miércoles, 28 de noviembre de 2012
HERIDAS DE BATALLA
Hace algunos años, di un giro a mi forma de mirar la vida. Ciertos acontecimientos, que llevaron a ciertas decisiones, que a su vez llevaron a nuevos hechos decisivos para mí, hicieron que cambiara mi perspectiva sobre mis circunstancias, sobre el mundo que me rodea y sobre mi forma de vivirlo. Desde entonces, el miedo cada vez tiene menos cabida en mi existencia. O quizás lo correcto sería decir que sigue existiendo, que levanta la cabeza cada cierto tiempo y me mira amenazante... y yo le hago un corte de mangas y sigo adelante.
Cuando hablo con otras personas de esta filosofía, me encuentro con opiniones de todo tipo. Hay quien piensa que siempre es mejor ser cauto y no lanzarse al vacío si hay riesgo de sufrir. Comprendo perfectamente esta postura, pero hace tiempo que decidí que no la quiero para mi vida. Siempre elijo vivir una experiencia deseada antes que protegerme del posible dolor que me pueda causar. No es que no calcule bien la magnitud potencial de ese dolor - es simplemente que elijo conscientemente arriesgarme a sentirlo. Supongo que se podría decir que no sólo me lanzo al vacío, sino que a veces lo hago sin paracaídas y sin red. Y creo que no hace falta decir que he sufrido las consecuencias muchísimas veces: tengo el alma llena de arañazos y cicatrices que lo demuestran. Sin embargo - contra todo pronóstico - está más viva que nunca.
No pretendo subestimar mis heridas de batalla. Me han llegado a doler hasta rozar la desesperación. Y durante ese proceso, siempre hago mil pactos conmigo misma y a Dios pongo por testigo de que nunca más me entregaré a mi pasión de la misma forma. Pero incluso mientras esos pensamientos pasan por mi cabeza, sé en el fondo de mi corazón que no son reales. Sé que nunca dejaré de entregarme a la vida con esa desmesura; si lo hiciera, dejaría de ser yo.
Siempre que pienso en mis supuestos errores del pasado, me pregunto si actuaría de la misma forma si volviera atrás, sabiendo lo que sé hoy y con mi madurez actual. Y en todos los casos, la respuesta es sí. Y es que si nuestros deseos no hacen peligrar nuestra vida o nuestra salud y no perjudican o engañan a otras personas, no podemos permitir que nuestros miedos personales nos frenen.
Tal y como escribió Eve Ensler en Los Monólogos de la Vagina, el mundo es un lugar difícil y maravilloso a la vez. Creo que merece la pena vivirlo de manera que, cuando lleguemos al final de nuestra existencia, podamos mirar atrás y no arrepentirnos de lo que no hemos llegado a hacer por miedo, pudor o prejuicio, sino de lo que hemos hecho con desgana, del presente desaprovechado y de la desidia.
Por otro lado, al apasionarnos por la vida, nuestra alegría y agradecimiento también traen claridad a nuestra mente. Para mí esto ha supuesto, entre muchas otras cosas, darme cuenta de que esos saltos al vacío pueden ser sin paracaídas, pero en realidad nunca son sin red. Siempre he tenido la fortuna de tener al menos a una persona que se ha encargado de abrir los brazos para cogerme ... y en la mayoría de las ocasiones, a más de una.
Supongo que la respuesta para cada uno de nosotros es elegir cómo queremos vivir y ser consecuentes con ello, sea cual sea nuestra decisión. Puede que mi elección no sea la más fácil, pero es la que hace latir mi alma, la que enciende mi piel y da el brillo a mi mirada. Simplemente, no sé vivir de otra manera. Tomando prestadas las palabras del gran Mario Benedetti:
Todo es adrede: los celos y el recelo, sospechas y codicias, odios en desmesura, el rencor y la pugna. La consigna es someternos, mentirnos el futuro, reconocernos nada.
Todo es adrede y por eso construyen ideologías/basura donde intentan moler las virutas de vida. De la vida. La nuestra. Ah, pero no podrán. También nosotros creamos nuestro adrede. Aposta lo gastamos. Y adrede ya sabemos cómo sobrevivir.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
MAGIA
Cuando era pequeña, solía inventarme historias de hadas y duendes. Lo hacía sobre todo para gastar bromas a mis amigas y para jugar en el patio del recreo pero, en el fondo, una parte de mí creía en ellas. Y es que cuando somos niños, los seres mágicos y los cuentos fantásticos son parte natural de nuestro ser. Pero a medida que vamos creciendo, el mundo se empeña en que nos deshagamos de ese mundo paralelo y volvamos a la realidad.
Muchas veces me he preguntado qué pasaría si no enseñáramos a los niños que su mundo imaginario es irreal. Si no les repitiéramos una y otra vez que ese ser al que ven andando por casa no es real, que los amigos invisibles con los que hablan no existen o que ese mundo al que escapan es una mera ilusión, ¿quién sabe en qué adultos se convertirían? Después de todo, ¿quiénes somos nosotros para decidir lo que es real y lo que no?
Hoy en día, si un adulto sigue creyendo en la magia, se le tacha de iluso, sentimental, loco. Pero en los tiempos que corren, se me ocurre pensar que la verdadera locura es no creer... Nuestro mundo es cada vez más cruel, más despiadado, más triste. La crisis se agrava, la pobreza aumenta y la solidaridad y la ayuda merman cada día. ¿De verdad creemos que es posible sobrevivir en este mundo sin creer - aunque sea un poquito - en el poder de la magia?
Lo que ocurre es que malentendemos el concepto de magia, de la misma forma en la que malentendemos el concepto de amor. Para los críticos feroces de nuestro mundo, el que cree en el amor - ese amor ilógico e incurable, el que nos empuja a hacer locuras y nos deja cara de tontos por tiempo indefinido - es un idiota romántico condenado al fracaso y a la decepción. El mundo se asegura cada día de convencernos un poquito más de su verdad: que ese amor no existe, que no sirve y que si no queremos sufrir debemos ser más inteligentes al respecto.
Resulta que, en este caso, no quiero ser inteligente. Quiero seguir creyendo en la magia y quiero seguir creyendo en el amor. Lo cierto es que los veo a mi alrededor todos los días. No son un invento: existen. Si dejamos de pensar en la magia como un polvo de estrellas de colores cayendo sobre nuestras cabezas, comprobaremos que siempre está allí: en la mirada de un niño, en la belleza de un paisaje o en el amor de un perro hacia su amo. ¿Por qué buscar la magia en universos paralelos cuando la tenemos justo aquí, al alcance de nuestra mano?
Del mismo modo, si dejamos de pensar en el amor como una película sentimental de Hollywood, veremos claramente que siempre está presente: en los adolescentes que lo descubren por primera vez, en los ancianos que llevan juntos cincuenta años o a veces, incluso, en una segunda oportunidad.
Durante muchos años, he intentado dejar de creer en la llegada de ese amor a mi vida y, con el tiempo, he estado a punto de conseguirlo. En los últimos tiempos, he logrado tapar esos sueños con otros inventados que siempre acaban cayendo por su propio peso. Pero como esa niña que pensaba que el patio del recreo era un aburrimiento sin sus historias mágicas, mi yo adulto se niega a condenarse a sí mismo a una vida gris sin ese amor tan buscado.
Es cierto, las estrellas de colores no aparecerán de la nada. El mundo no funciona así. Somos nosotros los que damos las pinceladas de color a nuestras vidas. Y esto solamente se logra manteniendo la fe y sabiendo que los cuentos de hadas no existen por arte de magia: los creamos nosotros con cada paso del camino.
lunes, 29 de octubre de 2012
SIN ESPERA
Odio esperar. Lo odio cuando se trata de la cola del cine y lo odio cuando se trata de llegar a mis objetivos en la vida. Además de ser tremendamente impaciente, resulta que me ha tocado vivir en la cultura de la inmediatez. Hoy en día, no sabemos esperar porque nadie nos enseña a hacerlo. Es más, el mundo parece empeñado en potenciar nuestra impaciencia.
Llevo años intentando trabajar esto en mí misma, moldearlo y mantener algo de control sobre mi mente inquieta. No es trabajo fácil, sobre todo cuando todo lo que nos rodea llama a la impaciencia: en lugar de una dieta sana, nos ofrecen fajas reductoras para parecer más delgados; en lugar de sanar de raíz una depresión o una ansiedad, nos ofrecen pastillas para silenciarlas. La comida es cada vez más rápida, el sexo más precipitado, los coches más veloces y los viajes más cortos. Todo está diseñado para no perder tiempo y nosotros, como seres humanos impacientes que somos, lo compramos todo sin dudarlo.
Lo cierto es que, en nuestra búsqueda de la satisfacción inmediata, acabamos perdiendo la alegría del viaje y la dulce anticipación de la espera. Estamos tan frustrados por no tener ya todo lo que queremos, que se nos olvida ver todo lo que nos está dando nuestro instante actual: y es que no nos damos cuenta de que la imperfección de nuestro presente incompleto es lo mejor que tenemos.
Las cosas que vivimos en nuestro día a día, el trabajo que hacemos para conseguir lo que queremos, las decisiones que tomamos y las circunstancias que nos rodean son parte de lo que somos. Sin todo esto, cada uno de nosotros sería una copia exacta de los demás... habitaríamos un mundo de seres completamente anodinos y vacíos. Cuando recurrimos a la satisfacción inmediata que nos vende nuestra sociedad, estamos evitando pensar en todo lo que aún nos queda por hacer para llegar a convertirnos en esas personas que estamos destinados a ser.
La realidad es que, si ese trabajo perfecto aún no ha llegado, si tu vida sentimental sigue sin funcionar, si te está costando más de lo que pensabas ponerte en forma, o dejar de fumar, o progresar en tu terapia, lo más probable es que sea necesario que sigas trabajando. El no darte por vencido en tu búsqueda es lo que moldeará tu vida.
Tanto nuestra individualidad como nuestro rol en el mundo que nos rodea están marcados por este trabajo de auto-realización. Si consiguiéramos todo lo que queremos de inmediato, ese camino tan delicadamente equilibrado se torcería y - aun teniendo todo lo que pensamos que necesitamos - no llegaríamos al final con éxito.
Quizás nuestra mejor baza para ese éxito - llamémoslo felicidad - sea ejercitar la paciencia y seguir trabajando, con la certeza de que, lleguemos a donde lleguemos, estaremos andando el camino que de verdad nos corresponde.
jueves, 18 de octubre de 2012
SÁCAME A PASEAR
Mi primer contacto directo con la cultura oriental fue en Vietnam, en el año 2008. Para mí, este viaje marcó un antes y un después en mi vida por varias razones, entre ellas el hecho de que visitar una tierra tan diferente a todo lo que había conocido hasta ese momento me abrió los ojos a un mundo de posibilidades. Ésta fue la razón por la cual el viajar se convirtió en algo tan importante para mí: desde entonces, aprovecho cualquier oportunidad para echarme la mochila al hombro y salir a pasear por ese inmenso paraíso lleno de matices, colores y vida que es nuestra Tierra.
Una de las cosas que más me llamó la atención de la cultura oriental (lo vi en Vietnam y, años más tarde, también en China) fue que la gente hace su vida entera en el exterior. Todo ocurre en la calle o, como poco, con las puertas abiertas de par en par. Los conceptos de privacidad y espacio personal son completamente distintos a los nuestros y están regidos por creencias y reglas completamente diferentes a las de nuestro mundo. Aunque, en un principio, esta forma de vivir puede resultar algo chocante para el visitante occidental, si abrimos nuestra mente a ello, es un concepto increíblemente liberador.
Ando dándole vueltas a la imagen de esas calles de Vietnam, donde un espejo en un árbol y una bombilla mal colgada constituyen una peluquería, donde las mujeres y los niños dormitan en tiendas de ropa abiertas de par en par y donde lo que puede ocurrir en la calle, jamás lo hace tras una puerta cerrada.
Se me ocurre pensar que ese viaje, que dio motor a mis pies para que no dejaran de pasear, aún hoy - cuatro años después - me sigue enseñando cosas. Después de todo, allí pude presenciar el concepto de sacar la vida a pasear en su más amplio sentido. ¿Qué ocurriría si siguiéramos el ejemplo de los vietnamitas y viviéramos hacia fuera cada día?
Hace un par de días, alguien me aconsejó que sacara mi sensualidad a pasear. Y pensando en ello con objetividad, me he dado cuenta de que (aunque suela pensar lo contrario) no siempre saco a relucir todo lo mejor de mí en mi día a día. Ni mi sensualidad, ni muchas otras cosas que, en ocasiones, creo no poseer. Y es que a veces son más visibles nuestros defectos que nuestras virtudes, por el simple hecho de que no siempre reconocemos nuestras virtudes por lo que son. Puede que, efectivamente, haya llegado el momento de sacar mi sensualidad a pasear todos los días, en lugar de reservarla siempre para mis fotos, para el escenario o para momentos particulares de mi vida.
Es más, se me ocurre pensar que todos podríamos convertir esto en una práctica habitual en nuestro día a día. Sigamos el ejemplo de los vietnamitas y expongamos lo mejor de nuestra vida interior. Tenemos demasiadas cosas buenas que no mostramos... como si las estuviéramos reservando para un momento especial. La realidad es que si abriéramos las puertas de nuestras vidas de par en par, lo mejor de nosotros estaría expuesto siempre... y quién sabe lo que podría significar eso para el difícil mundo en el que vivimos.
Así que invito a cada lector a que elija al menos una cosa buena para sacar a pasear cada día. Saca tu sensualidad, tu niño travieso, tu ternura, tu solidaridad. Saca tu luz, tu risa, tu empatía, tu talento. Saca lo mejor de ti y dale una buena vuelta por el mundo. Yo, por mi parte, voy a empezar por seguir el consejo que me han dado...
Y quién sabe... quizás la respuesta del mundo nos sorprenda más de lo que podríamos imaginar.
sábado, 29 de septiembre de 2012
YO DESEO, YO NECESITO...
Nunca en mi vida he buscado lo fácil. No considero que esto sea bueno ni malo, simplemente forma parte de mi carácter. Lo que sí es cierto es que buscar lo difícil produce frustración y puede doler bastante. Como en todo, debemos decidir si - a pesar de las dificultades y las frustraciones - nos compensa seguir persiguiendo nuestro objetivo o no.
Uno de los grandes lastres de nuestra sociedad es la proyección. En lugar de vivir donde estamos y como somos, estamos empeñados en habitar la ilusión del mañana. Nuestros deseos y necesidades nos colocan continuamente en un futuro inexistente en el que ya estamos amando a la persona que queremos, amamantando al bebé que buscamos o disfrutando de nuestro trabajo soñado. Mientras tanto, se nos olvida vivir todo lo que hay en el camino... y lo más importante: olvidamos hacer el trabajo que nos convertirá en la persona que tenemos que ser para llegar a nuestros objetivos.
Los budistas dicen que el camino de la felicidad es eliminar el deseo. Según ellos, si eliminamos nuestros deseos y proyecciones de futuro, eliminamos las frustraciones y aprendemos a vivir en el presente, sin necesidad de nada más que lo que tenemos en este momento. Yo no estoy completamente de acuerdo: creo que el deseo mueve el mundo. Sin deseo, no nos esforzaríamos para mejorar, ni perseguiríamos nuestros sueños; nada avanzaría ni cambiaría. Sin embargo, me pregunto si es posible abrazar la teoría budista hasta cierto punto y eliminar la proyección de esos deseos. ¿Es posible perseguir lo que queremos y, al mismo tiempo, no adelantar acontecimientos? ¿Podemos ir en busca de nuestros objetivos cada día y, a la vez, vivir contentos en el presente tal y como es, sin frustraciones ni impaciencia? Pienso que sí es posible, aunque requiere muchísima fuerza de voluntad y un trabajo personal largo y duro.
Hace unos días, me propuse llevar a cabo este trabajo. Soy de naturaleza impaciente y eso, unido al hecho de que siempre quiero lo que (en teoría) no puedo tener, me estaba llenando de rabia y de tristeza. Así que me he puesto manos a la obra para ejercitar la paciencia y la aceptación en el camino hacia mis deseos.
Este trabajo me parece especialmente importante hoy en día, en este mundo que tanto se ha complicado, en el que nuestro día a día es una continua lucha por la supervivencia y los derechos de cada uno. No puedo evitar sentir que, en la vorágine de esta lucha - del todo noble y necesaria - hay ciertos momentos en los que se pierde el norte, en los que los deseos, las creencias y las frustraciones del individuo se imponen a la lucha por un mundo mejor.
En nuestra sociedad en general - y en tiempos de crisis en particular - se ponen a prueba cada día nuestra paciencia, nuestra solidaridad y nuestra tolerancia para con los demás. El problema está en que, cuando nos concentramos completamente en nosotros mismos y perdemos la visión global de lo que está pasando, tiramos esa tolerancia por la borda. Como resultado, la comunidad se ve completamente eclipsada por el individuo: solidario, sí, pero sólo con mi causa. Tolerante y respetuoso, sí, pero sólo si piensas igual que yo.
Lamentablemente, se utiliza la libertad de expresión - ese perfecto derecho por el que tanto lucharon nuestros padres y abuelos - como escudo para escupir la ignorancia, la intolerancia y la falta de respeto sobre el vecino de al lado. Es la peor forma de hipocresía y, últimamente, se ven ejemplos de ella todos los días.
Por esta razón, todos los días doy gracias por tener a mi alrededor a personas que hacen todo lo contrario. No hay nada que me dé más vida que ver el respeto, el Amor y la fusión de mundos distintos. No hay nada más enriquecedor que la mezcla de razas, de credos, de caminos. Las personas que viven con esta mente abierta, canalizan sus deseos de la mejor manera posible. Sus deseos florecen y salen hacia fuera para convertirse en actos y en palabras... en muchas ocasiones, salen de un pincel, de una guitarra, de una voz, de un montón de arcilla o de aguja e hilo. Todas estas personas - artistas o no - plasman esa fuerza, creada por la unión de las diferencias, en este mismo mundo que parece estar volviéndose loco a su alrededor.
No sé si es una utopía pensar que esa fuerza acabará pudiendo más que la ignorancia de unos cuantos. Lo que sí sé es que es nuestra responsabilidad, para con nosotros mismos y para con nuestros hijos y nietos, hacer todo lo posible para que así sea. Me gustaría pensar que las generaciones futuras podrán ver la belleza del mundo y que tendrán la oportunidad de seguir mejorándolo cada día. Mi trabajo personal sólo es mío, pero espero que también sea un granito de arena para que la utopía se convierta en realidad.
sábado, 15 de septiembre de 2012
SUEÑOS A LA FUGA
Cuando comencé a escribir este blog, hice un trato conmigo misma: me prometí que nunca publicaría nada que no fuera verdad, ni inventaría, ni me tomaría licencias artísticas en lo que escribo. Hasta ahora, lo he cumplido a rajatabla. También me prometí que no publicaría una entrada a menos que tuviera al menos una cosa buena que decir. Después de todo, mi intención siempre ha sido compartir mis experiencias y mis sentimientos de manera constructiva y positiva; no quiero deprimir al mundo.
Debo decir que la segunda parte de mi trato es mucho más difícil de cumplir que la primera. Todos tenemos momentos bajos y, cuando los míos se alargan en el tiempo, me enfrento con largas semanas de frustrante sequía bloggera.
Ahora llevo una semana intentando sentarme delante del ordenador para escribir esta entrada... y siempre encuentro algo mejor que hacer. Este momento bajo está siendo algo más que un momento y, sin embargo, he recordado que en más de una ocasión el simple hecho de sentarme a escribir me ha ayudado a poner mis ideas en claro y a limpiarme el alma de posos oscuros. Así que aquí estoy, intentándolo.
Creo que los tiempos que estamos viviendo contribuyen mucho a la depresión, a la ansiedad, a ese sentimiento de desesperanza continua que amenaza con hacernos dejar de creer en todo y en todos. Las crisis - sean del tipo que sean - sacan lo mejor y lo peor del ser humano. Y lo peor del ser humano es negro y feo y se hace notar muchísimo... si nos descuidamos, llega a esconder todo lo bueno, que por supuesto también existe. La verdad es que - por mucho que me critiquen por ello - no pienso que el ser humano sea una especie noble y benévola. Creo que nuestra mente, nuestros deseos y nuestros objetivos han hecho de nosotros una especie egoísta, competitiva y - en ocasiones - malvada. Es una más de las cosas que nos diferencian de los animales. Ellos actúan por instinto y su mente no maquina. Simplemente viven, están, son... sin más complicaciones.
Nuestra mente, ésa que ha inventado tantas cosas maravillosas a lo largo de los siglos, ésa que crea obras de arte que nos emocionan hasta las lágrimas, ésa que tanto nos aporta y tanto nos hace disfrutar, también puede ser una gran máquina de destrucción, llena de frustraciones y de sueños rotos.
Lo cierto es que hay pocas cosas tan bonitas como soñar. Pensar en todo lo que nos gustaría tener, en las metas a las que queremos llegar, en lo que queremos hacer de nuestras vidas... si un día nos quedáramos sin sueños, dejaríamos de existir. Pero, ¿qué pasa cuando esos sueños no se cumplen? ¿Qué pasa cuando, uno a uno, los vemos escaparse, esfumarse delante de nuestros ojos y desaparecer en una fracción de segundo? La única opción que nos queda es cambiar de rumbo, elegir otro camino y llenarlo de nuevos sueños que perseguir.
Sin embargo, lo más preocupante es cuando no conseguimos encontrar ese nuevo camino; cuando nos levantamos un día y nos damos cuenta de que hemos estado viviendo día a día persiguiendo algo efímero, irreal, sin sentido, algo que ni nosotros mismos reconocemos. Y entonces, ¿qué significado tiene nuestra existencia?
Es muy duro enfrentarnos con nuestra propia irrelevancia, pensar que somos un punto diminuto e insignificante dentro del universo infinito y llegar a ser conscientes de nuestra soledad. Pero supongo que lo único que podemos hacer en esos momentos para no enloquecer por culpa de nuestra mente racional, es volver (aunque sea por unos instantes) a nuestro lado instintivo; conectar con nuestro lado animal y simplemente ser, dejar de pensar y simplemente estar. Y una vez pasada la tormenta, hay que levantarse y seguir caminando. Aprender - como nos enseñaba Borges - a plantar nuestro propio jardín y decorar nuestra propia alma, sin esperar que alguien nos traiga flores.
Hoy alguien me ha hablado de la posibilidad de reinventar lo que somos y, de inmediato, me ha venido a la cabeza la imagen del ave fénix que resurge de sus cenizas para vivir de nuevo. Quizás nuestra mejor opción sea recordar que, mientras tengamos vida, podremos resurgir cada vez que nos lo propongamos, que podemos aprender a convivir con nuestras soledades y que siempre es posible buscar nuevos caminos.
Después de todo, el mundo está lleno de ellos.
martes, 28 de agosto de 2012
LIBERTAD
Me ha costado mucho comenzar a conocerme de verdad, saber lo que quiero y vivir mi vida de acuerdo a mis propios deseos y decisiones, ignorando las opiniones, críticas y miradas del mundo exterior. Aún me queda mucho camino por delante, pero me gusta pensar que lo más duro - la introspección inicial, vencer el miedo de verme como realmente soy - ya está superado.
Lo cierto es que cuanto más me conozco, más largo parece ser el camino. Al principio, pensaba que retrocedía una y otra vez y que nunca llegaría a avanzar de verdad. Ahora me he dado cuenta de que lo que ocurre cada vez que vuelvo a estar sobre la cuerda floja, al borde del precipicio de ese pozo oscuro de mi propia psique, no es retroceso, sino un paso más entre los misteriosos recovecos de mi alma. Y el hecho es que es un camino que hay que hacer, por muy duro que sea. La alternativa es mucho peor: el conformismo, la ignorancia y el escudo de la rutina protegiéndonos de cualquier riesgo o novedad.
No estoy hecha para la rutina, así como no estoy hecha para contar calorías, ni para fingir, ni para estar callada, ni para ser discreta, ni para conformarme con menos de lo que quiero y merezco. Hace poco tomé la decisión de cortar mis ataduras emocionales, barrer los miedos y ser completamente libre. Cuando tomé la decisión, pensé que el mundo sería un lugar mejor si todo el mundo hiciera lo mismo: dar rienda suelta a nuestros sueños y a nuestros deseos, liberarnos de los prejuicios, romper a mazazos con la envidia, los celos y las odiosas comparaciones, vivir para uno mismo y - de esta manera - ser mejor para el mundo y para los demás.
Esta imagen tan maravillosa tiene un gran fallo: el mundo no quiere ser libre. Interfieren el ego, la avaricia, la culpa y, sobre todo, el miedo.
Chavela Vargas dijo:
No hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.
De pronto comprendí cuánta razón tenía esta mujer que cantó la soledad como nadie. Si la persona que tenemos delante es completamente libre, no tenemos control sobre ella, ni sobre lo que sentimos por ella, ni sobre lo que ella siente por nosotros. Puede echar a volar en cualquier momento, gritar porque le da la gana, decir lo primero que se le viene a la cabeza, hacer lo que le apetece... y no pedirá perdón por ninguna de estas cosas. ¿Y en qué posición nos deja eso? Nunca lo podremos saber con seguridad: de ahí viene nuestro miedo.
Así que tuve que replantearme las cosas una vez más. Al fin y al cabo, todo en la vida es una elección que implica, necesariamente, también una renuncia. Yo podía tomar el camino más fácil y volver a mi antiguo ser, con la seguridad - y las frustraciones - que eso implicaría. O podía mantener mi libertad recién encontrada y aceptar la soledad que viene de su mano.
He escogido ser libre. Porque me siento mucho más viva desde que lo soy. Porque creo que es la mejor manera de aprovechar mi vida. Porque no tengo miedo. Y porque creo que las cosas buenas son del que las trabaja.
A una parte de mí, por supuesto, le gustaría descubrir un día que Chavela se equivocaba... y que vencer la soledad acabará siendo una parte - inesperada y espectacular - de este gran canto a mi libertad.
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