miércoles, 17 de agosto de 2011

DE ALMA Y ESPÍRITUS


Mi padre, la persona más fuerte y emprendedora que conozco, siempre ha sido mi ejemplo a seguir en la gran mayoría de las facetas de mi vida. Vivo permanentemente fascinada por sus logros, por sus sacrificios con causa y por su incansable afán de aprender. A sus setenta y tres años, no ha dejado ni un solo día de querer saber más, de comenzar a estudiar algo nuevo, de interesarse por todo lo bueno y útil de este mundo. No ha perdido ni un ápice de energía ni de valor; sigue siendo aquel joven militar condecorado por el Shah de Persia, que dejó toda una privilegiada vida en tierra propia para cruzar todas las fronteras (físicas, intelectuales, emocionales) con una mujer, dos hijas, un par de maletas y unos pocos dólares en el bolsillo.


Años después, instalado en España - habiendo dado la mejor educación a sus hijas y habiendo procurado una vida segura, cómoda y feliz para él mismo y para su familia - me sigue sorprendiendo cada día, cada vez que me llama para decirme cosas como: "Voy a sacarme el carné de instalador eléctrico" o "Voy a aprender italiano" o "¿Tienes algún libro sobre la Guerra Civil Española que pueda leer?"

Desde hace unos meses, está aprendiendo a tocar la guitarra. Tiene una guitarra española de buenísima calidad que compró para mi hermana cuando éramos pequeñas. Tanto mi hermana como yo comenzamos a recibir clases en algún momento de nuestras vidas, pero ambas lo acabamos dejando. Mi padre va a clase una vez a la semana y el noventa por ciento de las veces que le llamo, está en casa practicando. Su profesor es un veinteañero rockero con pintas de malote que, sin embargo, es más bueno que el pan (se nota en cuanto cruzas dos palabras con él) y que tiene a mi padre encantado con todo lo que le está enseñando. A mí me da la impresión de que ambos se alimentan de la energía del otro, orbitando en un inacabable bucle de talento, ganas y admiración mutua.

El fin de semana pasado, mi padre me invitó a ir a un concierto del grupo de música de su profesor. Yo no tenía especial interés en escuchar al grupo, pero el entusiasmo de mi padre por el talento de este chico es tal, que ni pude ni quise decir que no. Así que cogí un autobús y me desplacé hasta Torrelaguna, donde, en una terraza de verano, rodeados de un montón de quinceañeras totalmente hormonales, mis padres y yo asistimos al concierto.

No me arrepentí en absoluto de haber ido. Independientemente de lo que estuviera ocurriendo musicalmente sobre ese escenario, esa noche presencié muchas cosas de valor incalculable: la ilusión de unos jóvenes que empiezan, el encuentro de dos mundos aparentemente tan alejados (mi padre, refresco en mano, observando cada acorde de la guitarra de ese joven músico, preguntándome cosas sobre los instrumentos, aplaudiendo, comentando...) y, sobre todo, el brillo en los ojos de mi padre, su interés en lo que estaba viendo y escuchando, su inagotable ilusión. Fue un momento con alma, como tantos otros que me ha regalado a lo largo de mi vida.


Yo, por mi parte, he vivido toda mi vida con ese alma. ¿Qué sería mi vida si no hubiese vivido tantos momentos de manera tan intensa, si no hubiese sacado el jugo a tantas experiencias que me han tocado tan profundamente, que me han convertido en la persona que soy? Hubo un tiempo en el que pensé que debía renunciar a vivirlo todo tan intensamente, para no sufrir tanto, para que cada mala experiencia no me quitara un trocito de mí. Pero, en el fondo, no quería cambiar, y llegó un momento en el que me di cuenta de que no era necesario hacerlo.

El secreto, ése que se nos escapa, ése que a veces tardamos tanto en comprender, es seguir viviendo nuestra vida con intensidad, teniendo a la vez la paz mental y emocional para colocar las cosas malas en su justo lugar. Seguirán doliendo, pero esos trocitos de nosotros no desaparecerán. Al contrario, esos acontecimientos y ese dolor contribuirán a completarnos, a permitirnos seguir construyendo a la persona que llegaremos a ser. Es muy fácil decirlo y muy difícil llevarlo a cabo, pero os aseguro que es posible.

Hace un par de semanas, hice un curso intensivo de danza africana. Siempre había querido probarla, pero nunca había hecho nada parecido antes, así que no sabía muy bien qué esperar. Tras la aterradora primera clase, de la que salí sintiendo dolor en músculos que ni sabía que tenía, quedé totalmente encantada. Me encantaron los movimientos, la música, el significado, todo lo que nos explicó la profesora sobre la cultura africana... La razón por la que menciono esto aquí, es que la danza africana está totalmente centrada en atraer buena energía y en espantar a los malos espíritus. Los movimientos son un ritual para alejar fantasmas y bendecir la propia vida y la de los demás. Recuerdo que, en la última clase, con percusión en directo, sintiendo la poderosa energía de veinte personas bailando a la vez, de pronto lo comprendí: dieron igual las vueltas que le viniera dando a la cabeza sobre mil cosas de mi vida, el cansancio, las preocupaciones del día a día - todo eso daba igual, ya no había nada más en lo que pensar. La vida, simplemente, tenía sentido.


Y se me ocurre que también tiene mucho sentido aprender a vivir la vida como si fuera un continuo ritual de danza africana: llenarla de alma, colocar los malos espíritus allá donde les corresponde y seguir bailando, en la certeza de que todo - absolutamente todo - está en su justo lugar.


sábado, 30 de julio de 2011

A TRAVÉS DEL TIEMPO


Érase una vez un lugar lejano, tierra de dátiles, melodías de sitar y azafrán, donde habitaba una gran familia. Cuando la guerra y la destrucción asolaron los verdes parajes de este bello país, cada miembro de esa familia se vio obligado a marcharse lejos de allí. Cada uno partió hacia donde pudo, llevándose consigo a su propia familia - pareja, hijos - y poco más que los recuerdos de una vida que ya debían, muy a su pesar, considerar pasada.


La historia de mi familia no fue muy distinta a la de muchas otras que dejaron todo lo que tenían para dar un futuro mejor a los suyos. Cuando ocurrió esto, hace más de treinta años, mucho antes de internet, Facebook y demás milagros de comunicación del mundo moderno, la mayoría de nosotros terminamos perdiendo el contacto, lo cual nos limitó a nuestra familia nuclear y nos dejó con una extraña sensación de permanente desarraigo. Por mi parte, siempre eché de menos el tener una gran familia que llenara mis fiestas y mis fechas señaladas de ruido y risas y - ¿por qué no? - también de gritos y peleas... He tenido la gran suerte de tener una familia nuclear sólida y fuerte, que siempre ha sido el mayor pilar de mi vida, pero eso no ha evitado la nostalgia de una enorme familia en permanente crecimiento, que diera la bienvenida cada cierto tiempo a nuevas parejas y a nueva descendencia...

Quizás ninguno de nosotros se pudo haber imaginado hace treinta años que alguna vez tendríamos una oportunidad de viajar a través del tiempo y volver a encontrar a esos tíos y primos - ahora con más edad, más canas y más experiencias de vida - y sentir que nada cambió, que nada fue destruido, que nada se perdió. Sin embargo la Vida - la generosa Vida - nos ha brindado esa segunda oportunidad.

Acabo de regresar de una reunión familiar en Budapest, una ciudad bellísima, mezcla perfecta entre la añeja Lisboa, la vibrante Roma y la luminosa París.






La reunión fue organizada, a través de Facebook, por un primo de mi madre y a ella acudimos miembros de la familia de todos los puntos del planeta: España, Alemania, Suecia, Holanda, Noruega, Irán, Estados Unidos... Por mi parte, hice el viaje hasta allí sin expectativas, más que nada porque no tenía ni idea de qué esperar. Al fin y al cabo, no conocía a ninguna de estas personas, lo único que sabía de ellas eran las historias que mi madre me había contado desde pequeña. En realidad, eran unos perfectos desconocidos.

Como tantas veces ocurre cuando carecemos de grandes expectativas, éste ha sido uno de los mejores viajes que he hecho en toda mi vida. No sólo fue la organización de la reunión impecable y el marco de la ciudad maravilloso, sino que por primera vez en siete años tuve la oportunidad de volver a viajar con mi familia nuclear (mis padres y mi hermana) al completo y puedo decir con total certeza que ha sido el mejor viaje familiar que hemos hecho, lleno de risas, cercanía, buenos momentos y mucho Amor.

Y en cuanto a esa familia perdida, el reencuentro no pudo ser mejor. Pasé los primeros días observando a mi madre, deseosa de ver sus reacciones, queriendo saber cómo estaba viviendo esta experiencia tan emotiva para ella. Lo que vi fue un verdadero viaje a través del tiempo, durante el cual mi madre y sus familiares directos nos envolvieron a todos con la mágica naturalidad de sus conversaciones, sus recuerdos, su camaradería... la familia estaba allí y era como si el tiempo, en realidad, no hubiera pasado.

Creo que amé a cada uno de los asistentes a esa reunión desde el primer momento en que les vi. Lo demás vino después: las afinidades, la conversación, el deseo de seguir en contacto, de pasar más tiempo con unos o con otros. Pero el Amor estuvo allí desde el primer momento, había estado allí siempre... y se sentía en cada sonrisa, en cada palabra, en cada foto compartida, en cada uno de nosotros.

La gratitud que siento por haber tenido la oportunidad de vivir esta experiencia, tan especial en tantos sentidos, es tan grande que las palabras escritas se quedan cortas para expresarla. Mi corazón la canta, la ha estado cantando desde aquella primera comida en la cual, sentados alrededor de una larga mesa, entremezclábamos los chistes, las risas, las confidencias y los idiomas: el persa con el castellano, el alemán con el inglés... mi propia - ruidosa, emotiva y divertida - pequeña Torre de Babel.

lunes, 27 de junio de 2011

EL RETO


Ya he mencionado alguna vez lo difícil que me ha resultado siempre cantar, sobre todo en público. Durante años, he arrastrado una especie de trauma al respecto y hasta hace muy poco me sentía totalmente incapaz de cantar una canción delante de nadie. Afortunadamente, uno de los rasgos de mi carácter es la determinación (que en muchas ocasiones roza peligrosamente la cabezonería) y, hace ya casi tres años, me propuse tomar clases de canto para superar mi pequeño trauma y completar además mi formación artística.

Ni qué decir tiene que el proceso ha sido - y sigue siendo - duro. Tuve la enorme suerte de encontrar a la mejor de las profesoras, que siempre ha llevado la enseñanza mucho más allá de la transmisión de una técnica. No sólo han sido su apoyo, sus ánimos y sus consejos incondicionales (independientemente de cualquier circunstancia), sino que siempre se ha asegurado de proyectar en mí todo lo mejor de todo su arte, el cual es - dicho sea de paso - prácticamente infinito.
(Silvina Tabbush -www.myspace.com/silvinatabbush)

Con su ayuda y poquito a poco, el proceso se ha alivianado bastante, pero en ningún momento ha dejado de ser un gran reto. Y no puedo decir que he superado mi trauma: más bien, siento que debo superarlo cada día, una y otra vez, volviendo a coger las riendas y echándole todo mi valor.

Y es que cantar es difícil.
Si no fuera así, todo el mundo lo haría.

Ahora me enfrento al mayor reto de estos tres años de aprendizaje. Este fin de semana, canto en un espectáculo de cabaret producido por The Madrid Players (www.madridplayers.org). La experiencia ha hecho que me enfrente a un amplio espectro de pequeños retos, artísticos y personales, que he ido superando uno a uno... y sé que aún no he terminado. Mientras espero la llegada de este fin de semana, sumergida en casi todas las sensaciones posibles - nervios, miedo, ilusión, ganas, gratitud, determinación, pudor, euforia - me doy cuenta de que, sinceramente, jamás he estado tan aterrorizada ante la perspectiva de subirme a un escenario. No estoy acostumbrada a este temor: es una sensación que se podría considerar angustiosa, pero lo cierto es que también me demuestra que me atrevo a enfrentarme a mi reto, que aún no me he rendido ni pienso hacerlo, que no me he acomodado en lo fácil.

Recuerdo haber mantenido una conversación con mi madre hace un par de semanas, durante la cual me quejé como una niña pequeña: ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado, mamá? ¿Por qué me da la sensación de que nada de lo que hago es fácil?

No era una pregunta retórica, pero la verdad es que siempre he sabido la respuesta: lo que hago no es fácil porque me niego a dejar de mejorar, a dejar de aprender. Tomando prestada una expresión de Benedetti, me niego a dejar de vivir adrede. Me niego rotundamente. Porque cuando pienso en los dos meses que han transcurrido desde que hice el casting para este espectáculo hasta hoy, soy perfectamente consciente de que todas las pequeñas conquistas que he ido haciendo son las que me hacen quien soy, las que constituyen mi personalidad y mi vida.

Siendo totalmente sincera, yo solía darle mucha importancia a los resultados, al hecho de conseguir logros tangibles para darle valor a mi vida. He tenido que recorrer un larguísimo camino para darme cuenta de que - como tantas veces nos repiten los sabios - lo tangible es lo de menos, es el recorrido lo que importa. Es durante ese recorrido (y no al final de un camino) cuando se materializan nuestras vidas y cuando nos convertimos en las personas que podemos ser.

Richard Yates escribió en Revolutionary Road que hay que tener fuerza para vivir la vida que uno quiere. Y es que pasar de un día a otro - sin arriesgar nada y conformándonos con el mero hecho de existir - es muy fácil.

Lo difícil es vivir.
Si no fuera así, todo el mundo lo haría.


miércoles, 15 de junio de 2011

PEQUEÑOS GESTOS DE AMOR


No creo en ninguna religión, pero creo que todas tienen al menos una cosa que nos puede resultar valiosa a todos, seamos creyentes o no. Las distintas religiones siempre me han interesado muchísimo y, siempre que puedo, intento indagar un poco más en cada una de ellas. Lamentablemente, suelo tener mucho menos tiempo del que me gustaría para hacerlo, pero ya he podido descubrir varias cosas que me han encantado y que me han resultado útiles en mi día a día. Una de mis favoritas está en la Biblia, en el libro de Eclesiastés:

3:1 Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol:
3:2 un tiempo para nacer y un tiempo para morir,
un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado,
3:3 un tiempo para matar y un tiempo para curar,
un tiempo para demoler y un tiempo para edificar,
3:4 un tiempo para llorar y un tiempo para reír,
un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar,
3:5 un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas,
un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse,
3:6 un tiempo para buscar y un tiempo para perder,
un tiempo para guardar y un tiempo para tirar,
3:7 un tiempo para rasgar y un tiempo para coser,
un tiempo para callar y un tiempo para hablar,
3:8 un tiempo para amar y un tiempo para odiar,
un tiempo de guerra y un tiempo de paz.


Últimamente pienso mucho en estas palabras, ya que estoy intentando poner en práctica un cambio de actitud ante la vida, cultivar la paciencia, dejar de sentirme tan atrapada en la eterna inmediatez de la vida moderna e intentar no proyectar mis deseos de una manera que ha llegado a ser verdaderamente dañina para mi paz mental y espiritual.

Cuando éramos niños, no entendíamos que no podíamos tener todo lo que queríamos en el mismo instante en el que lo deseábamos. Lo queríamos todo ya. Los adultos de nuestro entorno tuvieron que echarse a la espalda la desagradable tarea de hacernos comprender que no era así (con mayor o menor éxito, dependiendo de las circunstancias). Sin embargo, ahora a nosotros nos ha tocado ser adultos en el mundo de la satisfacción inmediata. En nuestro mundo, todo va a mil por hora. Las nuevas tecnologías hacen que todo ocurra a la vez y en este preciso instante, internet ha hecho que estemos informados de lo que pasa en el mundo a tiempo real y es prácticamente imposible perderle la pista a alguien a menos que ambas partes lo deseen de verdad.

Mientras giramos y giramos, atrapados sin remedio en el remolino de este mundo loco, todo lo que aprendimos de niños se nos olvida y nos metemos de lleno en la vorágine del lo quiero todo y lo quiero ya. Y es que, en el fondo, seguimos siendo unos niños caprichosos.

Nos volvemos impacientes. Nos volvemos egoístas. Pensamos demasiado en lo que no tenemos y demasiado poco en las bendiciones de nuestras vidas. Nos olvidamos de sonreir a los desconocidos y de dar los buenos días creyéndonoslo. Cada vez hacemos menos favores sin esperar nada a cambio y somos tan cínicos que nos cuesta creer que otra persona los haga por nosotros. Somos capaces de gastarnos cientos de euros en FNAC, pero se nos olvida comprar un café caliente para el vagabundo que está sentado en la puerta. Casi siempre nos acordamos de criticar, pero a menudo se nos olvida dar las gracias. Soñamos y hablamos de un mundo mejor, pero a veces, lamentablemente, no nos lo merecemos.

Lo más curioso (y quizás también lo más esperanzador) es que casi siempre actuamos de esta forma sin darnos cuenta, sin ánimo de ser crueles o desconsiderados. Simplemente, estamos demasiado preocupados por el futuro, agobiados por el presente o tristes por el pasado, como para acordarnos de cosas tan nimias como mirar a la cara a la cajera del supermercado y desearle un buen día.

Sin embargo, sé por experiencia que, a veces, son estos pequeños gestos del día a día los que tienen repercusión, los que son capaces de crear un cambio, por muy pequeño que sea. Y sé que todos esos pequeños cambios, uno tras otro, son capaces de crear un efecto mucho más grande a largo plazo: sólo necesitamos un poco de paciencia y mucha perseverancia.

Hace un par de semanas, cuando saqué la ropa de verano, hice limpieza en mi armario y llené nada menos que cuatro bolsas grandes de basura con ropa que ya no me ponía. Decidí donarla a Humana (www.humana-spain.org), pero resulta que no tienen ninguna tienda cerca de mi casa. Como las bolsas pesaban muchísimo y no tengo coche, tuve que coger un taxi. El taxista me preguntó por las bolsas y le conté a dónde iba y para qué. Comenzamos a charlar para matar el tiempo en el atasco de las 6 de la tarde de la calle Alcalá. Unos diez minutos después, el taxista me dijo de pronto: ¿Sabes lo que te digo? Tú vas a donar esta ropa y encima estás pagando un taxi para hacerlo... vamos a hacer la donación entre los dos y te paro el taxímetro. ¿Te parece? Me llevó unos segundos reaccionar ante su amabilidad, pero cuando lo hice se lo agradecí sinceramente y con todo mi entusiasmo. Y es que, en los tiempo que corren (sobre todo para gremios como el de los taxistas) lo que hizo fue uno de esos pequeños milagros que salen del corazón humano cuando menos los esperamos.

No hacen falta grandes cosas para tener una vida mejor, ni para hacer mejor la de los demás. Hay gente que dedica su vida entera a cultivar su espiritualidad o a ayudar a los demás (o a ambas cosas). Pero si no tienes tiempo, dinero o energía para este tipo de cosas, piensa que puedes poner tu granito de arena de mil maneras distintas.

Saluda con ganas. Dile a una amiga que hoy está muy guapa. Ayuda en lo que puedas y cuando puedas. Diles a tus padres que les quieres. Sonríe al coger el teléfono. Abraza. Besa. Empatiza. Tolera. Comprende.

Todos los fundamentos de Reiki comienzan con Sólo por hoy... Con ello, nos lanzan el mensaje de que no hace falta hacer grandes planes para ser mejor: simplemente, trabaja en tu hoy. Con pequeños gestos de Amor, todo puede ser diferente.

Soy una persona utopista... a veces en demasía. Pero no creo estar siéndolo con esto. Creo sinceramente que cada vez que cogemos una mano, cada vez que escuchamos, cada vez que hacemos un regalo espontáneo, sea del tipo que sea, estamos contribuyendo a ese mundo mejor con el que tanto soñamos.

Es totalmente cierto que cada cosa tiene su momento. Si dejamos de vivir con tanta prisa por llegar (¿a dónde?), nos resultará mucho más fácil identificar cada uno de esos momentos y dejar de intentar hacerlo todo a la vez o angustiarnos por lo que estamos viviendo. Y siempre es bueno recordar que, independientemente de lo que estemos viviendo, todo momento es bueno para esos pequeños gestos que crean el regalo de nuestro presente.

martes, 24 de mayo de 2011

NO QUIERO SER ZEN


Hace un par de semanas, tuve un maravilloso (y muy esperado) reencuentro con el Reiki. Hacía más de un año que había completado el curso y la iniciación al Nivel II. Sin embargo, el día a día, todas las actividades que me mantenían ocupada y cierta reticencia a explorar algunas zonas misteriosas de mi propia alma, habían hecho que lo practicara poco durante todos estos meses.

Realicé un esfuerzo consciente por retomarlo, ya que en ningún momento he olvidado lo beneficiosa que ha sido esta práctica para mí y siempre he sabido que la quiero mantener en mi vida. Y efectivamente, tras repetir el Nivel II hace un par de semanas, me he encargado de mantener una práctica regular y lo estoy notando muchísimo.

Siempre me han parecido curiosas las reacciones y la relación de la gente con las prácticas espirituales. Como en todos los aspectos de la vida, hay un poco de todo: la gente que las rechaza sin pensárselo ni un momento, la gente que mantiene una práctica regular, la gente que sólo practica de vez en cuando... y la gente que va de espiritual sin serlo.

Puesto que siempre me han interesado estas prácticas, me he encontrado con todo tipo de personas. Hay muchísimas genuinas y realmente comprometidas con su ideología espiritual: yo he tenido la suerte de poder conocerlas y aprender de ellas. También hay muchas personas farsantes que utilizan estas prácticas de la peor manera posible, para engañar a otros y conseguir dinero u otros beneficios personales, muy alejados de los valores espirituales que predican. E incluso hay ciertas personas que piensan que ser espiritual es una manera de vestir, de comer o de hablar.

Lo que yo he aprendido en los últimos años, es que la espiritualidad no es siempre lo que parece. Desde luego, no tiene nada que ver con una manera de vestir ni de comer. Pero tampoco tiene que ver necesariamente con estar tranquilo todo el tiempo, no inmutarse con casi nada y ser lo que denominaríamos Zen. Ciertamente, la palabra Zen tiene su origen en el Sánscrito Dhyāna, que significa estado meditativo. Mi problema fue que, durante mucho tiempo, engañada por la cultura popular y por mis propias convicciones erróneas, intenté llegar a ese estado meditativo de manera permanente, intenté fluir por la vida como si nada fuera conmigo. Ni qué decir tiene que fue una tarea imposible para una persona como yo, cuyos sentimientos y reacciones salen disparados a borbotones en los momentos menos esperados. Mis sentimientos se desbordan, me vencen y no puedo evitar rendirme a ellos y admitir que eso es lo que hay y que no lo puedo evitar. Finalmente, tras mucho aprendizaje y mucho viaje interior, me di cuenta, lo acepté, me planté y lo dije: "¡No quiero ser Zen!"

El quid de la cuestión era, por supuesto, que estaba malentendiendo el concepto. O más bien, me estaba malentendiendo a mí misma en relación al concepto. La verdad es que algunas de las personas más espirituales que he conocido - aun siendo tremendamente equilibradas - tienen un amplio espectro de reacciones buenas y malas, de sentimientos positivos y negativos, aman la vida pero también se indignan, se enfadan, se ponen nerviosas y hay cosas que realmente les desagradan. Tardé en darme cuenta de que puedo buscar un equilibrio sin necesidad de buscar un estado permanentemente inalterable.

Pienso que la práctica espiritual no tiene por qué estar reñida con la vida terrenal. Estamos en un plano físico, vivimos en un cuerpo con una piel que siente, con unos ojos que ven, con un corazón que se acelera cuando sentimos deseo, que nos duele cuando sufrimos una pérdida y que canta cuando recibimos una alegría. Éste es el regalo que se nos ha concedido, es el verdadero milagro: estamos vivos.

Por lo tanto, que me dejen en paz los predicadores de la ropa Zen, porque no quiero nada con ellos. Y a aquellas personas que han llegado a ese estado permanente de quietud, las respeto totalmente y espero que esta práctica funcione a la perfección para sus vidas... pero no es para mí. Hace tiempo que lo he entendido.

Mi espiritualidad consiste en celebrar mi estado físico y en disfrutar de mi capacidad para sentir y aprender, tanto en cuerpo como en alma. Consiste en trabajar día a día para mantener mi optimismo y mi alegría. Y consiste en ejercitar la gratitud, una y otra vez, todos y cada uno de los días de mi vida.

sábado, 30 de abril de 2011

EL PESO DEL FIRMAMENTO


Me he hecho unas fotos vestida de pin-up. Hacía tiempo que me apetecía, el concepto de pin-up siempre me ha fascinado; me parece sexy, estético, y divertido. La chica pin-up es pícara, traviesa y no se toma a sí misma demasiado en serio y creo que ésta es una gran parte de su atractivo, al menos para mí.


En general, soy una persona optimista, tengo sentido del humor e intento vivir la vida al máximo. La pin-up que hay en mí se parte de la risa con casi todo y le encanta pasárselo bien. La diferencia entre esas chicas que obsesionaron a Gil Elvgren durante décadas y yo, es que ellas viven plasmadas en esas ilustraciones llenas de color, mientras que yo soy una chica real que vive en un mundo real. Como consecuencia, no soy todo color y alegría. Tengo un lado oscuro - muy oscuro - que a veces sale cuando menos lo espero y me vapulea hasta que me deja hecha puré.

A veces odio y temo mi lado oscuro, lo que yo llamo mi Sombra. Vivimos en una sociedad que nos vende la alegría continua, pase lo que pase. Tenemos que ser felices, tenemos que pasarlo bien, tenemos que reírnos. La sociedad no acepta la tristeza y el mal humor. Como dijo Ella Wheeler Wilcox, ríe y el mundo reirá contigo, llora y llorarás solo. Todos tenemos muchos amigos cuando estamos bien... la pregunta es: ¿cuántos de ellos quedan cuando estamos mal? La respuesta es que se pueden contar con los dedos de una mano (y sobran). Como consecuencia de todo esto, solemos rechazar nuestro lado oscuro, lo evitamos, no queremos ni aceptar que existe.

Una de las ocasiones en las que mi Sombra aparece es cuando me pongo enferma. Afortunadamente, soy una persona fuerte y sana y no suelo enfermar. El caso es que siempre he tenido la fantasía de que, si algún día tuviera una enfermedad grave, lo llevaría con entereza y buen humor, como esos personajes tan valientes que veo en las películas. Pero hace poco me di cuenta de que ésta es otra de tantas fantasías que sólo viven en mi cabeza: mi terapeuta insiste en que tengo que empezar a vivir más en el mundo real, olvidarme de tanta fantasía y caerme del guindo de una vez. Estoy en ello, pero me parece que aún me queda mucho camino por recorrer.

La semana pasada cogí uno de esos virus pseudo-gripales, nada graves pero tremendamente molestos, y me pasé toda la Semana Santa en la cama con fiebre y un dolor de cabeza incesante. Me encantaría decir que lo llevé fenomenal, pero lo cierto es que soy una enferma terrible - soy quejica, paranoica e hipocondriaca. Me pasé toda la semana gimiendo de dolor, preocupándome por todas las cosas que no estaba haciendo y planteándome si lo que tenía no era algo gravísimo que iba a acabar matándome. En fin, Dios me libre de tener alguna vez una enfermedad grave.

A lo que iba con todo esto es que, cuando estoy incubando algún virus - y durante el periodo de enfermedad posterior - mi Sombra sale con toda su fuerza y no me deja en paz. Lo veo todo negrísimo, me deprimo y no hay quien me saque de mi pesimismo. Entonces sale mi otro lado, esa persona que no solamente piensa que el mundo es un lugar terrible, sino que en el fondo también piensa que lo tiene que arreglar ella, enterito y sin ayuda de nadie. Lo llamo mi lado Atlas, por el mito griego del titán condenado por Zeus a llevar sobre sus hombros el peso del firmamento para siempre. Afortunadamente, cuando se me pasa la enfermedad, vuelvo a ver la luz y el mundo vuelve a brillar.


Muchas veces desearía que mi Sombra desapareciera para siempre, para poder ser siempre como una de esas maravillosas chicas pin-up de Elvgren. Pero, aunque aún me queda mucho por aprender, ya tengo parte del camino recorrido y me doy cuenta de que hay una razón por la cual esas chicas sólo existen en ilustraciones. Son una utopía, como tantas otras. No son reales. Su existencia es insostenible porque, si la Sombra no fuera una realidad, la Luz tampoco podría serlo.

Durante mi sesión de pin-up, el fotógrafo me dijo: "¿Sabes lo que creo, Parisa? Creo que tú no eres una chica pin-up; más bien, diría que eres una chica burlesque." Creo que tenía razón. Y es que el burlesque está lleno de alegría y de vida, pero también tiene su lado oscuro. Ese mismo lado oscuro que me deja hecha polvo de vez en cuando, pero que es parte de mi realidad.


Como soy una persona de extremos, mi trabajo personal siempre está dirigido a encontrar un equilibrio. Intento aprender que ni soy Atlas, ni soy una chica pin-up. Porque el mundo no es una ilustración de colores, pero tampoco es un trágico mito griego. Sí me atrevería, sin embargo, a decir que es algo parecido a un espectáculo de burlesque: a veces alegre, a veces oscuro e incómodo, pero siempre real y siempre vivo.


Fotos de Luis F. Lorenzo - www.fotospn.com

viernes, 8 de abril de 2011

EL MALO DE LA PELI


Estoy trabajando en una obra de teatro musical llamada The Fantasticks. Es la primera vez que se hace en España, puesto que nunca ha llegado a traducirse al castellano. La primera representación de la obra original fue en Mayo de 1960 y este musical ha sido el más duradero de la historia en el Off-Broadway neoyorquino.

www.thefantasticks.com

Cuando hice el casting para este proyecto aún no conocía la obra, pero durante el proceso de ensayos me fui enamorando de esta dulce alegoría de la vida y de lo brillante que es su mensaje, aun dentro de su sencillez. Esto, unido al hecho de que siempre he sido una fanática de los musicales y de que he tenido la suerte de trabajar con unos compañeros maravillosos, han hecho de esta experiencia algo realmente especial.

Como tantas veces me ha ocurrido con el teatro, lo que estoy aprendiendo va mucho más allá de mi trabajo sobre el escenario. Como siempre, la experiencia teatral me está ofreciendo miles de capas de aprendizaje y evolución personal que estoy descubriendo una a una. Algunas son capas bonitas y agradables, otras no lo son tanto... pero con cada una de ellas, algo importante está cambiando en mí.

Mi personaje en la obra es ambiguo y dicotómico. En principio, es una farandulera venida a menos que no se resigna al hecho de que sus días de gloria pasaron hace mucho tiempo... pero, dentro del loco mundo del musical, evoluciona por vías totalmente inesperadas, abstractas y bastante surrealistas. Me encanta este personaje porque, en un momento de mi vida en el que necesitaba recuperar la ilusión por mi oficio, me ha dado la mayor de las libertades para enloquecer, para jugar, para reírme a carcajadas y dejarme volar.

Pero también me encanta porque, en un momento específico de la obra, saca una personalidad malvada que hasta entonces no se aprecia. Los personajes malvados son caramelos para el actor; creo que nunca encontraréis a un actor a quien no le encante hacer de malo. En este caso, yo tengo la oportunidad de saborear ese caramelo, de ser por un ratito la mala de la peli... y pocas veces he disfrutado tanto con mi trabajo.

El caso es que una de las muchas cosas que he aprendido en el proceso de este proyecto es que las cosas no suelen ser lo que parecen. Nunca sabemos realmente lo que ocurre tras las puertas cerradas de un hogar o en la vida privada de otra persona. A veces lo que nos resulta molesto acaba trayendo una bendición inesperada. A veces la gente que nos hace daño nos está empujando, incoscientemente, a avanzar y a mejorar. Y a veces, el hecho de que viejas sombras del pasado vuelvan a nuestras vidas acaba arrojando luz donde sólo había negra - negrísima - oscuridad. De la misma manera en la que en cada película, libro u obra de teatro hay un malo que crea el llamado nudo argumental y hace que los personajes sufran y aprendan a palos de sus propios errores hasta llegar al desenlace, en la vida real estos personajes también existen y están allí por algo.

Pero al igual que mi personaje en The Fantasticks, la vida no es blanca o negra. Ninguna persona es mala (o buena) siempre, todos tenemos matices y miles de capas y nuestros sentimientos, pensamientos y relaciones nos hacen elegir vías distintas en cada momento de nuestras vidas. Si nos paramos a pensarlo con detenimiento, todos somos, o hemos sido en algún momento, el malo de la peli de alguien. Es inevitable. Nuestra condición humana lo hace inevitable. Hacemos daño, lo queramos o no, y podéis estar seguros de que en algún lugar del mundo, en algún momento de la vida, alguien os ha etiquetado como el malo de su historia.

Supongo que lo realmente importante es entender que, haga lo que haga el malo, seguimos teniendo parte de control sobre lo que nos pasa y que de nosotros depende si nos hacemos pequeños hasta desaparecer de la historia o si, por el contrario, aprovechamos el nudo argumental para aprender, dar un paso hacia delante y seguir buscando - siempre - nuestro final feliz.

The Fantasticks sigue en cartel este fin de semana:
Sábado 9 de Abril a las 21:00
Domingo 10 de Abril a las 20:00
Teatro La Madrilera, Calle Don Felipe, 9 Madrid


www.lamadrilera.com