domingo, 16 de marzo de 2014
A EXAMEN
Cuando estaba en la universidad, tenía un profesor muy joven y guapo del que andaba medio enamorada. Buscaba pasar tiempo con él y algunas veces comíamos juntos entre clases. Todo quedó en algo platónico: yo era muy joven y muy tímida y él tenía poco interés. Sin embargo, me sigo acordando mucho de él, sobre todo por una conversación que tuvimos en la última semana antes de licenciarme. Recuerdo que me encontré con él en un pasillo de la facultad y se interesó por mis exámenes finales. Le dije que solamente me quedaba uno y comenté: Y después, nunca más voy a tener que examinarme de nuevo. Él me miró sonriendo y dijo: Siento decepcionarte, pero aunque no tengas que sentarte en una clase a escribir durante horas, vas a estar examinándote durante toda tu vida. Serás evaluada continuamente, de todas las maneras posibles, siempre.
La idea era tan decepcionante y tan aterradora que en aquel momento decidí, simplemente, ignorarla. Pero evidentemente, mi profesor tenía razón. Me di cuenta en cuanto salí al mundo real, en cuanto dejé el pequeño mundo protegido y lleno de posibilidades e ilusiones por realizar que era la universidad. Lo más curioso es que, mientras estudiaba la carrera, me parecía que mi mundo era complicado, duro, injusto. ¿Quién me hubiese dicho que, en comparación con el mundo real, mi época universitaria sería un cuento de hadas? Si lo hubiese sabido en su momento, si hubiese comprendido entonces lo que comprendo ahora sobre la vida, la habría disfrutado mucho más, no habría tenido tantos problemas imaginarios, no habría dado tanta importancia a las notas, a esa perfección inalcanzable, a esos benditos exámenes que tanto nos agobiaban.
En las últimas semanas he tenido - sin comerlo ni beberlo - un curso acelerado sobre estar a examen en la vida. Me he dado cuenta de que aún me quedan muchas cosas por aprender, acerca de la gente, acerca del mundo que me rodea y, sobre todo, acerca de mí misma. He recordado cuánta razón tenía mi profesor al decirme que jamás dejaré de ser evaluada. Y es que estamos bajo escrutinio en todo momento: en el trabajo, cuando caminamos por la calle, cuando entramos en una sala llena de gente, cuando hablamos en público, cuando salimos por la noche... Nuestros jefes, nuestros compañeros, la vecina del quinto y nuestra potencial futura pareja siempre nos estarán observando, sopesando, evaluando nuestros puntos fuertes y nuestras debilidades.
Y a veces es difícil aprobar el examen. No siempre depende de nosotros, hay decenas de factores que pueden influir en la nota: la subjetividad del examinador, los conflictos de intereses, las envidias, los gustos y los objetivos ajenos... En el mundo real, hay ocasiones en las que, por muy bien preparada que llevemos la lección, acabamos suspendiendo. Ésa es la verdad.
Afortunadamente, si tenemos un poco de inteligencia emocional, algo de fuerza y paciencia con nosotros mismos, el mundo real también nos equipa con las herramientas necesarias para lidiar con esos suspensos. Debemos aprender a confiar en nuestras habilidades, a aprovechar nuestros puntos fuertes y a manejar nuestras debilidades de manera efectiva, independientemente de lo que piensen o digan los demás. No es tarea fácil y, además, la aprendemos a base de golpes, pero el aprendizaje nos lleva a ser personas más eficientes, más completas y, sobre todo, más felices.
Lo cierto es que, en este mundo de constantes evaluaciones, los examinadores más duros somos nosotros mismos. No siempre es fácil ignorar las opiniones y puntuaciones de los demás y confiar a pies juntillas en lo que somos. Por eso, somos capaces de convertirnos en nuestros peores enemigos, en darnos un cero, en regañarnos por haberlo hecho mal, en sentirnos como niños pequeños que se dejan la asignatura para Septiembre. Pero si conseguimos distanciarnos de nuestro estado emocional, separarnos de lo que viene de fuera y recordar la realidad de lo que somos, podremos cuidar un poco más a ese niño interior que todos seguimos cobijando: hablarle con amabilidad, hacerle entender lo que vale, explicarle lo que realmente importa y lanzarle de nuevo - con fuerzas renovadas - a seguir pegando bocados al mundo.
jueves, 20 de febrero de 2014
MI PAZ
Me he hecho un nuevo tatuaje: es la palabra shanti, que en sánscrito significa paz interior. En los últimos meses, he estado pensando mucho en lo que realmente significa la paz interior y, sobre todo, en si es algo realmente posible de conseguir en el mundo en el que vivimos. La realidad es que nuestro mundo es demasiado rápido, estresante, loco... es muy difícil mantener un estado de calma permanente frente a todo lo que pasa a nuestro alrededor. Es más, opino que no es sano. Creo que, durante nuestra existencia en esta Tierra, estamos en un estado físico que viene acompañado de un gran espectro de sensaciones y sentimientos. Aquellas sensaciones que percibimos como malas o negativas también son parte de nosotros y como tales las tenemos que experimentar y aceptar.
En estos meses me he dado cuenta de que la verdadera paz interior no es un estado utópico de calma constante, sino algo mucho más realista y - quién lo hubiera pensado - mucho más gozoso. En este tiempo, he descubierto que la paz se encuentra en infinidad de rincones, todos ellos dentro de nosotros mismos. Se encuentra en hacer lo que realmente queremos (lo que queremos de verdad, no lo que pensamos que queremos). En amarnos a nosotros mismos como realmente somos, con todos nuestros supuestos defectos, entendiendo que somos seres completos y plenos en nuestra imperfección (y que conste que no he utilizado la palabra aceptarnos, he dicho amarnos). En minimizar las proyecciones de futuro: no se trata de no hacer planes o de no tener objetivos, sino de tener todo esto en cuenta mientras al mismo tiempo disfrutamos al máximo de nuestro momento presente. En confiar. Confiar en nosotros mismos y confiar en la vida. En saber que la vida tiene su propio plan y que nos va a dejar donde tenemos que estar. En entender que el hecho de querer algo no significa que sea lo que más nos conviene. En abrir nuestra mente y nuestro alma a todo lo bueno que está por venir, sin reducirlo únicamente a nuestro supuesto objetivo. En buscar al menos un momento de felicidad en cada día (y que conste que yo nunca encuentro sólo uno, sino varios... y cuanto más practico, más encuentro... ¿por qué será?).
Poniendo en práctica todo esto, he conseguido un estado de calma, alegría, Amor y felicidad que se asemeja muchísimo a lo que se podría llamar paz interior. Es un estado que no tiene nada de neutro, ni es siempre exactamente igual. Ni siquiera diría que es un estado calmo. Más bien se parece a hacer un trayecto en el que hay curvas y cambios en el terreno y en el que, sin embargo, ninguna curva hace que derrapemos y ninguna cuesta se hace imposible. Es un equilibrio vivo al que no le falta ni pizca de movimiento ni de pasión. Me parece que es lo más cercano que hay a ese estado - en ocasiones tan inalcanzable - llamado felicidad.
Así que una de mis prácticas en las últimas semanas ha sido la de intentar no hacer nada que no quiera hacer de verdad. Pero, sobre todo, intentar no dejar de hacer todo lo que quiero. Hace un par de semanas salí a comer con mi amiga Belén y después decidimos tomar unas copas en el centro de Madrid. Cuando salíamos del último bar que visitamos, me crucé con un hombre realmente atractivo. Nos miramos y yo seguí caminando. Belén insistía en que me quedara a saludarle, pero decidí dejarlo correr. Me despedí de mi amiga y comencé a caminar hacia casa. Me sentía desasosegada, incómoda y no entendía por qué. De pronto me di cuenta de que era, simplemente, porque no quería dejar pasar aquella oportunidad. El cuerpo me pedía a gritos que volviera, así que di media vuelta, volví al bar, me acerqué a la barra, le saludé y comenzamos a hablar. Enseguida, la sensación de desasosiego fue sustituida por una de alegría y tranquilidad. Paz.
Durante nuestra conversación, aquel chico del bar me dijo que le parecía muy valiente por mi parte haber dado el paso de acercarme a él. Esto es algo que la gente me dice mucho: eres muy valiente, tienes un par de huevos, los tienes bien puestos... Me lo dicen porque me lanzo a hacer cosas que otros no harían por vergüenza o por miedo... Y sí, es posible que yo sea valiente... pero se me ocurre que la verdadera osadía es dejar pasar la vida sin exprimirla al máximo o desaprovechar oportunidades de experiencias deliciosas para volver a casa y ahogarnos en nuestra rutina.
Nuestra vida en este plano físico es un inmenso regalo. Todo lo que sentimos, la alegría, la calma, el rencor, el ego, la envidia, los celos, la pasión, el amor, el sexo, el cariño, la sensualidad... todo es un auténtico presente que tenemos el derecho - y el deber - de disfrutar. Sería una terrible atrevimiento no hacerlo.
viernes, 31 de enero de 2014
QUE ME QUEDE COMO ESTOY
Hace poco más de una semana, yo misma di el mazazo que marcó el comienzo de la reforma en mi piso. Desde ese primer día, aún no he vuelto a pasar por ahí, en parte por falta de tiempo y en parte porque no estoy segura de querer ver mi piso totalmente destrozado... el caso es que, aunque se sabe que la destrucción sólo es un escalón en el camino hacia algo mejor, todo el que ha pasado por una situación similar me ha dicho que es una imagen difícil de digerir.
Y es que al ser humano no le gusta el cambio. Somos animales de costumbres, nos gusta lo familiar, nos acomodamos, nos sentimos seguros sabiendo que las cosas son como siempre han sido... aunque no siempre signifique estar en una situación ideal. La frase Virgencita, que me quede como estoy, tan repetida en nuestro día a día, lo dice todo. El problema es que esa reticencia ante el cambio amenaza con hacer que nos perdamos cosas realmente maravillosas. Aunque parezca ridículo, a veces - de manera totalmente inconsciente - preferimos anclarnos en nuestras penas, en nuestras miserias y en erróneas actitudes aprendidas antes que aventurarnos a emprender un nuevo camino que nos puede llevar a ese deseado estado de paz y felicidad.
Me pregunto si este estúpido miedo nos hace traicionarnos a nosotros mismos. Si, aun sin quererlo, nos hace boicotear nuestra propia dicha: cada vez que no nos movemos para evitar el estrés del cambio, cada vez que andamos de puntillas por la vida en lugar de lanzarnos a la piscina, cada vez que damos un paso atrás en nuestras decisiones por el terror de perder nuestra estabilidad, por miedo al qué dirán o por pavor a ese futuro incierto que tanto nos paraliza.
El secreto que a veces tanto nos cuesta aprender es que ese futuro va a ser incierto, hagamos lo que hagamos. Mantenernos en el mismo sitio para no remover la Vida no evita los potenciales desastres de este mundo loco. Lo único que conseguimos así es vivir a medias y no fundirnos con la maravilla que es nuestra existencia. Anaïs Nin escribió: Y llegó el día en que el riesgo que corría por quedarse firme dentro del capullo era más doloroso que el riesgo que corría por florecer. Encuentro que, independientemente de mis equivocaciones y de todos los tropiezos en el camino, no hay dolor equiparable al de mantenerme encerrada en mí misma, al de no arriesgarme a sentir, al de no vivir mi vida con la intensidad con la que lo hago. No sé ser de otra forma, ni quiero. Una experiencia breve, vivida al máximo, vale cien mil veces más que vivir a medias durante años.
Se me ocurre que es muy necesario destruir para poder edificar algo nuevo. El día en el que tomé la decisión de destruir mi casa para construir algo que realmente deseaba, todo a mi alrededor se puso en movimiento. Esto es a la vez estupendo y terrible: un día siento que estoy en la cima del mundo y al día siguiente me encuentro al borde de un precipicio. Me siento desestabilizada, excitada, nerviosa, feliz, aterrorizada...
La vida es esto. Nada dura para siempre y nada es estático. Nosotros tampoco podemos serlo. Lejos de luchar contra las olas, nuestra mejor baza es montarnos sobre ellas, dejarnos llevar, y continuar nadando.
jueves, 16 de enero de 2014
LA CONQUISTA
Mi amiga Esther, que lleva meses dedicando su talento como arquitecto y toda su buenísima energía a renovar mi piso, me dijo hace poco que cuando cambiamos algo, cuando nos movemos, cuando descolocamos una sola cosa en nuestras vidas, todo lo demás comienza a moverse también. Estoy comprobando que tiene toda la razón del mundo. Este nuevo año ha venido fuerte, muy fuerte. Tremendo como un huracán, revuelto como un mar en tempestad, loco, temible, excitante, vivo. Y no puedo evitar pensar que mis decisiones y acciones han tenido mucho que ver con ello.
El comienzo de este 2014 fue duro. Ese popurrí de sentimientos exaltados que son las fiestas navideñas no sienta nada bien cuando nos falta alguien, cuando una ausencia es tan dolorosamente palpable, tan difícil de aceptar. En mi caso, a todo esto se unieron mis propios fantasmas, antiguos enemigos que aprovecharon un corazón vulnerable para volver al ataque con más fuerza que nunca.
Creo que jamás, en toda mi vida, me había sentido tan sola.
Uno de mis rasgos de carácter - el cual considero una cualidad - es que me canso de mi propia tristeza. Me canso rápidamente, no me aguanto triste, me enfado, me regaño y me obligo a salir del agujero. Creo que en esta ocasión el agujero era tan negro y tan profundo, que el resurgir fue todavía más espectacular de lo normal. Un buen día me levanté, me dije basta y me propuse mandar a mi soledad a paseo. Decidí ser feliz, simple y llanamente, sin preocuparme por un futuro del que no sé absolutamente nada (si algo me ha quedado claro en los últimos meses, es que la vida nos sorprende de maneras que jamás habríamos podido imaginar, ni en nuestros mejores sueños ni en nuestras peores pesadillas). Sobre todo, creo que lo que verdaderamente creó la magia en esta ocasión fue algo muy sencillo y, sin embargo, muy difícil de mantener: la esperanza. Básicamente, decidí obligar a mi mente a CREER, a pesar del pasado, a pesar de cualquier prueba en contra, a pesar de absolutamente todo.
Pedí consejo a mi amiga Nina, que es una verdadera maestra en el arte de pensar en positivo. Recordé que tanto ella como un par de personas más me habían recomendado hace tiempo crear un tablero de visión. Se trata de buscar un corcho o una tabla e ir colocando fotos de cosas que deseamos, así como cosas por las que nos sentimos agradecidos. Se supone que funciona con la teoría de El Secreto: es decir, que de tanto ver las cosas que deseamos, acabamos atrayéndolas. Por supuesto, esto tiene que ir con una buena dosis de buena energía y pensamiento positivo. Básicamente, es una manera de engañar a la mente para que piense que ya tenemos todas esas cosas... y la energía de nuestra felicidad y nuestro agradecimiento hacen que se materialicen.
Por otro lado, me apunté a un proyecto que circula por internet, llamado 100 happy days (100happydays.com), a través del cual cada participante debe encontrar una sola cosa que le hace feliz cada día, durante 100 días seguidos. Después debe subir una foto representativa de dicha cosa a una red social de su elección: Facebook, Twitter, etc... Por lo visto, el 71% de las personas que han probado esto han fallado y la razón que da la mayoría es falta de tiempo. El proyecto está diseñado para que volvamos a acordarnos de ser felices, de encontrar tiempo para nosotros, de buscar algo bueno en cada día. Se trata, al fin y al cabo, de entender que la felicidad no es un premio que llega de la nada, ni una cuestión de suerte, sino una conquista. Y que esa conquista es diaria.
Lo curioso es que tanto este proyecto como el tablero de visión funcionan de manera muy silenciosa. Nuestra mente está ocupada en buscar el momento feliz del día o en mirar o añadir cosas al tablero. Por eso, no nos damos cuenta de que el plan está funcionando hasta que, un buen día, echamos un vistazo a nuestra vida y nos percatamos de que la conquista de esa felicidad ya ha ocurrido. Pero lo que más me llama la atención es la rapidez con la que ocurre el cambio. En mi caso, han sido días. No exagero. DÍAS: unos siete días desde el comienzo del proyecto 100 happy days y dos días - dos breves y rápidos días - desde que comencé el tablero de visión.
Mi vida se está moviendo y están empezando nuevas historias: en mi hogar, en el teatro, en el trabajo y en mi vida personal. Yo misma me pregunto si realmente es posible que sea tan fácil. ¿Es posible que un cambio de actitud haga que todo cambie de color de esta manera tan drástica? Mañanas felices, ojos que brillan, energía infinita, humor excelente, eficiencia máxima en el trabajo, un casting perfecto, una historia de amor que comienza... ¿es realmente posible que mi mente tenga tantísimo poder?
Evidentemente, pienso que la base de esta conquista es un trabajo que viene de atrás. Todo el trabajo que he hecho en estos años me ha traído hasta aquí. Es posible que, aunque hubiese sabido que este cambio de mentalidad lo cambiaría todo, no habría podido realizarlo hasta ahora, porque todo ese bagaje es absolutamente necesario para conseguirlo.
En cualquier caso, en estos momentos no tengo ni idea de a dónde me llevarán todos mis nuevos caminos. Pero por primera vez (y quizás éste es otro de los secretos de esta magia) no me importa en absoluto. Sólo sé que hace unos días me desperté sintiendo una felicidad que hacía mucho que no experimentaba y, por primera vez en mi vida, comprendí de verdad - no a nivel cerebral, sino desde lo más profundo de mi ser - que eso es lo único que importa. Esta felicidad, este momento, la realidad de este presente.
Soy consciente de que mi trabajo puede empeorar mañana, mi papel en la obra de teatro puede no ser lo que esperaba y mi historia de amor puede evaporarse y desaparecer como el humo de una vela que se apaga. Y lo único que se me ocurre es preguntar: ¿y qué?
martes, 31 de diciembre de 2013
HERMOSO MONSTRUO HUMANO
Hoy se acaba el año. Un año intenso, lleno de emociones fuertes, de victorias, de derrotas, de tremendas tristezas y de increíbles alegrías. En mi mundo, ha estado lleno de contrastes, de pasiones, de claridad, de progreso. Quizás nunca hubiera pensado que podría ver este año, que ha traído consigo la mayor de las pérdidas, como un período lleno también de logros y de acontecimientos felices. A pesar de la pérdida - o quizás, en parte, como consecuencia de ésta - durante este tiempo he dado varios pasos hacia delante y, por ello, estoy profundamente agradecida.
En estos días, he estado pensando mucho en esos contrastes que llenan nuestra existencia. Todo cambia, la vida nos sorprende, parece que todo ocurre de repente... y en muchas ocasiones nos sentimos incapaces, débiles, indefensos ante estos cambios tan drásticos. No es real: el ser humano tiene la capacidad de adaptarse a cualquier situación, es un instinto animal de supervivencia. Lo único que debemos hacer es ser conscientes de nuestra propia fuerza.
Pero el ser humano es un animal complicado. Nuestros instintos están escondidos bajo capas y más capas de actividad cerebral, cánones sociales, educación, prejuicios y cantidades astronómicas de información. Vivimos dentro de nuestras cabezas y solemos olvidarnos de conectar con nuestra intuición y con nuestros instintos más primarios. Se nos olvida que hay un ser dentro de nosotros, un ser clarividente y sabio que está continuamente en paz, porque sabe que las cosas están siempre en su lugar. Por lo tanto, luchamos contra el mundo y contra nosotros mismos, ansiosos por encontrar un camino que, en realidad, no hemos perdido en ningún momento.
Nuestro cerebro es un órgano milagroso, misterioso, desconocido. Es el órgano que nos permite inventar máquinas maravillosas y armas de destrucción masiva, el que nos hace escribir los versos más hermosos y gritar los insultos más terribles. Nuestro cerebro nos introduce en profundas espirales de obsesión y círculos viciosos de pensamiento negativo... para luego mostrarnos la luz al final de un túnel de esperanzas y sueños de futuro. Y navegando en las revueltas olas de este órgano maravilloso, el hombre se ha convertido en un ser extraño, capaz de terribles crueldades y de infinitas muestras de amabilidad, preparado para dar y recibir gestos de Amor sin límites y al mismo tiempo ser protagonista de las más terribles miserias.
Esto es algo que presencio todos los días en el teatro. El actor - espejo de la humanidad - eleva a la décima potencia cada bello gesto y cada detalle rastrero del hombre... tanto encima del escenario como fuera de él. El actor es un ilusionista capaz de crear hermosos sueños y construir esperanzas de la nada; un chamán capaz de exorcizar demonios, tanto propios como ajenos. Pero también es un monstruo: un monstruo envidioso, egocéntrico, lleno de miedos y de inseguridades que sacan lo peor que tiene... Y he podido comprobar - una y otra vez - que cuando el actor consigue aplacar a ese monstruo y sacar toda su luz, sin barreras psicológicas, ocurren verdaderos milagros... tanto encima del escenario como fuera de él.
Así es el ser humano: un monstruo hermoso y terrible. Un ser que corre continuamente el peligro de destruirse a sí mismo y al mundo que le rodea, pero que, al mismo tiempo, es capaz de progresar, de evolucionar y de seguir haciendo todo lo posible por mejorar un poquito más, día tras día, en otro año que comienza... Feliz 2014 a todos.
En estos días, he estado pensando mucho en esos contrastes que llenan nuestra existencia. Todo cambia, la vida nos sorprende, parece que todo ocurre de repente... y en muchas ocasiones nos sentimos incapaces, débiles, indefensos ante estos cambios tan drásticos. No es real: el ser humano tiene la capacidad de adaptarse a cualquier situación, es un instinto animal de supervivencia. Lo único que debemos hacer es ser conscientes de nuestra propia fuerza.
Pero el ser humano es un animal complicado. Nuestros instintos están escondidos bajo capas y más capas de actividad cerebral, cánones sociales, educación, prejuicios y cantidades astronómicas de información. Vivimos dentro de nuestras cabezas y solemos olvidarnos de conectar con nuestra intuición y con nuestros instintos más primarios. Se nos olvida que hay un ser dentro de nosotros, un ser clarividente y sabio que está continuamente en paz, porque sabe que las cosas están siempre en su lugar. Por lo tanto, luchamos contra el mundo y contra nosotros mismos, ansiosos por encontrar un camino que, en realidad, no hemos perdido en ningún momento.
Nuestro cerebro es un órgano milagroso, misterioso, desconocido. Es el órgano que nos permite inventar máquinas maravillosas y armas de destrucción masiva, el que nos hace escribir los versos más hermosos y gritar los insultos más terribles. Nuestro cerebro nos introduce en profundas espirales de obsesión y círculos viciosos de pensamiento negativo... para luego mostrarnos la luz al final de un túnel de esperanzas y sueños de futuro. Y navegando en las revueltas olas de este órgano maravilloso, el hombre se ha convertido en un ser extraño, capaz de terribles crueldades y de infinitas muestras de amabilidad, preparado para dar y recibir gestos de Amor sin límites y al mismo tiempo ser protagonista de las más terribles miserias.
Esto es algo que presencio todos los días en el teatro. El actor - espejo de la humanidad - eleva a la décima potencia cada bello gesto y cada detalle rastrero del hombre... tanto encima del escenario como fuera de él. El actor es un ilusionista capaz de crear hermosos sueños y construir esperanzas de la nada; un chamán capaz de exorcizar demonios, tanto propios como ajenos. Pero también es un monstruo: un monstruo envidioso, egocéntrico, lleno de miedos y de inseguridades que sacan lo peor que tiene... Y he podido comprobar - una y otra vez - que cuando el actor consigue aplacar a ese monstruo y sacar toda su luz, sin barreras psicológicas, ocurren verdaderos milagros... tanto encima del escenario como fuera de él.
Así es el ser humano: un monstruo hermoso y terrible. Un ser que corre continuamente el peligro de destruirse a sí mismo y al mundo que le rodea, pero que, al mismo tiempo, es capaz de progresar, de evolucionar y de seguir haciendo todo lo posible por mejorar un poquito más, día tras día, en otro año que comienza... Feliz 2014 a todos.
viernes, 6 de diciembre de 2013
¿ERES LIBRE?
Esta semana he tenido unos días de vacaciones y he decidido pasarlos en Madrid, encargándome de todas las cosas para las que el trabajo no me ha dejado tiempo en los últimos meses y preparándome para mi nueva etapa laboral. Puesto que el ejercicio físico se ha convertido en algo esencial en mi vida en los últimos tiempos, antídoto contra el estrés, la tristeza, el desánimo, algún que otro kilito de más y los pequeños achaques, también he aprovechado estos días para moverme más de lo habitual.
Como parte de este plan de salud, he estado caminando con mi perrita Julieta, desde nuestra casa en Quintana hasta el parque del Retiro. Son unos cincuenta minutos de caminata a paso vivo lo cual, unido a los cincuenta minutos de vuelta, me ha dado una buena dosis de bienestar tanto físico como emocional. Pero una de las cosas que más he disfrutado de este plan ha sido la experiencia de Julieta en el Retiro. Acostumbrada a parques menos verdes y bastante más pequeños, su reacción la primera vez que la solté allí no se me va a olvidar nunca. Su cara de felicidad y su manera de correr, loca de libertad, hizo que muchas de las personas que paseaban por el parque se pararan a contemplarla.
Y es que la libertad es difícil de ignorar. Nos encanta ver la libertad pura e inocente de los animales y de los niños porque, de una manera u otra, todos aspiramos a ella. En general, nos gusta pensar que somos libres y nuestra sociedad nos vende este concepto como algo nuestro, dado por hecho, totalmente accesible. Hablamos de los abusos contra la libertad en países menos democráticos que el nuestro, en culturas más opresivas. Nos sentimos afortunados por estar en nuestra piel y no en la de la vecina de al lado, que tiene un marido maltratador que no la deja vivir. O en la del amigo que está atrapado quince horas al día en una oficina gris sin ventanas. O en la de nuestra compañera de trabajo, que nunca se viene de copas porque tiene tres niños pequeños esperándola en casa.
Pero estamos engañados. En realidad, ¿cómo se mide la libertad? ¿Quién sabe si es más libre que la persona que tiene al lado? Y, aunque no nos guste pensarlo, ¿hasta qué punto coarta nuestra libertad el mundo en el que vivimos? Si lo pensamos con objetividad, nos daremos cuenta de que casi nadie es totalmente libre. Somos esclavos de lo que nos rodea (publicidad, prohibiciones, reglas a seguir), de la gente (opiniones, el qué dirán, chantajes emocionales) y, sobre todo, de nosotros mismos: de los sentimientos que nos cohíben, de los que nos hacen enloquecer, de los que nos rompen el corazón sin que podamos hacer nada por evitarlo. Somos esclavos de nuestros prejuicios (sobre todo de los que ni siquiera sabemos que tenemos) y de nuestro ego, que nos juega malas pasadas cuando menos lo esperamos.
Puesto que durante la mayor parte de mi vida he estado inmersa en el mundo del teatro, donde se manejan unos egos verdaderamente descomunales, me he preguntado en innumerables ocasiones si en realidad no será casi todo una cuestión de establecer nuestro sitio, de no ser infravalorados, de no perder nuestro estatus en la manada. Creo que una grandísima parte de nuestro sufrimiento, de nuestros problemas emocionales, de nuestros desacuerdos con la gente que nos rodea, se deben a ese monstruo invisible que nos maneja como si fuéramos marionetas. El resto es culpa, es frustración, es miedo. Nuestras peleas y nuestro rencor hacia los que nos han dañado responden a todos los pequeños y grandes sentimientos que nos esclavizan.
No, no somos libres. Nadie - o casi nadie - lo es por completo. Y la peor cárcel, las cadenas más difíciles de romper, son aquellas de nuestra propia mente. Liberarnos de todo ello no es imposible, pero sí requiere un trabajo diario y duradero, al que hay que aplicar - sobre todo - una gran cantidad de paciencia con nosotros mismos.
Es muy posible que en la mayoría de los casos, éste sea un trabajo eternamente en progreso, pero eso no importa. Lo importante es seguir haciendo el camino día a día, paso a paso, cadena a cadena, teniendo en mente en todo momento esa deseada libertad, sin ataduras con los demás y, sobre todo, sin miedo a mandar a los demonios de nuestra mente a paseo para siempre.
sábado, 2 de noviembre de 2013
MALABARISTAS
Siempre he huido de la inactividad, de la apatía, de la pérdida de tiempo. Estas cosas me producen un rechazo violento que yo misma no acabo de entender. Creo que hay varias razones tras ello: educación, carácter y pequeños traumas de la infancia/adolescencia que me siguen acompañando a día de hoy. Sea como sea, las ocasiones en las que me he dedicado a la inactividad completa, al ocio por el ocio, al simplemente estar, se pueden contar con los dedos de las manos. Puede que suene increíble, pero es cierto.
Hace algunas semanas, acudí a la boda de una de mis mejores amigas. Se celebraba en Aigrefeuille-sur-Maine, un pueblo de Nantes. Los pueblos de esa zona de Francia siempre me recuerdan a la aldea cantarina de La Bella y la Bestia de Disney: pequeños, tranquilos y con mucho encanto. Pasamos un fin de semana de celebración, comidas larguísimas, paseos, charlas y juegos. Hacía mucho tiempo que no desconectaba de esa manera... Pero me resulta curioso que utilicemos la palabra desconectar en estos casos. Lo hacemos porque hablamos de separar nuestras mentes del estrés y los quehaceres del día a día. Sin embargo, tal y como comprobé en mi viaje a Francia, en esos estados de supuesta desconexión es cuando más conectados estamos con lo que realmente importa.
Aquel fin de semana, volví a sentirme completamente feliz tras meses de no estarlo. Quizás fueron simples momentos, escasos segundos, pero por primera vez desde el fallecimiento de mi padre, dejé de pensar brevemente en lo que había ocurrido y mi corazón sintió dicha completa de nuevo. En un corto fin de semana, aprendí a hacer malabares y a jugar al Mahjong, practiqué mi francés, hice amigos, coqueteé en un idioma nuevo, bailé, jugué y disfruté del sol y de la naturaleza como nunca. Hacía tiempo que no me había sentido tan conectada con la Vida, con la alegría de la existencia.
Ese fin de semana me sirvió para tomar decisiones de cambio sobre mi vida, para hacer que se materializaran cosas que me habían rondado por la cabeza durante mucho tiempo. He buscado el camino para darme tiempo, para regalarme tranquilidad, para ir en busca de mis sueños. Me he deshecho de los vestigios de miedo que me quedaban, del fantasma de la inseguridad y de la amenaza de la inestabilidad económica. Y es que, como esas pelotas de malabares que manejé (con mucha ilusión y muy poca pericia) en aquel fin de semana en Francia, nuestras obligaciones y actividades del día a día siempre están allí, dando vueltas sobre nosotros, sucediéndose y solapándose la una con la otra, preparadas para caerse en cuanto nos descuidemos por un segundo. En nuestras manos está parar el baile de esas pelotas de vez en cuando... o soltar alguna para que el juego sea un poquito más cómodo. Será visualmente menos impresionante, sí, pero en el hueco que deja libre esa pelota descartada, entran el descanso, la tranquilidad y el disfrute.
Si te pareces un poquito a mí, lo más probable es que disfrutes mucho de hacer malabares con diez o más pelotas. Te gusta hacer cosas y hacerlas bien, te gusta sentir que has conseguido muchas cosas en un día, que has dejado cosas terminadas, que todo está en orden. Te va a resultar difícil descartar pelotas. Al principio, vas a sentirte inútil, vago, improductivo. A mí me pasa. Me sigue pasando. Aún estoy aprendiendo. Pero estoy decidida a dar una oportunidad a esta nueva forma de vivir, porque estoy convencida de que merece la pena. Si quieres probar y te cuesta, comienza con pequeños pasos.
Por mi parte, ayer me levanté a las 2 de la tarde (no lo había hecho desde la adolescencia). Salí a comer con mi hermana dejando la cama sin hacer, la ropa de la noche anterior por el suelo y los platos sin lavar (impensable hasta ahora). Luego volví a casa, me tumbé en el sofá y me puse a ver una película repetida en DVD, con mi perrita a mi lado.
Hundí la nariz en su cuello y aspiré ese olor a cachorrita que - inexplicablemente - sigue teniendo a los cuatro años.
Me hice un té.
Comí chocolate.
Vi otra película (también repetida).
Hice un bizcocho de zanahorias y nueces.
Llamé a mi madre para decirle que la quiero.
Me fui a la cama, leí mi novela y me dormí.
Un día de lo más improductivo. ¿Verdad?
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