domingo, 21 de septiembre de 2014

LOS AÑOS DORADOS


Mi madre se va a ir de vacaciones a Galicia. Se va con el Imserso y le sale por dos duros. El otro día me lo contaba y yo me maravillaba - una vez más - de la vida tranquila y feliz que lleva ahora, sin grandes responsabilidades, sin estrés, sin horarios de trabajo imposibles... Claro que, para conseguir esto, ha estado toda la vida trabajando: levantándose a las cinco de la mañana para coger dos autobuses al trabajo y lidiando con niños de colegio todo el día, para luego coger de nuevo esos dos autobuses y volver a casa para hacer la cena, lidiar con dos hijas, hacer la comida del día siguiente e irse a la cama a medianoche, para repetir todo el proceso otra vez al día siguiente.

El otro día me puse a pensar en lo injusto que es eso. No me refiero a que no me parezca bien que, para disfrutar de la jubilación, tengamos que trabajar. A lo que me refiero es a la injusticia vital de que los mejores años, los años dorados, los que transcurren sin responsabilidades laborales, los que nos sirven para descansar, para disfrutar, para dedicarnos a la buena vida, vengan tan tarde, que vengan al final, cuando menos podemos disfrutarlos, porque ni el cuerpo ni las ganas nos dan ya para todo lo que nos daban cuando teníamos treinta.

En estos meses en los que me he dedicado en cuerpo y alma a lanzar mi nuevo proyecto profesional, he pensado mucho en todo esto. En cómo nos dejamos la piel trabajando, corriendo tras nuestros sueños (sean los que sean) durante los mejores años de nuestra vida. Estoy a punto de cumplir treinta y cinco años, lo cual para mí (no me preguntéis por qué) marca un hito, una separación, el fin de una parte de mi vida y el comienzo de otra. Creo firmemente en que éstos son, sin duda, los mejores años de mi vida: soy joven, estoy sana y en forma y tengo energía máxima para dedicarme a lo que yo quiera. A veces, cuando termino mi día a las 02:00 de la madrugada, agotada de mirar la pantalla del ordenador, agotada de cursos de formación, de diseño de páginas web, de publicidad, de buscar maneras de captar clientes, de hurgar buscando la mejor estrategia de marketing... me pregunto si realmente merece la pena, si esto es lo que se supone que tengo que estar haciendo con mis mejores años. ¿Realmente me toca pasarme los Sábados por la noche metida en foros de discusión de un curso de nutrición? ¿Me toca sacrificar mis vacaciones de verano para dedicarme a fomentar mi empresa? ¿Realmente me toca invertir toda la energía fresca y arrolladora de mis treinta y cinco años en este sueño?

¿O quizás haría mejor despreocupándome de todo? Podría dejar de ahorrar para la empresa y dedicar todo mi dinero a viajar durante las vacaciones, como he hecho hasta ahora. Podría dejar de preocuparme todos los días por algo, de perder sueño pensando en el siguiente paso. Podría pasar mis fines de semana saliendo a tomar copas (las más caras, porque no haría falta mirar el dinero), quedando con mis amigos, yendo al cine y al teatro. Me pondría guapa todos los días porque siempre habría algún sitio donde ir, alguna quedada a la que acudir. Los moños mal hechos y las gafas y la ropa cómoda de estar en casa (delante del maldito ordenador) pasarían a la historia. Saldría y viviría Madrid y bailaría en sus calles y quizás hasta conocería a alguien que bailara conmigo... y quizás, algún día, dejaría de dormir sola.


Pero no estoy haciendo nada de eso. Éstos, los mejores años de mi vida, los estoy dedicando a algo muy bonito, pero muy difícil y muy solitario. Es algo que sé que quiero, sin la menor duda... y sin embargo... qué duro se hace a veces.

No voy a cambiar mi estrategia porque sé que estoy haciendo lo correcto, lo que realmente quiero hacer, lo que me toca. Pero me he dado cuenta de que debo evitar que estos años se desperdicien en el intento. Es algo que me cuesta mucho: una vez que comienzo a correr, es difícil pararme. Pero en el fondo sé también que la única manera de que esto salga adelante, la manera de que funcione y, sobre todo, de que merezca la pena, es disfrutar el camino.

Así que quizás tenga que adaptarme un poco. Ponerme un moño bien hecho y pintarme los labios todos los días, aunque sólo salga a comprar el pan. Alejarme un poco, aunque sólo sea un fin de semana. Dar descanso a mis ojos mirando la pantalla de un cine en lugar de la de un ordenador. Y bailar en las calles de Madrid, aunque lo haga sola.

Puede que estos años no sean como me los había imaginado, pero eso no quiere decir que tengan que brillar menos. Se me ocurre que lo único realmente importante es que nuestras decisiones vitales vengan directamente desde nuestro corazón. Si estamos convencidos de eso, lo mejor que podemos hacer es seguir viviéndolas... e intentar disfrutar al máximo de las imperfecciones de nuestro camino.




lunes, 18 de agosto de 2014

EL COMPROMISO


Hace unos días, tuve una cita. No era exactamente una cita a ciegas, pero el hombre en cuestión y yo casi no nos conocíamos (sólo de vista), así que se puede decir que era algo muy parecido. Quedamos en una terraza del centro para tomar unas cervezas. Y a mí me pasó algo diferente en esta cita. Algo que nunca me había pasado antes. Por primera vez, en toda mi vida, no me pasé la cita pensando en si le estaría gustando a ese hombre o no. En lo único en lo que pensé en ese par de horas fue en si él me estaba gustando a mí. 

Creo que en general todos, en una situación así, intentamos agradar. Pero cuando eres una persona con un largo historial de decepciones e inseguridades en el terreno sentimental, ese intentar agradar se convierte en una verdadera trampa de la cual es muy difícil escapar. Por lo tanto, el patrón se repite, una y otra vez, cita tras cita. Es una bola de nieve que no deja de crecer, un pequeño gran desastre. Por eso, para mí fue toda una alegría volver a casa y darme cuenta de que al fin había roto ese patrón. 

Lo curioso de dejar de pensar en cómo agradar y fijarte en lo que está pasando a tu alrededor, es que te abre muchísimo los ojos a la realidad. De esta forma, fui capaz de darme cuenta (a tiempo) de que ese hombre no me hizo ni una pregunta sobre mí durante todo el tiempo que pasamos juntos. No me preguntó a qué me dedico ni a qué me gustaría dedicarme, no me preguntó nada sobre mi familia, ni sobre mis pasiones, mis gustos, mis sueños, mis aspiraciones. Nada. Cero. Las pocas preguntas que me hizo tenían un propósito claro: dirigir la conversación hacia él y hacia lo que a él le interesaba. 

Por eso, cuando quedó claro que quería que nos viéramos otra vez, yo sabía con seguridad que no era precisamente por mi arrolladora personalidad. En los días que siguieron a esa cita, aproveché el molde roto de mi patrón sentimental para revisitar mis anteriores relaciones. Pensé en todos los hombres que, como éste, pasaron horas sentados al otro lado de la mesa de un restaurante, haciendo conversación mediocre, porque en lo único en lo que estaban pensando era en quitarme la ropa. Pensé en todos aquellos que nunca me preguntaron nada real sobre mí, que decidieron que no merecía la pena conocerme. Pensé en todos los que me han visto y me ven como una tía buena, una pin-up, una foto sensual, un objeto erótico, sin ir más allá. Pero sobre todo, pensé en mí, en mi parte de responsabilidad en mi historial sentimental. Y me di cuenta de que, aunque yo no soy responsable de lo que piensan, sienten o hacen los demás, sí soy responsable de lo que les permito que me hagan sentir a mí. Pensé en todas aquellas veces en las que, en lugar de comprometerme conmigo misma, con mis deseos y con mis valores, lo hice con la situación en la que estaba, ignorando mis propios límites y, por lo tanto, no haciéndolos respetar. 

Y entonces vi claramente cómo, delante de mis propios ojos, el molde de ese patrón de relaciones indeseables caía al suelo y se hacía mil añicos con un estruendo espectacular. 

Y es que a veces, ya sea en el terreno sentimental, ya sea en el laboral, en el familiar o en cualquier otro, sin darnos cuenta, creamos nuestra propia realidad de la peor forma posible. Vamos empujando nuestros límites, moviéndolos, abriéndolos, cada vez un poquito más, sin entender que, cada vez que lo hacemos, estamos siendo infieles a la relación más importante de nuestras vidas: la que tenemos con nosotros mismos. Puede que suene trillado y algo cliché, pero el hecho es que una vez que comprendemos esto de verdad, nuestra realidad da un giro de 180 grados. 

Mi compromiso conmigo misma ya no me permite alargar citas que me aburren, ni aceptar cosas que no me convencen, ni cerrar la boca cuando tengo algo que decir. Mi compromiso es el que hace que no aguante ni un comentario lascivo en la calle sin responder, que haya perdido el miedo a parecer borde, feminista, maleducada, burda. También es el que hace que me siga poniendo lo que me da la gana, que disfrute de mi cuerpo, que viva con orgullo mi belleza. Porque mi compromiso no tiene que ver con los hombres que han pasado por mi vida ni con los que pasarán; no tiene nada que ver con el que se siente con derecho a silbarme por la calle como si fuera un perro, ni con el que decide que si soy sexual no puedo ser también intelectual/emocional/pareja/madre/persona. Tampoco tiene que ver con los que se permiten decirme que debería esconder mi sexualidad para que los hombres me tomen en serio. No tiene que ver con ninguna de estas personas. 

Mi compromiso tiene que ver conmigo. De alguna manera, con tiempo y esfuerzo, he llegado a este punto de equilibrio y me he jurado completa fidelidad: en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, en mis aciertos y en mis errores, cuando me adore y cuando me odie, cuando esté gorda, cuando esté flaca, cuando me vea fea y cuando me vea guapa... me he entregado a mí misma y he prometido amarme y honrarme, pase lo que pase, durante todos los días de mi vida.



domingo, 20 de julio de 2014

MENTE MARAVILLOSA, MALDITA MENTE


El ser humano es un animal relativamente evolucionado, particularmente en lo que se refiere al raciocinio, a la capacidad de nuestro cerebro para asimilar información, recordar, razonar y pensar de manera lógica. Desafortunadamente, esta misma capacidad nos hace vulnerables: lo que pensamos sobre las cosas que nos ocurren durante nuestra existencia determina lo que sentimos. Y lo que sentimos, en muchas ocasiones, produce en nosotros un sufrimiento emocional que otros animales quizás no lleguen a sentir de la misma forma. Porque, tal y como las demás especies sienten empatía, amor, miedo, tristeza y todo el espectro de emociones que sentimos los humanos, se libran de ese come come, de esa pequeña gran maldición de nuestro cerebro, que es capaz de dar vueltas a un mismo tema hasta el infinito y más allá. 
Somos vulnerables, porque a veces somos incapaces de dejar el pasado donde le corresponde, de obviar el futuro hasta que llegue o de evitar pasarnos la noche despiertos preocupándonos por cosas que quizás nunca ocurran y que, de cualquier forma, no podemos controlar. ¿Qué queréis que os diga? Hay pocos regalos que no vengan con ataduras, y ésta es la gran atadura de ese maravilloso regalo que es nuestra mente. 

A menudo me pregunto si será realmente posible dejarlo estar. Simplemente, soltar. Soltarlo todo. Nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras pequeñas y grandes desgracias. Tirarlo todo por la ventana y, sencillamente, vivir. Creo que no he conocido a ninguna persona de mi mundo que lo haya logrado por completo. Hay gente que se acerca y pienso que cada uno de nosotros se acerca un poquito más en ciertos momentos de la vida. Por lo demás, la atadura es fuerte y difícil de romper. 

A veces, experimentamos pequeñas victorias. Por mi parte, en las últimas semanas - a base de varios encontronazos bastante desagradables - creo que por fin he aprendido a que no me importe lo que piense la gente de mí. No ha sido cosa de un día, pero estos encontronazos han sido la chispa que al fin ha desatado el cambio. Por fin he perdido el miedo a decir No, el miedo al qué dirán, a lo que pueden pensar de mí, a decepcionar a unos o a otros. 

Del mismo modo, tras mucho tira y afloja conmigo misma con respecto a mi aspecto físico, durante el cual he ido cambiando mis hábitos alimenticios y mi rutina de ejercicio, así como los caminos por los que merodea mi mente, ahora siento que al fin estoy llegando a un punto de equilibrio perfecto, tanto de salud como de belleza. Estoy a gusto en mi piel, me siento ligera y sana y ya casi ni me maquillo, simplemente porque me parece que no lo necesito.  

Pero sigo siendo víctima de mi mente en muchos otros aspectos. Sigo preocupada por mi futuro profesional. Doy vueltas a mis opciones todos los días, busco caminos que desecho enseguida y encuentro otros que en el momento me parecen acertados y que días después también desecho sin remedio.  Sigo desolada por mi soledad, por la injusticia de tener que hacer todos mis caminos sin alguien a mi lado. Sobre todo, me entristece la posibilidad, cada vez más realista, de que esto ya no vaya a cambiar. Mi mente es una continua batalla entre la frustración y la resignación, tras la cual, gane quien gane, siempre me quedo exhausta, vacía de toda energía. 

Sin embargo, se me ocurre que si mi mente - esa mente maravillosa, esa maldita mente - es capaz de llevarme por sitios tan oscuros, tiene que ser necesariamente cierto que también me pueda llevar por mundos claros llenos de luz. Después de todo, es esta misma mente la que ha conseguido que me dé igual la mirada del otro sobre mí, los comentarios crueles de quien se hace llamar amigo, los juicios que tan gratuitamente se permite la gente formular. Esta misma mente es la que ha conseguido que encuentre mi equilibrio físico-emocional. Esta mente me ha hecho buscar, indagar, estudiar, hasta encontrar mi vocación en mi vida profesional. Y quiero pensar que, aunque en estos momentos deambule por un túnel oscuro, va a ser esta misma fantástica mente la que me acabe sacando de allí, para mostrarme al fin ese mundo de luz que tanto busco. 


martes, 17 de junio de 2014

QUERIDO PAPÁ


Hoy es tu cumpleaños. Si continuaras habitando esta realidad, cumplirías 76 años. Pero, aunque me parezca imposible, dentro de unos días también se cumple ya un año desde que decidiste abandonar tu cuerpo físico. Lo hiciste sin grandes ostentaciones, como el caballero que siempre fuiste: nos esperaste y después, simplemente, cerraste los ojos y volviste a ser alma y luz.

Y - en contra de todos mis pronósticos - el mundo siguió girando.

Uno deja de comprender la vida cuando pierde a la persona que más importa, a su eje, a su roca. Recuerdo haber pensado que no sé cómo vivir en un mundo en el que tú no existes. Y, sin embargo, esa sensación no es lo que más recuerdo de aquellos momentos. Lo que más recuerdo - y lo que con más fuerza y con más frecuencia me ha acompañado durante estos meses - es el Amor. El Amor entre nosotros y también el que vino de fuera, tan sólido, tan rotundo y en cierto modo tan inesperado. En los días de tu despedida, el Amor en nuestra familia, unido al de las personas que nos acompañaron, nos rodeó como un escudo protector inamovible, con una fuerza que hubiese podido mover montañas. Y ahora lo entiendo: fue esto, precisamente, lo que permitió que el mundo no dejara de girar.

Cuántas cosas han pasado en este año, papá... Ha sido terrible y fantástico, intenso, turbulento, triste, maravilloso. Muchas de las personas que nos acompañaron en esos días han vivido cosas que les han cambiado por completo la existencia: bodas, cambios de trabajo, de ciudad, de país, enfermedades, embarazos, nacimientos, muertes... tantas cosas que cambian, tantas personas que se reinventan a sí mismas día tras día...

Sí, la vida sigue. Estabas tan preocupado por nosotras, por lo que pasaría cuando ya no estuvieras. Pero te lo prometí y he cumplido mi promesa: estamos bien, seguimos adelante. Echo de menos hablar contigo, nuestras largas conversaciones por teléfono, lo orgulloso que estabas de mi trabajo, las risas, los abrazos. Te podría contar todas las cosas que han pasado en mi vida durante estos meses: reforma, trabajo nuevo, proyecto profesional, una historia de amor, viajes, bodas, velatorios, alegrías, celebraciones, amigos que han venido y otros que se han ido, las obras de teatro, la tristeza, la búsqueda, la confusión, la preocupación, la paz, la felicidad, el Amor... Te lo podría contar todo, pero sé que no es necesario, porque tú ya lo sabes.

Cuando me visitas en sueños, me dices que te tienes que marchar, que ya no puedes estar aquí. Creo que te refieres a dentro de mi cabeza, en mi mente analítica, en la que se preocupa y se obsesiona y da vueltas a pensamientos sin sentido. Esto es lo que debo dejar marchar para conectar con lo que verdaderamente importa y para dejar que la vida entre de lleno, sin barreras. Esa vida que me regalaste con el esfuerzo de años, la vida que nació de ti y de la que formarás parte para siempre.

No, no hace falta que te cuente nada, porque tú ya lo sabes. Simplemente, voy a seguir construyendo mi vida sobre esa base segura, sólida y fuerte que me diste. Sólo eso, y regalarte mi alegría, para que te acompañe en ese vuelo en el que todo lo ves.

Te quiero mucho.


 

jueves, 29 de mayo de 2014

EN LOS OJOS DEL QUE MIRA


Dicen que la belleza está en los ojos del que mira. Lo que en realidad quieren decir es que está en nuestra mente, en nuestra percepción de lo que nos rodea. Estos días he estado pensando mucho en nuestra percepción de la vida y en lo que ésta implica con respecto a cómo la vivimos. Nuestra realidad está completamente condicionada, no tanto por lo que nos pasa, sino por lo que pensamos acerca de lo que nos pasa y por lo que esos pensamientos nos hacen sentir. Así, nuestra mente se puede convertir en nuestro mayor aliado o en nuestro peor enemigo.

Es muy tentador asumir que las personas que le dan un enfoque positivo a todo lo que les pasa, que buscan un aprendizaje en cada situación difícil y que permanecen optimistas frente a la adversidad, son unos ilusos que no desean aceptar la dura realidad de nuestro mundo. Sin embargo, habiendo pasado años enseñándome a mí misma a convertirme en una de estas personas, puedo decir con total certeza que esta actitud nos hace más fuertes y más resilientes frente a los problemas, tanto físicos como emocionales.

El escritor Andrew Solomon dijo hace poco en una charla TED que una muy buena manera de repogramar nuestro cerebro es cambiar la palabra PERO por la palabra Y. Por ejemplo, en lugar de decir: Estoy aquí pero tengo cáncer, podríamos decir: Tengo cáncer... y estoy aquí. Es realmente llamativa la manera en la que este pequeño cambio modifica por completo nuestra percepción y, por lo tanto, nuestro ánimo.


Esta misma mañana he asistido a un curso sobre conciliación de vida laboral/personal. Ha sido un curso interesante y muy interactivo, en el que todos hemos podido aportar nuestro granito de arena a la conversación. Mi granito ha sido un consejo de mi terapeuta, uno de los más útiles que me ha dado hasta ahora: evitar los términos absolutos (todo, nada, siempre, nunca, todos, nadie...) Intento recordarlo y ponerlo en práctica en mi día a día, pero qué fácil es olvidarlo en la vorágine de nuestros deseos y obsesiones. Personalmente, he conseguido aplicarlo en muchos ámbitos de mi vida, en los que creo que me he convertido en una persona valiente, optimista y emprendedora. Sin embargo, hay otros ámbitos en los que me siguen consumiendo el miedo y las dudas.

No me reconozco en esa muñequita frágil que da todo por perdido y desiste de su intento por conseguir lo que desea. No me parece que esa niña asustada y cobarde sea yo, pero lo cierto es que lo es. Esa niña es tan parte de mí como lo es la mujer emprendedora y valiente que arriesga sin miedo para llegar a su objetivo. Creo que comprender esto ha sido el paso decisivo para empezar a cambiarlo. La gran ventaja es que sé que tengo la capacidad para ver las cosas desde otra perspectiva, así que lo único que falta es ponerlo en práctica.

Maya Angelou - que falleció ayer tras una larga y fructífera vida en la que se reinventó a sí misma por completo, en un ejemplo de fuerza, vitalidad y auto-confianza - dijo una vez: A todas aquellas personas que ya no creen en el amor, les digo - confiad un poco en la vida. Es un mensaje de esperanza. Y al leerlo ayer en las redes sociales se me ocurrió que confiar en la vida y mantener nuestras esperanzas a pesar de las circunstancias es una muestra de extrema valentía.

Puede que nos parezca que aceptar que algo no es como nos gustaría es un acto de madurez, pero en realidad es un acto de cobardía. Es mucho más fácil y cómodo aceptar que nada va a cambiar y no arriesgarnos a que nuestro corazón se vuelva a romper en mil pedazos. Lo valiente es aprender de la vida y, al mismo tiempo, mantener la esperanza, con la certeza de que - en caso de necesidad - siempre tendremos la fortaleza de volver a recoger los pedazos y comenzar de nuevo.

miércoles, 30 de abril de 2014

VIVIR EN PEQUEÑO

Este año ha comenzado fuerte, lleno de cambios, de emociones fuertes y de sentimientos mezclados. Mi decisión de reformar mi casa ha traído consigo una ola de movimiento que ha sacado mi vida de su eje, ha hecho que me replantee las cosas y me ha hecho sentir fuera de equilibrio, emocionada, asustada, triste, contenta, enfadada y llena de ilusión, todo seguido y mezclado y en un periodo de tiempo muy corto. Esta montaña rusa de sentimientos, unida al desgaste de energía y al tiempo que supone una reforma y acompañada además por un cambio de trabajo intenso y estresante, me ha dejado realmente agotada.

Como con todo gran gasto, la reforma no ha venido sin los típicos remordimientos del comprador. En los picos de mi cansancio, me he arrepentido mil veces de haberme atrevido a realizar este cambio... solo que nunca ha sido un arrepentimiento real. Incluso en los momentos de mayor agobio, en el fondo he sabido con certeza que he hecho lo correcto, al igual que he tenido claro en todo momento que el cambio laboral ha sido también un paso en la dirección adecuada.


Somos animales de costumbres y los grandes cambios siempre nos descolocan y nos asustan. Sin embargo, casi siempre merecen la pena. Lo que ocurre es que no vivimos en una sociedad que favorezca el cambio; nos educan para buscar la estabilidad, para temer a los riesgos. Nuestros padres, con la mejor de sus intenciones, nos enseñan a buscar la seguridad y cualquier cosa que nos saque de ese camino parece una mala idea.

El caso es que, en general, las cosas que se hacen a lo grande nos ponen nerviosos. Hay mucha gente - demasiada - que prefiere vivir en pequeño y que las personas que tienen alrededor también lo hagan. La razón principal por la cual dejé mi anterior empresa fue la envidia de un par de personas que no soportaban que yo viviera en grande mientras ellas lo hacían en miniatura. Desafortunadamente, esto es bastante común y, en demasiadas ocasiones sentimos que tenemos que ponernos un disfraz que nos haga más pequeños a los ojos de los demás para poder protegernos.

Lo que he entendido en las últimas semanas es que, aunque hacer las cosas a lo grande supone un gran gasto (en dinero, en energía, en tiempo, en riesgo), también supone una gran ganancia: una ganancia personal y enriquecedora que nos lleva a otro nivel en nuestra existencia. También he entendido que lo realmente agotador, lo que nos deja hechos polvo, lo que nos hunde cada vez más, es precisamente lo contrario: hacernos pequeños, contener nuestras pasiones, esconder nuestros deseos, aplastar nuestras ganas. Lo que nos agota es ponernos una máscara ordinaria para esconder que, en realidad, somos absolutamente extraordinarios.

Creo que merece la pena hacer el esfuerzo. Salir del eje. Buscar otro camino. Arriesgarnos. Hacernos gigantes. Porque aunque nos haga perder algo de sueño por el miedo a lo desconocido, aunque nos haga llorar de vez en cuando de puro cansancio, sospecho que, si no nos encerramos a nosotros mismos en cajas pequeñitas, si comprendemos al fin la magnitud de lo que somos, comenzaremos a hacer maravillas...


domingo, 16 de marzo de 2014

A EXAMEN


Cuando estaba en la universidad, tenía un profesor muy joven y guapo del que andaba medio enamorada. Buscaba pasar tiempo con él y algunas veces comíamos juntos entre clases. Todo quedó en algo platónico: yo era muy joven y muy tímida y él tenía poco interés. Sin embargo, me sigo acordando mucho de él, sobre todo por una conversación que tuvimos en la última semana antes de licenciarme. Recuerdo que me encontré con él en un pasillo de la facultad y se interesó por mis exámenes finales. Le dije que solamente me quedaba uno y comenté: Y después, nunca más voy a tener que examinarme de nuevo. Él me miró sonriendo y dijo: Siento decepcionarte, pero aunque no tengas que sentarte en una clase a escribir durante horas, vas a estar examinándote durante toda tu vida. Serás evaluada continuamente, de todas las maneras posibles, siempre.

La idea era tan decepcionante y tan aterradora que en aquel momento decidí, simplemente, ignorarla. Pero evidentemente, mi profesor tenía razón. Me di cuenta en cuanto salí al mundo real, en cuanto dejé el pequeño mundo protegido y lleno de posibilidades e ilusiones por realizar que era la universidad. Lo más curioso es que, mientras estudiaba la carrera, me parecía que mi mundo era complicado, duro, injusto. ¿Quién me hubiese dicho que, en comparación con el mundo real, mi época universitaria sería un cuento de hadas? Si lo hubiese sabido en su momento, si hubiese comprendido entonces lo que comprendo ahora sobre la vida, la habría disfrutado mucho más, no habría tenido tantos problemas imaginarios, no habría dado tanta importancia a las notas, a esa perfección inalcanzable, a esos benditos exámenes que tanto nos agobiaban.


En las últimas semanas he tenido - sin comerlo ni beberlo - un curso acelerado sobre estar a examen en la vida. Me he dado cuenta de que aún me quedan muchas cosas por aprender, acerca de la gente, acerca del mundo que me rodea y, sobre todo, acerca de mí misma. He recordado cuánta razón tenía mi profesor al decirme que jamás dejaré de ser evaluada. Y es que estamos bajo escrutinio en todo momento: en el trabajo, cuando caminamos por la calle, cuando entramos en una sala llena de gente, cuando hablamos en público, cuando salimos por la noche... Nuestros jefes, nuestros compañeros, la vecina del quinto y nuestra potencial futura pareja siempre nos estarán observando, sopesando, evaluando nuestros puntos fuertes y nuestras debilidades.

Y a veces es difícil aprobar el examen. No siempre depende de nosotros, hay decenas de factores que pueden influir en la nota: la subjetividad del examinador, los conflictos de intereses, las envidias, los gustos y los objetivos ajenos... En el mundo real, hay ocasiones en las que, por muy bien preparada que llevemos la lección, acabamos suspendiendo. Ésa es la verdad.


Afortunadamente, si tenemos un poco de inteligencia emocional, algo de fuerza y paciencia con nosotros mismos, el mundo real también nos equipa con las herramientas necesarias para lidiar con esos suspensos. Debemos aprender a confiar en nuestras habilidades, a aprovechar nuestros puntos fuertes y a manejar nuestras debilidades de manera efectiva, independientemente de lo que piensen o digan los demás. No es tarea fácil y, además, la aprendemos a base de golpes, pero el aprendizaje nos lleva a ser personas más eficientes, más completas y, sobre todo, más felices.

Lo cierto es que, en este mundo de constantes evaluaciones, los examinadores más duros somos nosotros mismos. No siempre es fácil ignorar las opiniones y puntuaciones de los demás y confiar a pies juntillas en lo que somos. Por eso, somos capaces de convertirnos en nuestros peores enemigos, en darnos un cero, en regañarnos por haberlo hecho mal, en sentirnos como niños pequeños que se dejan la asignatura para Septiembre. Pero si conseguimos distanciarnos de nuestro estado emocional, separarnos de lo que viene de fuera y recordar la realidad de lo que somos, podremos cuidar un poco más a ese niño interior que todos seguimos cobijando: hablarle con amabilidad, hacerle entender lo que vale, explicarle lo que realmente importa y lanzarle de nuevo - con fuerzas renovadas - a seguir pegando bocados al mundo.