domingo, 27 de marzo de 2016

DAME LA MANO


Hoy he pasado un rato en El Retiro con mi amigo Iñaki. Es una pequeña tradición nuestra: solemos quedar un Domingo cada mes o mes y medio para vernos, dar un paseo y charlar. A los dos nos encanta El Retiro y este pulmón de Madrid se ha convertido en nuestro lugar de encuentro habitual. Hoy me he acercado al Palacio de Cristal quitándome abrigo, pañuelo y guantes, ya que el día ha sido típicamente primaveral, muy frío por la mañana y llegando hasta 23 ºC al sol a mediodía. El Retiro estaba abarrotado de gente: padres y niños dando de comer a los patos del estanque, parejas paseando y disfrutando del sol y músicos tocando una melodía mágica de hang.


Mi cabeza también estaba abarrotada. De pensamientos, decisiones por tomar, dilemas, dudas. Aproveché la compañía de mi amigo para soltar un poco de lastre, contar lo que me asusta y preocupa y pedir consejo. Un par de horas después, cuando volvía paseando a casa, pensaba en lo ligera que me sentía y en cómo, muchas veces, el simple hecho de decir algo en voz alta nos ayuda a aclarar nuestros pensamientos y tomar decisiones casi inmediatas. 

Qué importante es el contacto humano para nuestra existencia. En los últimos meses, toda mi energía ha estado destinada a montar mi negocio, a preparar la consulta, a mejorarla, a mis pacientes, a mis continuos estudios. Aunque en teoría tengo más contacto directo con otras personas que en mi anterior trabajo, lo cierto es que - en este sentido - la relación con los pacientes no cuenta. Al establecer una relación terapeuta-paciente, es necesaria cierta barrera emocional, para protección de ambos. Y aunque los pacientes, de manera natural, suelen contarme cosas ajenas a su motivo de consulta, yo no puedo implicarme emocionalmente en sus temas personales y, evidentemente, mucho menos contarles los míos. Por lo tanto, en consulta no se suele establecer ese vínculo emocional tan humano y tan necesario para nosotros.


Por otro lado, mi situación económica desde que no disfruto de un sueldo fijo se ha traducido en una falta de actividad social: nada de cursos, eventos contados con los dedos de una mano y muy pocas salidas con los amigos. Estos meses he sentido la necesidad de dedicar todo mis esfuerzos económicos, intelectuales y emocionales únicamente a mi trabajo. Lo he hecho conscientemente, sabiendo lo que hacía. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que ésta no es una situación sostenible.

Nos necesitamos los unos a los otros. Es ridículo, irreal y bastante peligroso intentar convencernos de lo contrario. Y es que, cuando nos encerramos en nosotros mismos, perdemos perspectiva. Anaïs Nin dijo: No vemos las cosas como son; las vemos como somos nosotros. Esta verdad es más grande que nunca cuando estamos solos, cuando no hay espejos donde mirarnos, personas lo suficientemente alejadas de nuestros agobios y nuestras pesadillas como para sacarnos de nuestra espiral y ponernos los pies en la tierra de nuevo.     


Mi abuelo materno solía gastar todo su dinero en dar fiestas a las que invitaba a todos sus amigos y familiares. Nunca le interesó tener propiedades, ni ahorrar, ni gastar en cosas materiales. Lo que más feliz le hacía era tener la casa llena de las personas a las que quería. Y qué razón tenía. Nuestro círculo, nuestra gente, nuestros seres queridos. Son nuestro escudo protector, nuestro cable a tierra, el viento que nos impulsa para volar. 

La única realidad inquebrantable de nuestra existencia. 

Lo único que quedará para siempre, aun cuando todo lo demás ya haya desaparecido.





sábado, 27 de febrero de 2016

FINALES FELICES


Hace unos días, un Domingo por la tarde, me hice un té y me senté en el sofá a ver la televisión. Estaban poniendo Sabrina y sus amores, que no es la película original de la única y adorable Audrey Hepburn, sino una versión moderna que se hizo en los años 90, con Harrison Ford y Julia Ormond. Una de tantas versiones modernas de clásicos del cine: las colocan en un contexto de hoy, cambian ciertas cosas para que no quede arcaico, suelen añadir algo de sexo y lo disfrazan todo con el fin de crear la impresión de que esta nueva versión es para un público totalmente liberado, una era moderna en la que mujeres y hombres somos iguales, en la que se ha eliminado cualquier referencia machista. La protagonista es inteligente, cultivada, tiene (o encuentra durante el transcurso de la película) una profesión fascinante, es independiente, viajera y estupenda. Cómo hemos avanzado, pensará el público. Qué suerte tenemos de que hoy en día no se perpetúen los estereotipos machistas de antaño.

Lamentablemente, sólo hay una cosa más peligrosa que esos estereotipos machistas de antaño. Y es la perpetuación de esos mismos estereotipos escondidos bajo el disfraz de la igualdad. Estoy harta de ver películas en las que la mujer consigue todo lo que se propone, una vida realmente envidiable a todos los niveles... y sin embargo nos tenemos que tragar una penúltima escena en la que se la ve caminando melancólica por una playa, o bajo la lluvia en las calles de París, o en su balcón (en su precioso balcón, que es parte de su maravillosa casa, esa casa que ha conseguido gracias a su esfuerzo, a su valentía, a su valía), sorbiendo una taza de té y lamentándose por ese amor perdido. Por supuesto, después de esa penúltima escena viene la última: la reconciliación, el (re)encuentro o la posibilidad de un nuevo amor. Y entonces... por fin todo encaja. Alegría. Emoción. Música de violines. Final feliz.


Tengo una misión personal: la de encontrar películas en las que el personaje protagonista (sea hombre o mujer) haga su camino, viva su vida, supere los obstáculos y encuentre lo que busca... sin necesidad de que aparezca esa coletilla del amor al final. Porque ya es lo suficientemente peligroso que en nuestra psique colectiva exista esta idea de los finales felices, como para además añadir una condición más: si estás sol@, todo lo que hayas conseguido no importa. Estás incomplet@. No es suficiente. Sigue buscando.

Y es que esto va mucho más allá que la perpetuación de ideas machistas. Aunque las mujeres, desafortunadamente, seguimos siendo las más afectadas por este tipo de trampas sociales, esto incumbe a los hombres también. Mi pregunta es la siguiente: ¿en qué momento nos han convencido de que no estamos completos? ¿Cómo hemos permitido que la sociedad nos enseñe que siempre falta algo, que siempre hay que ir a por más?

Lo que quiero es ver más personas que digan con total sinceridad: yo estoy complet@. Ahora mismo. No porque haya conseguido todos mis objetivos o porque no tenga sueños y deseos. Sino porque he comprendido por fin que - aunque las películas, la publicidad y todos los demás mensajes sociales que me rodean insistan en lo contrario - soy suficiente. Tengo sangre en mis venas y aire en mis pulmones, me he levantado esta mañana con salud, con un techo sobre mi cabeza, con gente que me quiere, con comida en la nevera, agua potable, ropa y calzado. Es posible que no esté haciendo lo que me gusta. O que a veces eche de menos otro cuerpo en mi cama. O que las circunstancias no me hayan permitido tener hijos. O que el tener hijos no me permita estudiar una carrera. Es posible que consiga algunas de las cosas que quiero con el tiempo y es posible que no. Pero no tengo por qué esperar a conseguirlas para sentirme complet@. Porque eso ya lo soy. Una persona completa en medio de toda esta imperfección.


En algún momento, nos han vendido la gran mentira. Han conseguido convencernos de que, en realidad, no somos unos auténticos privilegiados. Porque conviene. Conviene que nos sintamos inadecuados y pequeños. Conviene que siempre tengamos la sensación de que nos falta algo. Porque si eres feliz no se te vende cualquier cosa: ni un coche nuevo que no necesitas, ni cosmética para falsear belleza que ya tienes, ni citas online para encontrar esa mitad que nunca te ha faltado.

Si fuera posible que todos entendiéramos esto y sobre todo, si se lo enseñáramos a las nuevas generaciones (en lugar de envenenarlas con las mismas tonterías de siempre), todo nuestro mundo cambiaría.






lunes, 25 de enero de 2016

SÍ OCUPA LUGAR


Cuando trabajaba por cuenta ajena - intentando poner en marcha mi negocio a la vez - me frustraba por la falta de tiempo para ampliar mis conocimientos. Me formé como acupuntora y como coach nutricional sacrificando noches y fines de semana y conseguí ambos títulos a costa de falta de sueño, cervicales cargadas por estar demasiadas horas delante de un ordenador y una falta total de tiempo libre. Mereció la pena: tenía unos objetivos muy claros y no me importó hacer ciertos sacrificios para conseguirlos.

Cuando finalmente conseguí dedicarme de lleno a la consulta, me hacía ilusión pensar que, además de levantarme cada mañana para hacer algo que realmente me gustaba, tendría mucho más tiempo para ampliar esos conocimientos, para leer más, diversificar, profundizar y entretenerme con horas de lectura que antes no tenía disponibles.


Como suele pasar, la realidad no ha sido exactamente como me la imaginaba. Parece mentira, pero ahora que no tengo que trabajar durante diez horas al día para otras personas, me da la impresión de que tengo menos tiempo que nunca. Al principio no entendía nada. ¿Cómo era posible? ¿Es que me había vuelto más vaga? ¿Acaso había perdido de pronto la capacidad de multi-tasking que había cultivado durante años y años de combinar mi trabajo de oficina con otras actividades? ¿Estaba perdiendo el tiempo? ¿Dormía demasiado, pensaba en musarañas, mataba el tiempo procrastinando?

Dándole vueltas a todas estas preguntas, he ido comprendiendo las razones reales por las cuales el tiempo parece haberse comprimido tanto en los últimos meses. En primer lugar, no es ningún secreto que yo tengo un verdadero problema a la hora de estar ociosa. Todos los días me pongo el objetivo de descansar, de relajarme, de intentar pasar un ratito sin hacer nada: nunca lo consigo. Veo las fotos de mis amigos en Facebook, sorbiendo copas de vino y compartiendo jarras de cervezas en las terrazas de Madrid y me dan envidia. ¿Toda una tarde de relax? ¿Sin hacer absolutamente nada? ¡Qué suertudos! ¡Yo también quiero! Y, sin embargo, soy completamente incapaz de imitarles. Siempre hay algo que hacer. Siempre hay cosas de las que tengo que encargarme: compras para casa, pedidos para la consulta, planes de nutrición pendientes, ese artículo sobre el tratamiento de la epilepsia a través de la Medicina Tradicional China, Julieta tiene que ir al parque, yo tengo que salir a hacer ejercicio porque hoy aún no me he movido lo suficiente y el blog está sin escribir.


¿Cómo voy a tener más tiempo si me empeño en llenarlo de cosas? Son cosas que cuando trabajaba para otros no me daba tiempo de hacer. Ahora mi tiempo es mío y mis tendencias obsesivo-compulsivas no me dejan utilizarlo para descansar y relajarme. Vaya trampa.

Por otro lado, está también el hecho de que cuanto más sabemos, más queremos saber. Cuando me estaba formando como acupuntora, salía de las clases con una especie de subidón de conocimientos que me hacía tener sed de más. Salía con ganas de comprar todos los libros de referencia, de leer todos los blogs, ver todos los vídeos y apuntarme a todos los cursos. Cuanto más aprendía, más me gustaba lo que estudiaba. Cuanto más sabía, más consciente era de todo lo que NO sabía. Y entonces, de pronto, sentía que no había suficiente tiempo en toda mi vida para desvelar todos los misterios que ocupaban mi mente.

Por supuesto, tenía razón. Nunca dejará de haber cosas que no conozco, tanto en mi oficio como en el resto de mi vida. Y esto es a la vez maravilloso y tremendamente frustrante. Se suele decir que el saber no ocupa lugar, pero para los buscadores, para aquellos a los que nos da subidón entender cada día un poquito más, a la vez que comprendemos que no sabemos casi nada, el saber ocupa muchísimo lugar. Es como una droga que alimenta nuestra imaginación y nos llena, para luego dejarnos vacíos y hambrientos, a sabiendas de que somos pequeños e ignorantes frente a la grandeza de la existencia. El saber lo llena todo y, cuanto más grande se hace, más quiere seguir creciendo.

Quizás el secreto es entender por fin que, por mucho que aprendamos, por mucho que busquemos, investiguemos y comprendamos, seguiremos siendo diminutas hormiguitas en un vasto universo. Y esto es algo bueno, porque significa que, por mucho que vivamos, nuestra existencia nunca dejará de ser un increíble, hermoso e inquebrantable misterio: el mejor regalo divino para nosotros, pequeños seres mortales.


viernes, 25 de diciembre de 2015

VIDA Y GRATITUD


Estoy pasando unos días en casa de mi madre, para celebrar las fiestas, descansar un poco y disfrutar de su compañía. Tenía muchas ganas de que llegara el momento de hacer esta visita... no sólo por pasar tiempo con mi madre, sino también porque unos días fuera de Madrid siempre sientan bien.

Recuerdo que, de pequeña, cuando vivía aquí con mis padres, no me gustaba nada este lugar. Y ese sentimiento duró mucho tiempo, incluso después de haberme mudado a la capital. Nunca me pareció mucho más que un pueblo lejano y mal comunicado, silencioso, aburrido y ligeramente deprimente. Mi padre compró nuestra casa aquí (hace ya más de veinte años) para darnos calidad de vida, espacio, aire puro. Y lo cierto es que nosotras nunca llegamos a apreciarlo del todo. 

Pero las personas cambiamos, nuestras vivencias y experiencias cambian nuestra forma de ver la vida. Y en mi caso, esta visita ha marcado un antes y un después en mi percepción de la vida en este lugar. He pasado estos días dando largos paseos con Julieta, respirando el aire limpio con olor a leña quemada, tomando el sol en la terraza y experimentando la pausa natural que adquieren el cuerpo y la mente al estar en un sitio tan tranquilo. Me había traído el ordenador para adelantar algo de trabajo y para tener la posibilidad de ver alguna película o serie si me aburría. Sin embargo, ahora mismo es la primera vez que lo toco, para escribir estos pensamientos. Y es que, a diferencia de lo que me pasa en la ciudad, aquí no siento la necesidad de conectarme a nada, de distraerme con nada, de entretenerme con nada. Curiosamente, tampoco he sentido la llamada sociocultural a estar alegre porque es Navidad, a pasarlo bien, a celebrar, a divertirme... una presión implícita y constante que otros años me había resultado imposible evitar. 



Esta mañana, mientras paseaba con Julieta, me fijé en el Sol radiante y el verde a mi alrededor y observé a mi perrita, que aun siendo una de las perras más alegres y activas que he visto en mi vida, jamás ha estado tan viva y tan feliz como en estos días. Sentí una gratitud indescriptible hacia la Vida... y hacia la persona que ha sido la base, el pilar, la razón original por la cual tengo todo lo que tengo. Lo dije en voz alta: Gracias, papá.


Hace poco me dijeron una frase que no se me quita de la cabeza: Hay que desear lo que se tiene. Me parece acertadísima. Y es más: yo añadiría que no sólo hay que desear lo que se tiene, sino que hay que saber identificarlo, agradecerlo y además aprovecharlo. No siempre lo hacemos y, si miro atrás hacia todos los años en los que no he sabido aprovechar el hecho de tener un hogar fuera de Madrid, me dan ganas de darme una buena bofetada para hacerme recapacitar. 

Este nuevo año no viene cargado de propósitos de cambio, como lo han hecho los anteriores: por fin puedo decir que estoy en un momento tranquilo, en el que me encuentro realmente satisfecha y feliz con lo que tengo. Sin embargo, a veces nos sorprende darnos cuenta de cosas de las que nunca antes nos habíamos percatado... y que traen consigo algún que otro nuevo e inesperado propósito. ¡Feliz 2016 a tod@s!




lunes, 30 de noviembre de 2015

#35sueñosparamis35



La semana pasada, cumplí treinta y seis años. El día de mi cumpleaños marcaba también el final de los doce meses de mi proyecto personal #35sueñosparamis35. Se trataba de una lista de treinta y cinco sueños/retos que, con ayuda de mis amigos y familia, elaboré en mi trigésimo quinto cumpleaños. La idea era realizar todas las actividades de la lista durante los doce meses entre ese cumpleaños y el siguiente. Se me ocurrió en su momento porque la idea de cumplir treinta y cinco años se me hacía muy cuesta arriba. Entré en una especie de espiral de pensamiento negativo: que no había aprovechado mi vida lo suficiente, que se me iba el tiempo, que casi tenía cuarenta, que qué rápido pasa el tiempo... El objetivo de la lista era, básicamente, sentirme mejor. 

Cuando llegó el día de mi trigésimo sexto cumpleaños, había cumplido veintitrés de los treinta y cinco sueños de la lista. Me hubiese encantado haber cumplido los treinta y cinco, pero la falta de tiempo y - sobre todo - la falta de dinero, hicieron que decidiera aparcar algunos de ellos hasta nuevo aviso. Sin embargo, no haber cumplido todos los objetivos de la lista no resultó ser tan importante. Lo realmente importante fue lo que aprendí de la experiencia. 

En primer lugar, me costó una barbaridad encontrar treinta y cinco cosas que me gustaría hacer y que no había hecho todavía. Entonces me di cuenta de que, en general, suelo hacer todo lo que quiero, no dejo que me paralicen ni el miedo ni la pereza a la hora de vivir las experiencias que deseo. Entender esto ya cambió bastante mi perspectiva sobre mi cumpleaños y sobre cómo había vivido mi vida hasta entonces.

En segundo lugar, realizar los objetivos de mi lista ha hecho que tenga un año tremendamente productivo y divertido, lleno de experiencias nuevas, risas, alegría y aprendizaje. Aunque comencé poniendo mucho énfasis en completar la lista entera, acabé dándome cuenta de que no importaba tanto cuántos objetivos cumpliera, sino el propio hecho de dedicarme a ellos, de buscar la manera de realizarlos y de disfrutar del proceso de hacerlo.

Y por último, lo más importante, lo mejor que he sacado de este proyecto, ha sido poder compartirlo con la gente a la que quiero. Mi gente me ha acompañado con entusiasmo e infinita generosidad en mi recorrido por la lista, en primer lugar proponiendo actividades que les incluían y más tarde, disfrutándolas conmigo, aportando su tiempo, su energía, su humor y su amor a todo lo que he hecho en estos meses. Haber compartido esos momentos con ellos ha sido, sin duda alguna, el mejor regalo.

Muchas personas me han preguntado si este año tendré un proyecto llamado #36sueñosparamis36. La respuesta es que no, sencillamente porque no lo necesito. Y es que este año lleno de nuevos proyectos, sueños y retos - incluyendo un cambio radical de rumbo laboral - ha modificado por completo mi manera de ver la vida: he llegado a los treinta y seis sintiéndome más joven, viva y afortunada que nunca. Misión cumplida.


35 sueños para mis 35

1)      Plantar un árbol
2)      Volar en globo
3)      Volar en ultraligero
4)      Hacer speed dating
5)      Nadar desnuda
6)      Hacer un viaje improvisado de fin de semana
7)      Que Aryán Natural Life se convierta en mi único trabajo
8)      Ir a La Gatoteca de Lavapiés con Lucía y Mariajo
9)      Ir a Gales a visitar a mi amiga Joanne
10)   Hacer un curso de masaje
11)   Dar charlas de mi actividad en centros de prestigio
12)   Hacer una escapada de fin de semana con mi amiga Arantxa
13)   Ir a una playa nudista
14)   Volver a patinar
15)   Volver a conducir
16)   Empezar a escribir mi novela
17)   Obtener la maestría de Reiki
18)   Entrar en sitios en los que nunca había entrado
19)   Apuntarme a bailes de salón
20)   Hacer una ruta por el campo y alcanzar la cima de la montaña
21)   Probar nuevas recetas en mi cocina
22)   Invitar a mis amigos a comer en casa
23)   Conocer Madrid a fondo
24)   Ir a York a visitar a mi amiga Tori
25)   Aprender Chi Kung
26)   Empezar a aprender chino
27)   Ver un clásico y/o una película nueva cada semana
28)   Leer al menos un libro nuevo al mes
29)   Volver a Barretstown
30)   Ir a Praga
31)   Ver al menos una obra de teatro al mes
           Leer todas las obras de Shakespeare
3      Terminar un puzle de 1000 piezas
3      Visitar la estación de Chamberí
3      Ir a ver un concierto de Marwan en Barcelona y pasar el finde ahí

viernes, 30 de octubre de 2015

OTOÑO


Me encanta el otoño. Las hojas amarillas, naranjas y marrones que cubren el suelo como corazones. Los atardeceres rojizos, cuando la temperatura baja y las luces de las casas se encienden. Me encanta echar un vistazo hacia las ventanas mientras paso: la luz acogedora, quizás una mesa de comedor, quizás una cocina con una olla que borbotea, quizás una planta y una foto de familia en la pared... El otoño tiene un no sé qué especial, me hace amar Madrid más que nunca, me hace desear caminar hasta casa (sin importar la distancia) e iluminar mi propia ventana, poner agua a hervir para un té caliente y acurrucarme con una manta a leer en el sofá, con mi perrita dormida a mi lado.

Sé que a mucha gente le deprime ligeramente el otoño. De hecho, hace unos años a mí también me producía cierta melancolía: el frío me hastiaba, la lluvia me incomodaba. Eso ha ido cambiando gradualmente con el tiempo. Sin embargo, no creo que ningún año lo haya disfrutado tanto como lo estoy haciendo ahora. Y sé que en gran parte se debe a mi estado anímico actual, a cómo es mi vida en estos momentos.

Anoche fui al teatro con mi hermana y, después de la obra, sugerí que fuéramos a cenar. Hasta después de la cena, cuando ya habíamos pagado y nos disponíamos a marcharnos, no me di cuenta de que, por primera vez en muchos meses, había hecho un gasto superfluo, innecesario, por el mero placer de hacerlo, sin siquiera pensar en que debo ahorrar dinero. Y es que llevo muchos meses cuidando cada céntimo. Ha sido y sigue siendo necesario: poner en marcha un negocio nuevo no es tarea fácil ni barata. Sin embargo, me gustó mucho comprobar que las cosas se están asentando lo suficiente como para que alguna noche se me pueda olvidar el tema por completo... sin que más tarde se desate una mini-tragedia económica en mi cabecita de autónoma. Y es que, aun con todo el camino que me queda por recorrer, lo cierto es que con trabajo, esfuerzo, tiempo y el apoyo de mis seres queridos, la cosa - afortunadamente - marcha hacia delante.

Además, y dejando el tema económico a un lado, creo que puedo decir sin dudarlo que a día de hoy estoy en el mejor momento de mi vida, en todos los sentidos. No es un momento de alegría desbordada: ha habido otros momentos llenos de enormes emociones, de pasiones, de corazón acelerado y de sentimientos tan grandes, que eran casi imposibles de controlar. Lo de ahora es otra cosa.

Es levantarme cada mañana deseando hacer el 98% de las cosas de mi lista de quehaceres. Y que el otro 2% no me importe hacerlo. Es sentirme realizada tras cada consulta. Es alegrarme con la mejoría de mis pacientes... o bien investigar por qué la mejoría no llega. Es intentar terminar cada día sabiendo que he sido la mejor terapeuta que he podido ser en este momento. Es vivir mi día a día tranquila, sabiendo que, aun con todas las imperfecciones, tristezas y maldades de este mundo, todo pasa y todo sigue y nada importa y todo importa... y todo es, simplemente, parte de esta rueda que gira y gira sin parar. En resumen, creo que lo que me pasa es lo más parecido a la paz interior que he experimentado hasta ahora... y me gusta.

Estar en este estado me ayuda a centrarme, tanto en mi vida personal como en la consulta. Sin querer, se ha puesto en marcha el proceso de conocerme mejor como terapeuta. Cada día descubro alguna pequeña cosa nueva...
- Por ejemplo, me he dado cuenta de que me molesta más que los pacientes lleguen demasiado pronto que algo más tarde de su hora, porque necesito mi tiempo para preparar mi espacio y mi mente antes de recibir a cada uno de ellos.
- También he descubierto que si bebo incluso la cantidad más mínima de alcohol con la comida, mi energía en consulta no es igual por la tarde; por lo tanto, no bebo ni una copa de vino los días que paso consulta.
- No me gusta dejar a los pacientes con las agujas puestas e irme a hacer otra cosa, así que he desarrollado una manera de quedarme con ellos y seguir tratándoles mientras las agujas actúan. Sé que ellos lo aprecian, pero sobre todo, lo hago porque sé que así les estoy dando la mejor terapia posible.
- Siempre que tengo un paciente nuevo, me gusta preparar una tetera con infusión natural y compartirla con él/ella mientras me cuenta el por qué de su consulta. No es simplemente un gesto de hospitalidad: es un ritual que establece una conexión inmediata entre terapeuta y paciente.


Así, poco a poco, he ido descubriéndome como terapeuta, probando, equivocándome y buscando hasta acertar. Y lo que más me gusta es saber que este proceso va a ser así siempre, que es un proceso vivo, que mis rituales y mis terapias y mis manías cambiarán con el tiempo, a medida que mi trabajo evoluciona y a medida que yo cambio como persona.

Y esto, precisamente, es lo que nos enseña el otoño: es época de renovación, de mudar piel, de transformarnos, de evolucionar. Nos habla de atrevernos a cambiar, a dar un paso más en el camino hacia la mejor versión posible de nosotros mismos.

¡Feliz otoño!


domingo, 4 de octubre de 2015

CONECTAD@S


El fin de semana pasado fui a Barcelona, a visitar a mi amiga Juliana. Teníamos un plan muy específico: como parte de mis #35sueñosparamis35, íbamos a pasar el fin de semana juntas y acudir al concierto de nuestro cantautor favorito, Marwan. Fue un viaje relámpago, de menos de dos días enteros. Sin embargo, fue tan divertido, intenso y lleno de emociones y de aprendizaje, que en retrospectiva me parece haber pasado ahí muchísimo más tiempo.

Una de las cosas sobre las que he recapacitado tras este viaje es el estado de eterna conexión en el que estamos en nuestra sociedad. Fotos subidas a Facebook en tiempo real, información sobre dónde estamos, con quién estamos, qué estamos haciendo y por qué lo hacemos. Vivimos bajo un bombardeo de información sobre las vidas ajenas y muchos de nosotros contribuimos a ese tráfico de comunicación contándole al mundo todas nuestras peripecias. Yo misma soy culpable de esto. Es difícil que alguien que quiera seguirme el rastro no sepa a qué estoy dedicando mi tiempo. Con este blog, en el que hablo tan libre, abierta y sinceramente sobre todo lo que hago, pienso y siento, ya estoy exponiéndome de una manera bestial al mundo exterior. Pero además, utilizo las redes sociales asiduamente y estoy completamente introducida en la dinámica de contarlo todo (con foto incluída).


Tras mi fin de semana en Barcelona, revisando todas las fotos del viaje que había colgado en Facebook, me planteé (no por primera vez) hasta qué punto es inocuo lo que hago y si no sería mejor rebajar (bastante) esta interacción virtual/social.

El caso es que, una vez metidos en esta dinámica de las redes sociales, es bastante difícil salir. Son adictivas. De hecho, ha habido numerosos estudios sociológicos en los últimos años que han postulado diferentes teorías de por qué esto es así. Ha sido y sigue siendo todo un fenómeno virtual que nos ha cambiado como colectivo social. Pienso que es difícil encontrar un equilibrio y admiro a las personas que no han llegado a meterse en esta espiral virtual, porque de alguna manera siento que su vida sigue siendo suya, mientras que la mía quizás haya llegado a ser demasiado pública.

Habiendo dicho esto, debo admitir que personalmente, tengo un especial cariño a las redes sociales. Gracias a ellas, he encontrado a familiares con los que había perdido el contacto, he conocido a personas que han sido increíblemente importantes en mi vida y he podido alegrarme y alegrar a otros de maneras que, en otro tiempo, no habrían sido factibles.



Hoy mismo hablaba con mi hermana del hecho de que, para algunas cosas, sigo siendo un poquito antigua (o como dice ella, romántica). Creo que soy la única persona del mundo que sigue revelando las fotos y guardándolas en álbumes. Las fotos son para mirarlas en una tarde lluviosa con un té calentito y una manta... y qué queréis que os diga, no es lo mismo hacerlo en un álbum que en la pantalla de un ordenador. Tampoco es lo mismo pasar las hojas de un libro, olerlas, sentir cómo va cambiando el peso de una mano a otra mientras avanzas en la lectura, que leerlo en formato electrónico. Por eso me sigo resistiendo al e-book y por eso los álbumes amenazan con invadir mi casa por completo. Es así.

Y, sin embargo, hay una magia inigualable en el hecho de que, gracias a Facebook, pueda encontrar a primos a los que nunca había llegado a conocer. Hay algo tremendamente valioso en el hecho de que pudiera grabar en vídeo una canción entera de Marwan en el concierto de Barcelona para enviársela a nuestra amiga Cathy, que no pudo estar con nosotras ese fin de semana porque hace unos meses se mudó a EEUU. Con todos los aspectos potencialmente negativos de las redes sociales, se me ocurre que hay algo insuperable en la belleza de poder incluir a alguien del otro lado del mundo en nuestra alegría, hacerle saber que es parte de lo que está sucediendo, que la queremos, que la echamos de menos y que estamos pensando en ella.

Y es que las fotos reveladas, los libros en papel y las cartas escritas a mano son cosas maravillosas... pero estrechar lazos a través del mundo en un sólo segundo también lo es... ¿no creéis?