lunes, 11 de junio de 2012

MI VERDAD



Este fin de semana, he actuado en una obra de teatro llamada Friends, With Benefits con la compañía The Madrid Players (www.madridplayers.org). Cuando me presenté al casting para esta obra tenía un objetivo muy específico: participar - exclusivamente como actriz - en una comedia divertida, sin dramas, sin traumas y sin agobios. Pero quizás, por debajo de este objetivo aparentemente sencillo, existía otro más profundo: reconectar con mi oficio, con aquello que durante tantos años me hizo tan feliz y que acabó por perderse en una sinfín de nervios, estrés y energía negativa.

Durante el proceso de ensayos, no llegué a tener muy claro si estaba logrando mi objetivo... Tenía un papel relativamente pequeño, lo cual se tradujo en pocas horas de ensayo, algo muy conveniente dadas mis limitaciones de tiempo. Sin embargo, también significó que no experimenté el proceso real hasta un par de semanas antes del estreno. En esas dos semanas, de pronto, volví a entrar por esa puerta mágica a ese mundo paralelo en el que las emociones se quintuplican, donde las risas son más poderosas y el llanto más amargo. El mundo de los bocadillos tomados en cinco minutos entre escena y escena, de los ensayos técnicos, del proyecta más la voz, del abre un poco para que el público no te pierda, del qué le está pasando a tu personaje, del vive el momento, del conecta con tu compañero, del mañana hay estreno, del segundo aplauso robado, del mañana terminamos, de lo próximo qué será... Me adentré en ese mundo que he conocido tan bien durante tantos años y mi corazón no se mantuvo impasible más de cinco minutos. Sin apenas darme cuenta, volví a ser aquella niña a quien su madre acompañaba a un teatro del centro de Madrid, para sus primeras funciones reales fuera del colegio. Y junto con esa niña, volvieron las mariposas en el estómago, la ilusión por llegar al teatro cada mañana, el vuelco al corazón al ver el escenario, la sensación de plenitud al estar frente al público...



...tanto fue así, que en un descuido me olvidé de todas las razones por las cuales hice un alto en mi camino, por las cuales me aparté de lo que más quería. Casi olvido el agujero negro en el que se llegó a convertir mi mundo artístico para mí. Casi.

Qué complicados y contradictorios somos los artistas. Egocéntricos y vulnerables, despiadados y generosos, débiles y fantásticos como la vida misma... decenas de personalidades en una, miles de pensamientos por segundo, millones de sentimientos a flor de piel. Por ello - al fin lo he entendido - nunca encontraré un proyecto sin complicaciones, una producción teatral sin obstáculos o una compañía sin desavenencias. En el teatro, como en la vida, habrá situaciones fáciles y agradables, pero siempre existirán también las dificultades. Quien no pueda o no quiera enfrentarse a ellas y aprender de lo que vive, acabará perdiéndose la experiencia.

En las dos últimas semanas antes del estreno de Friends, With Benefits, así como durante el primer día de funciones, volví a recordar todas las inseguridades del actor, los agobios que atacan cuando menos lo esperas y todos los pensamientos negativos que juré evitar esta vez. Sin comerlo ni beberlo, allí estaban todos ellos, saludándome como viejos enemigos, enseñándome los dientes y las garras, amenazando con volver, como si en veinte años de profesión no hubiese aprendido absolutamente nada.

Afortunadamente, en el teatro - como en la vida - aprende el que desea aprender y yo acabé comprobando que he madurado más de lo que imaginaba. A veces, lo mejor que podemos hacer es dejar de intentar razonar con nosotros mismos y, simplemente, dejarlo estar. Al fin y al cabo, la vida es como es, la gente es como es y el mundo no se transforma porque nos empeñemos en llevarlo todo a nuestro terreno. El mundo se transforma siguiendo su propio curso y, así como en cada obra de teatro hay un momento especial en el que todos los ingredientes se fusionan en un resultado casi mágico, la vida - casi siempre - se acaba recomponiendo sola.

Y entonces, ¿en qué nos debemos concentrar mientras estamos aquí? ¿En que debemos poner todos nuestros esfuerzos, nuestro empeño, nuestro trabajo? Este fin de semana he aprendido que la respuesta es simple: en nuestra pasión. En aquello que nos quema, que nos mueve, que nos hace ser mejores, más grandes... aquello que nos empuja a ser valientes, a ir más allá, a buscar nuestro máximo potencial humano.

Y es que después de todos los quebraderos de cabeza, del sacrificio, del cansancio y de todas las tiritas que he tenido que poner a mi corazón... después de absolutamente todo, no puedo negar esta verdad: que haga lo que haga y vaya a donde vaya, nunca en mi vida me he sentido más feliz, más completa y más auténtica que cuando estoy sobre un escenario.



Mi amigo Ángel - que lee mi futuro y mi alma en sus cartas del tarot - me dijo hace tiempo que jamás me podría apartar de mi oficio por mucho tiempo, porque es lo que soy. En aquel momento no le creí, pero ahora comprendo lo que quería decir. Es más, pienso que al final de nuestra existencia, cuando miremos atrás, lo habremos olvidado todo menos el Amor que ha habido en nuestras vidas y la pasión con la que las hemos vivido.

Kavafis lo describió con absoluta perfección:

Nada me retuvo. Me liberé y fui. Hacia placeres que estaban tanto en la realidad como en mi ser, a través de la noche iluminada. Y bebí un vino fuerte, como sólo los audaces beben el placer.





lunes, 28 de mayo de 2012

S.O.S: TE NECESITO

El sábado por la tarde pasé un par de horas en urgencias. Sabía que probablemente no me pasaba nada muy grave, pero me encontraba tan mal que decidí asegurarme, para mi propia tranquilidad. El diagnóstico fue el esperado: mi cuerpo simplemente reaccionaba frente al estrés y el agotamiento. No es la primera vez que me pasa y, por mucho que me prometa a mí misma que será la última, no pondría la mano en el fuego. El hecho es que cuando estoy un par de meses tranquila, sin hacer todas las cosas que me interesan, me aburro soberanamente. Necesito hacer cosas que me estimulen física, intelectual y emocionalmente. Sólo así me siento viva. Lo malo es que aún no he encontrado el término medio y, tras los meses de descanso que me tomé a raíz de mi problema de tiroides, he vuelto a la carga con fuerza (con demasiada fuerza) y he vuelto a pagar el precio.


La verdad es que pienso que hacer muchas cosas no tiene por qué ser tan agotador. La cuestión no es lo que hacemos, sino cómo lo hacemos. En los últimos dos o tres años, he ido aprendiendo a mantener la calma y a hacer las cosas disfrutando el proceso, por el simple hecho de hacerlas y sin preocuparme tanto por el resultado. A veces lo consigo y a veces no... depende del momento y de la situación, pero estoy en ello. Sin embargo, mi gran punto débil siempre ha sido pedir ayuda. Me cuesta muchísimo hacerlo y me he tenido que obligar a plantearme las razones por las que me cuesta tanto.

La cruda realidad es que, para personalidades controladoras como la mía, el hecho de pedir ayuda implica debilidad. Es decir, si hago quinientas cosas y nadie me ayuda y llego a todo, soy mejor y más fuerte. Da igual que en el proceso haya terminado en urgencias. Si hago quinientas cosas, pero en el proceso tengo que pedir y/o aceptar ayuda de otros, la cosa vale menos. Da igual que en el proceso me haya dado cuenta de cosas muy buenas sobre la persona que me ayuda y sobre mi relación con ella (y como ventaja añadida, NO haya acabado en urgencias).

Pues sí, como veis, la cosa estaba como para replantearse el asunto.

Y como en todas las ocasiones en las que me he puesto a pensar en las cosas con detenimiento, objetivamente y sin dejarme atar por mis propios prejuicios, he sacado mucho en claro. Ahora sé que dejarse ayudar no sólo da dignidad a uno mismo, sino que también se la da al que presta esa ayuda. Y es que cuando aceptamos la ayuda de los demás, realizamos un acto de humildad y devolvemos nuestra mente inquieta a la realidad: no somos dioses, sino humanos. Vivimos en sociedad. No estamos solos (aunque muchas veces lo parezca). Y cuando prestamos ayuda a los demás, comprendemos que somos útiles, que importamos y que el otro aprecia tenernos en su vida.


Hace pocas semanas, mi madre vino a comer conmigo y decidió acompañarme a hacer la compra. Recuerdo el inmenso alivio que sentí cuando me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, había alguien al otro lado de la cinta poniendo la compra en bolsas. Normalmente me siento como un dibujo animado en el que al personaje le salen mil brazos con los que lo hace todo a la vez: poner la compra en la cinta, recogerla, sacar la tarjeta, pagar, firmar... Cuando le comenté esto a mi madre, me dijo: ya sabes que me puedes llamar siempre que quieras para que te ayude, con la compra o con lo que sea. Y me sentí tan agradecida que se me saltaron las lágrimas. Pero, ¿por qué fue necesario que mi madre me recordara esto? ¿Por qué no contaba con esta ayuda antes de que me lo mencionara? ¿Acaso me resultaba tan difícil imaginar a alguien compartiendo alguna de mis responsabilidades del día a día?


Es posible que parte de la razón de mi ignorancia radique en el hecho de que me he preparado para vivir sola indefinidamente. Cuando dejé de compartir piso con mi hermana me hice a la idea de que existe la posibilidad de que siga viviendo sola siempre. Es una perspectiva que no me molesta en absoluto; de hecho, me resulta bastante atractiva. Pero es cierto que, en muchas ocasiones, se echan de menos muchos de los aspectos de compartir la vida con otra persona. Esto en sí mismo ha sido parte de mi reflexión en los últimos tiempos y también parte de cómo he llegado a entender la belleza y la importancia de dejarme ayudar por los que me rodean.

Así que animo a todos los lectores a que hagan este gran ejercicio de ayudar y dejarse ayudar. Lo olvidamos muy a menudo y merece la pena recordarlo. Animo a que madres e hijas hagan la compra juntas, a que los padres hagan trabajos de bricolaje imposibles, a que hermanos y hermanas cuiden de mascotas, a que los profesores pongan de su tiempo libre para ayudar a los alumnos que lo necesitan... Y sobre todo, animo a que todos practiquemos la gratitud hacia los que nos ayudan y - ¿cómo no? - también hacia los que nos permiten ayudar.


miércoles, 2 de mayo de 2012

PASEMOS AL PLAN B


He sido educada para organizarme con cuidado, para tener un plan concreto, las ideas claras y la mente fría. Esto último no lo he llegado a conseguir hasta ahora y, sinceramente, creo que no quiero llegar a conseguirlo nunca. Lo de organizarme con cuidado sí que lo he llevado (más que) a rajatabla, desde saber los capítulos exactos del libro de matemáticas que repasaría cada día en octavo de EGB hasta tener el buzón de entrada de mi correo electrónico casi permanentemente limpio, ejecutando y archivando cada mensaje lo más rápido posible.

Un buen día, me di cuenta de que toda esta organización tiene un lado muy negativo. Llevada al extremo, puede llegar a dificultar el día a día... todos tenemos nuestras manías y la mayoría de las mías tienen que ver con el orden. Me resulta muy complicado trabajar en una mesa desordenada, cada cierto tiempo siento la imperiosa necesidad de ordenar mis cajones para no volverme loca y si la señora de la limpieza mueve de sitio los cacharros de mi cocina, mi primer impulso es dejar todo lo que estoy haciendo para volver a ponerlos donde estaban.

En los últimos meses, he intentado poner freno a todo esto, obligándome a permitir que el desorden entre en mi vida. Afortunadamente, soy muy obstinada y lo estoy consiguiendo. Como con todo, lo difícil es empezar. Una vez que compruebas por primera vez que el mundo - curiosamente - no se termina cuando el caos reina en tu cocina, lo demás viene prácticamente rodado.

El caso es que esta obsesión por el orden viene acompañada (o quizás debería decir que es un síntoma inequívoco) de una necesidad casi obsesiva de controlar la vida. Y al frenar tu obsesión por el orden, también te das cuenta de que la vida es totalmente incontrolable. Y esto trae consigo una desconcertante mezcla de impotencia y de liberación. Porque lo cierto es que ninguno de nosotros sabe lo que va a pasar mañana, ni dentro de cinco minutos... y por muchos cajones que ordenemos y por muchos planes detallados que hagamos, la vida tiene su propio camino.

Nos gusta planear porque con ello sentimos que vamos en una dirección concreta. Planear es soñar. Seguimos siendo esos niños que soñaban con princesas, caballeros y dragones derrotados... hoy lo seguimos haciendo con nuestros planes laborales, sentimentales y familiares. Y eso es maravilloso. Pero quizás sea importante recordar que, en más de una ocasión, nos va a tocar cambiar de planes, aceptar que nuestro camino no es el correcto y empezar de nuevo. Al igual que con el caos de la cocina, el mundo no se acaba por pasar al plan B (ni al C, ni al D).


Nuestro mundo está lleno de planes truncados: el proyecto que no funciona, la historia de amor interrumpida, el hijo que no llega, la enfermedad repentina, los accidentes físicos y emocionales, la soledad... un mundo de deseos y objetivos que parecen estar fuera de nuestro alcance. Lo que nos dicen todos esos sueños rotos es que hay ocasiones en las que, simplemente, tenemos que relajarnos y dejarnos llevar. Liberarnos de ese quiero y no puedo nos da paz y alas para volar más lejos.

Así que, en lugar de llorar o preocuparte por todo eso que no llega, sal a dar un paseo. Tómate una cerveza. Disfruta del sol y disfruta también de la lluvia... porque debes saber que no tienes control sobre la naturaleza, ni sobre el paso del tiempo, ni sobre la muerte, ni sobre el odio ni sobre el Amor. Lo único que podemos controlar es lo que hacemos con este preciso instante que estamos viviendo. Lo único que podemos hacer es eso: vivir. Sin dejar nunca de soñar.

Hace unos meses nunca hubiese dicho esto, pero la verdad es que el caos de mi cocina me ha hecho más feliz. Porque me ha enseñado que a veces hay que dejar de intentar nadar contracorriente. Y que quizás - solamente quizás - ese plan B resulte ser algo mucho mejor de lo que nunca llegamos a pensar.





miércoles, 18 de abril de 2012

HABLEMOS DE SEXO


No creo en la monogamia. Opino que es una noción inventada por nuestra mente humana, reforzada por nuestro ego y alimentada desde hace siglos por nuestra educación social. Esto no quiere decir, por supuesto, que no crea en el amor: es más, lo busco incesantemente y sufro por no tenerlo. Sin embargo, no creo que amor y monogamia vayan necesariamente de la mano.

En el libro En el principio, era el sexo, Christopher Ryan y Cacilda Jethá exploran la noción de la monogamia tal y como la entendemos en nuestra sociedad, así como las razones antropológicas, anatómicas y psicosexuales por las cuales esta noción está realmente alejada de la naturaleza humana. No estamos hechos para emparejarnos de por vida.


Ésta es una realidad difícil de aceptar en una sociedad en la que, generación tras generación, los niños han crecido con cuentos de hadas y comedias románticas con finales perfectos. Crecemos creyendo en un para siempre tan utópico e inalcanzable, que podría no llegar jamás. Y es que para siempre es mucho tiempo.

Abogo por desmontar los cuentos de hadas de nuestra infancia y volverlos a montar a nuestra manera, como si de un Lego se tratara. Como hace Angela Carter en La cámara sangrienta, propongo redecorar el cuento de nuestras vidas con nuestros más profundos deseos, llenarlo de alegría, de risas, de pasión y de magnífica sensualidad.

El problema, por supuesto, es que no tenemos ni idea de cómo hacer esto, puesto que nadie nos ha enseñado. De la misma forma en la que malentendemos el amor, también malentedemos la libertad en nuestras relaciones. Me pregunto por qué resulta tan difícil llenar una relación de libertad, buen humor y placer, sin perder el respeto hacia nuestro compañero.

Por otro lado, la desafortunada realidad - aunque suene a tópico - es que la mujer suele llevarse la peor parte. Una mujer sexualmente liberada sigue siendo mal vista por muchos y malentendida por otros. Hoy en día, continúa la lucha contra adjetivos eternamente presentes en el inconsciente colectivo: fresca, suelta, inmoral, zorra...


Las cosas en este terreno están cambiando poco a poco, pero ni por asomo han cambiado lo suficiente como para que el tipo de relaciones del que hablo suela tener éxito... unos pocos afortunados lo han conseguido - los demás, seguimos buscando. Y debo admitir que la búsqueda es dura y que, en muchas ocasiones, es muy tentador tirar la toalla. ¿Es más inteligente, más cómodo, más amable con uno mismo, dejar de buscar algo que parece tan lejano a nosotros, al menos en estos tiempos? Desde luego, sería mucho menos frustrante olvidarlo. Sin embargo, creo que es más factible olvidar nociones aprendidas y esquemas mentales que olvidar nuestros deseos y pasiones. Éstos no dan tregua y por mucho que intentemos escapar de ellos, siguen saliendo a borbotones, desde el fondo de nuestras entrañas, y si no les hacemos caso, acaban por consumirnos.

Por otro lado, también creo que los esquemas sociales no pueden cambiar a menos que nosotros nos empeñemos en modificarlos. Es posible que yo siga viviendo en una sociedad en la que la libertad sexual tiene mucho camino por recorrer, pero me gustaría pensar que aún podemos abrir ese camino para futuras generaciones. El hombre ha sido capaz de cambiar muchas cosas a lo largo de los siglos y quiero creer que ésta, la más básica, natural y necesaria para nosotros, también acabará cambiando para mejor.

Por todo esto, creo que debo seguir buscando. Aunque mi cuento de hadas sea diferente y quizás incluso más inalcanzable que los de nuestra infancia. Ésta es una parte más de mi búsqueda personal, una pieza más dentro de ese Lego que monto y desmonto sin cesar. Sé que el trabajo no terminará nunca y que tendré que desbaratar todo y volver a comenzar una y mil veces. Pero estoy aprendiendo el díficil arte de la paciencia y estoy dispuesta a seguir el camino, por muy largo que sea. Es más, estoy decidida a disfrutar cada paso.

Y es que, como dijo George Eliot, nunca es demasiado tarde para convertirte en lo que podrías haber sido.

sábado, 31 de marzo de 2012

EL MILAGRO ERES TÚ


Ayer asistí a una muestra de mi antigua escuela de danza. Hace unos meses, decidí dejar de bailar por un tiempo, para dedicarme a otras actividades que consideraba más necesarias para el momento que estaba viviendo. No me equivoqué: el cambio era necesario y me aportó mucho y muy bueno. Sin embargo, tras ver a mis antiguos compañeros bailando ayer, recordé por qué la danza fue una parte tan importante de mi vida durante tanto tiempo.

Carlos Alvés, el profesor de danza que más me ha enseñado en estos años (www.carlosalves.es), dice que bailar es mucho más que un cuerpo en movimiento. Bailar es interpretar, es comunicación, es hablar con el cuerpo: una coreografía sin sentimiento no significa nada.

En mi opinión, la belleza de la danza radica en la historia que cuenta el bailarín, pero también en lo que cuenta sobre el bailarín. La danza es una de las expresiones más milagrosas del cuerpo humano. Por eso va mucho más allá que una simple actividad física y por eso es tan significativa para todo aquel que la practica.

Desde el principio de los tiempos, la danza ha sido un ritual sagrado, practicado por los chamanes, utilizado para invocar a los espíritus amigos, para expulsar a los malignos, para atraer lluvia, suerte y Amor. Hoy en día, es un modo de vida para muchos y una actividad impresicindble para otros que, aun sin dedicar todo nuestro tiempo a ello, tampoco podemos imaginar nuestra vida sin bailar. Y es que cuando bailamos movemos energía y, con la práctica, llegamos a tocar estados casi meditativos, en los que todo cambia y se recoloca, devolviendo sentido a nuestro mundo.


Cuando bailo - y cuando veo bailar - recuerdo la realidad del cuerpo humano. Desde aquella adolescente que medía dos cabezas más que todas sus compañeras de clase, hasta la mujer que soy hoy, demasiado alta y curvosa para los cánones de belleza de la sociedad en la que vivo, el proceso de reconciliación con mi cuerpo ha sido largo y duro. Pero el trabajo personal que he realizado durante todo estos años ha terminado dando sus frutos y, en los últimos meses, mi percepción ha cambiado por completo.


Mi cuerpo me permite levantarme todos los días y respirar el aire fresco de la mañana. Me permite dar largos paseos, correr, patinar y montar en bicicleta. Mi cuerpo se entrega al yoga y, mediante esta práctica, conecta con mi alma. Mi cuerpo baila y en el baile encuentra nuevas formas de expresarse, de superarse, de conseguir cosas que jamás pensó que conseguiría. Mi cuerpo siente dolor y malestar y con ello me avisa de que algo no está bien. Y lo que es aún más importante, es capaz de curarse, de luchar contra lo que está mal - incluso sin medicamentos - y superarlo. Mi cuerpo me hace sentir placer cuando ríe, cuando come, cuando ama y cuando lo aman. Me permite existir en este estado físico y me recuerda que estoy viva.

Mi cuerpo es milagroso. Y no entiendo por qué he tardado tantos años en comprenderlo.

Los humanos nos diferenciamos de los demás animales en que somos capaces de razonar. Nuestra mente es maravillosa, pero también puede ser una gran trampa. Hemos creado miles de formas de pensar erróneas. Nuestra psique colectiva está llena de prejuicios sobre nuestros cuerpos, nuestra forma de vida y nuestras relaciones. ¿Quién no ha pensado alguna vez en lo maravilloso que sería vivir sin nuestros líos mentales, como hacen los animales? Yo lo pienso todos los días, siempre que observo a mi perra - Julieta es feliz sin trabas ni proyecciones; mientras su cuerpo esté bien y sus sensaciones sean buenas, no necesita nada más.


Solemos asumir que somos seres más evolucionados y mejores que los demás animales. Pero tenemos muchas cosas que aprender de ellos... y si conseguimos aprovechar todo lo bueno de nuestra mente sin permitir que sus prejuicios nos condicionen, seremos capaces de comprender el verdadero milagro de nuestra existencia.

viernes, 16 de marzo de 2012

DI CUÁNDO


A veces, cuando como en casa de mis padres y mi madre me sirve una bebida, me dice: ¡di cuándo! Yo sigo la broma y siempre respondo diciendo la palabra cuándo una vez que tengo suficiente bebida en el vaso. Pues bien, hace unos días unas circunstancias laborales hicieron que me acordara de esta broma familiar. Una de mis compañeras de trabajo, una mujer perfeccionista, casi obsesiva, amiga de las horas extra y - muy a su pesar - de las pastillas contra el estrés y la depresión, me contó que ha tenido suficiente y que no piensa dedicar ni una hora extra ni un pensamiento más al trabajo. Dicho y hecho: su manera de trabajar ha cambiado tanto, que parece otra persona. Viéndolo, me vino a la mente ese ¡di cuándo! de mi madre... mi compañera, a su manera, también ha dicho cuándo y se ha plantado.

Extrapolando esto a otros aspectos de la vida, se me ocurre pensar que quizás deberíamos aprender a decir cuándo más a menudo. Mil y una razones nos separan de esa palabra mágica: pudor, sacrificio, objectivos, miedo, solidaridad... Sea por lo que sea, en ocasiones no sabemos decir basta cuando es necesario. El resultado, como cabría esperar, es que nuestro vaso se llena demasiado, con sus lógicas consecuencias.

A mí me costó mucho aprender que a veces hay que soltar. Por mucho que queramos algo o a alguien, por muy claros que tengamos nuestros objetivos - laborales, artísticos, personales - por muy dolorosa que sea la despedida... Es algo difícil de entender y de dominar, pero lo cierto es que hay ocasiones en las que el vaso no tiene capacidad para una sola gota más.


Pero, ¿cómo sabemos cuándo el vaso está demasiado lleno? ¿Cómo sabemos cuándo hay que dejar de insistir y encaminar nuestros pasos hacia otro lugar? Supongo que la respuesta está en cada uno de nosotros y en cada circunstancia que nos toca vivir. En mi caso, el dolor y el vacío que sentí por alejarme de lo que me importaba se vio compensado por el descanso, el alivio, la tranquilidad mental y emocional que obtuve al apartarme de algo que estaba viciado y que se había vuelto innecesariamente duro. Creo que la respuesta es instintiva y muy simple: si te sientes mejor cuando te alejas, tus pasos van en la dirección correcta.

Mi experiencia personal me ha enseñado que esos pasos, además, son de crecimiento: ponen a prueba nuestra capacidad para madurar, para aprender y para convertirnos en personas mejores, más capaces y más completas. Apartarnos de algo que nos importa mucho suele ir acompañado de cierta pérdida de identidad, parece que estamos volviendo a la casilla de salida y que tenemos que empezar de cero la búsqueda de nuestro sitio en el mundo. Es una sensación desconcertante y aterradora, pero lo mejor que podemos hacer con ella es darle la bienvenida, dejarla estar, sentirla y permitir que nos mueva.


La cultura popular habla mucho de fluir, de dejarnos llevar y permitir que la vida nos deje en nuestro lugar. En muchas ocasiones, hablamos de todo esto sin saber siquiera lo que significa en realidad. Sin embargo, yo he visto en los últimos meses que, si sabemos parar cuando hace falta, si dejamos de intentar forzar nuestra vidas hacia lo que no nos corresponde en ese momento, todo se hace mucho más sencillo y la vida se vuelve más dulce y más amable de lo que hubiéramos podido imaginar.

Pero lo más importante es que, al dejar a la vida hacer su trabajo, ésta se encarga realmente de llevarnos a donde tenemos que estar. Y curiosamente, a veces - sólo a veces - nos lleva de vuelta a eso mismo que tanto nos costaba soltar. Entonces nos damos cuenta de que nos vimos obligados a destruirlo para poder recomponerlo ahora, pieza por pieza, para crear algo mucho más grande, más limpio e infinitamente más bello de lo que nunca fue.

miércoles, 29 de febrero de 2012

LA TORMENTA


He pasado una semana en Estambul: una ciudad mística, viva, vibrante, llena de colores y olores que parecen estar esperando para ser desenvueltos - uno a uno - por el viajero que se atreva a descubrirlos.

Mi experiencia en esta ciudad ha sido especial por varias razones. Por un lado, siento una gran afinidad con la cultura y la energía de Turquía. Creo que no era realmente consciente de lo conectada que estoy con mis raíces hasta que he viajado a este país - vecino de Irán - y he experimentado esta especie de déjà vu, como si alguien me hubiese colocado de repente en una vida que ya viví... o que me tocaba vivir, pero que pasó de largo por las circunstancias. Cada madrugada, me despertaba con la llamada a la oración resonando en toda la ciudad y me quedaba hipnotizada escuchándola, reconociéndola a un nivel molecular, genético... algo que no podría explicar nunca con palabras.

Por otro lado, este viaje ha supuesto para mí el despertar de otras sensaciones que no había experimentado en mucho tiempo (y que casi había dado por perdidas). Dicen que hay que tener cuidado con lo que uno desea, porque se podría hacer realidad. Supongo que en mi caso se podría decir que debo tener cuidado con lo que escribo, porque es evidente que se puede materializar. En este caso, sin embargo, me alegro de haber dado rienda suelta a mi pluma (o más bien, a las teclas de mi ordenador) porque la fantasía de sensaciones que saltó de la pantalla al mundo real fue realmente deliciosa.

Hace un par de años, escribí un cuento llamado Estambul, que describía, en primera persona, el encuentro de la protagonista con un hombre turco en un bazar de la ciudad. No sé por qué escogí ese tema ni esa ciudad, ya que en aquel momento aún no la conocía. Sea como sea, el cuento se ha materializado, tanto tiempo después, casi palabra por palabra, en un bazar real y con un hombre real.

La relevancia de esta vivencia va mucho más allá de lo anecdótico. La cascada de sensaciones y emociones que ha pasado por mi cuerpo - y por mi alma - en estos días, me ha recordado lo viva que estoy.
En Estambul se han despertado todos mis sentidos.


La última noche de mi viaje, cenando delante de una mezquita iluminada, comprendí de pronto la razón por la cual esta ciudad resulta tan fascinante para todo el que la visita. Y es que Estambul está llena de contrastes. Cambia de un segundo a otro y un único paso te puede llevar a un sitio completamente distinto. Estambul es una sensación tras otra y todas ellas en una sola.

De la misma forma, la vida nos sorprende en un solo instante. Cuando pensamos que todo está perdido, aparece luz al final del túnel. Donde pensamos que no queda nada, de pronto nace algo nuevo. Y lo que pensamos que nunca volverá reaparece sin previo aviso. Y es que la vida, al igual que esa maravillosa ciudad de Turquía, también está llena de contrastes.

Y los contrastes chocan, movilizan, nos revuelven. Las sorpresas nos agitan y traen tormenta a nuestro mar tranquilo. Y cada vez que esto pasa, debemos lanzar una ferviente oración de gratitud a nuestro Dios (sea el que sea). Porque esa tormenta mezcla Cielo con Infierno, hace brotar risas entre lágrimas y provoca la frustración de desear algo hasta que nos duele - literalmente - el corazón. Y por mucho que queramos maldecirla por desbaratar nuestras estructuras perfectas, en el fondo de nuestra alma sabemos que es esa tormenta la que nos hace estar realmente vivos... y la que finalmente - cuando menos lo esperamos y contra todo pronóstico - recompone nuestro mundo.