de las personas a las que amamos. Pero no nos damos cuenta de que hacernos vulnerables, compartir nuestros miedos, hablar de nuestras penas y apoyarnos en los nuestros es precisamente lo que nos hace más fuertes. A todos.

Y es que no basta con sentir el amor. El amor hay que ejercitarlo, utilizarlo, sacarlo a pasear. Y es sólo entonces cuando ese amor se convierte en una bestia invencible que puede con cualquier giro que a la vida se le ocurra dar.