lunes, 31 de julio de 2017

MI RETIRO ESPIRITUAL


A principios de mes, andaba haciendo gestiones en la Agencia Tributaria. En verano, como casi todos los autónomos, me toca recolocar, sopesar mi actividad, darme de baja si es necesario, pedir cita y corretear por Madrid como pollo sin cabeza... porque por lo visto Hacienda somos todos. O no.

Mi relación odio-terror con Hacienda es una de las partes negativas de mi experiencia como autónoma. Aun con todo, si pongo todo lo bueno y lo malo de estos años trabajando por cuenta propia en una balanza con todo lo bueno y lo malo de mi anterior trabajo corporativo, siempre salgo ganando. Pero si tuviera que nombrar una sola cosa que consigue hacerme cruzar la fina línea que hay entre el estrés normal del trabajador autónomo y la desesperación absoluta, son las gestiones administrativas (y sí, eso incluye los robos a mano armada que son los impuestos trimestrales).

En fin, os cuento todo esto para que entendáis hasta qué punto estaba yo tirándome de los pelos esa bonita mañana del 4 de Julio. Salí de mi casa a las 9 de la mañana y no volví hasta las 2 de la tarde. En una mañana fui dos veces a Hacienda y dos veces a la Seguridad Social, me peleé con tres funcionarios y me puse a llorar (literalmente) cuando me acordé de que la línea 5 está cortada y tendría que andar tres manzanas hasta la otra boca de metro para coger la 9. Cuando llegué a casa me encontraba mal. ¿Cómo no? El estrés había sido descomunal. Así que cuando empecé a sentir dolor abdominal, lo achaqué a eso: demasiado estrés... a lo mejor se me está adelantando la regla... o serán gases... en cuanto me tranquilice se pasa.

Pero no se pasó, sino que fue a peor. Hasta el punto de que no podía andar recta. Aun así, esperé. Tenía pacientes por la tarde y una clase a la que me había apuntado y a la que no podía faltar. Pero cuando me entró frío y me tuve que poner un jersey y taparme con el edredón en una temperatura de 40ºC, no pude negar que algo no iba bien. Me puse el termómetro: 39ºC. Era hora de ir a urgencias.

Me considero una persona consciente. Soy consciente de la fragilidad del ser humano, de nuestra mortalidad, de cuan vulnerables somos. Nunca lo olvido, especialmente desde el fallecimiento de mi padre. Sin embargo, pienso que a un nivel subconsciente, sin darnos cuenta siquiera, todos pensamos que nunca nos va a tocar. Es como si pensáramos que somos invencibles, que estamos protegidos por una armadura impenetrable gracias a la cual las cosas que les pasan a los demás nunca nos van a pasar a nosotros. En cierta manera, debe ser así. No se puede estar pensando todo el tiempo que nos va a pasar algo. Eso no es vivir, es meramente existir en el miedo.

El caso es que cuando nos pasa algo, siempre nos pilla desprevenidos. Nos quedamos un poco en shock, como si fuera imposible que nos estén diciendo de verdad que nos tienen que ingresar en el hospital para tratar nuestra diverticulitis. Qué surrealista. Pero a veces estas cosas pasan. Y hacer de ellas una experiencia lo menos traumática y lo más positiva posible depende de nosotros.

Estuve en el hospital, sin poder comer ni beber nada, enganchada a suero y a antibióticos por vía intravenosa, durante seis días. He bautizado esos días como mi retiro espiritual. Entre otras cosas, porque me hicieron parar de una vez, dejar de correr por la vida como pollo sin cabeza, y plantearme mis actitudes y mis objetivos de manera totalmente distinta. Porque cuando te dicen que lo que te pasa te ha ocurrido por un exceso de estrés, comienzas a rememorar el año que has tenido. Piensas en el trabajo, en las preocupaciones económicas, en correr de una punta de la ciudad a otra para mantener siete trabajos a la vez, en la búsqueda del 150% de perfección en todo (consulta, enseñanza, trabajo escénico), en la falta de horas de sueño, en las comidas a deshora, en esos días de descanso inexistentes desde hace varios años... y entiendes que esto es un aviso y que se te está dando la oportunidad de rectificar. Una diverticulitis es fastidiosa, pero se resuelve. Hay otras cosas mucho peores: deja de invitarlas a presentarse en tu vida. Recapacita. Respira. Reinicia.


Tras mi retiro espiritual, viene lo complicado: encontrar ese equilibrio entre seguir ganándome la vida, seguir haciendo cosas que amo y, a la vez, vivir en la tranquilidad y en la salud. Ya he empezado a dar los primeros pasos: he comenzado por decir NO a varios proyectos para el otoño. También cierro la consulta durante la primera quincena de Agosto (cosa que no he hecho desde que abrí hace más de dos años). Y ya no duermo menos de siete horas ninguna noche, aunque deje cosas sin hacer: y es que no hay casi nada que, estando pendiente esta noche, no pueda esperar a mañana.

No está mal para empezar. Mi reto ahora es seguir acordándome de las enseñanzas que me ha aportado mi retiro espiritual. Aun cuando ya quede lejos de mi presente. Aun cuando se convierta, simplemente, en otro recuerdo mas de vida para contar.