Ayer se cumplieron cuarenta días desde la muerte de mi padre. En Irán, siguiendo las tradiciones del rito musulmán, los cuarenta días se celebran yendo al cementerio y llevando flores, dátiles y halva... También se reparte comida entre los pobres o se da dinero a alguna organización de caridad. Lo cierto es que yo no había vuelto al cementerio desde el día en el que esparcimos las cenizas. No me he sentido preparada para hacerlo y, por otro lado, no me parece necesario visitar el cementerio para estar con mi padre. Por lo que a mí respecta, él no está allí desde que abandonó su cuerpo físico. En realidad, yo le sigo sintiendo a mi lado en cada momento, me acompaña allá donde voy. Le siento envolviéndome como un escudo de protección que casi puedo palpar.
Al levantarme ayer sabiendo que tocaba ir al cementerio, sentí angustia. Y es que el acto de visitar a nuestros muertos también lo vivimos como algo triste, entramos en el cementerio con solemnidad, serios, nos quedamos en silencio y después lloramos desconsolados delante de una tumba o de unas cenizas. Pensando en ello ayer, me di cuenta de que esta práctica, en realidad, no tiene ningún sentido. Comprendo que es uno de tantos rituales que hemos creado y que el ser humano necesita en ciertos momentos de la vida. Pero quizás habría que perder el miedo a crear nuevos rituales, a personalizarlos, a vivirlos como nos dicte nuestro corazón y no como se supone que debemos hacerlo. Mi padre no era una persona triste. Su vida tampoco lo fue. Ni nuestra relación. Por lo tanto, no creo que deba recordarle con lágrimas amargas de tristeza.
Ayer me planteé no ir al cementerio, pero finalmente decidí honrar la tradición. Sin embargo, lo hice a mi manera. Cuando llegué al sitio donde están esparcidas sus cenizas, no abrí el camino a la tristeza de haberle perdido. En lugar de eso, recreé en mi mente recuerdos felices de él: momentos en los que reía su risa contagiosa, momentos en los que cantaba, bailaba, hacía el payaso, momentos felices o importantes de la vida que compartimos... Y en lugar de llorar, sonreí.
Facundo Cabral decía que en la vida no perdemos nada, porque todo nos fue dado. También decía que no perdemos a nadie, porque el que muere solamente se nos adelanta, ya que por ese mismo camino vamos todos. En este tiempo he estado pensando en este concepto de pérdida de un ser querido y, aunque la sensación es totalmente natural e inevitable, creo que estoy de acuerdo con la opinión de Cabral. Por muy triste o angustioso que sea el vacío que deja esa persona, no debemos olvidar que la muerte es una parte más de la vida. Y creo que merece la pena intentar mirar las cosas desde otra perspectiva y decidir vivir celebrando la maravillosa existencia de quien ya no está físicamente con nosotros. Nada va a hacer desaparecer ese vacío, pero nosotros tenemos el poder de decidir cómo vivimos con ello.
El escudo de protección que siento a mi alrededor desde que mi padre murió es la energía de su Amor. Y eso es lo único que sobrevive a todos y a todo, lo que nunca desaparece, lo que prevalece sobre los agobios, prejuicios y angustias de nuestra mente, lo único que queda cuando lo físico y lo material ya no están. Todo lo demás es prestado, pasajero.
Si conseguimos recordar la esencia de lo que realmente importa, todo lo que vivimos tiene sentido.
miércoles, 31 de julio de 2013
martes, 16 de julio de 2013
PIEDRAS EN EL CAMINO
La muerte de un ser querido nos cambia. Como ocurre con cualquier acontecimiento importante, experimentar la muerte tan de cerca mueve muchas cosas en nuestro interior. Me ha sorprendido descubrir que nos puede hacer mucho más fuertes, más sensibles, más empáticos, más humanos. También puede hacer que demos más valor a nuestra existencia, que la cuidemos y disfrutemos más. Sin embargo, lo cierto es que el ser humano (sobre todo en occidente) tiene una relación bastante malsana con la muerte. No la solemos aceptar como lo que es: una parte natural de la vida, una transición exactamente igual a la de nacer. El despojarnos de este traje que es nuestra forma física se convierte por lo tanto en una gran tragedia de nuestra existencia. Tanto es así, que algunos viven el resto de sus vidas enganchados por completo al vacío que ha dejado la persona que se ha marchado.
El dolor, la tristeza y la nostalgia que acompañan a la pérdida pueden venir de la mano de muchas - y muy turbulentas - sensaciones: miedo, descontrol, obsesiones, hipocondria. Así como todo lo mejor de nosotros puede salir a la luz en estas difíciles situaciones, lo peor también está allí, acechando, esperando para mostrar su feo rostro y para apoderarse de nosotros en cuanto bajemos la guardia. Es muy fácil caer en la trampa. Nuestras defensas (tanto físicas como emocionales) están bajo mínimos y nos sentimos débiles (aunque no lo seamos). Entonces empiezan a atormentarnos decenas de pensamientos que se suceden en nuestra mente como imágenes de una película: el mundo es un lugar cruel y lleno de peligros, todo lo que tenemos puede ser destruido en cualquier momento, nuestra salud de hoy no garantiza la de mañana y quién sabe qué será de todos nuestros sueños, planes e ilusiones dentro de un año... la muerte amenaza con quitarnos todo lo que nos importa en cualquier momento.
Lo curioso de todo esto es que es la realidad. Es totalmente cierto que no sabemos lo que nos va a ocurrir mañana. Siempre he dicho que ésta es una verdad de la que debemos ser conscientes, siempre, no sólo cuando nos enfrentamos con la muerte de cerca. Lo importante es tenerla presente en todo momento y vivir nuestra vida hoy, porque el mañana no es una garantía. Nada lo es. Lo único que tenemos es el ahora.
Pero en las últimas semanas me he dado cuenta de que, aunque vivamos de esta manera (yo siempre intento hacerlo), jamás somos tan perfectamente conscientes de ello como cuando nos encontramos con la muerte de verdad. Y es que experimentar la muerte de quienes amamos hace que nos enfrentemos también a nuestra propia mortalidad. Sin distracciones. Sin pretextos. De pronto la tenemos aquí, ante nosotros, tan clara, tan cercana y tan irremediable que nos asusta.
¿Y qué hacer con esta realidad? ¿Protegernos al máximo, preocuparnos hasta la saciedad por nuestras posibles enfermedades, accidentes y demás tragedias? O por el contrario, ¿vivir deprisa, sin pararnos a pensar, como si no hubiera un mañana? Lo que me ha quedado totalmente claro en estas semanas es que la vida tiene su propio plan, que hay cosas en las que uno - simplemente - no puede burlar al destino, que lo que tenga que pasar, pasará, y no será ni un momento antes ni un momento después de cuando toca. Tan sencillo como eso. ¿Y cuál es nuestro trabajo? Pues vivir. Cuidarnos, por supuesto. Disfrutar, sin duda. Pero sobre todo, tener claro lo que merece la pena, los sentimientos que hay que cuidar, las sensaciones que hay que controlar, las acciones que hay que tomar y cuándo debemos olvidarnos de todo eso, dejarnos ir y dejar a la vida hacer.
Quien dijo que no somos lo que nos pasa, sino lo que sentimos y hacemos con lo que nos pasa, sabía de lo que hablaba. Y lo que he aprendido es que siempre, siempre, hay una opción mejor que quedarnos quietos y dejarnos vencer. SIEMPRE. Hay que seguir caminando, aunque vayamos más lentos, aunque parezca que no avanzamos, aunque el camino sea duro y gris, aunque esté lleno de piedras que dificultan nuestro trayecto. Mientras no nos paremos, llegará un día en el que, contra todo pronóstico, nuestro corazón comenzará a latir como antes y volveremos a sentirnos bien.
Como dijo Fernando Pessoa: ¿Piedras en el camino? Las guardo todas... algún día construiré un castillo.
El dolor, la tristeza y la nostalgia que acompañan a la pérdida pueden venir de la mano de muchas - y muy turbulentas - sensaciones: miedo, descontrol, obsesiones, hipocondria. Así como todo lo mejor de nosotros puede salir a la luz en estas difíciles situaciones, lo peor también está allí, acechando, esperando para mostrar su feo rostro y para apoderarse de nosotros en cuanto bajemos la guardia. Es muy fácil caer en la trampa. Nuestras defensas (tanto físicas como emocionales) están bajo mínimos y nos sentimos débiles (aunque no lo seamos). Entonces empiezan a atormentarnos decenas de pensamientos que se suceden en nuestra mente como imágenes de una película: el mundo es un lugar cruel y lleno de peligros, todo lo que tenemos puede ser destruido en cualquier momento, nuestra salud de hoy no garantiza la de mañana y quién sabe qué será de todos nuestros sueños, planes e ilusiones dentro de un año... la muerte amenaza con quitarnos todo lo que nos importa en cualquier momento.
Lo curioso de todo esto es que es la realidad. Es totalmente cierto que no sabemos lo que nos va a ocurrir mañana. Siempre he dicho que ésta es una verdad de la que debemos ser conscientes, siempre, no sólo cuando nos enfrentamos con la muerte de cerca. Lo importante es tenerla presente en todo momento y vivir nuestra vida hoy, porque el mañana no es una garantía. Nada lo es. Lo único que tenemos es el ahora.
Pero en las últimas semanas me he dado cuenta de que, aunque vivamos de esta manera (yo siempre intento hacerlo), jamás somos tan perfectamente conscientes de ello como cuando nos encontramos con la muerte de verdad. Y es que experimentar la muerte de quienes amamos hace que nos enfrentemos también a nuestra propia mortalidad. Sin distracciones. Sin pretextos. De pronto la tenemos aquí, ante nosotros, tan clara, tan cercana y tan irremediable que nos asusta.
¿Y qué hacer con esta realidad? ¿Protegernos al máximo, preocuparnos hasta la saciedad por nuestras posibles enfermedades, accidentes y demás tragedias? O por el contrario, ¿vivir deprisa, sin pararnos a pensar, como si no hubiera un mañana? Lo que me ha quedado totalmente claro en estas semanas es que la vida tiene su propio plan, que hay cosas en las que uno - simplemente - no puede burlar al destino, que lo que tenga que pasar, pasará, y no será ni un momento antes ni un momento después de cuando toca. Tan sencillo como eso. ¿Y cuál es nuestro trabajo? Pues vivir. Cuidarnos, por supuesto. Disfrutar, sin duda. Pero sobre todo, tener claro lo que merece la pena, los sentimientos que hay que cuidar, las sensaciones que hay que controlar, las acciones que hay que tomar y cuándo debemos olvidarnos de todo eso, dejarnos ir y dejar a la vida hacer.
Quien dijo que no somos lo que nos pasa, sino lo que sentimos y hacemos con lo que nos pasa, sabía de lo que hablaba. Y lo que he aprendido es que siempre, siempre, hay una opción mejor que quedarnos quietos y dejarnos vencer. SIEMPRE. Hay que seguir caminando, aunque vayamos más lentos, aunque parezca que no avanzamos, aunque el camino sea duro y gris, aunque esté lleno de piedras que dificultan nuestro trayecto. Mientras no nos paremos, llegará un día en el que, contra todo pronóstico, nuestro corazón comenzará a latir como antes y volveremos a sentirnos bien.
Como dijo Fernando Pessoa: ¿Piedras en el camino? Las guardo todas... algún día construiré un castillo.
lunes, 24 de junio de 2013
LLENO DE SU ALMA
Me ha costado decidirme a escribir esta entrada. Creo que, de no haberlo hecho, éste sería el primer mes desde que comencé a escribir este blog en el que no habría nada escrito... pero lo cierto es que, desde que a mi padre le diagnosticaron un tumor cerebral hace un mes, me propuse no permitir que su enfermedad y sus posibles consecuencias fueran un motivo para el vacío, para la apatía, para la nada. Me propuse mantener la vida rodando, aunque fuera más lenta, aunque doliera más. Por eso, he decidido no dejar este mes sin entrada, sino utilizarla para rendir homenaje a ese hombre que me lo dio todo y que vivió y murió con valentía, con fuerza, con determinación y con clase.
Creo que en este caso sobran las palabras. Cualquier persona que conozca a mi familia o lea este blog de vez en cuando sabe la clase de hombre que era mi padre y la relación que yo tenía con él. No hay mucho más que decir: fue el hombre de mi vida, mi modelo a seguir, mi héroe, mi mejor amigo. En estos días que han seguido a su muerte, las llamadas, los comentarios y los mensajes que recibimos hablan de las mismas cosas: de su fortaleza, de su sabiduría, de su bondad... y del Amor que siempre se ha palpado, incluso desde fuera, en nuestra familia.
Quizás por eso siento que sigue conmigo: porque al Amor no lo destruye ni la muerte. Por eso le siento a mi alrededor en cada momento y tengo el corazón lleno de su alma.
La vida es impredecible e injusta. Y no tenemos armas para evitar que lo sea. Para lo que sí las tenemos es para lidiar con lo que nos pasa, para decidir cómo vivimos. En el mes transcurrido desde el diagnóstico de mi padre hasta su muerte, la vida nos lanzó miedos, tristeza, frustración, enfado. Nosotros tuvimos que digerirlo todo, pero nos aseguramos de añadirle risas, valentía, cariño, determinación.
Y lo que toca ahora - ahora que todo ha cambiado para siempre, ahora que sé que nunca volveré a ser exactamente la que era - es seguir pintando la vida con todo lo bueno que tenemos y honrar a los que están en el otro lado cuidando su legado. Mi padre me enseñó a echar ganas a la existencia, a levantarme tras cada golpe. Mi alegría era su felicidad. Él me dio la vida. Lo mínimo que puedo hacer - tal y como le prometí antes de su muerte - es asegurarme de seguir viviéndola, escapar del mero hecho de respirar y seguir llenando mi existencia de luz, de fuerza y de Amor. Porque sé que, durante el resto de mi vida, con cada una de mis pequeñas y grandes alegrías, veré delante de mí, con total claridad, su inimitable sonrisa.
Creo que en este caso sobran las palabras. Cualquier persona que conozca a mi familia o lea este blog de vez en cuando sabe la clase de hombre que era mi padre y la relación que yo tenía con él. No hay mucho más que decir: fue el hombre de mi vida, mi modelo a seguir, mi héroe, mi mejor amigo. En estos días que han seguido a su muerte, las llamadas, los comentarios y los mensajes que recibimos hablan de las mismas cosas: de su fortaleza, de su sabiduría, de su bondad... y del Amor que siempre se ha palpado, incluso desde fuera, en nuestra familia.
Quizás por eso siento que sigue conmigo: porque al Amor no lo destruye ni la muerte. Por eso le siento a mi alrededor en cada momento y tengo el corazón lleno de su alma.
La vida es impredecible e injusta. Y no tenemos armas para evitar que lo sea. Para lo que sí las tenemos es para lidiar con lo que nos pasa, para decidir cómo vivimos. En el mes transcurrido desde el diagnóstico de mi padre hasta su muerte, la vida nos lanzó miedos, tristeza, frustración, enfado. Nosotros tuvimos que digerirlo todo, pero nos aseguramos de añadirle risas, valentía, cariño, determinación.
Y lo que toca ahora - ahora que todo ha cambiado para siempre, ahora que sé que nunca volveré a ser exactamente la que era - es seguir pintando la vida con todo lo bueno que tenemos y honrar a los que están en el otro lado cuidando su legado. Mi padre me enseñó a echar ganas a la existencia, a levantarme tras cada golpe. Mi alegría era su felicidad. Él me dio la vida. Lo mínimo que puedo hacer - tal y como le prometí antes de su muerte - es asegurarme de seguir viviéndola, escapar del mero hecho de respirar y seguir llenando mi existencia de luz, de fuerza y de Amor. Porque sé que, durante el resto de mi vida, con cada una de mis pequeñas y grandes alegrías, veré delante de mí, con total claridad, su inimitable sonrisa.
jueves, 30 de mayo de 2013
CUANDO REALMENTE IMPORTA

Siempre he opinado que la vida es maravillosa. Que con todas sus dificultades, sus baches en el camino y sus contratiempos, sigue siendo un gran regalo que no puede ser desperdiciado. En más de una ocasión me he preguntado si habría algo que me haría cambiar de opinión, si pensaría de manera diferente si mis circunstancias se torcieran más allá de lo que nunca me atrevo a imaginar. Supongo que ninguno de nosotros puede saber la respuesta a esto hasta que se encuentra en la situación, ante esas circunstancias temidas, frente a esa mala noticia, lidiando con un sufrimiento mayor a cualquiera que hayamos podido sentir hasta ese momento.
Sé que hay quien piensa que tengo una noción idealizada de la vida, que no veo el lado negro de nuestra existencia, que vivo en un estado permanente de irrealista ingenuidad. Es cierto que soy una persona optimista y que, gracias al esfuerzo de mis padres y al mío propio (y a unas circunstancias generalmente afortunadas) he tenido una vida bastante libre de desgracias y de dolor, relativamente fácil y cómoda. Sin embargo, no soy ingenua. Soy consciente de que la vida puede ser cruel, despiadada, tremendamente dolorosa. Sé que es imposible vivir una vida completa sin encontrarnos con circunstancias difíciles. Y la verdad es que, cuando esas circunstancias llegan, es cuando cada persona llega a entender la realidad de su propio carácter, de su fortaleza y de su capacidad de superación.
En las circunstancias complicadas sale a la luz lo mejor y lo peor de nosotros. Y es en este tipo de circunstancias cuando realmente podemos comprobar cuál es nuestra visión de la vida, lo que nos parece importante y cómo nos enfrentamos a lo que nos ocurre. Me hace muy feliz poder decir que, incluso en el remolino del dolor y la preocupación, he podido comprobar que lo que siempre me ha parecido real, lo que siempre me ha resultado importante, sigue estando allí, demostrándome que es lo que realmente cuenta. He podido comprobar cómo se sacan fuerzas de donde creemos que no las hay. He visto cómo la verdadera amistad pasa de promesas hipotéticas a manos reales que están tendidas incluso antes de que tengamos la oportunidad de pedir ayuda. He sentido cómo - tal y como siempre he pensado - más allá del dolor y las lágrimas, del miedo y la frustración, más allá de todo lo bueno y lo malo que podemos estar viviendo, está el Amor.
Suelo utilizar los términos Amor, Dios y Vida de manera prácticamente idéntica, porque pienso que son maneras distintas de hablar de lo mismo. Ahora sé que no me equivoco y tengo claro que, pase lo que pase y nos lleve a donde nos lleve nuestra existencia, al final, envolviéndolo todo, estará ese Amor. No importa que no comprendamos, no importa que nos equivoquemos, que tropecemos y caigamos... el verdadero significado de todo está mucho más allá de todo eso.
Es fácil practicar nuestra espiritualidad cuando todo va bien. Es fácil ser agradecidos y ver lo mejor de la vida cuando no nos pasa nada realmente grave. Lo difícil es hacer todo eso cuando las cosas van mal. Es entonces cuando realmente importa. Es entonces cuando hay que levantar la cabeza, adquirir perspectiva, mantener el sentido del humor y la confianza en que todo estará como tiene que estar, porque la vida siempre encuentra la manera de saber muchísimo más que nosotros.
Por otro lado, de las circunstancias adversas también nacen maravillas: nuevas maneras de ver las cosas, ideas, decisiones y nuevos retos que nunca nos habíamos planteado. Merece la pena hacerles caso, no hundirnos bajo el peso de la preocupación, seguir adelante con todas nuestras esperanzas y mantener la fe en que la vida ayudará a que se cumplan todas y cada una de ellas.
martes, 14 de mayo de 2013
MAGNOLIAS EN FLOR

La semana pasada se estrenó la obra que he estado dirigiendo durante los últimos tres meses: Magnolias de Acero. Se representó en inglés, producida por The Madrid Players (www.madridplayers.org). Es difícil para mí expresar por escrito la magnitud de todo lo que ha significado esta experiencia para mí. Sigo sorprendiéndome, una y otra vez, de la increíble fuerza que tiene el teatro en mi vida, de lo que me enseña en cada proyecto, de lo que me dice de mí y de los demás. Lo que ocurre sobre un escenario es, supuestamente, una representación ficticia de la vida. Sin embargo, con cada producción, me doy cuenta de que el teatro trasciende mucho más allá de eso.
Magnolias de Acero es una historia sobre la vida, el Amor y la fuerza. La magnolia es una flor que representa la belleza y la perseverancia, la fortaleza frente a las circunstancias adversas. Por ello, no es sorprendente que Robert Harling, el autor de esta obra, la haya utilizado como símbolo de las seis increíbles mujeres que protagonizan la historia. En esta producción, más que nunca, he observado cómo todas las emociones, los rasgos de carácter y las circunstancias vitales saltaban de los ensayos y las funciones a la vida real de manera realmente sorprendente.
Durante los cuatro días de representación de esta obra, he repetido una y otra vez que éste es, sin duda, el mejor proyecto en el que he trabajado en toda mi vida teatral. Esto es realmente significativo, teniendo en cuenta que llevo en el mundillo desde los trece años. Y es que esta experiencia ha superado absolutamente todas mis expectativas, en todos los sentidos.
Uno de mis mayores objetivos cuando comencé esta andanza, era el de conseguir dar la oportunidad de que la gente mostrara todo su talento. Esto no siempre es posible en el mundo del teatro y estoy cansada de ver cómo gente realmente brillante permanece en una semi-oscuridad permanente, esperando eternamente una oportunidad para florecer. Por eso, intenté desde el principio que el proyecto estuviera vivo, que nuestras puertas estuvieran abiertas a añadir todo el talento creativo que fuera posible, intenté que tanto yo misma como todos mis colaboradores saliéramos de nuestras zonas de confort, que buscáramos más allá de lo obvio, y traté por todos los medios de no caer en ningún estereotipo ni idea preconcebida.
Creo que una de las grandes diferencias entre este proyecto y los anteriores en los que he trabajado, es que me recordé a mí misma una y otra vez que mi mejor baza era dejarme guiar por el corazón y por el instinto y dejar de lado el cerebro (hasta cierto punto) y el ego (por completo). Creo que ésta fue la llave que abrió todas nuestras puertas, la que hizo que este proyecto no sólo fuera un éxito tan rotundo, sino que fluyera con total facilidad. Casi sin quererlo, conseguimos que no hubiera cabida para los malos rollos, los enfados o la indignación y llenamos el proceso de risas, de alegría, de superación personal, de creatividad y de vida.



Como suele decir mi amiga Eva, la suerte no existe. Pienso que lo único que existe es el trabajo, el Amor por lo que hacemos, el cuidado de las relaciones personales... Todo eso es lo que hace que las cosas funcionen. Por eso, no voy a decir que he tenido suerte de vivir lo que he vivido estos meses: voy a decir que las personas que me han rodeado son de las más perseverantes, talentosas y valientes con las que he trabajado. Me han enseñado muchísimo más de lo que podría imaginar. Tanto el elenco, como el equipo de producción, como todas esas personas que han estado apoyándonos desde fuera, incondicionalmente, de principio a fin, han llenado esta experiencia con todo lo mejor de sí mismos. Entre todos, hemos conseguido que todas y cada una de las personas que han participado en este proyecto hayan brillado por encima de circunstancias personales durísimas y superado todas y cada una de las barreras del proceso creativo para convertirse - verdaderamente - en magnolias en flor, abriéndose lentamente y mostrando, orgullosas, toda su belleza. Como resultado de todo lo que se ha construido durante estos tres meses - tanto sobre el escenario como fuera de él - esas seis preciosas magnolias nos han mostrado en cada función lo que es la verdadera magia. Y tan sólo puedo decir: GRACIAS.
miércoles, 24 de abril de 2013
UN MAL DÍA

Es evidente que no todos los días pueden ser buenos. Todos tenemos días tristes, días difíciles, días mejorables. La tendencia social es obviarlos, colocarnos una falsa sonrisa en la cara y estar bien en todo momento. Aunque nos guste pensar lo contrario, no solemos ser excesivamente empáticos con el dolor ajeno: nos incomoda convivir con la tristeza, con la miseria, con el malestar. Todos hemos comprobado que es posible estar totalmente rodeados de gente cuando estamos contentos y pasándolo bien y hemos visto cómo todos (a excepción de esos amigos verdaderos que se pueden contar fácilmente con los dedos de una mano) desaparecen misteriosamente y con una rapidez de vértigo cuando estamos mal. Está claro que nuestra sociedad no es amable y eso es algo a lo que debemos adaptarnos si no queremos morir en el intento.
El verdadero reto llega cuando lo que tenemos no es un mal día, sino una mala semana, que se convierte en un mal mes, que a su vez se convierte en un mal año. Comenzamos a sentir los primeros síntomas de desesperación, estamos muy solos y no conseguimos ver la luz al final del túnel. Y ese mal día se convierte en un gran pozo negro del que parece imposible salir. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo lidiar con algo que amenaza con sobrepasar todos nuestros límites?

El problema es que, cuando algo parece no tener respuesta, nos empeñamos en darle vueltas y más vueltas para conseguir llegar a esa utópica meta que lo resolverá todo. Pero la realidad es que, en ocasiones, lo mejor que podemos hacer es dejarlo estar. Parar el remolino de nuestros pensamientos, dejar descansar la mente y alimentar el espíritu con otras cosas durante un tiempo... A veces, ésta es la única manera de que la respuesta se deje caer delante de nosotros, de manera totalmente natural. Como dice aquella canción de Donnie McClurkin: cuando ya has hecho todo lo que puedes, simplemente párate (*).
Supongo que no es necesario que diga que esto es mucho más fácil de decir que de hacer. Nos resulta insoportable no poder arreglar lo que está roto, no poder detener nuestro propio dolor o el de las personas que queremos, no poder curar la enfermedad de nuestro hijo, ni evitar el hecho de que algún día perderemos a nuestros padres, no ser capaces de encontrar lo que buscamos o de alejarnos de lo que nos hace daño.

Ojalá tuviéramos todas las respuestas, pero lo cierto es que nadie las tiene. No nos gusta pensar que nuestra vida es incierta y aleatoria: de ahí viene nuestra necesidad de tener fe, de creer en algo más grande que nosotros, de pensar que hay un ente omnipotente que siempre acabará viniendo a socorrernos. Yo creo que tener fe es bueno y, además, necesario. Pero también pienso que no debemos olvidar que hay cosas que jamás conseguiremos entender, injusticias inexplicables y penas tan grandes que nos resultan totalmente incomprensibles. Y en esos casos, lo mejor que podemos hacer es dejar de buscar todas las respuestas, simplemente pararnos, calmar nuestra alma y seguir adelante con nuestra vida.
A veces, la único que necesitamos saber es que nuestra mejor opción es continuar nuestro camino, hacer cosas que amamos, compartir nuestro tiempo con la gente que queremos e intentar ser, en cada uno de los momentos de nuestra vida, la mejor versión posible de nosotros mismos.

(*) Donnie McClurkin - "Stand"
domingo, 31 de marzo de 2013
DOLCE FAR NIENTE...

Dicen que es fácil acostumbrarse a lo bueno. Por eso las vacaciones se hacen cortas, los ratos buenos se pasan volando y, siempre que estamos a gusto en una situación, desearíamos prolongarla hasta el infinito. Por otro lado, y dependiendo de las circunstancias, a veces también es muy fácil perderse en la vorágine del día a día, en el estrés del trabajo y las responsabilidades... Y es que las responsabilidades, entre otras cosas, tienen la terrible manía de multiplicarse espontáneamente: cuantas más aceptas, más aparecen. Por eso, si eres una persona activa, es muy probable que acabes llenando tus días de tal manera que no te quede tiempo para parar, descansar y disfrutar un poco del estupendo arte del dolce far niente.
Personalmente, pienso que la vida es cruelmente corta si tenemos en cuenta todo lo interesante, divertido y fascinante que nos ofrece para hacer... ¿cómo se supone que debemos encontrar el tiempo para hacer todo lo que queremos? ¿Cómo hacer para no perdernos nada por el camino? El hecho es que cuanto más vivo, más me planteo esta pregunta y, cuanto más experimento la vida, más deseo vivirla al máximo. Es como si me encontrara en una noria que no deja de girar y que, además, gira más y más rápido en directa proporción a la cantidad de cosas que añado a mi existencia. Es una sensación tremendamente emocionante, pero también abrumadora y - en ocasiones - bastante agotadora.
Entonces, ¿cómo saber cuándo debemos parar? ¿Cuándo merece la pena dejar de hacer, para poder tener la oportunidad de contemplar? Me he hecho esta pregunta durante esta Semana Santa. Tenía la semana libre (al menos en lo que se refiere a lo laboral) así que decidí pasar unos días con mis padres en su casa de la sierra. Me sorprendió lo mucho que me costó cortar el hilo del trabajo, las actividades y demás responsabilidades de mi vida diaria. Me pasé dos días corriendo de un lado a otro como una loca para dejar cosas hechas antes de marcharme y, una vez que subí al coche con mi perrita Julieta, subieron con nosotras mis dos móviles, mi portátil, una cantidad ridícula de cargadores, dos cuadernos de notas y el guión de la obra de teatro que estoy dirigiendo. Estaba claro que mi prioridad para la semana no era precisamente descansar.

El caso es que a veces no nos damos cuenta de lo cansados que estamos hasta que algo nos obliga a parar. Entonces nuestro cuerpo reacciona y nos hace ver que realmente necesitábamos ese alto en el camino... Yo amo de verdad todas las cosas que ocupan mi vida. Todo lo que está aquí, lo está porque yo así lo he elegido y no cambiaría ni eliminaría ninguna de las actividades a las que me dedico. Por eso, no me siento agotada, frustrada ni harta en ningún momento, ni siquiera cuando llego a casa a medianoche, tras un día entero sin parar y sabiendo que mañana debo levantarme a las siete en punto para empezar de nuevo. Ni siquiera cuando mis fines de semana desaparecen en un remolino de madrugones continuos y actividades que se alargan durante horas.

Habiendo dicho esto, admito que saber parar y permitirme un descanso nunca ha sido mi punto fuerte. Por eso, creo que tuve suerte cuando, durante el primer día que pasé en casa de mis padres, mi conexión a internet decidió dejar de funcionar repentinamente. Llevaba unas dos horas y media al teléfono con el servicio técnico de Vodafone cuando me di cuenta de lo ridícula que era la situación: estaba en la sierra, hacía un tiempo estupendo, no había pasado tiempo de calidad con mis padres desde hacía meses y los paseos con Julieta se habían ido volviendo cada vez más y más cortos por las prisas del día a día. Entonces entendí que podía utilizar ese fallo técnico como una llamada de atención, una oportunidad para parar, revaluar y hacer las cosas de forma diferente.
Colgué el teléfono, cerré el portátil y me senté en el salón a charlar con mis padres. En los días que siguieron, me dediqué a dar larguísimos paseos con Julieta, a comer bien, a dormir mucho y a disfrutar - por una vez - de no hacer absolutamente nada. No es algo que pueda ni quiera hacer siempre, pero mi cuerpo y mi mente lo necesitaban (las doce horas que dormía cada día fueron buena prueba de ello) y tanto yo misma como todos a mi alrededor - incluída Julieta - lo agradecimos.

Ahora estoy de vuelta en Madrid, es Domingo y mañana hay que volver a la vida real. Y me apetece hacerlo. Pero estoy intentando dejar que un poquito de dolce far niente se cuele en los pequeños espacios de tiempo que me permiten mis ajetreados días. Y es que hay ocasiones en las que lo más fascinante y placentero que nos ofrece la vida es el hecho de parar, mirar alrededor y simplemente contemplar - durante un rato - nuestra milagrosa existencia.
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