jueves, 30 de junio de 2016

EL OLOR DE LOS RECUERDOS


Estoy trabajando como monitora en un campamento de verano. Andaba buscando un trabajillo extra para el verano, ya que en estas fechas el número de pacientes en la consulta baja bastante y no viene mal tener un plan de contingencia. Así que ahora me paso el día rodeada de esos locos bajitos, que diría Serrat.

Siempre me ha gustado trabajar con niños. Aunque no tenga deseos de ser madre, me encanta introducirme por un ratito en ese mundo puro, amoroso y algo extraño, en el que todo importa muchísimo y, sin embargo, nada importa durante demasiado tiempo. Se me llena el corazón de ternura con sus sonrisas pícaras, con sus preguntas, con esos llantos desbordados que enseguida se olvidan y se sustituyen por alegría y risas. Ellos juegan a la vida. Y estar con ellos me hace sentir casi igual de libre y auténtica que cuando estoy sobre el escenario, que es el lugar en el que mi niña interior siempre ha estado más contenta y más reconciliada con mi yo adulto.


Hoy, uno de los niños me ha dicho que tenía que pasarse por su clase (algunos de los niños del campamento van a ese mismo colegio durante el año escolar) para recoger una carpeta que se había dejado ahí. Le he acompañado para que no fuera solo y, cuando hemos abierto la puerta, mis fosas nasales se han llenado de inmediato con un olor que me ha traído tantos recuerdos, y tan llenos de emociones, que me he quedado parada durante unos segundos, incapaz de moverme. Ese olor de aula de colegio: esa mezcla de libros y niños y llantos y esperanza y futuro. El olor de la infancia. De mi infancia.


Volviendo a casa, pensaba en la potencia tan grande que tienen los olores a la hora de retrotraernos al pasado. El olfato es el sentido que con más fuerza nos provoca emociones y sensaciones y, cuando éstas pertenecen a nuestra infancia, esa fuerza se multiplica. Mi profesor de interpretación, la persona que me enseñó prácticamente todo lo que sé sobre el arte al que he dedicado tanto tiempo, ha sido muy importante en mi vida por razones obvias; pero aparte de todo lo que me ha aportado, tengo un recuerdo muy tierno de él... y es que, cada Sábado, cuando llegaba a la escuela para dar clase, olía a mi infancia. Nunca supe identificar con exactitud ese olor, ni sé a qué parte de mi infancia pertenece, pero ese olor me transportaba, cada mañana de Sábado, a ese tiempo en el que aún jugaba a la vida y todo era como el teatro: efímero, intenso y muy bello.

Ahora que empiezo (otra vez) una nueva etapa en mi vida, en la que las cosas van a volver a cambiar (espero que para bien), en la que espero poder disfrutar y llenar mi casa de más gente, más trabajo, más pasiones y más esperanzas que nunca, espero saber acompañar mis experiencias con los mejores olores, para poder revivir todas las alegrías que vengan, durante el resto de mi existencia.

 

martes, 31 de mayo de 2016

CUANDO DUELE


Hace unos días, buscando en el baúl de los recuerdos (ése que ahora guardamos en el disco duro de nuestro ordenador), me encontré con el primer book fotográfico que me hice como actriz. Fue en el año 2004. Desde entonces, han llovido doce años y un montón de otras cosas. Me llamó la atención mi mirada en aquellas fotos. Limpia, inocente y algo infantil. Porque se puede decir que, por aquel entonces, aún no me había pasado nada: no había tenido un gran desamor, ni había perdido a nadie, ni había experimentado la muerte de cerca... y así, una infinidad de cosas que me han pasado en estos doce años y que aquella niña del 2004 quizás entendía a nivel intelectual y abstracto, pero no tenía ni idea de cómo la iban a cambiar una vez que ocurrieran.

No es que quiera recuperar a esa niña de las fotos. No envidio su inocencia. De hecho, la recuerdo como una persona bastante incompleta y débil, llena de complejos y de ideas muy poco realistas sobre la vida. Mi mirada de hoy es algo menos limpia, manchada por la pérdida de la inocencia, por la consciencia de los males de este mundo y por el dolor. El dolor de la pérdida, de la separación, de la traición y de ese naufragio del corazón que es la nostalgia.


La vida duele. Y, por naturaleza, intentamos evitar ese dolor. Nuestro instinto de supervivencia nos hace querer estar bien, encontrarnos a gusto, disfrutar. Pero es obvio que no siempre es posible. Opino que hemos creado una sociedad en la que el dolor está demonizado - no nos gusta mostrar que estamos mal ni tampoco ver que los demás lo están. Las redes sociales han elevado esto a la enésima potencia y, hoy en día, sentimos la presión de mostrar nuestra vida perfecta en ese escaparate que hemos creado para espiarnos los unos a los otros sin parar. Lo más común no es que la gente cuente sus miserias (ésas que absolutamente todos tenemos). Sólo contamos lo bueno. Nos hacemos la foto de rigor y vendemos esa mentira al mundo. Y el mundo la compra.

Pero el dolor está ahí por algo. Si no sintiéramos dolor, tampoco podríamos sentir alegría, alivio, tranquilidad, felicidad. El dolor nos cuenta que nos ha pasado algo, que nuestra vida se ha movido y nos ha sacado del eje. Eso hay que sentirlo y procesarlo para poder seguir adelante. Evitar el dolor, ignorarlo, pretender que la vida sea siempre fácil y placentera nos mantendrá anclados en el mismo lugar hasta que un día explotemos de tanto sentimiento sofocado. El dolor nos avisa de que algo no va bien y nos protege de seguir haciéndonos daño.


Y no estamos solos. El dolor da la oportunidad a otras personas de ayudarnos y de querernos. Dar y recibir ayuda en esos momentos cambia las relaciones y enriquece de una manera que la alegría y la tranquilidad no consiguen. Porque el dolor une.

Por eso, no echo de menos a esa niña de mis fotos. Puede que mi mirada haya cambiado, pero es porque ahora lleva dentro las penas y las alegrías de todo lo que he vivido y, sobre todo, el amor que las ha acompañado. Y eso, jamás se me ocurriría cambiarlo.


sábado, 30 de abril de 2016

(DES)CONTROL


Siete de la mañana. Suena el despertador. Me encantaría darle al botón de snooze y quedarme en la cama un rato más, pero Julieta ya espera impaciente detrás de la puerta de mi habitación para que la saque a pasear. Hacerlo no es cosa de quince minutos. Caminamos durante aproximadamente una hora y media (la mayoría de los días, es mi hora de máximo ejercicio; quemo unas 600 calorías de las 1200 que me he impuesto como objetivo diario) y después vamos al parque para que ella corra detrás de su pelota (su momento favorito del día). 

Probablemente, los pacientes empezarán a venir temprano. Y aunque hoy no tenga pacientes por la mañana, es seguro que tengo una larga lista de otras cosas pendientes de hacer. No hay más que un plátano mustio en el frutero y dos tomates casi estropeados en la nevera, así que me toca hacer compra. Comer bien no es sólo importante para mi salud, también es parte de mi trabajo. ¿Cómo voy a asesorar a otras personas sobre nutrición si yo no llevo a cabo mis propios consejos? Por lo tanto, la compra es una prioridad. La perra también, porque es mi responsabilidad. Y tengo un curso de una semana (cinco largas horas al día) sobre los secretos de un buen emprendedor. El curso ha añadido unas diez cosas a mi lista de quehaceres (por lo visto, mi página web es una porquería, no sé nada sobre finanzas, tengo que darme de alta en más redes sociales y ya estoy tardando en ponerme en contacto con los medios para vender mi negocio). Además, participo en una nueva obra de teatro, en la cual dirijo y actúo en varias escenas. Estar en contacto con el teatro de nuevo me llena de vida, pero lo cierto es que tengo que meter los ensayos con calzador entre pacientes, cursos y eventos y aún no he memorizado ni una sola palabra del texto.


Éstas son las grandes ramas de mi pequeño árbol personal de caos. También hay ramitas: cumpleaños, bodas, comidas, cafés, expos a las que asistir, una larga lista de programas que he grabado en la tele para ver más tarde... y libros... una montaña de libros pendientes de leer. Cada mañana a las siete, cuando suena el despertador, tengo intención de leer esos libros y ver esos programas, pero cuando llego a casa a las nueve de la noche, tras ver al último paciente, estoy tan agotada que lo único que quiero hacer es cenar y ver algo ligero. Mi cabeza no tolera ni libros sobre fitoterapia china (y ni siquiera novelas) ni documentales de National Geographic. 
  

Todo esto hace que tenga una sensación permanente de descontrol. No me molesta siempre, pero siempre está ahí. Mi neurosis (esos pequeños toques de trastorno obsesivo compulsivo que me acompañan desde pequeña) hace que necesite ordenar mi vida. Así que cuando el caos me molesta, ordeno. Tener mi casa y mi consulta ordenadas, las facturas pagadas y los pequeños recados hechos me hace sentir que tengo algo de control sobre lo que sucede a mi alrededor. 

Claro que, en el fondo, sé que no es así. No hay control. No puedo evitar que el ordenador falle de repente y me haga perder el trabajo de una hora. No mando sobre la voluntad de los pacientes que cancelan en el último momento, ni sobre el dependiente que se toma su tiempo para pesar la fruta, charlar con el de al lado y darle una calada a su cigarrillo cuando yo tengo exactamente treinta segundos para pagarle, coger mi compra y salir corriendo, porque no llego. De la misma forma, no tengo completo control sobre mi salud, ni sobre la de mis seres queridos. Y, obviamente, tengo cero control sobre los desastres naturales y sobre las mentes psicópatas de los terroristas.


Por mucho que ordene, la vida va a pasar. Quiero decir, que va a ocurrir. Y también que el tiempo seguirá corriendo. Y lo cierto es que a mí me gusta correr con él. No creo que me vaya a convertir nunca en una persona completamente relajada, que deje todo por hacer, que no se preocupe de llegar a tiempo, que no le importe hacer menos para su negocio o que se olvide de comprar el regalo perfecto de boda o de cumpleaños. No quiero convertirme en esa persona. Pero vivo cada día buscando el equilibrio... ése que no me distrae de todo lo que quiero hacer... pero que me permite a la vez sonreír al dependiente de la frutería, sabiendo que esa calada a su cigarrillo no va a romper mi día.

Me he pasado media vida intentando eliminar el caos de mi vida. Pero me he dado cuenta de que la respuesta no es eliminarlo, sino aceptar que es parte de mí (y que, en realidad, me gusta). 
Y después, simplemente, fluir con él lo mejor que sepa.   


domingo, 27 de marzo de 2016

DAME LA MANO


Hoy he pasado un rato en El Retiro con mi amigo Iñaki. Es una pequeña tradición nuestra: solemos quedar un Domingo cada mes o mes y medio para vernos, dar un paseo y charlar. A los dos nos encanta El Retiro y este pulmón de Madrid se ha convertido en nuestro lugar de encuentro habitual. Hoy me he acercado al Palacio de Cristal quitándome abrigo, pañuelo y guantes, ya que el día ha sido típicamente primaveral, muy frío por la mañana y llegando hasta 23 ºC al sol a mediodía. El Retiro estaba abarrotado de gente: padres y niños dando de comer a los patos del estanque, parejas paseando y disfrutando del sol y músicos tocando una melodía mágica de hang.


Mi cabeza también estaba abarrotada. De pensamientos, decisiones por tomar, dilemas, dudas. Aproveché la compañía de mi amigo para soltar un poco de lastre, contar lo que me asusta y preocupa y pedir consejo. Un par de horas después, cuando volvía paseando a casa, pensaba en lo ligera que me sentía y en cómo, muchas veces, el simple hecho de decir algo en voz alta nos ayuda a aclarar nuestros pensamientos y tomar decisiones casi inmediatas. 

Qué importante es el contacto humano para nuestra existencia. En los últimos meses, toda mi energía ha estado destinada a montar mi negocio, a preparar la consulta, a mejorarla, a mis pacientes, a mis continuos estudios. Aunque en teoría tengo más contacto directo con otras personas que en mi anterior trabajo, lo cierto es que - en este sentido - la relación con los pacientes no cuenta. Al establecer una relación terapeuta-paciente, es necesaria cierta barrera emocional, para protección de ambos. Y aunque los pacientes, de manera natural, suelen contarme cosas ajenas a su motivo de consulta, yo no puedo implicarme emocionalmente en sus temas personales y, evidentemente, mucho menos contarles los míos. Por lo tanto, en consulta no se suele establecer ese vínculo emocional tan humano y tan necesario para nosotros.


Por otro lado, mi situación económica desde que no disfruto de un sueldo fijo se ha traducido en una falta de actividad social: nada de cursos, eventos contados con los dedos de una mano y muy pocas salidas con los amigos. Estos meses he sentido la necesidad de dedicar todo mis esfuerzos económicos, intelectuales y emocionales únicamente a mi trabajo. Lo he hecho conscientemente, sabiendo lo que hacía. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que ésta no es una situación sostenible.

Nos necesitamos los unos a los otros. Es ridículo, irreal y bastante peligroso intentar convencernos de lo contrario. Y es que, cuando nos encerramos en nosotros mismos, perdemos perspectiva. Anaïs Nin dijo: No vemos las cosas como son; las vemos como somos nosotros. Esta verdad es más grande que nunca cuando estamos solos, cuando no hay espejos donde mirarnos, personas lo suficientemente alejadas de nuestros agobios y nuestras pesadillas como para sacarnos de nuestra espiral y ponernos los pies en la tierra de nuevo.     


Mi abuelo materno solía gastar todo su dinero en dar fiestas a las que invitaba a todos sus amigos y familiares. Nunca le interesó tener propiedades, ni ahorrar, ni gastar en cosas materiales. Lo que más feliz le hacía era tener la casa llena de las personas a las que quería. Y qué razón tenía. Nuestro círculo, nuestra gente, nuestros seres queridos. Son nuestro escudo protector, nuestro cable a tierra, el viento que nos impulsa para volar. 

La única realidad inquebrantable de nuestra existencia. 

Lo único que quedará para siempre, aun cuando todo lo demás ya haya desaparecido.





sábado, 27 de febrero de 2016

FINALES FELICES


Hace unos días, un Domingo por la tarde, me hice un té y me senté en el sofá a ver la televisión. Estaban poniendo Sabrina y sus amores, que no es la película original de la única y adorable Audrey Hepburn, sino una versión moderna que se hizo en los años 90, con Harrison Ford y Julia Ormond. Una de tantas versiones modernas de clásicos del cine: las colocan en un contexto de hoy, cambian ciertas cosas para que no quede arcaico, suelen añadir algo de sexo y lo disfrazan todo con el fin de crear la impresión de que esta nueva versión es para un público totalmente liberado, una era moderna en la que mujeres y hombres somos iguales, en la que se ha eliminado cualquier referencia machista. La protagonista es inteligente, cultivada, tiene (o encuentra durante el transcurso de la película) una profesión fascinante, es independiente, viajera y estupenda. Cómo hemos avanzado, pensará el público. Qué suerte tenemos de que hoy en día no se perpetúen los estereotipos machistas de antaño.

Lamentablemente, sólo hay una cosa más peligrosa que esos estereotipos machistas de antaño. Y es la perpetuación de esos mismos estereotipos escondidos bajo el disfraz de la igualdad. Estoy harta de ver películas en las que la mujer consigue todo lo que se propone, una vida realmente envidiable a todos los niveles... y sin embargo nos tenemos que tragar una penúltima escena en la que se la ve caminando melancólica por una playa, o bajo la lluvia en las calles de París, o en su balcón (en su precioso balcón, que es parte de su maravillosa casa, esa casa que ha conseguido gracias a su esfuerzo, a su valentía, a su valía), sorbiendo una taza de té y lamentándose por ese amor perdido. Por supuesto, después de esa penúltima escena viene la última: la reconciliación, el (re)encuentro o la posibilidad de un nuevo amor. Y entonces... por fin todo encaja. Alegría. Emoción. Música de violines. Final feliz.


Tengo una misión personal: la de encontrar películas en las que el personaje protagonista (sea hombre o mujer) haga su camino, viva su vida, supere los obstáculos y encuentre lo que busca... sin necesidad de que aparezca esa coletilla del amor al final. Porque ya es lo suficientemente peligroso que en nuestra psique colectiva exista esta idea de los finales felices, como para además añadir una condición más: si estás sol@, todo lo que hayas conseguido no importa. Estás incomplet@. No es suficiente. Sigue buscando.

Y es que esto va mucho más allá que la perpetuación de ideas machistas. Aunque las mujeres, desafortunadamente, seguimos siendo las más afectadas por este tipo de trampas sociales, esto incumbe a los hombres también. Mi pregunta es la siguiente: ¿en qué momento nos han convencido de que no estamos completos? ¿Cómo hemos permitido que la sociedad nos enseñe que siempre falta algo, que siempre hay que ir a por más?

Lo que quiero es ver más personas que digan con total sinceridad: yo estoy complet@. Ahora mismo. No porque haya conseguido todos mis objetivos o porque no tenga sueños y deseos. Sino porque he comprendido por fin que - aunque las películas, la publicidad y todos los demás mensajes sociales que me rodean insistan en lo contrario - soy suficiente. Tengo sangre en mis venas y aire en mis pulmones, me he levantado esta mañana con salud, con un techo sobre mi cabeza, con gente que me quiere, con comida en la nevera, agua potable, ropa y calzado. Es posible que no esté haciendo lo que me gusta. O que a veces eche de menos otro cuerpo en mi cama. O que las circunstancias no me hayan permitido tener hijos. O que el tener hijos no me permita estudiar una carrera. Es posible que consiga algunas de las cosas que quiero con el tiempo y es posible que no. Pero no tengo por qué esperar a conseguirlas para sentirme complet@. Porque eso ya lo soy. Una persona completa en medio de toda esta imperfección.


En algún momento, nos han vendido la gran mentira. Han conseguido convencernos de que, en realidad, no somos unos auténticos privilegiados. Porque conviene. Conviene que nos sintamos inadecuados y pequeños. Conviene que siempre tengamos la sensación de que nos falta algo. Porque si eres feliz no se te vende cualquier cosa: ni un coche nuevo que no necesitas, ni cosmética para falsear belleza que ya tienes, ni citas online para encontrar esa mitad que nunca te ha faltado.

Si fuera posible que todos entendiéramos esto y sobre todo, si se lo enseñáramos a las nuevas generaciones (en lugar de envenenarlas con las mismas tonterías de siempre), todo nuestro mundo cambiaría.






lunes, 25 de enero de 2016

SÍ OCUPA LUGAR


Cuando trabajaba por cuenta ajena - intentando poner en marcha mi negocio a la vez - me frustraba por la falta de tiempo para ampliar mis conocimientos. Me formé como acupuntora y como coach nutricional sacrificando noches y fines de semana y conseguí ambos títulos a costa de falta de sueño, cervicales cargadas por estar demasiadas horas delante de un ordenador y una falta total de tiempo libre. Mereció la pena: tenía unos objetivos muy claros y no me importó hacer ciertos sacrificios para conseguirlos.

Cuando finalmente conseguí dedicarme de lleno a la consulta, me hacía ilusión pensar que, además de levantarme cada mañana para hacer algo que realmente me gustaba, tendría mucho más tiempo para ampliar esos conocimientos, para leer más, diversificar, profundizar y entretenerme con horas de lectura que antes no tenía disponibles.


Como suele pasar, la realidad no ha sido exactamente como me la imaginaba. Parece mentira, pero ahora que no tengo que trabajar durante diez horas al día para otras personas, me da la impresión de que tengo menos tiempo que nunca. Al principio no entendía nada. ¿Cómo era posible? ¿Es que me había vuelto más vaga? ¿Acaso había perdido de pronto la capacidad de multi-tasking que había cultivado durante años y años de combinar mi trabajo de oficina con otras actividades? ¿Estaba perdiendo el tiempo? ¿Dormía demasiado, pensaba en musarañas, mataba el tiempo procrastinando?

Dándole vueltas a todas estas preguntas, he ido comprendiendo las razones reales por las cuales el tiempo parece haberse comprimido tanto en los últimos meses. En primer lugar, no es ningún secreto que yo tengo un verdadero problema a la hora de estar ociosa. Todos los días me pongo el objetivo de descansar, de relajarme, de intentar pasar un ratito sin hacer nada: nunca lo consigo. Veo las fotos de mis amigos en Facebook, sorbiendo copas de vino y compartiendo jarras de cervezas en las terrazas de Madrid y me dan envidia. ¿Toda una tarde de relax? ¿Sin hacer absolutamente nada? ¡Qué suertudos! ¡Yo también quiero! Y, sin embargo, soy completamente incapaz de imitarles. Siempre hay algo que hacer. Siempre hay cosas de las que tengo que encargarme: compras para casa, pedidos para la consulta, planes de nutrición pendientes, ese artículo sobre el tratamiento de la epilepsia a través de la Medicina Tradicional China, Julieta tiene que ir al parque, yo tengo que salir a hacer ejercicio porque hoy aún no me he movido lo suficiente y el blog está sin escribir.


¿Cómo voy a tener más tiempo si me empeño en llenarlo de cosas? Son cosas que cuando trabajaba para otros no me daba tiempo de hacer. Ahora mi tiempo es mío y mis tendencias obsesivo-compulsivas no me dejan utilizarlo para descansar y relajarme. Vaya trampa.

Por otro lado, está también el hecho de que cuanto más sabemos, más queremos saber. Cuando me estaba formando como acupuntora, salía de las clases con una especie de subidón de conocimientos que me hacía tener sed de más. Salía con ganas de comprar todos los libros de referencia, de leer todos los blogs, ver todos los vídeos y apuntarme a todos los cursos. Cuanto más aprendía, más me gustaba lo que estudiaba. Cuanto más sabía, más consciente era de todo lo que NO sabía. Y entonces, de pronto, sentía que no había suficiente tiempo en toda mi vida para desvelar todos los misterios que ocupaban mi mente.

Por supuesto, tenía razón. Nunca dejará de haber cosas que no conozco, tanto en mi oficio como en el resto de mi vida. Y esto es a la vez maravilloso y tremendamente frustrante. Se suele decir que el saber no ocupa lugar, pero para los buscadores, para aquellos a los que nos da subidón entender cada día un poquito más, a la vez que comprendemos que no sabemos casi nada, el saber ocupa muchísimo lugar. Es como una droga que alimenta nuestra imaginación y nos llena, para luego dejarnos vacíos y hambrientos, a sabiendas de que somos pequeños e ignorantes frente a la grandeza de la existencia. El saber lo llena todo y, cuanto más grande se hace, más quiere seguir creciendo.

Quizás el secreto es entender por fin que, por mucho que aprendamos, por mucho que busquemos, investiguemos y comprendamos, seguiremos siendo diminutas hormiguitas en un vasto universo. Y esto es algo bueno, porque significa que, por mucho que vivamos, nuestra existencia nunca dejará de ser un increíble, hermoso e inquebrantable misterio: el mejor regalo divino para nosotros, pequeños seres mortales.


viernes, 25 de diciembre de 2015

VIDA Y GRATITUD


Estoy pasando unos días en casa de mi madre, para celebrar las fiestas, descansar un poco y disfrutar de su compañía. Tenía muchas ganas de que llegara el momento de hacer esta visita... no sólo por pasar tiempo con mi madre, sino también porque unos días fuera de Madrid siempre sientan bien.

Recuerdo que, de pequeña, cuando vivía aquí con mis padres, no me gustaba nada este lugar. Y ese sentimiento duró mucho tiempo, incluso después de haberme mudado a la capital. Nunca me pareció mucho más que un pueblo lejano y mal comunicado, silencioso, aburrido y ligeramente deprimente. Mi padre compró nuestra casa aquí (hace ya más de veinte años) para darnos calidad de vida, espacio, aire puro. Y lo cierto es que nosotras nunca llegamos a apreciarlo del todo. 

Pero las personas cambiamos, nuestras vivencias y experiencias cambian nuestra forma de ver la vida. Y en mi caso, esta visita ha marcado un antes y un después en mi percepción de la vida en este lugar. He pasado estos días dando largos paseos con Julieta, respirando el aire limpio con olor a leña quemada, tomando el sol en la terraza y experimentando la pausa natural que adquieren el cuerpo y la mente al estar en un sitio tan tranquilo. Me había traído el ordenador para adelantar algo de trabajo y para tener la posibilidad de ver alguna película o serie si me aburría. Sin embargo, ahora mismo es la primera vez que lo toco, para escribir estos pensamientos. Y es que, a diferencia de lo que me pasa en la ciudad, aquí no siento la necesidad de conectarme a nada, de distraerme con nada, de entretenerme con nada. Curiosamente, tampoco he sentido la llamada sociocultural a estar alegre porque es Navidad, a pasarlo bien, a celebrar, a divertirme... una presión implícita y constante que otros años me había resultado imposible evitar. 



Esta mañana, mientras paseaba con Julieta, me fijé en el Sol radiante y el verde a mi alrededor y observé a mi perrita, que aun siendo una de las perras más alegres y activas que he visto en mi vida, jamás ha estado tan viva y tan feliz como en estos días. Sentí una gratitud indescriptible hacia la Vida... y hacia la persona que ha sido la base, el pilar, la razón original por la cual tengo todo lo que tengo. Lo dije en voz alta: Gracias, papá.


Hace poco me dijeron una frase que no se me quita de la cabeza: Hay que desear lo que se tiene. Me parece acertadísima. Y es más: yo añadiría que no sólo hay que desear lo que se tiene, sino que hay que saber identificarlo, agradecerlo y además aprovecharlo. No siempre lo hacemos y, si miro atrás hacia todos los años en los que no he sabido aprovechar el hecho de tener un hogar fuera de Madrid, me dan ganas de darme una buena bofetada para hacerme recapacitar. 

Este nuevo año no viene cargado de propósitos de cambio, como lo han hecho los anteriores: por fin puedo decir que estoy en un momento tranquilo, en el que me encuentro realmente satisfecha y feliz con lo que tengo. Sin embargo, a veces nos sorprende darnos cuenta de cosas de las que nunca antes nos habíamos percatado... y que traen consigo algún que otro nuevo e inesperado propósito. ¡Feliz 2016 a tod@s!