miércoles, 23 de marzo de 2011

UN ATISBO DE ETERNIDAD


Siempre que fallece un actor, un cantante, o cualquier otro artista al que admiro, se me coloca un nudo enorme en la garganta, el día se me vuelve algo más gris e, inevitablemente, suelto un par de lágrimas. Creo que es porque pienso en todas las maravillas que aún podrían llegar a hacer si siguieran con vida, las cuales ahora quedarán irremediablemente relegadas a ese lugar sin tiempo ni espacio, ese país de "nunca jamás" del arte que existe en mis peores pesadillas.

Hoy ha sido Elizabeth Taylor quien ha dejado este mundo y, por alguna razón que no llego a comprender del todo, su muerte me ha afectado más que la de la mayoría de sus predecesores. Quizás es por su calidad de mito atemporal que ya sedujo a la generación de mis padres antes de hacer lo mismo con la mía. Quizás es porque he tenido la suerte de que algunas personas - demasiado amables y algo fantasiosas - me hayan comparado físicamente con ella en varias ocasiones. Una comparación que no merezco, pero que evidentemente me halaga muchísimo.

O quién sabe, quizás es porque su Gata Sobre el Tejado de Zinc Caliente fue uno de mis referentes cuando estudiaba interpretación. Nunca olvidaré ese trabajo de fin de curso que me permitió ser Maggie por un día, amar a mi Brick con desesperación, subirme una media de liga delante de sus ojos como si le estuviera acariciando y gritarle como si me estuviera rompiendo por dentro. Era mi propia Maggie, distinta a la de Taylor. Vestía ropa interior negra en lugar de blanca y estaba llena de todo el miedo, la imperfección y la desmesurada ilusión de quien está empezando y aún lo tiene todo por aprender. Pero, durante el proceso de creación de ese personaje, vi la película cincuenta veces y cincuenta veces me quedé sin respiración. Cincuenta veces deseé tocar algún día ese estado de gracia en mi trabajo interpretativo. Fue imposible interpretar esa escena de La Gata sin tener a Elizabeth Taylor en la cabeza. Y es que un mito nunca muere.

Hoy he vuelto a acordarme de ese día de fin de curso. Lo recuerdo todo con claridad: los nervios, la expectación, la autoexigencia, las ganas (de salir a escena, de ser mejor, de brillar, de esconderme, de morir de frustración, de vivir para siempre). Lo recuerdo todo como si hubiese ocurrido ayer, pero ocurrió hace casi siete años y, desde entonces hasta ahora, ha llovido mucho.

Entre otras cosas, en este tiempo he llegado a la conclusión de que ese estado de gracia al que pretendía llegar es un oasis, una especie de quimera, una meta que se aleja más y más cuanto más perseguida se siente. El artista no puede perseguir el estado de gracia, porque no le pertenece. El artista sólo puede trabajar duro y abrir su alma a Eso, a eso tan inmenso que es más grande que él, pero de lo que también es parte. Llámalo Dios, Universo, Vida... llámalo como quieras, pero está ahí. Todos lo sabemos porque todos hemos sido testigos de ello en alguna ocasión. Y si el artista tiene la suerte de que esa Luz pase a través de él, durante un solo segundo, durante un ínfimo momento dentro de la eternidad, es un verdadero afortunado.

Elizabeth Gilbert, autora de Comer, Rezar, Amar, dio una charla hace un par de años, mientras escribía la secuela de su libro. Comentaba que las antiguas tribus del Norte de África solían tener reuniones nocturnas en las que se llevaban a cabo bellísimos rituales de danza. Los bailarines eran excepcionales y siempre ofrecían un espectáculo increíble. Pero había veces - muy pocas veces - en las cuales uno de esos bailarines parecía de pronto iluminarse por dentro, en las cuales parecía haber sido tocado por algo más allá de todo entendimiento humano y entraba de pronto en ese casi inalcanzable estado de gracia. Cuando esto ocurría, los miembros de la tribu tocaban palmas y emitían un cántico: "¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!"... es decir, "¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!". Lo que querían decir es que eso que estaba ocurriendo delante de sus ojos...eso, era Dios.

Por cierto, el dato curioso de esta historia es que ese cántico fue traído a España por los invasores árabes y, con el tiempo, se convirtió en "¡Olé! ¡Olé! ¡Olé!". Os suena, ¿verdad?

Claro que siempre existe la otra cara de la moneda: todos esos momentos de duro trabajo que parecen "no llevar a ninguna parte", todo el esfuerzo, la frustración, la siempre acechadora sensación de fracaso. La otra cara de la moneda, según Gilbert, es "el día siguiente" de ese bailarín, cuando se levanta y se da cuenta de que ya no es una manifestación de Dios, sino un ser humano con rodillas permanentemente lesionadas y el cuerpo entero machacado y que, muy probablemente, jamás volverá a tocar ese estado de gracia. Y entonces, ¿qué significado tiene el resto de su vida?

Lo que explica Gilbert en su charla, y lo que yo he aprendido en los siete años que separan ese trabajo de fin de curso de mi yo actual, es que lo único que puede hacer ese bailarín es dar las gracias fervientemente por haber podido experimentar ese ínfimo atisbo de Eternidad y seguir trabajando, sabiendo, sin la más mínima duda, que el hecho de dedicarse a su arte es la máxima expresión humana del Amor.

Así que supongo que por eso me emociono cada vez que muere un artista de verdad. Porque, en mi opinión, todo el que se dedica a su oficio porque le apasiona y da todo de sí mismo en cada trabajo que realiza, es una manifestación de Dios.
Y por ello, cuando deja este mundo, desaparece una pequeña parte de cada uno de nosotros.


Para ver la charla de Elizabeth Gilbert: http://www.youtube.com/watch?v=t7f8X766Dss

lunes, 7 de marzo de 2011

CRUZAR EL CHARCO


Acabo de regresar de un viaje a Connecticut, Estados Unidos, donde he estado visitando a parte de mi familia paterna. Últimamente, suelo bromear diciendo que me estoy dedicando a hacer una "ruta familiar" por el mundo, visitando a todos los familiares a los que hasta ahora no conocía. Comencé en Berlín y seguí en Londres, Colorado y ahora, Connecticut. Hay quien me dice que utilizo cualquier excusa para viajar y tienen toda la razón: cualquier razón es buena para echarme la mochila al hombro y emprender el recorrido, sea largo o corto, a este lado del charco o al otro.

Alguna vez he mencionado que solía usar mis viajes como vía de escape, buscando constantemente ese algo inalcanzable que finalmente resultó estar delante de mis propias narices. Una vez comprendido esto, mis viajes tomaron un matiz diferente. La realidad es que cada camino que emprendo me enseña algo nuevo, cada avión que cojo me lleva en un recorrido que me hace crecer, ser mejor, más completa y más dichosa.


Los viajes de "la ruta familiar" me están enseñando muchas cosas sobre mi familia, me están acercando a mis raíces y me ayudan a comprender muchas cosas sobre el pasado, el presente y también el futuro de esa familia que se desgranó por todo el mundo hace tantos años.

En este viaje, he tenido la oportunidad de conocer a una prima en particular, con quien tengo una conexión muy especial. No nos habíamos visto desde que yo tenía seis años y ella, quince.


Cuando nos volvimos a poner en contacto hace unos meses, descubrimos que somos tremendamente parecidas, que pensamos y sentimos igual con respecto a muchas cosas. Teníamos muchas ganas de conocernos y la realidad de nuestro tiempo juntas fue tan especial como la habíamos imaginado. El tiempo y la distancia desaparecieron y nuestra relación fue, instantáneamente, como la de dos personas que se conocen de toda la vida.


Mi prima y yo nos parecemos tanto en alma, que al vernos juntas la gente adivinaba enseguida que éramos parientes, aunque físicamente no nos parecemos en lo más mínimo. Las dos tenemos la misma risa, a carcajada limpia, sin importarnos lo que piensen los demás, las dos bailamos como si nadie nos estuviera mirando y las dos sentimos el Amor con la misma pasión y profundidad.

El tiempo que he pasado con mi prima y con su hija, así como los ratos de risas, charla, recuerdos y planes de futuro que he pasado con su hermana y la maravillosa familia de ésta, han hecho que este viaje sea de los más especiales que he hecho hasta ahora.


En el avión de vuelta a casa, se me ocurrió que "cruzar el charco" significa muchísimo más que sentarse durante ocho horas en un avión para encontrarse de pronto en el otro lado del mundo. Cruzar el charco es la búsqueda de la identidad, es atreverse a buscar sin saber si te va a gustar lo que encuentras, es invertir tiempo, dinero e ilusión en descubrir nuevos mundos y en redescubrir los viejos, es arriesgarse a expandir los horizontes y buscar siempre algo más.

Dándole vueltas a esta nueva definición de "cruzar el charco" en mi cabeza, también comprendo mejor por qué hay personas que son reticentes a hacerlo, a quienes les cuesta más tomar la decisión. Y es que de la mano de cada viaje físico hay un viaje emocional que no tiene por qué ser fácil, ni agradable.

Aun así, aun con todo el equipaje emocional de mis viajes a cuestas, yo sigo queriendo echarme la mochila al hombro. Porque por cada dificultad en el camino, por cada recuerdo desgradable, por cada intento fallido, he encontrado un nuevo horizonte en el mapa y cien nuevos horizontes en el corazón.

jueves, 10 de febrero de 2011

DECIDO, LUEGO EXISTO


Todas las mañanas, mi perrita Julieta y yo salimos de casa y vamos hasta un parque cercano, donde pasamos aproximadamente una hora paseando y jugando con la pelota. El parque es muy grande y, a esas horas de la mañana, hay bastante gente, la mayoría de paso. Hay padres llevando a sus hijos al colegio, personas mayores dando su primer paseo del día, jóvenes en traje apretando el paso para coger el autobús hasta la oficina e incluso un grupo de personas haciendo Tai-Chi. Y, por supuesto, hay muchos perros paseando con sus dueños. En general nosotros, los dueños, intentamos asegurarnos de no molestar a ninguna de las otras personas, tirando la pelota lejos de ellas, estando pendientes de nuestros perros, etc. Y, en general, no hay problemas.

Sin embargo, siempre me llama la atención que haya personas que pasan por nuestro lado refunfuñando, quejándose por lo bajo del hecho de tener que compartir el espacio del parque con los perros. Aunque respeto la incomodidad o el miedo que puedan sentir hacia estos animales, también se me ocurre que si cada mañana deciden que su camino pase por el parque, deberían ser conscientes de la realidad y atenerse a las consecuencias: en este caso, simplemente, tener que compartir el espacio con los perros.

Éste es un ejemplo muy pequeño de algo muy común en nuestras vidas. Cada día, tomamos decisiones, grandes o pequeñas, triviales o cruciales, buenas o malas... cada momento de la vida es una decisión. Sin embargo, más tarde, no podemos evitar llorar y patalear por las consecuencias de esas decisiones. Echamos la culpa a los demás, nos frustramos y no entendemos qué broma del destino nos ha hecho llegar hasta donde estamos.

La realidad es que, en muchas ocasiones, somos nosotros los únicos responsables de lo que nos pasa. Puede que esto no sea cierto siempre, pero sí lo es con bastante frecuencia. Y aun cuando no somos los responsables, sigue siendo nuestra la tarea de decidir cómo enfrentarnos a lo que vivimos. En suma, la decisión es nuestra.

Cuando comprendemos esto, entendemos también que nuestras circunstancias, muy probablemente, no son tan terribles, porque al fin y al cabo son parte de lo que somos: nosotros las hemos creado. Por lo tanto, siendo consecuentes con lo que somos, no podemos frustrarnos con lo que estamos viviendo. El arrepentimiento, el enfado o la tristeza ya no tienen cabida. Siguen existiendo, por supuesto, porque somos humanos y no robots... pero con esta comprensión, son sentimientos mucho menos fuertes y mucho menos duraderos.

Desde que soy consciente de esto, ha cambiado radicalmente mi forma de vivir mis circunstancias. Yo, como todos, tomo mis decisiones y son mis decisiones las que me han traído a este lugar, a donde estoy ahora; son mis decisiones las que me han convertido en lo que soy, para lo bueno y para lo malo.

Recuerdo que hace algunos años, en otro blog, escribí que es mil veces mejor tomar la decisión de hacer algo, lanzarte y equivocarte, que acobardarte y dejar que el miedo te congele. Sigo creyendo esto, sin lugar a dudas. Algunas de las decisiones que he tomado en la vida me han llevado a lugares oscuros, me han hecho sufrir, he tropezado y he caído cientos de veces... pero no cambiaría ni una sola de esas decisiones. Gracias a ellas soy más fuerte y más poderosa para con mi propia vida.

Y, desde luego, bajo ningún concepto desearía haberlas cambiado por no hacer nada, por el vacío, por la neutralidad de quedarme en mi "zona segura". Creo que, si quieres algo, debes perseguirlo, sin dudas innecesarias y sin cobardía. He aplicado esta regla a todas mis decisiones: desde hacerme un tatuaje hasta hacer las maletas y cruzar el mundo por Amor. Y lo seguiré haciendo. Y viviré las consecuencias como mejor sepa hacerlo.

Porque no es necesario esperar hasta el final de la vida para comprender que casi nada es tan grave o tan importante. Y porque la vida es muchísimo más que el mero hecho de existir.

domingo, 23 de enero de 2011

SANA, SANA...


Cuando aún era una recién nacida, tuve pneumonía. Estuve en una incubadora durante varios meses y me inyectaban antibióticos en el muslo. Mi madre se sentaba conmigo día y noche y lloraba cada vez que me pinchaban. Pero lo cierto es que después de eso, fui una niña increíblemente sana y no volví a pisar un hospital hasta los dieciocho años, cuando me operaron de urgencia por un ataque de apendicitis aguda.


Por lo demás, crecí en un pequeño pueblo de Málaga y pasaba las tardes jugando en la calle y los fines de semana en la playa. Tenía amigos, me gustaba el colegio... Siempre fui lo que cualquier persona llamaría una niña sana.


Cuando terminé mi carrera universitaria y comencé a trabajar en el mundillo de los ensayos clínicos, adquirí un contacto regular - nada bienvenido por mi parte - con la enfermedad, tanto física como mental. He pasado los últimos diez años paseándome por hospitales de toda España y algunos países del extranjero, leyendo historiales de pacientes con enfermedades gravísimas y preguntándome si les estaba ayudando en algo con mi trabajo. En los últimos meses, he adquirido un nuevo tipo de contacto con el entorno del hospital, al comenzar mi voluntariado como payasa terapéutica de Saniclown (www.saniclown.com) en el Hospital Niño Jesús de Madrid.


En estos meses ha comenzado mi contacto real con los pacientes. La cantidad de cosas que he aprendido en las pocas visitas que he realizado es sorprendente... pero la importancia de esas cosas es realmente indescriptible.

Podría dedicar decenas de entradas a hablar sobre todo ello; de hecho, lo más probable es que el tema surja muchas veces en este blog. Sin embargo, llevo unos días pensando en una cosa en particular y me gustaría plantearla hoy. Y es que, en general, creemos que tenemos bastante claro el concepto de salud y enfermedad, creemos que sabremos diferenciar a una persona sana de una enferma de inmediato. Quizás esto sea más evidente con enfermedades físicas pero, ¿y las psicológicas? ¿Cuándo podemos decir que una persona no está psicológicamente sana? ¿En qué momento cruzamos la línea entre la salud y la enfermedad?

Desde pequeños, el mundo nos expone a golpes y roturas continuamente. Incluso el más sano y feliz de los niños puede sufrir un daño terrible en cuestión de segundos. Sólo hace falta un incidente, un encuentro, un accidente... para que la vida quede condicionada a ello durante mucho tiempo, o tal vez para siempre. Pero incluso si nada tan grave ocurre, las pequeñas cosas siempre están ahí y esos pequeños rasguños pueden acabar creando una herida enorme, sobre la cual, para colmo, no se puede colocar ninguna tirita.

Si lo miramos desde esta perspectiva, ninguno de nosotros está completamente sano. Todos luchamos contra nuestros propios demonios: algunos son grandes y otros pequeños, algunos tenemos muchos y otros tenemos menos... pero nadie se salva por completo.

Entonces, ¿qué define a una persona sana? Y lo más importante, ¿cómo hacemos para curar esas heridas invisibles? ¿Cómo se sana un alma?

Esta semana, en el hospital, conocí a una niña preciosa de seis años, a quien aquí daré el nombre de Isabel. Isabel está ingresada en la unidad de Oncología del Hospital Niño Jesús. Tiene la cabeza completamente rapada. Tiene sesiones de quimioterapia. Tiene la cama rodeada de familiares y de juegos sin fin. Tiene posters y regalos hechos por sus amigas del cole. Tiene una sonrisa invencible. Tiene ganas de reír a carcajadas. Tiene un sentido del humor agudo y casi adulto. Es un ser especial en la peor de las situaciones. Una princesa sacada a rastras de su reino perfecto.

Isabel tiene cáncer: por lo tanto, se podría decir que está enferma. Pero su alma no es el de una niña enferma. Tampoco está enferma el alma de su madre, que juega con ella a hacer flores de arcilla y se ríe (se RÍE de verdad) con los payasos. En este mundo negro y cruel, yo compadezco a las almas sucias... compadezco a las almas solitarias... a Isabel y a su madre, no las compadezco: las admiro. Porque, incluso en el contexto de la enfermedad, sus almas son sanas, están vivas.

Me he preguntado muchísimas veces si yo estoy realmente sana, si mi alma tiene alguna rotura tan grande como para estar sangrando sobre mi vida sin que me haya dado cuenta hasta ahora. Es muy posible que así sea. Por eso estoy especialmente agradecida a la Vida por darme la oportunidad de hacer cosas como este voluntariado en el hospital, porque son cosas como ésta las que me enseñan que esas roturas, esos golpes que a veces parecen tan duros, tan irreversibles, no son lo que define la salud de un alma.

Esa salud está definida por cómo nos enfrentamos a esas heridas, está definida por la fuerza de esa tirita imaginaria que tejemos día a día, con nuestras propias manos. Está definida por cada centímetro que crece el alma, a pesar del dolor y de la sangre perdida.

Lo valioso es recordar esto y entender además que no siempre es necesario tejer la tirita nosotros solos. Es importante saber que detrás de uno hay manos amigas, personas que nos quieren y gente solidaria. Almas, al fin y al cabo, que vienen con sus propias roturas, pero que sanan día a día y siguen adelante.

Y lo más importante de todo es saber que, a veces, el gesto más saludable que podemos hacer es confiar en que, si tropezamos en el camino, ellos estarán allí para amortiguar la caída.

martes, 11 de enero de 2011

11/1/11, 11:11


Hoy es 11 de Enero de 2011, es decir, 11/1/11. Es una fecha muy bonita y, además, numerológicamente favorable. Esta mañana, mi amigo Jesús tuvo la idea de aprovechar el momento en el que el reloj diera las 11:11 para parar, sentarnos, respirar hondo, reflexionar... simplemente estar. A mí me pareció una idea buenísima y la he llevado a cabo. Me hice un café, abrí las ventanas de mi salón de par en par, cogí una silla, me senté y me dediqué a mirar el cielo - un cielo de un color azul brillante que no se ve todos los días y que, por cierto, probablemente me habría perdido si no me hubiese tomado ese respiro a las 11:11 de la mañana. Durante los diez minutos que estuve sentada al lado de la ventana, fui consciente de ese cielo azul, del hecho de que mi vecina de enfrente me miraba discretamente desde su propia ventana, del color rosa palo de una falda tendida que dos horas antes me había parecido gris (en serio, todavía no comprendo cómo mis ojos se pueden haber confundido tanto con el color) e intenté no poner trabas a los pensamientos que pasaban por mi mente, fuesen los que fuesen. Y puede parecer increíble, pero tras esos escasos diez minutos, me sentía diferente: más relajada, más contenta y menos cansada que antes.

No solemos dar completa libertad a nuestros pensamientos. No lo hacemos porque estamos ocupados con la rutina diaria, porque necesitamos sentir que tenemos control sobre nuestras vidas y también porque estamos muertos de miedo. Nos asusta dar rienda suelta a los pensamientos porque, en muchas ocasiones, preferimos no saber muchas cosas que, en el fondo, ya sabemos. Pero, ¿es posible la libertad completa sin el completo conocimiento de nosotros mismos? Y si cobramos consciencia de lo que no nos gusta, ¿nos hace eso menos dignos de nuestro propio respeto, de nuestro propio Amor?

Yo me pasé media vida evitando mis propias carencias, luchando contra ellas, ignorándolas... lo había probado todo, menos la aceptación (y, como consecuencia, el trabajo para mejorar). Cuando decidí que prefería conocerme por completo en lugar de huir de mí misma, comencé un largo camino del cual aún no he recorrido ni la mitad. No es un camino fácil, implica esfuerzo, dolor y bastantes caídas. Lo más frustrante es sentir que desandas lo andado, que cuando más progreso crees haber hecho, de pronto pareces recular y empezar de nuevo desde la primera casilla. No, no es fácil, pero curiosamente, tampoco es tan aterrador como había imaginado. Quizás es porque una vez que decides andar ese camino, ya estás aceptando una serie de cosas que, por lo tanto, dejan de asustarte. O quizás es porque la mayoría de nosotros no somos ni la mitad de aterradores de lo que pensamos.

Desde la primera casilla hasta ahora, he aprendido muchas cosas; entre ellas, que sí es posible amar los fallos, las carencias y la oscuridad de uno mismo. Mi profesor y amigo Jason me dijo una vez que hay que aceptar y abrazar tu sombra. Tenía toda la razón. Sólo entonces podemos seguir caminando. Y sólo entonces podemos permitirnos parar, reflexionar y contemplar nuestras vidas sin miedo a nada, ya sea un 11/1/11 a las 11:11 o en cualquier otro momento.

Lo que puedo afirmar con total certeza es que cuanto más camino, menos me canso, cuanto más cambio, más me encuentro y cuanto más acepto mi sombra, más luz cae sobre todo lo que vivo.

Jack Kerouac dijo: "enamórate de tu existencia". El Amor llega con el conocimiento, con la consciencia. Y cuando dejamos de correr por la vida sin saber a dónde vamos y, simplemente, nos dejamos estar, vemos los cielos azules y las faldas rosas y nos damos cuenta de que la vida - la de verdad - son los momentos 11/1/11 a las 11:11.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

ESPEJITO, ESPEJITO


En el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, la malvada reina vive obsesionada con un espejo, al cual exige constantemente una confirmación de que es la más bella del reino. Como ocurre tan frecuentemente con los cuentos de hadas, hay un significado más profundo y real por debajo de todo esto: lo cierto es que nosotros también nos pasamos la vida pidiendo confirmación a un espejo imaginario, ya sea éste nuestra pareja, ya sean nuestros amigos o familiares, o incluso la sociedad en general. Consciente o inconscientemente, necesitamos aprobación y a todos nos gusta agradar. Cierta vez oí a alguien decir que todo lo que hacemos en la vida, lo hacemos para sentirnos amados. El comentario me hizo pensar y creo que hay mucha verdad en ello. Necesitamos Amor de la misma manera en la que necesitamos aire para respirar. Del mismo modo, necesitamos sentirnos parte de algo - de un grupo, de una tribu, de una sociedad... Como mostraba Maslow con su famosa pirámide, el ser humano tiene necesidades de afiliación (asociación, aceptación, participación), así como necesidades de estima (que incluyen la necesidad de atención, aprecio, reconocimiento, reputación, estatus...)

Adam J. Jackson dice en su libro Los Diez Secretos del Amor Abundante que las personas que necesitan agradar de manera exagerada a los demás, no se gustan a sí mismos. Y es que, en el fondo, el espejo más meticuloso, más importante y más cruel somos nosotros mismos. La teoría de Maslow también habla del concepto de la estima alta: el respeto a uno mismo, la confianza, la maestría, los logros... En nuestra búsqueda de este estima alta, proyectamos nuestras inseguridades en los demás y las vemos reflejadas en sus ojos, que quizás de otra manera no mostrarían nada negativo en absoluto. Somos nuestro propio juez, nuestro verdugo, nuestro peor enemigo.

Está a punto de terminar otro año y, todos, de una u otra manera, hacemos balance de nuestras vidas en estas fechas. Es increíble la capacidad que tenemos (algunos más que otros) de autoflagelarnos, de castigarnos, de elegir lo peor de nosotros mismos para regodearnos en ello sin parar. ¿Y dónde queda todo lo bueno? Lo que hemos conseguido, lo que hemos hecho por los demás y, sobre todo, lo que hemos aprendido y cuánto hemos crecido... ¿Por qué a veces cuesta tanto acordarse de ello? Y, cuando nos acordamos, ¿por qué es tan fácil a veces quitarle importancia, rebajarlo en nuestra escala particular frente a las cosas malas?

Creo que también existe un elemento de "humildad exagerada", algo que hemos ido aprendiendo desde pequeños, como si temiéramos mostrarnos demasiado vanidosos ante los dioses... sin darnos cuenta de que la mejor manera de ofender a los dioses es no celebrar las bendiciones de nuestra vida. Con esta actitud, limitamos nuestra capacidad creativa, nuestra capacidad para amar, nuestra capacidad para crecer de verdad y ser mejores de lo que somos. Pienso sinceramente que si fuéramos conscientes de lo abundantes que somos, en todos los sentidos, lloraríamos desconsolados por no haber sabido vivir esa abundancia al máximo.

Quizás el cambio de año sea una buena oportunidad para proponernos, de una vez por todas, romper los límites imaginarios de nuestra existencia. El momento es ahora. Éste es el momento para desviar los ojos del espejo y mirar hacia el horizonte, para juzgarnos menos, amarnos mucho más y trabajar para engrandecernos un poquito cada día. Porque, como bien dice Adam J. Jackson, la verdadera nobleza está en mejorarnos a nosotros mismos.

Me encuentro en el proceso de aplicar esta teoría a la práctica y siento, ahora más que nunca, que el nuevo año viene cargado de nuevas posibilidades.

Es más, lanzando esa mirada limpia sobre el año que termina, puedo decir, sin lugar a dudas, que verdaderamente ha sido un año extraordinario.

lunes, 29 de noviembre de 2010

SI NO AHORA, ¿CUÁNDO?


En los últimos meses, he tenido la suerte de ir conociendo poco a poco a mis primas paternas (todas mujeres puesto que, por alguna razón, hay una abrumadora mayoría femenina en nuestra familia). Ésta ha sido una experiencia realmente maravillosa para mí: redescubrir a mi familia después de tantos años de distancia ha sido realmente bello. Además, he tenido la gran suerte de conectar muy especialmente con una de ellas, hija de un hermano ya fallecido de mi padre, al que me hubiera encantado conocer. Esta prima fue la encargada de darme mi primer regalo de cumpleaños de este año: un precioso libro de poemas y una tarjeta grabada con la voz de su niña de cuatro años, felicitándome. El paquete me llegó unos días antes de mi cumpleaños y lo abrí en plena calle, incapaz de esperar para ver lo que contenía. Como resultado, la mitad de mi barrio me vio llorando de emoción sentada en un banco al lado del quiosco de periódicos, pero me dio igual.

Y es que ésta es una más de las múltiples cosas en las que nos parecemos mi prima y yo: que demostramos lo que sentimos sin importarnos lo que piensen de nosotras. Mi prima me dijo una vez que le solían decir que bailaba como si nadie la estuviera mirando. Se lo decían en sentido literal, pero me atrevo a decir con total seguridad que así vive su vida en general.

Yo pasé muchos años de mi vida haciendo lo que se esperaba de mí y preocupándome tremendamente por lo que pensara o dijera la gente. Cuando era pequeña y decía que algo me daba vergüenza, mi madre me solía decir: "¿Vergüenza? ¡Qué tontería! Vergüenza les tendrá que dar a los ladrones y a los asesinos, ¡a ti no!". Claro que cuando era pequeña esto me parecía una chorrada, pero el caso es que mi madre tenía toda la razón.

Ahora, a mis 31 años, he modificado el dicho de mi madre, cambiándolo por: "vergüenza me dará dentro de 10 años cuando me arrepienta de no haber hecho esto"... y últimamente no me privo de hacer ni de decir nada. Entiendo que, mientras no le haga daño a nadie (incluyéndome a mí misma), es lo mejor que puedo hacer con mi vida. He dejado de posponer viajes para "un mejor momento", de tragarme lo que quiero decirle a alguien porque "no es apropiado" y de pensar en si "haré el ridículo" poniéndome tal o cual cosa. Porque si algo me hace feliz, ¿por qué no hacerlo? Y, como dice la tradición Zen, si no ahora, ¿cuándo?

Ya que ha quedado más que claro que lo único que tenemos es el ahora y que ni siquiera sabemos lo que va a pasar dentro de cinco minutos... vivamos ahora: dejemos de posponer la vida.

Mi prima cuenta en su blog que su padre y ella hablaban todos los días para decirse que se querían y que el día que él falleció, ella le había visitado en su oficina... lo hizo porque le apeteció de repente, sin pensarlo, por instinto... y a día de hoy ella sigue agradeciendo esa última oportunidad que le dio la Vida de ver a su padre y de pasar ese rato con él. No fue una casualidad y ocurrió porque ella hizo lo que su corazón le decía que hiciera en ese momento.

Así intento vivir mi vida, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. De esta filosofía viene todo lo que hago últimamente: el viaje a Nantes que me auto-regalé por mi cumpleaños, la tiara brillante que me puse en mi fiesta simplemente porque me encantaba, mi forma de comer, de reír, de hablar y de querer... de ahí viene todo... o al menos eso creía hasta hoy.

Hoy, gracias a mi terapeuta, me he dado cuenta de que hay un aspecto de mi vida en el que, sin querer, no he estado aplicando esta filosofía en los últimos meses... porque en el aspecto sentimental, ha habido demasiados tortazos, demasiadas caídas y demasiado dolor como para seguir arriesgando.

Pero quizás haya llegado el momento de quitarme lastre, de romper barreras, de volver a creer que merece la pena arriesgar, no solamente por todo lo bueno que puedo conseguir, sino por el simple hecho de hacerlo, de vivir... de bailar como si nadie estuviera mirando.

Durante mi viaje a Nantes, tuve la oportunidad de pasar tiempo con mi amiga Dominique, que amablemente me acogió en su casa, me enseñó los alrededores, me ofreció todo su cariño y amistad e incluso me dio una sesión de Reiki. Después de la sesión, me dijo que mi energía (debo añadir que por primera vez en muchísimo tiempo) está realmente equilibrada. Es cierto, lo está. En todos los aspectos menos en uno.

Hoy ha llegado el momento de trasladar ese equilibrio también a mi vida sentimental. Porque si no ahora, ¿cuándo?


Antigua foto de mi tío (izquierda) y mi padre (derecha)


Mi prima y su hija (mi linda "sobrinita")


Yo, en mi viaje a Nantes


En mi fiesta de cumpleaños, ¡con mi tiara brillante!