domingo, 23 de enero de 2011

SANA, SANA...


Cuando aún era una recién nacida, tuve pneumonía. Estuve en una incubadora durante varios meses y me inyectaban antibióticos en el muslo. Mi madre se sentaba conmigo día y noche y lloraba cada vez que me pinchaban. Pero lo cierto es que después de eso, fui una niña increíblemente sana y no volví a pisar un hospital hasta los dieciocho años, cuando me operaron de urgencia por un ataque de apendicitis aguda.


Por lo demás, crecí en un pequeño pueblo de Málaga y pasaba las tardes jugando en la calle y los fines de semana en la playa. Tenía amigos, me gustaba el colegio... Siempre fui lo que cualquier persona llamaría una niña sana.


Cuando terminé mi carrera universitaria y comencé a trabajar en el mundillo de los ensayos clínicos, adquirí un contacto regular - nada bienvenido por mi parte - con la enfermedad, tanto física como mental. He pasado los últimos diez años paseándome por hospitales de toda España y algunos países del extranjero, leyendo historiales de pacientes con enfermedades gravísimas y preguntándome si les estaba ayudando en algo con mi trabajo. En los últimos meses, he adquirido un nuevo tipo de contacto con el entorno del hospital, al comenzar mi voluntariado como payasa terapéutica de Saniclown (www.saniclown.com) en el Hospital Niño Jesús de Madrid.


En estos meses ha comenzado mi contacto real con los pacientes. La cantidad de cosas que he aprendido en las pocas visitas que he realizado es sorprendente... pero la importancia de esas cosas es realmente indescriptible.

Podría dedicar decenas de entradas a hablar sobre todo ello; de hecho, lo más probable es que el tema surja muchas veces en este blog. Sin embargo, llevo unos días pensando en una cosa en particular y me gustaría plantearla hoy. Y es que, en general, creemos que tenemos bastante claro el concepto de salud y enfermedad, creemos que sabremos diferenciar a una persona sana de una enferma de inmediato. Quizás esto sea más evidente con enfermedades físicas pero, ¿y las psicológicas? ¿Cuándo podemos decir que una persona no está psicológicamente sana? ¿En qué momento cruzamos la línea entre la salud y la enfermedad?

Desde pequeños, el mundo nos expone a golpes y roturas continuamente. Incluso el más sano y feliz de los niños puede sufrir un daño terrible en cuestión de segundos. Sólo hace falta un incidente, un encuentro, un accidente... para que la vida quede condicionada a ello durante mucho tiempo, o tal vez para siempre. Pero incluso si nada tan grave ocurre, las pequeñas cosas siempre están ahí y esos pequeños rasguños pueden acabar creando una herida enorme, sobre la cual, para colmo, no se puede colocar ninguna tirita.

Si lo miramos desde esta perspectiva, ninguno de nosotros está completamente sano. Todos luchamos contra nuestros propios demonios: algunos son grandes y otros pequeños, algunos tenemos muchos y otros tenemos menos... pero nadie se salva por completo.

Entonces, ¿qué define a una persona sana? Y lo más importante, ¿cómo hacemos para curar esas heridas invisibles? ¿Cómo se sana un alma?

Esta semana, en el hospital, conocí a una niña preciosa de seis años, a quien aquí daré el nombre de Isabel. Isabel está ingresada en la unidad de Oncología del Hospital Niño Jesús. Tiene la cabeza completamente rapada. Tiene sesiones de quimioterapia. Tiene la cama rodeada de familiares y de juegos sin fin. Tiene posters y regalos hechos por sus amigas del cole. Tiene una sonrisa invencible. Tiene ganas de reír a carcajadas. Tiene un sentido del humor agudo y casi adulto. Es un ser especial en la peor de las situaciones. Una princesa sacada a rastras de su reino perfecto.

Isabel tiene cáncer: por lo tanto, se podría decir que está enferma. Pero su alma no es el de una niña enferma. Tampoco está enferma el alma de su madre, que juega con ella a hacer flores de arcilla y se ríe (se RÍE de verdad) con los payasos. En este mundo negro y cruel, yo compadezco a las almas sucias... compadezco a las almas solitarias... a Isabel y a su madre, no las compadezco: las admiro. Porque, incluso en el contexto de la enfermedad, sus almas son sanas, están vivas.

Me he preguntado muchísimas veces si yo estoy realmente sana, si mi alma tiene alguna rotura tan grande como para estar sangrando sobre mi vida sin que me haya dado cuenta hasta ahora. Es muy posible que así sea. Por eso estoy especialmente agradecida a la Vida por darme la oportunidad de hacer cosas como este voluntariado en el hospital, porque son cosas como ésta las que me enseñan que esas roturas, esos golpes que a veces parecen tan duros, tan irreversibles, no son lo que define la salud de un alma.

Esa salud está definida por cómo nos enfrentamos a esas heridas, está definida por la fuerza de esa tirita imaginaria que tejemos día a día, con nuestras propias manos. Está definida por cada centímetro que crece el alma, a pesar del dolor y de la sangre perdida.

Lo valioso es recordar esto y entender además que no siempre es necesario tejer la tirita nosotros solos. Es importante saber que detrás de uno hay manos amigas, personas que nos quieren y gente solidaria. Almas, al fin y al cabo, que vienen con sus propias roturas, pero que sanan día a día y siguen adelante.

Y lo más importante de todo es saber que, a veces, el gesto más saludable que podemos hacer es confiar en que, si tropezamos en el camino, ellos estarán allí para amortiguar la caída.

martes, 11 de enero de 2011

11/1/11, 11:11


Hoy es 11 de Enero de 2011, es decir, 11/1/11. Es una fecha muy bonita y, además, numerológicamente favorable. Esta mañana, mi amigo Jesús tuvo la idea de aprovechar el momento en el que el reloj diera las 11:11 para parar, sentarnos, respirar hondo, reflexionar... simplemente estar. A mí me pareció una idea buenísima y la he llevado a cabo. Me hice un café, abrí las ventanas de mi salón de par en par, cogí una silla, me senté y me dediqué a mirar el cielo - un cielo de un color azul brillante que no se ve todos los días y que, por cierto, probablemente me habría perdido si no me hubiese tomado ese respiro a las 11:11 de la mañana. Durante los diez minutos que estuve sentada al lado de la ventana, fui consciente de ese cielo azul, del hecho de que mi vecina de enfrente me miraba discretamente desde su propia ventana, del color rosa palo de una falda tendida que dos horas antes me había parecido gris (en serio, todavía no comprendo cómo mis ojos se pueden haber confundido tanto con el color) e intenté no poner trabas a los pensamientos que pasaban por mi mente, fuesen los que fuesen. Y puede parecer increíble, pero tras esos escasos diez minutos, me sentía diferente: más relajada, más contenta y menos cansada que antes.

No solemos dar completa libertad a nuestros pensamientos. No lo hacemos porque estamos ocupados con la rutina diaria, porque necesitamos sentir que tenemos control sobre nuestras vidas y también porque estamos muertos de miedo. Nos asusta dar rienda suelta a los pensamientos porque, en muchas ocasiones, preferimos no saber muchas cosas que, en el fondo, ya sabemos. Pero, ¿es posible la libertad completa sin el completo conocimiento de nosotros mismos? Y si cobramos consciencia de lo que no nos gusta, ¿nos hace eso menos dignos de nuestro propio respeto, de nuestro propio Amor?

Yo me pasé media vida evitando mis propias carencias, luchando contra ellas, ignorándolas... lo había probado todo, menos la aceptación (y, como consecuencia, el trabajo para mejorar). Cuando decidí que prefería conocerme por completo en lugar de huir de mí misma, comencé un largo camino del cual aún no he recorrido ni la mitad. No es un camino fácil, implica esfuerzo, dolor y bastantes caídas. Lo más frustrante es sentir que desandas lo andado, que cuando más progreso crees haber hecho, de pronto pareces recular y empezar de nuevo desde la primera casilla. No, no es fácil, pero curiosamente, tampoco es tan aterrador como había imaginado. Quizás es porque una vez que decides andar ese camino, ya estás aceptando una serie de cosas que, por lo tanto, dejan de asustarte. O quizás es porque la mayoría de nosotros no somos ni la mitad de aterradores de lo que pensamos.

Desde la primera casilla hasta ahora, he aprendido muchas cosas; entre ellas, que sí es posible amar los fallos, las carencias y la oscuridad de uno mismo. Mi profesor y amigo Jason me dijo una vez que hay que aceptar y abrazar tu sombra. Tenía toda la razón. Sólo entonces podemos seguir caminando. Y sólo entonces podemos permitirnos parar, reflexionar y contemplar nuestras vidas sin miedo a nada, ya sea un 11/1/11 a las 11:11 o en cualquier otro momento.

Lo que puedo afirmar con total certeza es que cuanto más camino, menos me canso, cuanto más cambio, más me encuentro y cuanto más acepto mi sombra, más luz cae sobre todo lo que vivo.

Jack Kerouac dijo: "enamórate de tu existencia". El Amor llega con el conocimiento, con la consciencia. Y cuando dejamos de correr por la vida sin saber a dónde vamos y, simplemente, nos dejamos estar, vemos los cielos azules y las faldas rosas y nos damos cuenta de que la vida - la de verdad - son los momentos 11/1/11 a las 11:11.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

ESPEJITO, ESPEJITO


En el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, la malvada reina vive obsesionada con un espejo, al cual exige constantemente una confirmación de que es la más bella del reino. Como ocurre tan frecuentemente con los cuentos de hadas, hay un significado más profundo y real por debajo de todo esto: lo cierto es que nosotros también nos pasamos la vida pidiendo confirmación a un espejo imaginario, ya sea éste nuestra pareja, ya sean nuestros amigos o familiares, o incluso la sociedad en general. Consciente o inconscientemente, necesitamos aprobación y a todos nos gusta agradar. Cierta vez oí a alguien decir que todo lo que hacemos en la vida, lo hacemos para sentirnos amados. El comentario me hizo pensar y creo que hay mucha verdad en ello. Necesitamos Amor de la misma manera en la que necesitamos aire para respirar. Del mismo modo, necesitamos sentirnos parte de algo - de un grupo, de una tribu, de una sociedad... Como mostraba Maslow con su famosa pirámide, el ser humano tiene necesidades de afiliación (asociación, aceptación, participación), así como necesidades de estima (que incluyen la necesidad de atención, aprecio, reconocimiento, reputación, estatus...)

Adam J. Jackson dice en su libro Los Diez Secretos del Amor Abundante que las personas que necesitan agradar de manera exagerada a los demás, no se gustan a sí mismos. Y es que, en el fondo, el espejo más meticuloso, más importante y más cruel somos nosotros mismos. La teoría de Maslow también habla del concepto de la estima alta: el respeto a uno mismo, la confianza, la maestría, los logros... En nuestra búsqueda de este estima alta, proyectamos nuestras inseguridades en los demás y las vemos reflejadas en sus ojos, que quizás de otra manera no mostrarían nada negativo en absoluto. Somos nuestro propio juez, nuestro verdugo, nuestro peor enemigo.

Está a punto de terminar otro año y, todos, de una u otra manera, hacemos balance de nuestras vidas en estas fechas. Es increíble la capacidad que tenemos (algunos más que otros) de autoflagelarnos, de castigarnos, de elegir lo peor de nosotros mismos para regodearnos en ello sin parar. ¿Y dónde queda todo lo bueno? Lo que hemos conseguido, lo que hemos hecho por los demás y, sobre todo, lo que hemos aprendido y cuánto hemos crecido... ¿Por qué a veces cuesta tanto acordarse de ello? Y, cuando nos acordamos, ¿por qué es tan fácil a veces quitarle importancia, rebajarlo en nuestra escala particular frente a las cosas malas?

Creo que también existe un elemento de "humildad exagerada", algo que hemos ido aprendiendo desde pequeños, como si temiéramos mostrarnos demasiado vanidosos ante los dioses... sin darnos cuenta de que la mejor manera de ofender a los dioses es no celebrar las bendiciones de nuestra vida. Con esta actitud, limitamos nuestra capacidad creativa, nuestra capacidad para amar, nuestra capacidad para crecer de verdad y ser mejores de lo que somos. Pienso sinceramente que si fuéramos conscientes de lo abundantes que somos, en todos los sentidos, lloraríamos desconsolados por no haber sabido vivir esa abundancia al máximo.

Quizás el cambio de año sea una buena oportunidad para proponernos, de una vez por todas, romper los límites imaginarios de nuestra existencia. El momento es ahora. Éste es el momento para desviar los ojos del espejo y mirar hacia el horizonte, para juzgarnos menos, amarnos mucho más y trabajar para engrandecernos un poquito cada día. Porque, como bien dice Adam J. Jackson, la verdadera nobleza está en mejorarnos a nosotros mismos.

Me encuentro en el proceso de aplicar esta teoría a la práctica y siento, ahora más que nunca, que el nuevo año viene cargado de nuevas posibilidades.

Es más, lanzando esa mirada limpia sobre el año que termina, puedo decir, sin lugar a dudas, que verdaderamente ha sido un año extraordinario.

lunes, 29 de noviembre de 2010

SI NO AHORA, ¿CUÁNDO?


En los últimos meses, he tenido la suerte de ir conociendo poco a poco a mis primas paternas (todas mujeres puesto que, por alguna razón, hay una abrumadora mayoría femenina en nuestra familia). Ésta ha sido una experiencia realmente maravillosa para mí: redescubrir a mi familia después de tantos años de distancia ha sido realmente bello. Además, he tenido la gran suerte de conectar muy especialmente con una de ellas, hija de un hermano ya fallecido de mi padre, al que me hubiera encantado conocer. Esta prima fue la encargada de darme mi primer regalo de cumpleaños de este año: un precioso libro de poemas y una tarjeta grabada con la voz de su niña de cuatro años, felicitándome. El paquete me llegó unos días antes de mi cumpleaños y lo abrí en plena calle, incapaz de esperar para ver lo que contenía. Como resultado, la mitad de mi barrio me vio llorando de emoción sentada en un banco al lado del quiosco de periódicos, pero me dio igual.

Y es que ésta es una más de las múltiples cosas en las que nos parecemos mi prima y yo: que demostramos lo que sentimos sin importarnos lo que piensen de nosotras. Mi prima me dijo una vez que le solían decir que bailaba como si nadie la estuviera mirando. Se lo decían en sentido literal, pero me atrevo a decir con total seguridad que así vive su vida en general.

Yo pasé muchos años de mi vida haciendo lo que se esperaba de mí y preocupándome tremendamente por lo que pensara o dijera la gente. Cuando era pequeña y decía que algo me daba vergüenza, mi madre me solía decir: "¿Vergüenza? ¡Qué tontería! Vergüenza les tendrá que dar a los ladrones y a los asesinos, ¡a ti no!". Claro que cuando era pequeña esto me parecía una chorrada, pero el caso es que mi madre tenía toda la razón.

Ahora, a mis 31 años, he modificado el dicho de mi madre, cambiándolo por: "vergüenza me dará dentro de 10 años cuando me arrepienta de no haber hecho esto"... y últimamente no me privo de hacer ni de decir nada. Entiendo que, mientras no le haga daño a nadie (incluyéndome a mí misma), es lo mejor que puedo hacer con mi vida. He dejado de posponer viajes para "un mejor momento", de tragarme lo que quiero decirle a alguien porque "no es apropiado" y de pensar en si "haré el ridículo" poniéndome tal o cual cosa. Porque si algo me hace feliz, ¿por qué no hacerlo? Y, como dice la tradición Zen, si no ahora, ¿cuándo?

Ya que ha quedado más que claro que lo único que tenemos es el ahora y que ni siquiera sabemos lo que va a pasar dentro de cinco minutos... vivamos ahora: dejemos de posponer la vida.

Mi prima cuenta en su blog que su padre y ella hablaban todos los días para decirse que se querían y que el día que él falleció, ella le había visitado en su oficina... lo hizo porque le apeteció de repente, sin pensarlo, por instinto... y a día de hoy ella sigue agradeciendo esa última oportunidad que le dio la Vida de ver a su padre y de pasar ese rato con él. No fue una casualidad y ocurrió porque ella hizo lo que su corazón le decía que hiciera en ese momento.

Así intento vivir mi vida, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. De esta filosofía viene todo lo que hago últimamente: el viaje a Nantes que me auto-regalé por mi cumpleaños, la tiara brillante que me puse en mi fiesta simplemente porque me encantaba, mi forma de comer, de reír, de hablar y de querer... de ahí viene todo... o al menos eso creía hasta hoy.

Hoy, gracias a mi terapeuta, me he dado cuenta de que hay un aspecto de mi vida en el que, sin querer, no he estado aplicando esta filosofía en los últimos meses... porque en el aspecto sentimental, ha habido demasiados tortazos, demasiadas caídas y demasiado dolor como para seguir arriesgando.

Pero quizás haya llegado el momento de quitarme lastre, de romper barreras, de volver a creer que merece la pena arriesgar, no solamente por todo lo bueno que puedo conseguir, sino por el simple hecho de hacerlo, de vivir... de bailar como si nadie estuviera mirando.

Durante mi viaje a Nantes, tuve la oportunidad de pasar tiempo con mi amiga Dominique, que amablemente me acogió en su casa, me enseñó los alrededores, me ofreció todo su cariño y amistad e incluso me dio una sesión de Reiki. Después de la sesión, me dijo que mi energía (debo añadir que por primera vez en muchísimo tiempo) está realmente equilibrada. Es cierto, lo está. En todos los aspectos menos en uno.

Hoy ha llegado el momento de trasladar ese equilibrio también a mi vida sentimental. Porque si no ahora, ¿cuándo?


Antigua foto de mi tío (izquierda) y mi padre (derecha)


Mi prima y su hija (mi linda "sobrinita")


Yo, en mi viaje a Nantes


En mi fiesta de cumpleaños, ¡con mi tiara brillante!

jueves, 4 de noviembre de 2010

MI PEQUEÑO MUNDO DE COLORES

En este mes de Noviembre cumplo 31 años. Parece que fue ayer cuando cumplí los 30, aunque en este año mi vida ha cambiado tanto como si hubiesen pasado diez. Me encuentro en un lugar de mi vida en el que, hace un año, jamás habría pensado que estaría. Por otro lado, jamás pensé que disfrutaría tanto de este lugar, que sería tan feliz (o más) que donde había estado hasta ahora.

Me costó mucho esfuerzo desvincularme, aunque fuera temporalmente, del mundillo del teatro. No me veía haciendo otra cosa, me sentía totalmente perdida sin esa brújula que había guiado todos mis pasos y decisiones en los últimos quince años. Y, sobre todo, tenía miedo. Tenía miedo de perder un tren imaginario en el que me había mantenido subida obstinadamente, contra viento y marea, a pesar de los empujones, de las zancadillas y de todas las demás agresiones y circunstancias adversas que caían continuamente sobre mí.

Sin embargo, un buen día finalmente comprendí que tenía que soltarme y saltar del tren, al menos por un tiempo. Y me obligué a tener fe, a creer firmemente que cuando quiera volver a subirme, podré hacerlo... porque si no hubiera creído, nunca me habría soltado.

Comencé a caminar sin rumbo fijo y durante un tiempo, lo pasé francamente mal. Porque me sentía perdida, sí, pero también porque me sentía culpable... culpable por comenzar a disfrutar de otras cosas tanto como había disfrutado del teatro en su momento. Pasada esta etapa difícil, pude al fin dejarme llevar por mi nueva forma de vida... Y entonces vino lo bueno.

Y es que, ¿cómo es posible descubrir nuevos mundos, nuevas experiencias, si no soltamos algo de nuestra vida anterior? ¿Cómo vamos a saber cuántas cosas bellas, útiles y maravillosas hay en el mundo si no les hacemos sitio? Al igual que nunca vemos a un nuevo amante, por muy cerca que le tengamos, mientras sigamos obsesionados con el último amante perdido, tampoco vemos todas las posibilidades que nos ofrece la vida hasta que dejamos marchar nuestra obsesión por la/s cosa/s que ocupaba/n nuestra vida hasta ahora.

Yo empecé a concentrarme en mi formación terapéutica y decidí volver a buscar formación artística, algo que no había hecho en varios años (y lo cual es, por otra parte, importantísimo en la vida de un actor). Y, como siempre, una vez abiertas las puertas de mi mente y de mi alma, comenzó a llover...

Cierto día, recibí otro email de una escuela de teatro de Madrid. Digo "otro", porque esta escuela llevaba enviándome emails informativos durante años. Nunca los abría... porque no tenía tiempo para formación. Pero aquel día, mi dedo, casi involuntariamente, hizo click en el ratón y el email se abrió. Anunciaba un curso de clown para hospitales y trabajo social, algo que había querido hacer durante años (¡y NO tenía tiempo!) y que además combinaba a la perfección mi trabajo artístico con mi trabajo terapéutico. Como os decía... comenzó a llover.

Y resulta que llovió a raudales, porque el curso no solamente era lo que buscaba, sino que me ofreció muchísimo más de lo que había esperado: una profesora profesional y encantadora, una formación excelente, un fin de semana lleno de solidaridad, risas y cariño y unos compañeros alucinantes. Mirando a mi alrededor el primer día de curso, recuerdo haber pensado en lo increíble que es que, en este mundo difícil, que puede llegar a ser tan sumamente oscuro, existan personas dispuestas a entregar su tiempo y su dinero con el único propósito de llevar alegría y Amor a los demás. Para quien no crea en milagros, debo deciros que esto, sin lugar a dudas, lo es. Todo acto de Amor lo es.

Por eso, aunque el mundo que nos rodea a veces parezca una película en blanco y negro, aunque mi propio mundo se tambalee de vez en cuando y corra el riesgo real de hundirme en un pozo oscuro de melancolía, yo sé (siempre he sabido) que existe otro mundo que siempre va a estar presente, aunque no siempre se vea.
Un pequeño mundo de colores como antídoto contra la mediocridad.



www.saniclown.com

viernes, 22 de octubre de 2010

HISTORIA DEL AHORA

Mi amigo Nelson es cuentacuentos. O, como dice él, contador de historias. Le conocí hace casi diez años, cuando entró a formar parte de mi clase de interpretación, en la sala Triángulo de Madrid. Por aquella época, yo tenía 21 años y me formaba como actriz, me tomaba todo absolutamente en serio y mi vida comenzaba a llegar a unos límites de intensidad casi preocupantes. Ésa era la época en la que aún me parecía que, si amaba algo o a alguien, tenía que darle hasta la última gota de mi sudor y de mi sangre, por siempre jamás.
Y así viví mi vida durante muchos años.

Con el tiempo, fui descubriendo que es imposible que el Amor sea sufrimiento y que la intensidad está muy bien en las pelis, en las novelas y en momentos muy puntuales de la vida de uno, pero que es insostenible y ridícula como algo permanente. Como me dijo un día una amiga: "Parisa, no te puede importar TODO".

Volviendo a Nelson, la razón por la cual le menciono aquí es que él siempre fue una de esas personas optimistas, llenas de energía y con un toque mágico, que contagian de alegría a todo y a todos a su alrededor. Siempre le envidié esa capacidad para vivir al máximo, que es sin duda la razón por la cual todo lo que ha hecho en la vida le ha salido bien, en el trabajo, en el Amor y en todo lo demás. Hace un año y medio, Nelson se casó con Lucía, una criatura preciosa y absolutamente dulce, que parece estar hecha para él. Tuvieron la amabilidad de invitarme a su boda y aún recuerdo a la perfección, como si lo hubiese visto ayer, la desbordante energía, las ondas prácticamente visibles de Amor y felicidad que desprendían.

He estado trabajando durante mucho tiempo para mejorarme a mí misma, para entender la vida y aprender a vivirla de la mejor manera posible. Y hace poco, después de años de trabajo espiritual y terapéutico, he comenzado a notar los cambios. En los últimos días, he conseguido incluso vislumbrar atisbos del más difícil todavía, de lo que más le cuesta al ser humano: vivir el presente. ¿Quién hubiese pensado que sería tan difícil? ¿En qué cabeza cabe que nos resulte tan duro estar aquí y ahora, cuando es lo único que tenemos? ¿Cuándo comenzó el ser humano a proyectar hacia el pasado y hacia el futuro de esta manera tan compulsiva?

Eckhart Tolle, en su libro El Poder del Ahora, nos anima a examinarnos a nosotros mismos para "pillarnos" en cuanto comenzamos a salir del presente. Yo estoy leyendo el libro en estos momentos y estoy realizando el ejercicio a diario y me parece realmente tremendo que nuestros contactos reales con el presente sean meros microsegundos que ocurren muy de vez en cuando. El 99,9% del tiempo estamos pensando en el pasado o en el futuro, pero muy rara vez estamos en el presente... Es un ejercicio alucinante y muy revelador y os animo a probarlo.

El caso es que, gracias a todo este trabajo que estoy haciendo sobre mí misma, he llegado a comprender por fin el gran secreto de Nelson y de otras (muy pocas) personas que conozco: el secreto es el ahora. Ni más ni menos. Su secreto es vivir el momento, en cada momento. Ésta es la "buena estrella" de Nelson - no es que sea un tipo increíblemente afortunado, es que sabe vivir.

Esto lo he comprendido esta misma noche, en un pequeño restaurante de Malasaña llamado La Rochela, donde Nelson contaba sus cuentos y presentaba su segundo libro de relatos, El Comprador de Soledades. Mientras le escuchaba contando sus historias y envolviéndonos con su poderosa magia, vi con absoluta claridad la fuente de su poder: su mejor historia es su ahora.

Cuando terminó la actuación, metí ese secreto descubierto en mi bolso, justo al lado de mi ejemplar dedicado de El Comprador de Soledades. Luego le di un gran abrazo a Nelson y me dirigí hacia la boca de metro, envuelta en su nube de alegría sin fin.


www.nelson-calderon.com

lunes, 27 de septiembre de 2010

EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS


Cuando era adolescente, me solían decir que parecía mucho mayor de lo que realmente era. Con el tiempo, mi aspecto físico y mi edad se han ido equilibrando y ahora no me suelen echar más años; sin embargo, sí que siguen diciéndome que en una primera impresión parezco muy seria y algo intimidante. Nunca he comprendido del todo la razón por la cual la gente se lleva esta errónea impresión de mí, pero lo cierto es que no hay nada más lejos de la verdad.

La realidad es que me río hasta de mi propia sombra y, en el fondo, tengo alma de niña pequeña. Me entra la risa cuando hablo de mis propias neurosis, disfruto como una enana con las pelis de Disney, cada vez que paso por el puestecito de golosinas de la calle Goya me compro algodón dulce y lo devoro en dos minutos, me sirve cualquier excusa para disfrazarme, no puedo pasar por delante del Imaginarium sin entrar y el lápiz que utilizo en el trabajo tiene una goma de borrar en forma de un enorme corazón de colores.

Como siempre he sido una persona de extremos, solía pensar que una adulta de treinta años no podía o no debía ser niña a la vez, y viceversa. Recuerdo haber estado sentada en reuniones de trabajo importantísimas en el extranjero y pensar: "¿Pero en qué estarían pensando mandándome a mí aquí? ¡Si aún soy una niña!" Y lo cierto es que he sido así en todos los aspectos de mi vida: todo ha sido blanco o negro, todo o nada... en mi trabajo, en mis relaciones y en todo lo demás.

Afortunadamente, el ser humano tiene la capacidad de pensar, de recapacitar y de cambiar. Poco a poco, me he ido dando cuenta de algo aparentemente muy obvio: que la vida no es blanca o negra, que me puedo permitir las combinaciones de colores y que los extremos, aunque pueden ser muy dramáticos y emocionantes, no suelen llevar a ninguna parte. Hay muchísimo más interés y emoción en los matices - lo que pasa es que hay que tener un ojo algo más experimentado y mucha paciencia para descubrirlo.

Creo que alguna vez he comentado que, cada vez que me voy de viaje, me agobia mucho volver a Madrid, que la ciudad se me hace pequeña y sofocante. Durante mucho tiempo, he dedicado tantas horas y energía a mis viajes (a planearlos, a hacerlos, a recordarlos) que el tema se ha convertido casi en una especie de obsesión. Hasta hace poco, lo único que quería era viajar, irme lejos, ver todos los mundos que hay en nuestro mundo, explorarlos, conocerlos, saber, saber, saber... Como una Dorothy sin su Toto, salía en cada viaje en busca de mis sueños, en busca de mí misma. En mi cabeza, iba hilando un viaje con otro, construyendo mi propio camino de baldosas amarillas, que me llevaría a ese sitio al otro lado del arco iris que tanto buscaba.

Y el camino de baldosas amarillas me ha llevado a sitios maravillosos, dentro y fuera de mí misma. Sin embargo, en el último viaje que he hecho, las circunstancias me han enseñado que, como en todo lo demás, en esto tampoco sirven los extremos. En esta ocasión, he vuelto a recordar lo maravilloso que es viajar, pero también me he dado cuenta de que hay otras cosas igual de placenteras e igual de importantes. He recordado todo lo que me ofrecen mi casa, mi ciudad y la gente que me rodea y he aprendido a dar a mis viajes la importancia justa: mucha, pero no total. Por primera vez en mucho tiempo, he vuelto a Madrid con ganas reales de volver a Madrid... y Madrid, como la hermosa y elegante señora que es, me ha recibido con los brazos abiertos.

He recorrido muchos caminos - en vibrantes calles neoyorquinas, en campos de arroz en Vietnam, en paradisíacas playas griegas - y aún me quedan muchos por recorrer. Pero, en esta ocasión, desde las rocosas montañas de Colorado y las serpenteantes calles de San Francisco, aprendí cómo volver a casa.

Así que me calcé mis zapatos rojos y dejé que ellos hicieran su magia.
No hay lugar como el hogar, no hay lugar como el hogar, no hay lugar como el hogar...