lunes, 29 de octubre de 2012
SIN ESPERA
Odio esperar. Lo odio cuando se trata de la cola del cine y lo odio cuando se trata de llegar a mis objetivos en la vida. Además de ser tremendamente impaciente, resulta que me ha tocado vivir en la cultura de la inmediatez. Hoy en día, no sabemos esperar porque nadie nos enseña a hacerlo. Es más, el mundo parece empeñado en potenciar nuestra impaciencia.
Llevo años intentando trabajar esto en mí misma, moldearlo y mantener algo de control sobre mi mente inquieta. No es trabajo fácil, sobre todo cuando todo lo que nos rodea llama a la impaciencia: en lugar de una dieta sana, nos ofrecen fajas reductoras para parecer más delgados; en lugar de sanar de raíz una depresión o una ansiedad, nos ofrecen pastillas para silenciarlas. La comida es cada vez más rápida, el sexo más precipitado, los coches más veloces y los viajes más cortos. Todo está diseñado para no perder tiempo y nosotros, como seres humanos impacientes que somos, lo compramos todo sin dudarlo.
Lo cierto es que, en nuestra búsqueda de la satisfacción inmediata, acabamos perdiendo la alegría del viaje y la dulce anticipación de la espera. Estamos tan frustrados por no tener ya todo lo que queremos, que se nos olvida ver todo lo que nos está dando nuestro instante actual: y es que no nos damos cuenta de que la imperfección de nuestro presente incompleto es lo mejor que tenemos.
Las cosas que vivimos en nuestro día a día, el trabajo que hacemos para conseguir lo que queremos, las decisiones que tomamos y las circunstancias que nos rodean son parte de lo que somos. Sin todo esto, cada uno de nosotros sería una copia exacta de los demás... habitaríamos un mundo de seres completamente anodinos y vacíos. Cuando recurrimos a la satisfacción inmediata que nos vende nuestra sociedad, estamos evitando pensar en todo lo que aún nos queda por hacer para llegar a convertirnos en esas personas que estamos destinados a ser.
La realidad es que, si ese trabajo perfecto aún no ha llegado, si tu vida sentimental sigue sin funcionar, si te está costando más de lo que pensabas ponerte en forma, o dejar de fumar, o progresar en tu terapia, lo más probable es que sea necesario que sigas trabajando. El no darte por vencido en tu búsqueda es lo que moldeará tu vida.
Tanto nuestra individualidad como nuestro rol en el mundo que nos rodea están marcados por este trabajo de auto-realización. Si consiguiéramos todo lo que queremos de inmediato, ese camino tan delicadamente equilibrado se torcería y - aun teniendo todo lo que pensamos que necesitamos - no llegaríamos al final con éxito.
Quizás nuestra mejor baza para ese éxito - llamémoslo felicidad - sea ejercitar la paciencia y seguir trabajando, con la certeza de que, lleguemos a donde lleguemos, estaremos andando el camino que de verdad nos corresponde.
jueves, 18 de octubre de 2012
SÁCAME A PASEAR
Mi primer contacto directo con la cultura oriental fue en Vietnam, en el año 2008. Para mí, este viaje marcó un antes y un después en mi vida por varias razones, entre ellas el hecho de que visitar una tierra tan diferente a todo lo que había conocido hasta ese momento me abrió los ojos a un mundo de posibilidades. Ésta fue la razón por la cual el viajar se convirtió en algo tan importante para mí: desde entonces, aprovecho cualquier oportunidad para echarme la mochila al hombro y salir a pasear por ese inmenso paraíso lleno de matices, colores y vida que es nuestra Tierra.
Una de las cosas que más me llamó la atención de la cultura oriental (lo vi en Vietnam y, años más tarde, también en China) fue que la gente hace su vida entera en el exterior. Todo ocurre en la calle o, como poco, con las puertas abiertas de par en par. Los conceptos de privacidad y espacio personal son completamente distintos a los nuestros y están regidos por creencias y reglas completamente diferentes a las de nuestro mundo. Aunque, en un principio, esta forma de vivir puede resultar algo chocante para el visitante occidental, si abrimos nuestra mente a ello, es un concepto increíblemente liberador.
Ando dándole vueltas a la imagen de esas calles de Vietnam, donde un espejo en un árbol y una bombilla mal colgada constituyen una peluquería, donde las mujeres y los niños dormitan en tiendas de ropa abiertas de par en par y donde lo que puede ocurrir en la calle, jamás lo hace tras una puerta cerrada.
Se me ocurre pensar que ese viaje, que dio motor a mis pies para que no dejaran de pasear, aún hoy - cuatro años después - me sigue enseñando cosas. Después de todo, allí pude presenciar el concepto de sacar la vida a pasear en su más amplio sentido. ¿Qué ocurriría si siguiéramos el ejemplo de los vietnamitas y viviéramos hacia fuera cada día?
Hace un par de días, alguien me aconsejó que sacara mi sensualidad a pasear. Y pensando en ello con objetividad, me he dado cuenta de que (aunque suela pensar lo contrario) no siempre saco a relucir todo lo mejor de mí en mi día a día. Ni mi sensualidad, ni muchas otras cosas que, en ocasiones, creo no poseer. Y es que a veces son más visibles nuestros defectos que nuestras virtudes, por el simple hecho de que no siempre reconocemos nuestras virtudes por lo que son. Puede que, efectivamente, haya llegado el momento de sacar mi sensualidad a pasear todos los días, en lugar de reservarla siempre para mis fotos, para el escenario o para momentos particulares de mi vida.
Es más, se me ocurre pensar que todos podríamos convertir esto en una práctica habitual en nuestro día a día. Sigamos el ejemplo de los vietnamitas y expongamos lo mejor de nuestra vida interior. Tenemos demasiadas cosas buenas que no mostramos... como si las estuviéramos reservando para un momento especial. La realidad es que si abriéramos las puertas de nuestras vidas de par en par, lo mejor de nosotros estaría expuesto siempre... y quién sabe lo que podría significar eso para el difícil mundo en el que vivimos.
Así que invito a cada lector a que elija al menos una cosa buena para sacar a pasear cada día. Saca tu sensualidad, tu niño travieso, tu ternura, tu solidaridad. Saca tu luz, tu risa, tu empatía, tu talento. Saca lo mejor de ti y dale una buena vuelta por el mundo. Yo, por mi parte, voy a empezar por seguir el consejo que me han dado...
Y quién sabe... quizás la respuesta del mundo nos sorprenda más de lo que podríamos imaginar.
sábado, 29 de septiembre de 2012
YO DESEO, YO NECESITO...
Nunca en mi vida he buscado lo fácil. No considero que esto sea bueno ni malo, simplemente forma parte de mi carácter. Lo que sí es cierto es que buscar lo difícil produce frustración y puede doler bastante. Como en todo, debemos decidir si - a pesar de las dificultades y las frustraciones - nos compensa seguir persiguiendo nuestro objetivo o no.
Uno de los grandes lastres de nuestra sociedad es la proyección. En lugar de vivir donde estamos y como somos, estamos empeñados en habitar la ilusión del mañana. Nuestros deseos y necesidades nos colocan continuamente en un futuro inexistente en el que ya estamos amando a la persona que queremos, amamantando al bebé que buscamos o disfrutando de nuestro trabajo soñado. Mientras tanto, se nos olvida vivir todo lo que hay en el camino... y lo más importante: olvidamos hacer el trabajo que nos convertirá en la persona que tenemos que ser para llegar a nuestros objetivos.
Los budistas dicen que el camino de la felicidad es eliminar el deseo. Según ellos, si eliminamos nuestros deseos y proyecciones de futuro, eliminamos las frustraciones y aprendemos a vivir en el presente, sin necesidad de nada más que lo que tenemos en este momento. Yo no estoy completamente de acuerdo: creo que el deseo mueve el mundo. Sin deseo, no nos esforzaríamos para mejorar, ni perseguiríamos nuestros sueños; nada avanzaría ni cambiaría. Sin embargo, me pregunto si es posible abrazar la teoría budista hasta cierto punto y eliminar la proyección de esos deseos. ¿Es posible perseguir lo que queremos y, al mismo tiempo, no adelantar acontecimientos? ¿Podemos ir en busca de nuestros objetivos cada día y, a la vez, vivir contentos en el presente tal y como es, sin frustraciones ni impaciencia? Pienso que sí es posible, aunque requiere muchísima fuerza de voluntad y un trabajo personal largo y duro.
Hace unos días, me propuse llevar a cabo este trabajo. Soy de naturaleza impaciente y eso, unido al hecho de que siempre quiero lo que (en teoría) no puedo tener, me estaba llenando de rabia y de tristeza. Así que me he puesto manos a la obra para ejercitar la paciencia y la aceptación en el camino hacia mis deseos.
Este trabajo me parece especialmente importante hoy en día, en este mundo que tanto se ha complicado, en el que nuestro día a día es una continua lucha por la supervivencia y los derechos de cada uno. No puedo evitar sentir que, en la vorágine de esta lucha - del todo noble y necesaria - hay ciertos momentos en los que se pierde el norte, en los que los deseos, las creencias y las frustraciones del individuo se imponen a la lucha por un mundo mejor.
En nuestra sociedad en general - y en tiempos de crisis en particular - se ponen a prueba cada día nuestra paciencia, nuestra solidaridad y nuestra tolerancia para con los demás. El problema está en que, cuando nos concentramos completamente en nosotros mismos y perdemos la visión global de lo que está pasando, tiramos esa tolerancia por la borda. Como resultado, la comunidad se ve completamente eclipsada por el individuo: solidario, sí, pero sólo con mi causa. Tolerante y respetuoso, sí, pero sólo si piensas igual que yo.
Lamentablemente, se utiliza la libertad de expresión - ese perfecto derecho por el que tanto lucharon nuestros padres y abuelos - como escudo para escupir la ignorancia, la intolerancia y la falta de respeto sobre el vecino de al lado. Es la peor forma de hipocresía y, últimamente, se ven ejemplos de ella todos los días.
Por esta razón, todos los días doy gracias por tener a mi alrededor a personas que hacen todo lo contrario. No hay nada que me dé más vida que ver el respeto, el Amor y la fusión de mundos distintos. No hay nada más enriquecedor que la mezcla de razas, de credos, de caminos. Las personas que viven con esta mente abierta, canalizan sus deseos de la mejor manera posible. Sus deseos florecen y salen hacia fuera para convertirse en actos y en palabras... en muchas ocasiones, salen de un pincel, de una guitarra, de una voz, de un montón de arcilla o de aguja e hilo. Todas estas personas - artistas o no - plasman esa fuerza, creada por la unión de las diferencias, en este mismo mundo que parece estar volviéndose loco a su alrededor.
No sé si es una utopía pensar que esa fuerza acabará pudiendo más que la ignorancia de unos cuantos. Lo que sí sé es que es nuestra responsabilidad, para con nosotros mismos y para con nuestros hijos y nietos, hacer todo lo posible para que así sea. Me gustaría pensar que las generaciones futuras podrán ver la belleza del mundo y que tendrán la oportunidad de seguir mejorándolo cada día. Mi trabajo personal sólo es mío, pero espero que también sea un granito de arena para que la utopía se convierta en realidad.
sábado, 15 de septiembre de 2012
SUEÑOS A LA FUGA
Cuando comencé a escribir este blog, hice un trato conmigo misma: me prometí que nunca publicaría nada que no fuera verdad, ni inventaría, ni me tomaría licencias artísticas en lo que escribo. Hasta ahora, lo he cumplido a rajatabla. También me prometí que no publicaría una entrada a menos que tuviera al menos una cosa buena que decir. Después de todo, mi intención siempre ha sido compartir mis experiencias y mis sentimientos de manera constructiva y positiva; no quiero deprimir al mundo.
Debo decir que la segunda parte de mi trato es mucho más difícil de cumplir que la primera. Todos tenemos momentos bajos y, cuando los míos se alargan en el tiempo, me enfrento con largas semanas de frustrante sequía bloggera.
Ahora llevo una semana intentando sentarme delante del ordenador para escribir esta entrada... y siempre encuentro algo mejor que hacer. Este momento bajo está siendo algo más que un momento y, sin embargo, he recordado que en más de una ocasión el simple hecho de sentarme a escribir me ha ayudado a poner mis ideas en claro y a limpiarme el alma de posos oscuros. Así que aquí estoy, intentándolo.
Creo que los tiempos que estamos viviendo contribuyen mucho a la depresión, a la ansiedad, a ese sentimiento de desesperanza continua que amenaza con hacernos dejar de creer en todo y en todos. Las crisis - sean del tipo que sean - sacan lo mejor y lo peor del ser humano. Y lo peor del ser humano es negro y feo y se hace notar muchísimo... si nos descuidamos, llega a esconder todo lo bueno, que por supuesto también existe. La verdad es que - por mucho que me critiquen por ello - no pienso que el ser humano sea una especie noble y benévola. Creo que nuestra mente, nuestros deseos y nuestros objetivos han hecho de nosotros una especie egoísta, competitiva y - en ocasiones - malvada. Es una más de las cosas que nos diferencian de los animales. Ellos actúan por instinto y su mente no maquina. Simplemente viven, están, son... sin más complicaciones.
Nuestra mente, ésa que ha inventado tantas cosas maravillosas a lo largo de los siglos, ésa que crea obras de arte que nos emocionan hasta las lágrimas, ésa que tanto nos aporta y tanto nos hace disfrutar, también puede ser una gran máquina de destrucción, llena de frustraciones y de sueños rotos.
Lo cierto es que hay pocas cosas tan bonitas como soñar. Pensar en todo lo que nos gustaría tener, en las metas a las que queremos llegar, en lo que queremos hacer de nuestras vidas... si un día nos quedáramos sin sueños, dejaríamos de existir. Pero, ¿qué pasa cuando esos sueños no se cumplen? ¿Qué pasa cuando, uno a uno, los vemos escaparse, esfumarse delante de nuestros ojos y desaparecer en una fracción de segundo? La única opción que nos queda es cambiar de rumbo, elegir otro camino y llenarlo de nuevos sueños que perseguir.
Sin embargo, lo más preocupante es cuando no conseguimos encontrar ese nuevo camino; cuando nos levantamos un día y nos damos cuenta de que hemos estado viviendo día a día persiguiendo algo efímero, irreal, sin sentido, algo que ni nosotros mismos reconocemos. Y entonces, ¿qué significado tiene nuestra existencia?
Es muy duro enfrentarnos con nuestra propia irrelevancia, pensar que somos un punto diminuto e insignificante dentro del universo infinito y llegar a ser conscientes de nuestra soledad. Pero supongo que lo único que podemos hacer en esos momentos para no enloquecer por culpa de nuestra mente racional, es volver (aunque sea por unos instantes) a nuestro lado instintivo; conectar con nuestro lado animal y simplemente ser, dejar de pensar y simplemente estar. Y una vez pasada la tormenta, hay que levantarse y seguir caminando. Aprender - como nos enseñaba Borges - a plantar nuestro propio jardín y decorar nuestra propia alma, sin esperar que alguien nos traiga flores.
Hoy alguien me ha hablado de la posibilidad de reinventar lo que somos y, de inmediato, me ha venido a la cabeza la imagen del ave fénix que resurge de sus cenizas para vivir de nuevo. Quizás nuestra mejor opción sea recordar que, mientras tengamos vida, podremos resurgir cada vez que nos lo propongamos, que podemos aprender a convivir con nuestras soledades y que siempre es posible buscar nuevos caminos.
Después de todo, el mundo está lleno de ellos.
martes, 28 de agosto de 2012
LIBERTAD
Me ha costado mucho comenzar a conocerme de verdad, saber lo que quiero y vivir mi vida de acuerdo a mis propios deseos y decisiones, ignorando las opiniones, críticas y miradas del mundo exterior. Aún me queda mucho camino por delante, pero me gusta pensar que lo más duro - la introspección inicial, vencer el miedo de verme como realmente soy - ya está superado.
Lo cierto es que cuanto más me conozco, más largo parece ser el camino. Al principio, pensaba que retrocedía una y otra vez y que nunca llegaría a avanzar de verdad. Ahora me he dado cuenta de que lo que ocurre cada vez que vuelvo a estar sobre la cuerda floja, al borde del precipicio de ese pozo oscuro de mi propia psique, no es retroceso, sino un paso más entre los misteriosos recovecos de mi alma. Y el hecho es que es un camino que hay que hacer, por muy duro que sea. La alternativa es mucho peor: el conformismo, la ignorancia y el escudo de la rutina protegiéndonos de cualquier riesgo o novedad.
No estoy hecha para la rutina, así como no estoy hecha para contar calorías, ni para fingir, ni para estar callada, ni para ser discreta, ni para conformarme con menos de lo que quiero y merezco. Hace poco tomé la decisión de cortar mis ataduras emocionales, barrer los miedos y ser completamente libre. Cuando tomé la decisión, pensé que el mundo sería un lugar mejor si todo el mundo hiciera lo mismo: dar rienda suelta a nuestros sueños y a nuestros deseos, liberarnos de los prejuicios, romper a mazazos con la envidia, los celos y las odiosas comparaciones, vivir para uno mismo y - de esta manera - ser mejor para el mundo y para los demás.
Esta imagen tan maravillosa tiene un gran fallo: el mundo no quiere ser libre. Interfieren el ego, la avaricia, la culpa y, sobre todo, el miedo.
Chavela Vargas dijo:
No hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.
De pronto comprendí cuánta razón tenía esta mujer que cantó la soledad como nadie. Si la persona que tenemos delante es completamente libre, no tenemos control sobre ella, ni sobre lo que sentimos por ella, ni sobre lo que ella siente por nosotros. Puede echar a volar en cualquier momento, gritar porque le da la gana, decir lo primero que se le viene a la cabeza, hacer lo que le apetece... y no pedirá perdón por ninguna de estas cosas. ¿Y en qué posición nos deja eso? Nunca lo podremos saber con seguridad: de ahí viene nuestro miedo.
Así que tuve que replantearme las cosas una vez más. Al fin y al cabo, todo en la vida es una elección que implica, necesariamente, también una renuncia. Yo podía tomar el camino más fácil y volver a mi antiguo ser, con la seguridad - y las frustraciones - que eso implicaría. O podía mantener mi libertad recién encontrada y aceptar la soledad que viene de su mano.
He escogido ser libre. Porque me siento mucho más viva desde que lo soy. Porque creo que es la mejor manera de aprovechar mi vida. Porque no tengo miedo. Y porque creo que las cosas buenas son del que las trabaja.
A una parte de mí, por supuesto, le gustaría descubrir un día que Chavela se equivocaba... y que vencer la soledad acabará siendo una parte - inesperada y espectacular - de este gran canto a mi libertad.
martes, 7 de agosto de 2012
IRME DE MÍ
Llevo meses considerando marcharme de España. Y es que he pasado una temporada difícil, atrapada en el bucle de mis propias manías y tristezas, encerrada en las limitaciones que nos ponemos a nosotros mismos y que proyectamos de lleno en el mundo exterior para sentirnos seres incomprendidos.
Yo me he sentido incomprendida por mi entorno durante años, como si no encajara con lo que tenía alrededor, como si el destino me hubiese colocado, sin remos ni brújula, en un sitio que nunca fue el mío. Así que finalmente me decidí a pedir un traslado laboral para marcharme a vivir a Londres. Y con este pequeño gran paso comenzó todo un camino de introspección y un trabajo de auto-conocimiento y búsqueda de la propia verdad.
Cuando Londres, de un día para otro, se convirtió en una realidad potencial, afloraron muchos sentimientos en mí, ninguno de los cuales era lo que yo esperaba. En lugar de sentir emoción, alegría y ganas, sentí angustia, tristeza y nervios. En lugar de sentir esperanzas de que todo saliera bien con el traslado, me encontré a mí misma rezando para que algo lo impidiera. Tras la sorpresa inicial, tuve que sentarme a conversar conmigo misma para entender lo que estaba pasando.
A veces intentamos evitar la verdad porque nos asusta o quizás porque nos dice algo de nosotros mismos que, en el fondo, preferimos no saber. La verdad, en este caso, era que no quiero irme de Madrid. Lo cierto es que adoro esta ciudad que me adoptó hace tantos años y, es más, quiero conocerla mejor. Darme cuenta de esto me hizo preguntarme el por qué de tanto desasosiego y tantas ganas de marcharme. Y entonces tuve que aceptar que el problema no está en la ciudad, sino en mí.
Hay un dicho persa que mi padre utiliza mucho: cuando debemos tomar una decisión, se dice que debemos hacer de nuestro sombrero un juez, es decir, examinarnos a nosotros mismos y ser sinceros sobre lo que queremos y podemos hacer. Esta vez, cómo no, mi padre me dio este mismo consejo y, al ponerlo en práctica entendí que las limitaciones de Madrid, todo lo que supuestamente no me da, en realidad me lo he estado negando a mí misma.
Y es que uno puede escapar a otras tierras una y otra vez durante toda la vida... pero por mucho que nos movamos, no nos podemos escapar de nosotros mismos. Cuando el problema o las limitaciones vienen de dentro, siempre nos van a perseguir, estemos donde estemos. Marcharme de Madrid no implicaría irme de mí. Afortunadamente, lo comprendí antes de dar el paso definitivo hacia el que sería mi nuevo hogar.
De todas formas, resultó que el traslado no hubiese sido factible por temas económicos, pero aunque lo hubiese sido, mi decisión habría sido la misma: quedarme en Madrid. Me constaba que esta decisión debía ir acompañada por un cambio radical en mi manera de ver las cosas y en mi actitud con respecto a mi vida. Dicho y hecho. Lo vi tan claro que el cambio vino de un día para otro, con total naturalidad. Y en un abrir y cerrar de ojos, mi vida dio un giro de 180 grados.
Curiosamente, este giro vino de la mano de un par de acontecimientos que me confirmaron que mi nuevo camino era el correcto. Me recordaron, una vez más, que en esta vida no hay tiempo para dudar, para temer, para preocuparnos por cada pequeña cosa, para dejar que la vida pase de largo sin tomar decisiones y para no hacer lo que realmente queremos hacer. La vida cambia en un solo instante. No hay sitio para los miedos ni oportunidad de volver atrás en el tiempo.
Asumamos que no hay otro día para quitarnos telarañas. Hoy es el momento. Ahora mismo. El momento de salir, de comer y beber, de hablar y reír, de llamar, de decir te quiero/te deseo/me haces feliz, de abrazar, de besar, de amar, de tocar, de gozar, de atrevernos... de vivir.
Y lo más curioso es que, cuando comenzamos a vivir con la consciencia de que el mañana no existe, nuestro presente se transforma por completo... atrayendo la maravillosa esperanza de cien mil mañanas espléndidas.
Yo me he sentido incomprendida por mi entorno durante años, como si no encajara con lo que tenía alrededor, como si el destino me hubiese colocado, sin remos ni brújula, en un sitio que nunca fue el mío. Así que finalmente me decidí a pedir un traslado laboral para marcharme a vivir a Londres. Y con este pequeño gran paso comenzó todo un camino de introspección y un trabajo de auto-conocimiento y búsqueda de la propia verdad.
Cuando Londres, de un día para otro, se convirtió en una realidad potencial, afloraron muchos sentimientos en mí, ninguno de los cuales era lo que yo esperaba. En lugar de sentir emoción, alegría y ganas, sentí angustia, tristeza y nervios. En lugar de sentir esperanzas de que todo saliera bien con el traslado, me encontré a mí misma rezando para que algo lo impidiera. Tras la sorpresa inicial, tuve que sentarme a conversar conmigo misma para entender lo que estaba pasando.
A veces intentamos evitar la verdad porque nos asusta o quizás porque nos dice algo de nosotros mismos que, en el fondo, preferimos no saber. La verdad, en este caso, era que no quiero irme de Madrid. Lo cierto es que adoro esta ciudad que me adoptó hace tantos años y, es más, quiero conocerla mejor. Darme cuenta de esto me hizo preguntarme el por qué de tanto desasosiego y tantas ganas de marcharme. Y entonces tuve que aceptar que el problema no está en la ciudad, sino en mí.
Hay un dicho persa que mi padre utiliza mucho: cuando debemos tomar una decisión, se dice que debemos hacer de nuestro sombrero un juez, es decir, examinarnos a nosotros mismos y ser sinceros sobre lo que queremos y podemos hacer. Esta vez, cómo no, mi padre me dio este mismo consejo y, al ponerlo en práctica entendí que las limitaciones de Madrid, todo lo que supuestamente no me da, en realidad me lo he estado negando a mí misma.
Y es que uno puede escapar a otras tierras una y otra vez durante toda la vida... pero por mucho que nos movamos, no nos podemos escapar de nosotros mismos. Cuando el problema o las limitaciones vienen de dentro, siempre nos van a perseguir, estemos donde estemos. Marcharme de Madrid no implicaría irme de mí. Afortunadamente, lo comprendí antes de dar el paso definitivo hacia el que sería mi nuevo hogar.
De todas formas, resultó que el traslado no hubiese sido factible por temas económicos, pero aunque lo hubiese sido, mi decisión habría sido la misma: quedarme en Madrid. Me constaba que esta decisión debía ir acompañada por un cambio radical en mi manera de ver las cosas y en mi actitud con respecto a mi vida. Dicho y hecho. Lo vi tan claro que el cambio vino de un día para otro, con total naturalidad. Y en un abrir y cerrar de ojos, mi vida dio un giro de 180 grados.
Curiosamente, este giro vino de la mano de un par de acontecimientos que me confirmaron que mi nuevo camino era el correcto. Me recordaron, una vez más, que en esta vida no hay tiempo para dudar, para temer, para preocuparnos por cada pequeña cosa, para dejar que la vida pase de largo sin tomar decisiones y para no hacer lo que realmente queremos hacer. La vida cambia en un solo instante. No hay sitio para los miedos ni oportunidad de volver atrás en el tiempo.
Asumamos que no hay otro día para quitarnos telarañas. Hoy es el momento. Ahora mismo. El momento de salir, de comer y beber, de hablar y reír, de llamar, de decir te quiero/te deseo/me haces feliz, de abrazar, de besar, de amar, de tocar, de gozar, de atrevernos... de vivir.
Y lo más curioso es que, cuando comenzamos a vivir con la consciencia de que el mañana no existe, nuestro presente se transforma por completo... atrayendo la maravillosa esperanza de cien mil mañanas espléndidas.
jueves, 26 de julio de 2012
ADAPTACIÓN
Acabo de regresar de un viaje de dos semanas a Hong Kong. Esta ciudad, que es China sin ser China, en la que impresionantes rascacielos conviven con pequeños templos budistas y con encantadores mercados de chucherías y antigüedades, ha conseguido posicionarse en algún lugar misterioso entre oriente y occidente. Con ello, consigue ofrecer lo mejor de los dos mundos al viajero. A cambio de esto, sin embargo, obliga a éste a readaptarse continuamente.
Desde sus wet markets (donde el pescado se corta vivo delante del comprador, retorciéndose hasta el último momento) hasta las copas de 20 euros del Ritz (que ofrece las mejores vistas de la ciudad), hay un mundo. Un mundo tan grande, con un recorrido tan largo y tan diverso, que es fácil que el visitante se sienta abrumado.
Sin embargo, para la persona dispuesta a recolocar sus esquemas mentales, para el viajero aventurero que no tiene miedo a salirse del plan inicial y replantearse las cosas, Hong Kong puede ser la ciudad perfecta. Es tradición y progreso, paz y locura, todo junto, mezclado y ofrecido al visitante a la vez.
Además de ese continuo choque cultural que es Hong Kong, mi viaje, como casi todos, me obligó a adaptarme a situaciones cambiantes (y no siempre agradables) durante mis dos semanas de estancia en la ciudad. Ésta es una de los aspectos más difíciles de viajar (sobre todo si se viaja solo), pero también uno de los que más aprecio, puesto que siempre me enseña mucho, sobre todo de mí misma.
Y es que nuestra capacidad para adaptarnos a nuestras circunstancias - especialmente cuando éstas se tuercen - viene dada por nuestra forma de ser y, al mismo tiempo, nos sigue formando como personas. Ésta es una de las razones por las cuales siempre he pensado que viajar es una parte esencial de la vida, tan importante como cualquier tipo de educación o práctica de crecimiento que realicemos. Siempre resulta muy fácil identificar a un viajero entre un grupo cualquiera de personas. La persona que viaja adquiere conocimiento, su alma se enriquece y su fuerza de voluntad y su paciencia crecen con cada viaje.
Hay un edificio en Hong Kong que me llamó la atención especialmente. Es el más polémico de la ciudad: el Bank of China Tower. Esta modernísima estructura, que se ilumina por las noches ofreciendo un pequeño espectáculo de luz por sí misma, es la más odiada por la gente de la ciudad. Y es que desafía todos los principios del feng shui. Los prismas triangulares del edificio son símbolo de mala suerte, las cruces a los lados sugieren negatividad y su forma ha sido relacionada con una mantis religiosa, la cual se considera un insecto amenazante.
A pesar de ello, este edificio ha sido colocado en medio de la selva de rascacielos de Hong Kong y la gente ha tenido que aprender a convivir con él, así como han tenido que adaptarse a una vida tremendamente occidentalizada, a un cambio radical y a un alejamiento de sus raíces. Sin embargo, la gente de Hong Kong sigue cuidando sus tradiciones y su espiritualidad original: en todos los templos hay un continuo fluir de personas que acuden a rezar a sus dioses, siguen agitando los chim (palitos de la fortuna) para que un adivino les desvele su futuro y siguen peregrinando a Lantau (estorbados por cientos de turistas que sólo van a hacer fotos) para llevar ofrendas al Buda Tian Tan, que se alza irradiando paz, con sus 23 metros de altura, sobre la isla. Y todo esto no tiene por qué estar reñido con las cenas y las copas en el barrio del Soho ni con las modernísimas y elegantes jóvenes que acuden perfectas cada mañana a trabajar en las oficinas de los grandes rascacielos.
Y es que en este mundo de cambio constante, la vida progresa y va por donde mejor le parece, independientemente de nuestros deseos y necesidades. A veces, sólo a veces, tenemos suerte y conseguimos lo que pensamos que queremos. Pero en muchas ocasiones, las circunstancias son diferentes y somos nosotros los que nos tenemos que adaptar a ellas. O eso, o quedarnos atrás en el camino.
En la vida, como en los viajes, hay que aceptar la realidad, seguir adelante e intentar mantener la alegría, aunque no sea nuestra realidad deseada. El viajero que sabe adaptarse de esta manera se convierte en un ser más paciente y aprende a vivir lo que le toca hoy, con la certeza de dos grandes verdades: la primera, que lo que pensamos que queremos no es siempre lo mejor para nosotros y la segunda, que el camino de la paciencia te lleva - siempre - a la mejor parte de tu viaje.
Desde sus wet markets (donde el pescado se corta vivo delante del comprador, retorciéndose hasta el último momento) hasta las copas de 20 euros del Ritz (que ofrece las mejores vistas de la ciudad), hay un mundo. Un mundo tan grande, con un recorrido tan largo y tan diverso, que es fácil que el visitante se sienta abrumado.
Sin embargo, para la persona dispuesta a recolocar sus esquemas mentales, para el viajero aventurero que no tiene miedo a salirse del plan inicial y replantearse las cosas, Hong Kong puede ser la ciudad perfecta. Es tradición y progreso, paz y locura, todo junto, mezclado y ofrecido al visitante a la vez.
Además de ese continuo choque cultural que es Hong Kong, mi viaje, como casi todos, me obligó a adaptarme a situaciones cambiantes (y no siempre agradables) durante mis dos semanas de estancia en la ciudad. Ésta es una de los aspectos más difíciles de viajar (sobre todo si se viaja solo), pero también uno de los que más aprecio, puesto que siempre me enseña mucho, sobre todo de mí misma.
Y es que nuestra capacidad para adaptarnos a nuestras circunstancias - especialmente cuando éstas se tuercen - viene dada por nuestra forma de ser y, al mismo tiempo, nos sigue formando como personas. Ésta es una de las razones por las cuales siempre he pensado que viajar es una parte esencial de la vida, tan importante como cualquier tipo de educación o práctica de crecimiento que realicemos. Siempre resulta muy fácil identificar a un viajero entre un grupo cualquiera de personas. La persona que viaja adquiere conocimiento, su alma se enriquece y su fuerza de voluntad y su paciencia crecen con cada viaje.
Hay un edificio en Hong Kong que me llamó la atención especialmente. Es el más polémico de la ciudad: el Bank of China Tower. Esta modernísima estructura, que se ilumina por las noches ofreciendo un pequeño espectáculo de luz por sí misma, es la más odiada por la gente de la ciudad. Y es que desafía todos los principios del feng shui. Los prismas triangulares del edificio son símbolo de mala suerte, las cruces a los lados sugieren negatividad y su forma ha sido relacionada con una mantis religiosa, la cual se considera un insecto amenazante.
A pesar de ello, este edificio ha sido colocado en medio de la selva de rascacielos de Hong Kong y la gente ha tenido que aprender a convivir con él, así como han tenido que adaptarse a una vida tremendamente occidentalizada, a un cambio radical y a un alejamiento de sus raíces. Sin embargo, la gente de Hong Kong sigue cuidando sus tradiciones y su espiritualidad original: en todos los templos hay un continuo fluir de personas que acuden a rezar a sus dioses, siguen agitando los chim (palitos de la fortuna) para que un adivino les desvele su futuro y siguen peregrinando a Lantau (estorbados por cientos de turistas que sólo van a hacer fotos) para llevar ofrendas al Buda Tian Tan, que se alza irradiando paz, con sus 23 metros de altura, sobre la isla. Y todo esto no tiene por qué estar reñido con las cenas y las copas en el barrio del Soho ni con las modernísimas y elegantes jóvenes que acuden perfectas cada mañana a trabajar en las oficinas de los grandes rascacielos.
Y es que en este mundo de cambio constante, la vida progresa y va por donde mejor le parece, independientemente de nuestros deseos y necesidades. A veces, sólo a veces, tenemos suerte y conseguimos lo que pensamos que queremos. Pero en muchas ocasiones, las circunstancias son diferentes y somos nosotros los que nos tenemos que adaptar a ellas. O eso, o quedarnos atrás en el camino.
En la vida, como en los viajes, hay que aceptar la realidad, seguir adelante e intentar mantener la alegría, aunque no sea nuestra realidad deseada. El viajero que sabe adaptarse de esta manera se convierte en un ser más paciente y aprende a vivir lo que le toca hoy, con la certeza de dos grandes verdades: la primera, que lo que pensamos que queremos no es siempre lo mejor para nosotros y la segunda, que el camino de la paciencia te lleva - siempre - a la mejor parte de tu viaje.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

































