miércoles, 24 de abril de 2013

UN MAL DÍA


Es evidente que no todos los días pueden ser buenos. Todos tenemos días tristes, días difíciles, días mejorables. La tendencia social es obviarlos, colocarnos una falsa sonrisa en la cara y estar bien en todo momento. Aunque nos guste pensar lo contrario, no solemos ser excesivamente empáticos con el dolor ajeno: nos incomoda convivir con la tristeza, con la miseria, con el malestar. Todos hemos comprobado que es posible estar totalmente rodeados de gente cuando estamos contentos y pasándolo bien y hemos visto cómo todos (a excepción de esos amigos verdaderos que se pueden contar fácilmente con los dedos de una mano) desaparecen misteriosamente y con una rapidez de vértigo cuando estamos mal. Está claro que nuestra sociedad no es amable y eso es algo a lo que debemos adaptarnos si no queremos morir en el intento.

El verdadero reto llega cuando lo que tenemos no es un mal día, sino una mala semana, que se convierte en un mal mes, que a su vez se convierte en un mal año. Comenzamos a sentir los primeros síntomas de desesperación, estamos muy solos y no conseguimos ver la luz al final del túnel. Y ese mal día se convierte en un gran pozo negro del que parece imposible salir. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo lidiar con algo que amenaza con sobrepasar todos nuestros límites?



El problema es que, cuando algo parece no tener respuesta, nos empeñamos en darle vueltas y más vueltas para conseguir llegar a esa utópica meta que lo resolverá todo. Pero la realidad es que, en ocasiones, lo mejor que podemos hacer es dejarlo estar. Parar el remolino de nuestros pensamientos, dejar descansar la mente y alimentar el espíritu con otras cosas durante un tiempo... A veces, ésta es la única manera de que la respuesta se deje caer delante de nosotros, de manera totalmente natural. Como dice aquella canción de Donnie McClurkin: cuando ya has hecho todo lo que puedes, simplemente párate (*).

Supongo que no es necesario que diga que esto es mucho más fácil de decir que de hacer. Nos resulta insoportable no poder arreglar lo que está roto, no poder detener nuestro propio dolor o el de las personas que queremos, no poder curar la enfermedad de nuestro hijo, ni evitar el hecho de que algún día perderemos a nuestros padres, no ser capaces de encontrar lo que buscamos o de alejarnos de lo que nos hace daño.



Ojalá tuviéramos todas las respuestas, pero lo cierto es que nadie las tiene. No nos gusta pensar que nuestra vida es incierta y aleatoria: de ahí viene nuestra necesidad de tener fe, de creer en algo más grande que nosotros, de pensar que hay un ente omnipotente que siempre acabará viniendo a socorrernos. Yo creo que tener fe es bueno y, además, necesario. Pero también pienso que no debemos olvidar que hay cosas que jamás conseguiremos entender, injusticias inexplicables y penas tan grandes que nos resultan totalmente incomprensibles. Y en esos casos, lo mejor que podemos hacer es dejar de buscar todas las respuestas, simplemente pararnos, calmar nuestra alma y seguir adelante con nuestra vida.

A veces, la único que necesitamos saber es que nuestra mejor opción es continuar nuestro camino, hacer cosas que amamos, compartir nuestro tiempo con la gente que queremos e intentar ser, en cada uno de los momentos de nuestra vida, la mejor versión posible de nosotros mismos.




(*) Donnie McClurkin - "Stand"





domingo, 31 de marzo de 2013

DOLCE FAR NIENTE...



Dicen que es fácil acostumbrarse a lo bueno. Por eso las vacaciones se hacen cortas, los ratos buenos se pasan volando y, siempre que estamos a gusto en una situación, desearíamos prolongarla hasta el infinito. Por otro lado, y dependiendo de las circunstancias, a veces también es muy fácil perderse en la vorágine del día a día, en el estrés del trabajo y las responsabilidades... Y es que las responsabilidades, entre otras cosas, tienen la terrible manía de multiplicarse espontáneamente: cuantas más aceptas, más aparecen. Por eso, si eres una persona activa, es muy probable que acabes llenando tus días de tal manera que no te quede tiempo para parar, descansar y disfrutar un poco del estupendo arte del dolce far niente.

Personalmente, pienso que la vida es cruelmente corta si tenemos en cuenta todo lo interesante, divertido y fascinante que nos ofrece para hacer... ¿cómo se supone que debemos encontrar el tiempo para hacer todo lo que queremos? ¿Cómo hacer para no perdernos nada por el camino? El hecho es que cuanto más vivo, más me planteo esta pregunta y, cuanto más experimento la vida, más deseo vivirla al máximo. Es como si me encontrara en una noria que no deja de girar y que, además, gira más y más rápido en directa proporción a la cantidad de cosas que añado a mi existencia. Es una sensación tremendamente emocionante, pero también abrumadora y - en ocasiones - bastante agotadora.

Entonces, ¿cómo saber cuándo debemos parar? ¿Cuándo merece la pena dejar de hacer, para poder tener la oportunidad de contemplar? Me he hecho esta pregunta durante esta Semana Santa. Tenía la semana libre (al menos en lo que se refiere a lo laboral) así que decidí pasar unos días con mis padres en su casa de la sierra. Me sorprendió lo mucho que me costó cortar el hilo del trabajo, las actividades y demás responsabilidades de mi vida diaria. Me pasé dos días corriendo de un lado a otro como una loca para dejar cosas hechas antes de marcharme y, una vez que subí al coche con mi perrita Julieta, subieron con nosotras mis dos móviles, mi portátil, una cantidad ridícula de cargadores, dos cuadernos de notas y el guión de la obra de teatro que estoy dirigiendo. Estaba claro que mi prioridad para la semana no era precisamente descansar.



El caso es que a veces no nos damos cuenta de lo cansados que estamos hasta que algo nos obliga a parar. Entonces nuestro cuerpo reacciona y nos hace ver que realmente necesitábamos ese alto en el camino... Yo amo de verdad todas las cosas que ocupan mi vida. Todo lo que está aquí, lo está porque yo así lo he elegido y no cambiaría ni eliminaría ninguna de las actividades a las que me dedico. Por eso, no me siento agotada, frustrada ni harta en ningún momento, ni siquiera cuando llego a casa a medianoche, tras un día entero sin parar y sabiendo que mañana debo levantarme a las siete en punto para empezar de nuevo. Ni siquiera cuando mis fines de semana desaparecen en un remolino de madrugones continuos y actividades que se alargan durante horas.



Habiendo dicho esto, admito que saber parar y permitirme un descanso nunca ha sido mi punto fuerte. Por eso, creo que tuve suerte cuando, durante el primer día que pasé en casa de mis padres, mi conexión a internet decidió dejar de funcionar repentinamente. Llevaba unas dos horas y media al teléfono con el servicio técnico de Vodafone cuando me di cuenta de lo ridícula que era la situación: estaba en la sierra, hacía un tiempo estupendo, no había pasado tiempo de calidad con mis padres desde hacía meses y los paseos con Julieta se habían ido volviendo cada vez más y más cortos por las prisas del día a día. Entonces entendí que podía utilizar ese fallo técnico como una llamada de atención, una oportunidad para parar, revaluar y hacer las cosas de forma diferente.

Colgué el teléfono, cerré el portátil y me senté en el salón a charlar con mis padres. En los días que siguieron, me dediqué a dar larguísimos paseos con Julieta, a comer bien, a dormir mucho y a disfrutar - por una vez - de no hacer absolutamente nada. No es algo que pueda ni quiera hacer siempre, pero mi cuerpo y mi mente lo necesitaban (las doce horas que dormía cada día fueron buena prueba de ello) y tanto yo misma como todos a mi alrededor - incluída Julieta - lo agradecimos.



Ahora estoy de vuelta en Madrid, es Domingo y mañana hay que volver a la vida real. Y me apetece hacerlo. Pero estoy intentando dejar que un poquito de dolce far niente se cuele en los pequeños espacios de tiempo que me permiten mis ajetreados días. Y es que hay ocasiones en las que lo más fascinante y placentero que nos ofrece la vida es el hecho de parar, mirar alrededor y simplemente contemplar - durante un rato - nuestra milagrosa existencia.

miércoles, 13 de marzo de 2013

AFORTUNADA



Mi hermana se ha casado. A la alegría que viene de la mano de cualquier boda se une la felicidad por el hecho de que esto es algo que ella había deseado desde hace tiempo, así como el placer de comprobar - en vivo y en directo y sin lugar a dudas - el gran amor que sienten el uno por el otro ella y su recién estrenado marido.

En los días anteriores a la boda, llovió mucho en Madrid, algo a lo que no estamos acostumbrados y que en este caso venía en el momento menos propicio. Dejamos de contar las veces que oímos a alguien decir: novia mojada, novia afortunada y nos resignamos a adaptarnos a lo que viniera puesto que, después de todo, estábamos celebrando una boda en invierno y, en cualquier caso, las posibles consecuencias tampoco eran graves.

El día de la boda, mi madre y yo nos levantamos temprano y comprobamos que, efectivamente, llovía más que nunca. Sin embargo, en la hora que tardamos en arreglarnos y prepararnos para salir de casa, pasó lo inesperado: las nubes desaparecieron como por arte de magia, el cielo encapotado dio paso a un cielo azul perfecto y el sol comenzó a brillar como en un día de primavera. Así que finalmente no hubo novia mojada y, sin embargo, no hizo falta mucho esfuerzo para ver que era una novia realmente afortunada. Durante la ceremonia y la celebración, yo no podía dejar de pensar en la suerte que teníamos todos, los novios, sus familias, sus seres queridos... suerte de estar allí, de querernos, de poder celebrar la felicidad de los nuestros, de estar sanos, de estar presentes, de estar juntos.



Mi familia ha recorrido muchos y muy arduos caminos desde nuestra salida de Irán hasta hoy... pero nunca - ni en los peores momentos - hemos dejado de ser una familia realmente afortunada: por tenernos los unos a los otros, así como por tener la fuerza y el valor de labrarnos una vida con cada nuevo día. Hasta hace poco tiempo, tenía que recordarme esto a mí misma una y otra vez, porque se me olvidaba demasiado a menudo. Pero ahora, tras estos años de trabajo personal, lo tengo presente de manera casi permanente y soy cada vez más consciente de ello.

Como era de esperar, en la boda de mi hermana me hicieron la misma pregunta unas cincuenta veces: y tú, ¿para cuándo? Yo, que nunca he creído en el matrimonio y que no me he vuelto a imaginar a mí misma casándome desde que tenía ocho años y jugaba a la bodas con mis amigas, oí lo mismo tantas veces que tuve que terminar haciendo un huequito en mi mente para el tema.



Yo, que no creo en el para siempre; yo, que ansío ser cada vez más libre; yo, que siempre he sido la mujer que los hombres desean, pero que ningún hombre ama... ¿qué significado tiene realmente ese para cuándo en mi existencia? ¿Me molesta que la respuesta más probable a esa pregunta sea para nunca? Y lo que es más importante, ¿estoy dispuesta a sacrificar aquellas partes de mí que convierten esa respuesta en realidad?

Los últimos días han hecho que me replantee las cosas una vez más. Y aunque me resulte cansado y tedioso tener que volver siempre sobre el mismo tema en mi cabeza, creo que es positivo que sea capaz de volver a plantearme mis decisiones y de abrirme a otras posibilidades. Aún más positivo es el hecho de que mi conclusión siempre es la misma. En estos días he vuelto a confirmar que elijo (una y cien veces) ser fiel a mí misma antes que enterrarme y esconderme para evitar estar sola.

Puede que las posibles consecuencias de mi elección no me entusiasmen, pero las acepto. En lugar de derrumbar una parte de mí, elijo derrumbar los prejuicios, las ideas preconcebidas y el anquilosado inconsciente colectivo de nuestra sociedad. Y que la vida, que siempre nos ha dejado a mí y a mis seres queridos donde teníamos que estar, se encargue de hacer el resto.

jueves, 28 de febrero de 2013

TODO LO QUE SIEMPRE QUISE



En nuestra sociedad, hablamos mucho sobre todas las cosas que la vida nos ha negado, todo lo que quisimos y nunca conseguimos, los sueños que nunca alcanzamos. La realidad - ésa que tantas veces se nos escapa, enterrada bajo la montaña de nuestros caprichos y las heridas de nuestro pasado - es que, en la mayoría de los casos, no nos falta absolutamente nada. El hecho es que las cosas que nos duelen hacen que el mundo en que vivimos nos parezca, de cuando en cuando, negro y cruel. Sin embargo, en general, si somos sinceros con nosotros mismos acerca de lo que queremos, la vida nos lo acaba concediendo.

En las últimas semanas, he pasado días muy tristes pensando en lo que la vida se empeña en no darme. Le ha dado mil vueltas, lo he analizado, he conversado sobre ello y he llorado sin parar... Como en otras ocasiones, no conseguía encontrar una razón para esto que me viene pasando (o más bien, no pasando) desde hace tantos años. Sin embargo, hace poco empecé a comprender una verdad que hasta ahora se me escapaba.

Hace unos días, recibí un email de la editorial con la que estoy trabajando para la publicación de mi primer libro. En él me comunicaban que mi libro ya se encontraba en imprenta y que en un plazo máximo de dos semanas, lo tendría en mis manos. La idea de publicar un libro llevaba años rondando en mi cabeza, pero creo que no fui realmente consciente de su materialización hasta que recibí ese email. Un libro. Mi libro. Algo que había querido durante tanto tiempo y que por fin había conseguido, con mi propio esfuerzo, mis ganas y mi creatividad. Ver las palabras escritas en ese email realmente me hizo pensar...



La realidad completa - la que va más allá de lo pequeño que se vuelve mi mundo cuando me concentro tanto en lo que me falta - es que, hasta ahora, he conseguido absolutamente todo lo que he querido en la vida. Quise una carrera y la terminé. Quise estudiar arte dramático y lo conseguí. Quise dedicarme al teatro y lo sigo haciendo. Quise escribir y escribo. Quise una casa propia y ahora vivo en ella. Quise viajar y tengo la mochila al hombro de manera casi permanente. Quise mi libertad, relaciones que no me ataran, y eso es exactamente lo que he tenido.

La incongruencia, lo que hace que nos sintamos frustrados y tristes, es que a veces lo que pensamos que queremos no es lo que realmente siente nuestro corazón. Por otro lado, lo cierto es que el ser humano es un eterno niño caprichoso que nunca crece y, por lo tanto, en muchas ocasiones lo queremos todo. Nos negamos a elegir y cuando la vida nos da lo que más ansiamos, nos quejamos por no tener esa otra cosa incompatible a la que no hemos sabido renunciar.

Lo que debemos entender es que en algún momento hay que dejar de correr en busca de esa utópica felicidad completa y sentarnos a pensar en lo que realmente queremos. ¿Cómo queremos vivir nuestras vidas? ¿Qué queremos ver cuando miremos atrás al final del camino? Y sobre todo, ¿a qué cosas estamos dispuestos a renunciar para no tener ningún arrepentimiento en esa recta final?

Virgilio dijo: la fortuna favorece a los valientes. Merece la pena recordar que la vida es mucho más sabia de lo que solemos creer y que nosotros, aunque no nos demos cuenta, siempre tenemos todas las respuestas. Siempre. Lo importante es tener el valor y la fuerza para enfrentarnos a ellas, aunque eso signifique entrar en un mundo desconocido que nunca nos hemos atrevido a pisar. Si lo conseguimos, resultará imposible que esa fortuna de la que hablaba Virgilio nos pase de largo.

domingo, 10 de febrero de 2013

LA ÚLTIMA PIEZA


Nadie lo tiene todo. Ésta es una verdad irrefutable, simplemente porque nuestra condición humana no permite otra opción. El ser humano tiene deseos, objetivos, metas. Por muy contentos que estemos con todo lo que tenemos en nuestras vidas, siempre hay algo a lo que aún aspiramos y no tenemos. Y esto es bueno. Si no fuera así, la vida no cambiaría, no se construirían cosas nuevas ni se cerrarían puertas a las obsoletas. Una vida que no está en continuo movimiento se estanca y se pudre. Un mundo que no gira en constante cambio tiene los días contados.

Aun así, también es comprensible que, si la pieza que falta en nuestra vida siempre es la misma, acabemos cansándonos. Es frustrante correr detrás de un sueño que nunca llega. Es agotador perseguir ese objetivo que cada vez se ve más lejano, esa felicidad prometida que nunca se materializa, esa última pieza del rompecabezas que se resiste a aparecer. Por otro lado, el humano medio es un ser ilógico, inconstante y un poquito loco... hacemos, pensamos y sentimos cosas que parecen no tener sentido. Una de ellas es que cuando esa última pieza comienza a encajar, cuando parece que esa felicidad que parecía tan utópica se empieza a convertir en realidad, comenzamos a asustarnos. Quizás es un miedo a perder lo que hemos conseguido. O quizás es una manera subconsciente de asegurarnos de que nuestra vida no se estanca, de que seguimos avanzando, de que éste no es el final de nuestra búsqueda. Y es que, aunque el final sea feliz, siempre nos asusta.


La realidad, por supuesto, es otra. Evidentemente, el hecho de que la última pieza encaje no es sinónimo de final. Siempre va a haber nuevos deseos, nuevas búsquedas y nuevos caminos, mientras nosotros queramos seguir buscándolos. Pero nuestro complejo subconsciente tiende a engañarnos y a llenar nuestras cabezas de miedo. Nos hacemos trampa a nosotros mismos y nos arriesgamos a boicotear nuestras propias vidas. Creo que todos lo hacemos en mayor o menor grado. En los peores casos, terminamos estropeándolo todo y volviendo a la primera casilla donde, con una mezcla de tristeza y alivio, comenzamos de nuevo nuestra carrera hacia ese objetivo que hemos vuelto a perder de vista.

Mi terapeuta me ha hablado en muchas ocasiones de un concepto llamado profecía autocumplida. En psicología, se define este concepto como una expectativa o predicción (en la mayoría de las ocasiones de inclinación negativa) cuyo efecto hace que quien la proclama realice, de manera inconsciente, actos que conducen a que se cumpla lo predicho. Es decir, si yo insisto en pensar que nunca voy a encontrar un trabajo/una pareja/una casa/etc... haré cosas de manera inconsciente que convertirán este pensamiento en realidad. Puede que, en ocasiones, este miedo del que hablo, este terror a que finalmente encaje la última pieza del rompecabezas, también esté relacionado con este concepto.

En cualquier caso, la única manera de lidiar con estos miedos es afrontarlos, conocernos mejor, indagar en nuestro subconsciente y luchar por nuestra felicidad. No es una tarea de un día. Es un camino largo y, en ocasiones, muy duro. Y lo más duro es que por mucho camino que recorramos, a veces nunca es suficiente. ¿Qué hacer si, tras años de trabajo sobre uno mismo, tras superar decenas de barreras emocionales, tras caer y levantarnos una y otra vez, la última pieza sigue sin encajar? A veces, por mucho que nos esforcemos en ir hacia delante, las barreras son cada vez más altas e insuperables. Y nuestro corazón, a pesar de todo, se rompe una y cien veces y debemos recoger las piezas y pegarlas como podamos. Hasta que nos parece que no seremos capaces de volver a hacerlo ni una vez más.


Pero somos mucho más duros de lo que pensamos. Incluso cuando nuestro corazón está tan roto que nos duele (literalmente) el pecho. Incluso cuando lo único que queremos es meternos debajo del edredón y no salir hasta que la realidad cambie. Incluso en los momentos más bajos, somos mucho más fuertes de lo que nosotros mismos imaginamos.

Por eso, a veces, lo mejor que podemos hacer es seguir viviendo. Dejar las cosas estar, aceptarlas y sobre todo, recordar que no todo es lo que parece. Nunca sabemos a dónde nos va a llevar, a la larga, nuestro camino. A veces, el mayor golpe de suerte puede llevarnos a algo tremendamente desafortunado. Y a veces, lo que parece ser la peor de las circunstancias puede ser, en realidad, la mayor de las bendiciones. Nunca lo sabremos en el momento, así que conviene tener esto siempre en mente para no exagerar nuestras alegrías ni nuestras decepciones, para entender que la realidad no es siempre como la visualizamos en nuestro interior.

Cuando ya lo hemos hecho todo, cuando hemos puesto toda la carne en el asador y no nos queda ningún as en la manga, lo único que podemos hacer es seguir respirando. Respirar, vivir, esperar. Seguir haciendo realidad nuestros sueños y los de la gente que nos rodea. Disfrutar de todo lo bueno que hacemos y de todo lo que tenemos, de todas las demás piezas del rompecabezas que sí encajan y que, además, lo hacen de maravilla. Y es que el rompecabezas no tiene por qué estar completo para ser maravilloso. El milagro de la existencia está ahí siempre: sólo hay que tener mirada para verlo y corazón para vivirlo... aunque a ese corazón le falten piezas y esté lleno de heridas, arañazos y abolladuras. Después de todo, es un músculo que se fortalece y se agranda con el uso. Pase lo que pase, merece la pena recordarlo.




lunes, 28 de enero de 2013

DIGO AMOR... Y TODO ES DIFERENTE


¿Qué tendrá el amor que nos vuelve tan locos? ¿Qué es eso que nos saca fuera de nosotros mismos y nos hace olvidar quiénes somos? Me refiero, por supuesto, al amor carnal, al apasionado, a ése que nos enciende la piel y nos ilumina la mirada, al que nos hace sonreír como tontos y comportarnos como adolescentes descerebrados que descubren el sexo por primera vez.

Se supone que, una vez llegada la edad adulta, la ingenuidad de la adolescencia se acaba. Se supone que maduramos, que nos volvemos más cabales y más racionales. Pero cualquiera que haya conocido el huracán salvaje del deseo y la pasión, sabe que, en lo que se refiere al amor carnal, el ser humano adulto - simple y llanamente - no existe.

Puede que el guión de la historia sea diferente en cada ocasión... algunas historias son flechazos, otras son tímidas y comienzan poco a poco; hay historias fáciles e historias complicadas, historias en la distancia, historias breves, historias prohibidas... Con el comienzo de cada una de ellas, sentimos que lo que estamos viviendo es distinto; distinto a lo de los demás y distinto a lo que hemos vivido hasta el momento. Es uno de los efectos del amor: hace que nos sintamos únicos. Pero la realidad es que, por muy diferentes que sean los guiones, la locura de la pasión siempre ataca con la misma fuerza, siempre nos coge desprevenidos y siempre nos sacude sin que podamos evitarlo.

Por otro lado, la pasión casi nunca viene sola. Suele ir acompañada de su amiga, la idealización. Como bien dijo Freud, siempre nos enamoramos de un fantasma. Y es que la persona a la que amamos casi nunca es como nos la imaginamos. El amor hace que regalemos cualidades inexistentes y que nos volvamos ciegos a defectos gigantescos. Es decir: convierte a cualquier adulto maduro en un adolescente ingenuo. Y cuando finalmente nos quitamos la venda y vemos la realidad tal y como es, lo único que nos queda es otra relación fallida y unas cenizas de las que resurgir, una vez más, a la espera del próximo huracán.


Entonces, ¿por qué dejarnos llevar por la locura? ¿Realmente merece la pena cambiar nuestra tranquilidad por las noches sin dormir, las mariposas en el estómago, las dudas, los miedos, las esperanzas rotas? Creo que todos nosotros nos hemos planteado esto alguna vez y, de hecho, hay personas que han decidido no volver a pasar por el huracán. En mi opinión, el problema es que tendemos a olvidarnos de lo que realmente se siente en los comienzos del amor. Si jugar con el fuego de la pasión ha acabado quemándonos (más de una vez), lo más probable es que nuestra mente dé más peso a esa sensación de desesperanza y de dolor que a todo lo que la precedió. Y es más que probable que se nos olvide que nunca nos hemos sentido más vivos que durante ese bendito huracán. No hay duda: hablamos de amor y todo - absolutamente todo - es diferente.

Kavafis escribió: En el fondo de mi vida joven y disoluta/hallaron forma las imágenes de mi poesía/se gestaba el alcance de mi arte/Por ello mis enmiendas fueron tan inconstantes/Mis resoluciones de continencia, de cambiar/duraban dos semanas como máximo. Y es que las experiencias que vivimos con toda nuestra pasión, aquellas en las que echamos toda la leña al fuego aun a riesgo de quemarnos... ésas son las experiencias que forman nuestra vida, las que la convierten en algo real que va mucho más allá del simple hecho de respirar.


El amor es parte de todo eso y, digan lo que digan algunos, si no has sentido nunca ese huracán, no has vivido del todo. Así que búscalo, espéralo y, cuando llegue - y mientras te haga bien - disfrútalo. Aunque eso te convierta en un verdadero ingenuo:

ingenuo - del latín "ingenuus", vocablo que significa nacido libre y no esclavo. De buen linaje. Que tiene en su interior un linaje completamente libre.

lunes, 14 de enero de 2013

BIENVENIDA, LOCURA


He empezado el 2013 poniendo en práctica algunos de mis conocimientos de Medicina Tradicional China. Hasta ahora me había resistido, puesto que sigo formándome, pero he decidido que confío en mí misma lo suficiente como para empezar (con mucha cautela y muy poco a poco) a tratar a algunas personas. Y la verdad es que ha sido un buen comienzo. Poner en práctica lo que sé me produce una satisfacción que equiparo a la que me produce estar encima de un escenario... y los que me conocen bien saben la gran magnitud que tiene esta afirmación.

La acupuntura es una terapia energética y, por lo tanto, influyen en ella tanto la energía del paciente como la del terapeuta. Un acupuntor debe trabajar su energía, aprender a centrarse, mantener una mente calma, un corazón tranquilo y un alma enraizada en el mundo que le rodea. El buen acupuntor conoce la teoría de los síndromes, los síntomas y la localización de los puntos, pero hay que recordar que su éxito depende sobre todo de su capacidad para cultivar un buen qi (energía) y para ver al paciente como parte de un todo, en lugar de pensar única y exclusivamente en localizar y pinchar una serie de puntos sobre su cuerpo.


El caso es que, a lo largo del día, hay decenas de cosas que pueden alterar nuestro equilibrio emocional y nuestra energía. Y a veces es fácil pensar que lo mejor es quedarnos en nuestra zona segura, donde casi todo está controlado y es muy poco probable que algo vaya mal. Sin embargo, me temo que ya nos podemos empeñar en hacer nuestros planes perfectos, que la vida se encargará de ir por donde le dé la gana. Con el tiempo, he ido comprendiendo que el secreto no es evitar esa montaña rusa emocional de nuestras vidas, sino aprender a gestionarla.

En mi caso, con terapia y mucho trabajo energético y emocional, la gestión de la montaña rusa ha progresado de manera importante. Donde antes había enormes cambios emocionales en periodos muy cortos de tiempo, ahora hay una base de calma y alegría sobre la que, simplemente, danzan mis emociones. Todas siguen ahí: la tristeza, la frustración, el enfado, la preocupación, el miedo. Todas siguen siendo parte de mí, sólo que mi convivencia con ellas se ha hecho muchísimo más llevadera.

Creo que el quid de la cuestión es entender que la vida es mucho más que eso que nos pasa en un momento dado. Nosotros somos mucho más que nuestras preocupaciones y nuestros miedos. Y la totalidad de nuestra existencia es mucho más grande e importante que cada una de las cosas con las que lidiamos en nuestro día a día. En otras palabras, es una cuestión de adquirir perspectiva y - al igual que un buen acupuntor - ver la totalidad de lo que tenemos delante, en lugar de concentrarnos en un único punto.


Es una suerte que haya podido llegar a aprender a gestionar mis emociones de esta manera, porque la verdad - y los que me conocen lo saben perfectamente - es que no creo en intentar evitar la montaña rusa. Siempre elijo vivir la experiencia antes que evitar el posible riesgo de una tormenta emocional. Mi amigo Ángel dice que mi lado visceral triunfa siempre sobre mi lado cerebral, todas y cada una de las veces. ¿Qué queréis que os diga? Creo que la vida es muy corta y que hay que vivirla a posta. No sirve gozar a medias, ni amar con cobardía, ni vivir con tantas prohibiciones inventadas. Por eso intento vivir de verdad y, si eso viene con una dosis de locura y tormenta emocional, bienvenida sea.

Por decirlo de alguna manera, pienso que en la vida hay que comprar ficha al feriante y subir a la montaña rusa sin dudarlo. Y no pasa nada porque suban con nosotros nuestros miedos y preocupaciones. Todos tienen cabida porque son parte de lo que somos. Lo realmente importante es vivir cada curva y cada bajada tal y como llegan, agarrarnos fuerte y disfrutar del viaje como si esa ficha fuera la última que nos queda.