miércoles, 13 de marzo de 2013

AFORTUNADA



Mi hermana se ha casado. A la alegría que viene de la mano de cualquier boda se une la felicidad por el hecho de que esto es algo que ella había deseado desde hace tiempo, así como el placer de comprobar - en vivo y en directo y sin lugar a dudas - el gran amor que sienten el uno por el otro ella y su recién estrenado marido.

En los días anteriores a la boda, llovió mucho en Madrid, algo a lo que no estamos acostumbrados y que en este caso venía en el momento menos propicio. Dejamos de contar las veces que oímos a alguien decir: novia mojada, novia afortunada y nos resignamos a adaptarnos a lo que viniera puesto que, después de todo, estábamos celebrando una boda en invierno y, en cualquier caso, las posibles consecuencias tampoco eran graves.

El día de la boda, mi madre y yo nos levantamos temprano y comprobamos que, efectivamente, llovía más que nunca. Sin embargo, en la hora que tardamos en arreglarnos y prepararnos para salir de casa, pasó lo inesperado: las nubes desaparecieron como por arte de magia, el cielo encapotado dio paso a un cielo azul perfecto y el sol comenzó a brillar como en un día de primavera. Así que finalmente no hubo novia mojada y, sin embargo, no hizo falta mucho esfuerzo para ver que era una novia realmente afortunada. Durante la ceremonia y la celebración, yo no podía dejar de pensar en la suerte que teníamos todos, los novios, sus familias, sus seres queridos... suerte de estar allí, de querernos, de poder celebrar la felicidad de los nuestros, de estar sanos, de estar presentes, de estar juntos.



Mi familia ha recorrido muchos y muy arduos caminos desde nuestra salida de Irán hasta hoy... pero nunca - ni en los peores momentos - hemos dejado de ser una familia realmente afortunada: por tenernos los unos a los otros, así como por tener la fuerza y el valor de labrarnos una vida con cada nuevo día. Hasta hace poco tiempo, tenía que recordarme esto a mí misma una y otra vez, porque se me olvidaba demasiado a menudo. Pero ahora, tras estos años de trabajo personal, lo tengo presente de manera casi permanente y soy cada vez más consciente de ello.

Como era de esperar, en la boda de mi hermana me hicieron la misma pregunta unas cincuenta veces: y tú, ¿para cuándo? Yo, que nunca he creído en el matrimonio y que no me he vuelto a imaginar a mí misma casándome desde que tenía ocho años y jugaba a la bodas con mis amigas, oí lo mismo tantas veces que tuve que terminar haciendo un huequito en mi mente para el tema.



Yo, que no creo en el para siempre; yo, que ansío ser cada vez más libre; yo, que siempre he sido la mujer que los hombres desean, pero que ningún hombre ama... ¿qué significado tiene realmente ese para cuándo en mi existencia? ¿Me molesta que la respuesta más probable a esa pregunta sea para nunca? Y lo que es más importante, ¿estoy dispuesta a sacrificar aquellas partes de mí que convierten esa respuesta en realidad?

Los últimos días han hecho que me replantee las cosas una vez más. Y aunque me resulte cansado y tedioso tener que volver siempre sobre el mismo tema en mi cabeza, creo que es positivo que sea capaz de volver a plantearme mis decisiones y de abrirme a otras posibilidades. Aún más positivo es el hecho de que mi conclusión siempre es la misma. En estos días he vuelto a confirmar que elijo (una y cien veces) ser fiel a mí misma antes que enterrarme y esconderme para evitar estar sola.

Puede que las posibles consecuencias de mi elección no me entusiasmen, pero las acepto. En lugar de derrumbar una parte de mí, elijo derrumbar los prejuicios, las ideas preconcebidas y el anquilosado inconsciente colectivo de nuestra sociedad. Y que la vida, que siempre nos ha dejado a mí y a mis seres queridos donde teníamos que estar, se encargue de hacer el resto.

jueves, 28 de febrero de 2013

TODO LO QUE SIEMPRE QUISE



En nuestra sociedad, hablamos mucho sobre todas las cosas que la vida nos ha negado, todo lo que quisimos y nunca conseguimos, los sueños que nunca alcanzamos. La realidad - ésa que tantas veces se nos escapa, enterrada bajo la montaña de nuestros caprichos y las heridas de nuestro pasado - es que, en la mayoría de los casos, no nos falta absolutamente nada. El hecho es que las cosas que nos duelen hacen que el mundo en que vivimos nos parezca, de cuando en cuando, negro y cruel. Sin embargo, en general, si somos sinceros con nosotros mismos acerca de lo que queremos, la vida nos lo acaba concediendo.

En las últimas semanas, he pasado días muy tristes pensando en lo que la vida se empeña en no darme. Le ha dado mil vueltas, lo he analizado, he conversado sobre ello y he llorado sin parar... Como en otras ocasiones, no conseguía encontrar una razón para esto que me viene pasando (o más bien, no pasando) desde hace tantos años. Sin embargo, hace poco empecé a comprender una verdad que hasta ahora se me escapaba.

Hace unos días, recibí un email de la editorial con la que estoy trabajando para la publicación de mi primer libro. En él me comunicaban que mi libro ya se encontraba en imprenta y que en un plazo máximo de dos semanas, lo tendría en mis manos. La idea de publicar un libro llevaba años rondando en mi cabeza, pero creo que no fui realmente consciente de su materialización hasta que recibí ese email. Un libro. Mi libro. Algo que había querido durante tanto tiempo y que por fin había conseguido, con mi propio esfuerzo, mis ganas y mi creatividad. Ver las palabras escritas en ese email realmente me hizo pensar...



La realidad completa - la que va más allá de lo pequeño que se vuelve mi mundo cuando me concentro tanto en lo que me falta - es que, hasta ahora, he conseguido absolutamente todo lo que he querido en la vida. Quise una carrera y la terminé. Quise estudiar arte dramático y lo conseguí. Quise dedicarme al teatro y lo sigo haciendo. Quise escribir y escribo. Quise una casa propia y ahora vivo en ella. Quise viajar y tengo la mochila al hombro de manera casi permanente. Quise mi libertad, relaciones que no me ataran, y eso es exactamente lo que he tenido.

La incongruencia, lo que hace que nos sintamos frustrados y tristes, es que a veces lo que pensamos que queremos no es lo que realmente siente nuestro corazón. Por otro lado, lo cierto es que el ser humano es un eterno niño caprichoso que nunca crece y, por lo tanto, en muchas ocasiones lo queremos todo. Nos negamos a elegir y cuando la vida nos da lo que más ansiamos, nos quejamos por no tener esa otra cosa incompatible a la que no hemos sabido renunciar.

Lo que debemos entender es que en algún momento hay que dejar de correr en busca de esa utópica felicidad completa y sentarnos a pensar en lo que realmente queremos. ¿Cómo queremos vivir nuestras vidas? ¿Qué queremos ver cuando miremos atrás al final del camino? Y sobre todo, ¿a qué cosas estamos dispuestos a renunciar para no tener ningún arrepentimiento en esa recta final?

Virgilio dijo: la fortuna favorece a los valientes. Merece la pena recordar que la vida es mucho más sabia de lo que solemos creer y que nosotros, aunque no nos demos cuenta, siempre tenemos todas las respuestas. Siempre. Lo importante es tener el valor y la fuerza para enfrentarnos a ellas, aunque eso signifique entrar en un mundo desconocido que nunca nos hemos atrevido a pisar. Si lo conseguimos, resultará imposible que esa fortuna de la que hablaba Virgilio nos pase de largo.

domingo, 10 de febrero de 2013

LA ÚLTIMA PIEZA


Nadie lo tiene todo. Ésta es una verdad irrefutable, simplemente porque nuestra condición humana no permite otra opción. El ser humano tiene deseos, objetivos, metas. Por muy contentos que estemos con todo lo que tenemos en nuestras vidas, siempre hay algo a lo que aún aspiramos y no tenemos. Y esto es bueno. Si no fuera así, la vida no cambiaría, no se construirían cosas nuevas ni se cerrarían puertas a las obsoletas. Una vida que no está en continuo movimiento se estanca y se pudre. Un mundo que no gira en constante cambio tiene los días contados.

Aun así, también es comprensible que, si la pieza que falta en nuestra vida siempre es la misma, acabemos cansándonos. Es frustrante correr detrás de un sueño que nunca llega. Es agotador perseguir ese objetivo que cada vez se ve más lejano, esa felicidad prometida que nunca se materializa, esa última pieza del rompecabezas que se resiste a aparecer. Por otro lado, el humano medio es un ser ilógico, inconstante y un poquito loco... hacemos, pensamos y sentimos cosas que parecen no tener sentido. Una de ellas es que cuando esa última pieza comienza a encajar, cuando parece que esa felicidad que parecía tan utópica se empieza a convertir en realidad, comenzamos a asustarnos. Quizás es un miedo a perder lo que hemos conseguido. O quizás es una manera subconsciente de asegurarnos de que nuestra vida no se estanca, de que seguimos avanzando, de que éste no es el final de nuestra búsqueda. Y es que, aunque el final sea feliz, siempre nos asusta.


La realidad, por supuesto, es otra. Evidentemente, el hecho de que la última pieza encaje no es sinónimo de final. Siempre va a haber nuevos deseos, nuevas búsquedas y nuevos caminos, mientras nosotros queramos seguir buscándolos. Pero nuestro complejo subconsciente tiende a engañarnos y a llenar nuestras cabezas de miedo. Nos hacemos trampa a nosotros mismos y nos arriesgamos a boicotear nuestras propias vidas. Creo que todos lo hacemos en mayor o menor grado. En los peores casos, terminamos estropeándolo todo y volviendo a la primera casilla donde, con una mezcla de tristeza y alivio, comenzamos de nuevo nuestra carrera hacia ese objetivo que hemos vuelto a perder de vista.

Mi terapeuta me ha hablado en muchas ocasiones de un concepto llamado profecía autocumplida. En psicología, se define este concepto como una expectativa o predicción (en la mayoría de las ocasiones de inclinación negativa) cuyo efecto hace que quien la proclama realice, de manera inconsciente, actos que conducen a que se cumpla lo predicho. Es decir, si yo insisto en pensar que nunca voy a encontrar un trabajo/una pareja/una casa/etc... haré cosas de manera inconsciente que convertirán este pensamiento en realidad. Puede que, en ocasiones, este miedo del que hablo, este terror a que finalmente encaje la última pieza del rompecabezas, también esté relacionado con este concepto.

En cualquier caso, la única manera de lidiar con estos miedos es afrontarlos, conocernos mejor, indagar en nuestro subconsciente y luchar por nuestra felicidad. No es una tarea de un día. Es un camino largo y, en ocasiones, muy duro. Y lo más duro es que por mucho camino que recorramos, a veces nunca es suficiente. ¿Qué hacer si, tras años de trabajo sobre uno mismo, tras superar decenas de barreras emocionales, tras caer y levantarnos una y otra vez, la última pieza sigue sin encajar? A veces, por mucho que nos esforcemos en ir hacia delante, las barreras son cada vez más altas e insuperables. Y nuestro corazón, a pesar de todo, se rompe una y cien veces y debemos recoger las piezas y pegarlas como podamos. Hasta que nos parece que no seremos capaces de volver a hacerlo ni una vez más.


Pero somos mucho más duros de lo que pensamos. Incluso cuando nuestro corazón está tan roto que nos duele (literalmente) el pecho. Incluso cuando lo único que queremos es meternos debajo del edredón y no salir hasta que la realidad cambie. Incluso en los momentos más bajos, somos mucho más fuertes de lo que nosotros mismos imaginamos.

Por eso, a veces, lo mejor que podemos hacer es seguir viviendo. Dejar las cosas estar, aceptarlas y sobre todo, recordar que no todo es lo que parece. Nunca sabemos a dónde nos va a llevar, a la larga, nuestro camino. A veces, el mayor golpe de suerte puede llevarnos a algo tremendamente desafortunado. Y a veces, lo que parece ser la peor de las circunstancias puede ser, en realidad, la mayor de las bendiciones. Nunca lo sabremos en el momento, así que conviene tener esto siempre en mente para no exagerar nuestras alegrías ni nuestras decepciones, para entender que la realidad no es siempre como la visualizamos en nuestro interior.

Cuando ya lo hemos hecho todo, cuando hemos puesto toda la carne en el asador y no nos queda ningún as en la manga, lo único que podemos hacer es seguir respirando. Respirar, vivir, esperar. Seguir haciendo realidad nuestros sueños y los de la gente que nos rodea. Disfrutar de todo lo bueno que hacemos y de todo lo que tenemos, de todas las demás piezas del rompecabezas que sí encajan y que, además, lo hacen de maravilla. Y es que el rompecabezas no tiene por qué estar completo para ser maravilloso. El milagro de la existencia está ahí siempre: sólo hay que tener mirada para verlo y corazón para vivirlo... aunque a ese corazón le falten piezas y esté lleno de heridas, arañazos y abolladuras. Después de todo, es un músculo que se fortalece y se agranda con el uso. Pase lo que pase, merece la pena recordarlo.




lunes, 28 de enero de 2013

DIGO AMOR... Y TODO ES DIFERENTE


¿Qué tendrá el amor que nos vuelve tan locos? ¿Qué es eso que nos saca fuera de nosotros mismos y nos hace olvidar quiénes somos? Me refiero, por supuesto, al amor carnal, al apasionado, a ése que nos enciende la piel y nos ilumina la mirada, al que nos hace sonreír como tontos y comportarnos como adolescentes descerebrados que descubren el sexo por primera vez.

Se supone que, una vez llegada la edad adulta, la ingenuidad de la adolescencia se acaba. Se supone que maduramos, que nos volvemos más cabales y más racionales. Pero cualquiera que haya conocido el huracán salvaje del deseo y la pasión, sabe que, en lo que se refiere al amor carnal, el ser humano adulto - simple y llanamente - no existe.

Puede que el guión de la historia sea diferente en cada ocasión... algunas historias son flechazos, otras son tímidas y comienzan poco a poco; hay historias fáciles e historias complicadas, historias en la distancia, historias breves, historias prohibidas... Con el comienzo de cada una de ellas, sentimos que lo que estamos viviendo es distinto; distinto a lo de los demás y distinto a lo que hemos vivido hasta el momento. Es uno de los efectos del amor: hace que nos sintamos únicos. Pero la realidad es que, por muy diferentes que sean los guiones, la locura de la pasión siempre ataca con la misma fuerza, siempre nos coge desprevenidos y siempre nos sacude sin que podamos evitarlo.

Por otro lado, la pasión casi nunca viene sola. Suele ir acompañada de su amiga, la idealización. Como bien dijo Freud, siempre nos enamoramos de un fantasma. Y es que la persona a la que amamos casi nunca es como nos la imaginamos. El amor hace que regalemos cualidades inexistentes y que nos volvamos ciegos a defectos gigantescos. Es decir: convierte a cualquier adulto maduro en un adolescente ingenuo. Y cuando finalmente nos quitamos la venda y vemos la realidad tal y como es, lo único que nos queda es otra relación fallida y unas cenizas de las que resurgir, una vez más, a la espera del próximo huracán.


Entonces, ¿por qué dejarnos llevar por la locura? ¿Realmente merece la pena cambiar nuestra tranquilidad por las noches sin dormir, las mariposas en el estómago, las dudas, los miedos, las esperanzas rotas? Creo que todos nosotros nos hemos planteado esto alguna vez y, de hecho, hay personas que han decidido no volver a pasar por el huracán. En mi opinión, el problema es que tendemos a olvidarnos de lo que realmente se siente en los comienzos del amor. Si jugar con el fuego de la pasión ha acabado quemándonos (más de una vez), lo más probable es que nuestra mente dé más peso a esa sensación de desesperanza y de dolor que a todo lo que la precedió. Y es más que probable que se nos olvide que nunca nos hemos sentido más vivos que durante ese bendito huracán. No hay duda: hablamos de amor y todo - absolutamente todo - es diferente.

Kavafis escribió: En el fondo de mi vida joven y disoluta/hallaron forma las imágenes de mi poesía/se gestaba el alcance de mi arte/Por ello mis enmiendas fueron tan inconstantes/Mis resoluciones de continencia, de cambiar/duraban dos semanas como máximo. Y es que las experiencias que vivimos con toda nuestra pasión, aquellas en las que echamos toda la leña al fuego aun a riesgo de quemarnos... ésas son las experiencias que forman nuestra vida, las que la convierten en algo real que va mucho más allá del simple hecho de respirar.


El amor es parte de todo eso y, digan lo que digan algunos, si no has sentido nunca ese huracán, no has vivido del todo. Así que búscalo, espéralo y, cuando llegue - y mientras te haga bien - disfrútalo. Aunque eso te convierta en un verdadero ingenuo:

ingenuo - del latín "ingenuus", vocablo que significa nacido libre y no esclavo. De buen linaje. Que tiene en su interior un linaje completamente libre.

lunes, 14 de enero de 2013

BIENVENIDA, LOCURA


He empezado el 2013 poniendo en práctica algunos de mis conocimientos de Medicina Tradicional China. Hasta ahora me había resistido, puesto que sigo formándome, pero he decidido que confío en mí misma lo suficiente como para empezar (con mucha cautela y muy poco a poco) a tratar a algunas personas. Y la verdad es que ha sido un buen comienzo. Poner en práctica lo que sé me produce una satisfacción que equiparo a la que me produce estar encima de un escenario... y los que me conocen bien saben la gran magnitud que tiene esta afirmación.

La acupuntura es una terapia energética y, por lo tanto, influyen en ella tanto la energía del paciente como la del terapeuta. Un acupuntor debe trabajar su energía, aprender a centrarse, mantener una mente calma, un corazón tranquilo y un alma enraizada en el mundo que le rodea. El buen acupuntor conoce la teoría de los síndromes, los síntomas y la localización de los puntos, pero hay que recordar que su éxito depende sobre todo de su capacidad para cultivar un buen qi (energía) y para ver al paciente como parte de un todo, en lugar de pensar única y exclusivamente en localizar y pinchar una serie de puntos sobre su cuerpo.


El caso es que, a lo largo del día, hay decenas de cosas que pueden alterar nuestro equilibrio emocional y nuestra energía. Y a veces es fácil pensar que lo mejor es quedarnos en nuestra zona segura, donde casi todo está controlado y es muy poco probable que algo vaya mal. Sin embargo, me temo que ya nos podemos empeñar en hacer nuestros planes perfectos, que la vida se encargará de ir por donde le dé la gana. Con el tiempo, he ido comprendiendo que el secreto no es evitar esa montaña rusa emocional de nuestras vidas, sino aprender a gestionarla.

En mi caso, con terapia y mucho trabajo energético y emocional, la gestión de la montaña rusa ha progresado de manera importante. Donde antes había enormes cambios emocionales en periodos muy cortos de tiempo, ahora hay una base de calma y alegría sobre la que, simplemente, danzan mis emociones. Todas siguen ahí: la tristeza, la frustración, el enfado, la preocupación, el miedo. Todas siguen siendo parte de mí, sólo que mi convivencia con ellas se ha hecho muchísimo más llevadera.

Creo que el quid de la cuestión es entender que la vida es mucho más que eso que nos pasa en un momento dado. Nosotros somos mucho más que nuestras preocupaciones y nuestros miedos. Y la totalidad de nuestra existencia es mucho más grande e importante que cada una de las cosas con las que lidiamos en nuestro día a día. En otras palabras, es una cuestión de adquirir perspectiva y - al igual que un buen acupuntor - ver la totalidad de lo que tenemos delante, en lugar de concentrarnos en un único punto.


Es una suerte que haya podido llegar a aprender a gestionar mis emociones de esta manera, porque la verdad - y los que me conocen lo saben perfectamente - es que no creo en intentar evitar la montaña rusa. Siempre elijo vivir la experiencia antes que evitar el posible riesgo de una tormenta emocional. Mi amigo Ángel dice que mi lado visceral triunfa siempre sobre mi lado cerebral, todas y cada una de las veces. ¿Qué queréis que os diga? Creo que la vida es muy corta y que hay que vivirla a posta. No sirve gozar a medias, ni amar con cobardía, ni vivir con tantas prohibiciones inventadas. Por eso intento vivir de verdad y, si eso viene con una dosis de locura y tormenta emocional, bienvenida sea.

Por decirlo de alguna manera, pienso que en la vida hay que comprar ficha al feriante y subir a la montaña rusa sin dudarlo. Y no pasa nada porque suban con nosotros nuestros miedos y preocupaciones. Todos tienen cabida porque son parte de lo que somos. Lo realmente importante es vivir cada curva y cada bajada tal y como llegan, agarrarnos fuerte y disfrutar del viaje como si esa ficha fuera la última que nos queda.


domingo, 30 de diciembre de 2012

LOS MEJORES DÍAS DE NUESTRA VIDA


Me ha tocado la lotería de Navidad. Han sido sólo cien euros, que sin duda no me sacan de pobre, pero que se agradecen. Más aún en estas fechas llenas de gastos y excesos impuestos que no dan tregua, ni siquiera en crisis. El caso es que, en todos y cada uno de los nueve años que llevo trabajando en mi actual empresa, he comprado un décimo de Navidad, por si las moscas. Y éste es el primer año que hemos tenido algo de suerte. Es una mera cuestión de probabilidad matemática: lo más normal es que no te toque. Pero seguimos jugando, puesto que la otra cara de la moneda es que a alguien le tiene que tocar cada año... y ese alguien puede ser cualquiera de nosotros.

En estos días en los que el cambio de año se huele en el aire y las esperanzas de cosas mejores revolotean como mariposas en las conversaciones y las miradas de todos, he estado pensando mucho en cómo manejamos nuestras expectativas. Nos gusta pensar que tenemos el control suficiente sobre lo que nos acontece, sobre lo que entra y sale de nuestro paso por la Tierra... pero la realidad no es ésa. La verdad es que lo que controlamos es un porcentaje relativamente pequeño de lo que nos ocurre. El azar juega un papel importante - quizás demasiado importante para nuestro gusto - en el camino que sigue nuestra existencia. Como si de un juego de lotería se tratase, no tenemos manera de predecir lo que nos pasará mañana. Lo único que podemos hacer es conjeturar en base a probabilidades (es muy probable que mañana me levante y vaya a trabajar como todos los días, es muy poco probable que herede cien millones de euros, lo más probable es que me encuentre bien de salud, etc...). Sin embargo, la realidad es que estas probabilidades sólo son eso: posibilidades que siempre pueden ser sustituidas por otras cuando menos lo esperamos.


Lo malo es que tendemos a vivir nuestras vidas como si la mayoría de nuestras probabilidades fueran certezas. Inconscientemente, pensamos que nada va a cambiar, que todo va a seguir igual, que tanto lo bueno como lo malo que tenemos siempre va a estar con nosotros. Es falso: la vida cambia en un solo instante. El problema es que lo olvidamos demasiado a menudo. Vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, cuando deberíamos vivir como si fuéramos a morir mañana. Paulo Coelho escribió: Todos moriremos algún día. Es mejor hacer como los viejos indios yaquis: usar la muerte como una consejera. Preguntarse siempre: "Ya que voy a morir, ¿qué debo hacer ahora?".

No es la primera vez que menciono a los indios yaquis en este blog. Y es que pienso que su filosofía de vida es la más recomendable... pero qué difícil es a veces conseguir aplicarla. Nuestros miedos, nuestras proyecciones hacia el pasado y el futuro, nuestra ansiedad por no tener todo lo que nos gustaría, nuestra prisa por llegar a donde queremos... hay miles de excusas para postergar la vida y pasar por ella de puntillas. Hay miles de razones para protegernos demasiado y miles de maneras de sufrir lo suficiente como para no darnos cuenta de que estos días - los que estamos viviendo - son los mejores días de nuestra vida.


Tienes tiempo para hacer todo lo que quieres, pero comienza a hacerlo. Tienes tiempo para amar con todas tus fuerzas, pero ama como si fuera el último día de tu vida. Tienes tiempo para conseguir todo lo que sueñas, pero disfruta de lo que te dan hoy, puesto que el hoy es tu única certeza.

En estos tiempos difíciles, las conversaciones de fin de año se centran en deseos de más alegría, más felicidad y una vida mejor para el 2013. Pero a pesar de la situación actual, hay que recordar que la vida sigue siendo ahora mismo. Proyectar hacia el futuro con demasiada intensidad nos puede hacer olvidar que la alegría real nace de nosotros mismos. Y por lo tanto, también está aquí hoy.
Merece la pena estar atentos para no perdérnosla.
¡Feliz 2013!





jueves, 13 de diciembre de 2012

EL EGO Y TODOS SUS COMPAÑEROS


Una de las cosas que he ido aprendiendo durante mis años en el teatro es que lo que se muestra de cara al público, lo que se ve desde fuera, no es más que una pequeñísima parte de la realidad, un mero fragmento de un todo mucho más amplio de lo que podríamos imaginar. El teatro - como todas las artes escénicas - es efímero: lo que se crea sólo permanece un momento y después desaparece para siempre. Nunca se volverá a repetir exactamente de la misma forma – esa interpretación, esa réplica, ese sentimiento nunca serán iguales. En esto radica su belleza, pero también la frustración con la que a veces se vive el oficio.

Por otro lado, detrás de ese mundo mágico que se crea sobre el escenario, exclusivo e inigualable, para ese público, en ese preciso instante, hay una cantidad de trabajo extraordinaria. Memorizar textos imposibles, las horas de ensayo, la búsqueda del personaje, la preparación del attrezzo, de la escenografía y del vestuario, el maquillaje, los efectos especiales... el trabajo del actor es relativamente agradecido, porque tras el esfuerzo viene el aplauso (y recibir el aplauso del público es una de las sensaciones más gratificantes que existe en el mundo). Sin embargo, el teatro está lleno de personas que trabajan tanto o más que los actores y que casi nunca reciben esa recompensa. Directores, productores, maquilladores, técnicos y encargados de backstage... son esos seres silenciosos que siempre están entre bambalinas, vestidos de negro y asegurándose de pasar totalmente desapercibidos. Pero la realidad es que, sin ellos, el teatro no existiría.


Alguna vez ya he mencionado en este blog que jamás he trabajado en una obra de teatro sin complicaciones, jamás he estado en una compañía sin problemas. Siempre los hay y es imposible evitarlos. En el teatro, como en todas las artes, ya sea por exceso o por carencia de aplausos, se manejan unos egos descomunales. Esto es parte de nuestra condición humana y se eleva a la máxima potencia en el mundo artístico. Los artistas tenemos cosas tan maravillosas como la pasión, la entrega y una sensibilidad maximizada gracias a años de oficio, pero nuestro lado oscuro es gigantesco y terrible e intenta salir a la luz con cada nuevo proyecto. De cada uno de nosotros depende el aprender a controlarlo.

En cualquier caso, la realidad es que en el teatro, como en la vida, lo que se aprecia a simple vista nunca cuenta la historia completa... detrás del telón de cada escenario, al igual que tras las puertas cerradas de cada hogar, hay egos y humildad silenciosa, Amor y odio, envidias y admiración, puñaladas traicioneras y actos de generosidad... un sinfín de pequeñas historias que completan el todo. En cada nueva vivencia, nos amenazan nuestro ego y todos sus compañeros: traumas, celos, miedo... fantasmas del pasado y del presente que nos anclan y no nos permiten progresar.


Quizás la única manera de asegurarnos de que no nos impiden seguir caminando es recordarnos a nosotros mismos – cada día y todas las veces que sean necesarias – que sólo son eso: fantasmas. No nos pueden hacer daño a menos que se lo permitamos. Las invenciones de nuestro ego sólo sirven para llenarnos de heridas y telarañas. Y el pasado es como un lastre que pesa – implacable - sobre nuestras posibilidades de comenzar de nuevo.

Puede que sea difícil que nuestros fantasmas se evaporen para siempre, pero nuestra determinación sí que puede conseguir dormirlos indefinidamente. Nuestro reto – y la llave a una parte importante de nuestra felicidad – es plantarles cara cada vez que intenten despertar, luchar contra ellos con nuestras mejores armas y seguir creando ese mundo en el que nuestro bienestar es mucho más importante que su existencia.