martes, 24 de febrero de 2015

TERREMOTO


Hoy, Madrid ha temblado. Ha sido muy leve y ha durado sólo unos segundos pero el caso es que el suelo se ha movido bajo nuestros pies. El epicentro fue en Albacete y ocurrió algo después de las cinco de la tarde. Yo estaba en la oficina, pasando un día francamente mejorable. Un día que comencé con energía, contenta tras un fin de semana de lo más productivo y con ganas de comerme el mundo... pero que se convirtió rápidamente en una jornada mas bien rara, llena de percances, problemas tecnológicos, cantidades de trabajo fuera de lo razonable y noticias que, sin ser graves, me han dejado con una sensación de desasiego y descontrol que no he podido quitarme de encima aún. 

Cuando volvía a casa en el metro iba pensando en esos 5,4 puntos en la escala de Richter. Me imaginaba lo que podría haber sucedido si el terremoto hubiese sido más fuerte, más cerca, si hubiese sucedido mientras estaba en el metro o debajo de un andamio o sobre un asfalto que se podía haber abierto bajo mis pies en menos de un momento. Es mucho imaginar, lo sé. Pero el viaje en metro es aburrido... y yo había tenido un día raro.

El caso es que los pequeños y grandes terremotos de nuestra vida ocurren continuamente, cuando menos los esperamos y sin avisar. Y casi nunca estamos preparados para afrontarlos. Aunque se nos olvide continuamente, un día de lo más normal puede acabar siendo lo mejor que nos ha pasado nunca y, de la misma forma, el mejor día de nuestra vida se puede convertir en una auténtica pesadilla.

Cuando miramos hacia atrás y recordamos nuestros peores días, siempre creemos que si pudiéramos volver a esos momentos y hacernos con una bola de cristal que nos dijera cómo iba a temblar nuestro mundo, hasta qué punto los cimientos de lo que creíamos verdadero e inamovible quedarían destrozados en pocos segundos, elegiríamos no levantarnos de la cama. Simplemente, pasaríamos de ese día de mierda y esperaríamos al siguiente.


Pero la verdad es que no podemos escapar de las inclemencias del destino: ni de las meteorológicas, ni de las geológicas, ni de las físicas, ni de las emocionales. No podemos. Lo único que conseguiríamos quedándonos en la cama sería perdernos todo lo bueno que viene de la mano de esas inclemencias. Nos libraríamos de las risas, del cariño, de los abrazos, de las lágrimas, de todo lo maravilloso que acompaña a todo lo terrible de nuestra existencia... y lo peor es que el temblor no pasaría de largo. Lo sentiríamos igualmente y acabaríamos sufriendo de todas maneras... sólo que lo haríamos en vacío.  

Así que se me ocurre que lo mejor que podemos hacer es dejarnos llevar por los pequeños y grandes terremotos que nos sacuden... sacar lo mejor de cada uno, aprender a protegernos algo más para el siguiente y seguir viviendo. 

Puede que los temblores más fuertes acaben haciéndonos caer... pero eso nunca importa. Porque con algo de valor y un poco de fuerza, siempre hay tiempo para volver a ponernos en pie. 

Y eso, siempre importa.


sábado, 31 de enero de 2015

ESTA ALMA QUE RÍE Y GRITA


El corazón tiene razones que la razón desconoce. Lo escribió Blaise Pascal en el siglo XVII y sigue siendo tan real hoy como lo era entonces. Porque los asuntos de nuestro corazón, todos los altibajos maravillosos y terribles de nuestro instinto humano - afortunadamente - nunca cambian. 

Nuestras vidas sí que cambian: adquirimos responsabilidades, nos convertimos en profesionales, en padres, manejamos hipotecas, trabajos y dinero. Y a veces, todas esas responsabilidades ocupan tanto nuestro día a día, que parece que llevamos la vida a cuestas. Se nos olvida que ese corazón, esa alma a la que estamos ignorando, tiene vida propia y sus propias intenciones, por mucho que a nuestra lógica le gustara encerrarla y tirar la llave para poder vivir tranquila.

Como siempre he sido una persona de instintos, nunca he entendido bien ese empeño - que parece tener tanta gente - de guiarse por la razón en lugar de por el corazón. No niego que el corazón está loco. Nos suele llevar por el camino más difícil, por el rocoso, por el que nos hace pedazos. La razón es la calma, la lógica, la seriedad. La razón nunca te dejará hecho pedazos, porque tiene cuidado... mucho, mucho cuidado. Yo, que siempre he seguido a mi corazón con los ojos vendados y los cordones de los zapatos desatados, ya me he roto en cien, mil, cien mil pedazos y he tenido que recomponerme como quien intenta parar una hemorragia con tiritas. Es un proceso lento y doloroso y, cuando termina, nunca vuelves a ser la misma persona que eras antes. Hay una pérdida de inocencia, una cicatriz que nunca desaparece, cuando algo en lo que has puesto toda tu pasión se desmorona. ¿Y qué nos queda después? ¿Remordimientos? ¿Arrepentimiento? ¿Poco más que una ristra de dulces recuerdos?

Pues en mi humilde opinión: no, no es eso lo que nos queda. Lo que nos queda es una vida llena de deseos y de pasiones. Una vida llena de risas, de las que hacen que te duela la tripa, de ésas que parece que no vas a poder parar nunca. Nos quedan lágrimas amargas de sentimientos, una piel que hormiguea de vida, unos ojos que brillan y las ganas de vivir más... porque, aun en sus cien mil pedazos, el alma lo sabe: sabe que, tras todas esas cosas increíbles que ya hemos vivido, lo mejor sigue estando por llegar.

El corazón tiene razones que la razón desconoce. Somos dulces víctimas de nuestros instintos, de nuestros deseos más puros y básicos. Nuestra alma magnífica - esta alma que ríe y grita - quiere más. Quiere que digamos lo que pensamos, que no escondamos lo que queremos, que vivamos como lo que somos: seres en estado físico, hechos para reír y llorar, para entregarnos, para correr, besar, tocarnos, abrazar... hechos para comer(nos), para querernos, para corrernos y para bailar. Eso es lo que somos y eso es lo único que tenemos. Porque en cien años, cuando ninguno de nosotros esté aquí, cuando no seamos más que el humo de un recuerdo que una vez existió, nada más va a importar: sólo lo que hemos vivido, lo que hemos amado y la pasión con la que lo hemos hecho. 

Por eso puede que no sea mala idea, de vez en cuando, dar un respiro a la razón. Que se relaje. Que se tome una copa. Que se deje llevar. Y que el corazón nos recuerde lo que realmente significa vivir.



martes, 30 de diciembre de 2014

EN MUCHAS DIRECCIONES

Se termina otro año. A veces me resulta realmente terrorífico lo rápido que pasa el tiempo. Cada vez más. Cuando éramos pequeños, un día era una eternidad. Nos parecía que no íbamos a soportar tener que esperar hasta el día siguiente (nuestro cumpleaños, Navidad, la vuelta al cole, el comienzo de las vacaciones), porque cada minuto era elástico y se estiraba hasta el infinito. Los veranos - esos mismos con los que ahora haríamos mil y una cosas maravillosas - se nos hacían eternos porque nos aburríamos como setas. Queríamos volver al cole, ver a nuestros amigos, jugar, comprar libros que olían a nuevo, lápices con la punta perfectamente afilada y cuadernos impolutos.


Pero cuantos más años cumplimos, más veloz se nos antoja el tiempo. Un día de veinticuatro horas es corto para hacer todo lo que queremos y un año vuela a una velocidad que da vértigo. Mi frustración personal con todo esto es que el tiempo es demasiado rápido y la vida - sin embargo - parece lentísima. Al menos ésa es mi impresión. El tiempo pasa, inexorable, y las cosas que tengo entre manos, las que me gustaría hacer, mis proyectos y mis sueños, parecen progresar a velocidad de tortuga. 

Siempre se dice que la razón por la cual los niños perciben el tiempo de una manera tan diferente es que han vivido menos años y, por lo tanto, sus referencias temporales son distintas a las de un adulto. No dudo de que así sea. Pero también se me ocurre que los niños lo perciben todo de manera diferente porque viven en un micro-mundo radicalmente distinto al nuestro. Ellos son puros, nuevos, aún no están contaminados por objetivos, prejuicios y programaciones mentales. Y me parece que quizás ésta sea otra razón por la cual la vida les parece más larga: porque no tienen más planes que vivirla.

Estos días he estado disfrutando de algo de tiempo de descanso. He tenido algunos días de vacaciones en la oficina y eso me ha permitido dormir, recuperar fuerzas y plantearme las cosas de una manera lógica y coherente, sin el atenuante del cansancio y el estrés nublando mi juicio. Distanciarme del remolino de trabajo en el que he vivido inmersa durante todo este año me ha venido muy bien pero, por otro lado, también ha resultado algo peligroso... porque cuando paramos y nos damos tiempo de pensar y de observar nuestra vida, corremos el riesgo de caer en la duda, en la impaciencia y en la desesperanza. 


Sin embargo, yo finalmente he llegado a una gran conclusión: mi mejor opción, la que más feliz me va a hacer, es aceptar esa supuesta lentitud en mis sueños y objetivos, abrazarla como a una amiga y dejarme llevar por su vaivén. Y es que, por mucho que me impaciente, por mucho que piense, me desespere y siga planeando como una loca, las cosas no van a ir más rápido de lo que deben. La vida va a su ritmo y eso no lo puedo cambiar. Por supuesto que seguiré trabajando y creando mi camino, pero he decidido aparcar las frustraciones. No las quiero. No me sirven para nada. Lo único que consiguen es evitar que disfrute de mi día a día. Y la realidad (¿para qué engañarnos?) es que si perdemos la felicidad del camino, lo perdemos todo. 

Federico Fellini decía: "hay que vivir de manera esférica, en muchas direcciones. Nunca pierdas tu entusiasmo infantil... y las cosas llegarán a tu vida". No se me ocurre mejor consejo para comenzar un nuevo año. No sé cuándo llegaré a mis objetivos soñados. Lo único que sé es que la esfera de mi vida es rica y emocionante y está llena de cosas que nada tienen que ver con esos objetivos. Por lo tanto, mi mejor baza es comenzar el 2015 con el entusiasmo de una niña... 
... y los objetivos, que vengan: aquí los espero.
¡Feliz 2015 a todos!


jueves, 27 de noviembre de 2014

ÁMAME COMO QUIERAS


Hace unos días cumplí treinta y cinco años. Entre las numerosas felicitaciones (es lo que tiene la era de Facebook, que todo evento o fecha señalada se eleva a la enésima potencia) alguien me preguntó si me sentía más sabia. No era más que una broma, un comentario divertido añadido al mensaje de felicitación, pero me hizo pensar. ¿Me he vuelto más sabia con los años? ¿He aprendido algo importante? ¿O, mas bien, he seguido cometiendo los mismos errores que cometía en mi veintena? ¿Habrá cosas que nunca aprenderé, que me seguirán pesando sobre los hombros año tras año, sin que pueda evitarlo?

El caso es que los treinta y cinco me han pillado de sorpresa, como si no me hubiese dado cuenta hasta ahora de que me iba haciendo cada año un poquito mayor. En los días anteriores a la fecha, de pronto fui tremendamente consciente de que no voy a ser joven para siempre, de que el tiempo va pasando, implacable, llevándose consigo deseos y sueños por cumplir. Y me pareció de repente que podía haber hecho mucho más con estos años, que podía haber disfrutado más, haberme preocupado menos, haber sido más alegre, menos seria, más tontorrona, menos responsable.

Sin embargo, lo que suele ocurrir en estos casos es que, tras el agobio inicial, tras el día señalado, tras la fiesta,  tras las emociones y los regalos y los deseos cumpleañeros... todo vuelve a su cauce y podemos recapacitar. Y sólo entonces podemos hacer un análisis real y sincero de los años que hemos dejado atrás.


Y, al hacerlo, yo me he dado cuenta de que - afortunadamente - he vivido como he querido vivir. Es cierto que he tenido (y sigo teniendo) mis preocupaciones excesivas, mis paranoias, mis neurosis... Pero, al fin y al cabo, cuando he querido conseguir algo, he ido a por ello; cuando he querido vivir una experiencia, lo he hecho, sin esperar que llegara a través de otra persona o caída del cielo por milagro.

Durante mi mini-crisis existencial, tuve la idea de hacer una lista de treinta y cinco sueños que quiero cumplir durante este año. Y la verdad es que me costó una barbaridad redactarla. La razón fue, precisamente, que no me suelo dejar cosas pendientes para más tarde: si tengo un sueño, lo cumplo (o al menos lo intento). Y aunque esto resultara frustrante durante la redacción de la lista, fue maravilloso darme cuenta de que era así porque cumplo mis sueños día a día.

En estos días también he recordado - más que nunca - que mi vida siempre ha estado llena de Amor. Ha venido de cientos de maneras distintas, pero siempre ha estado aquí, omnipresente en mi existencia, fuerte, infinito e inamovible. Y quizás lo que sí he aprendido en estos años (será que sí me he vuelto algo más sabia) es que todas esas formas de Amor son únicas e irrepetibles y que cada ser que habita a nuestro lado nos ama como sabe, como puede, como quiere. Y así es como tiene que ser. Padres, madres, hermanos, parejas, animales, amigos que siempre están presentes, hijos, compañeros, amigos lejanos, amigos que vuelven... todos nos quieren a su manera, igual que nosotros les queremos a la nuestra. Solamente cuando entendemos esto, somos capaces de dejarnos amar con libertad y de devolver ese amor de manera completa, sin condiciones, sin ataduras y sin caducidad.

Y se me ocurre que, en mi treinta y cinco cumpleaños, ser consciente de esto es sin duda alguna el mejor de los regalos.


lunes, 27 de octubre de 2014

SE HACE CAMINO AL ANDAR


Hace unos días se cumplieron seis meses desde que me cambié de trabajo. El cambio vino casi sin querer, inesperado. Mi idea original era continuar en mi empresa de hace diez años hasta que pudiera dar el salto a mi propio proyecto profesional. Pero si algo me ha quedado claro en los últimos tiempos es que la vida casi nunca sale como nos habíamos imaginado. Para bien o para mal, ella te lleva por su propio camino y los planes... bueno, los planes son sólo eso. 

El caso es que desde que comencé en esta nueva empresa, tomé la decisión de pasar un día a la semana en la oficina de Madrid (en lugar de trabajar en casa, como hago normalmente) para tener algo de contacto con mis compañeros y hacer un poquito de vida social en el contexto laboral. No me arrepiento de la decisión. Afortunadamente, el ambiente en mi nueva empresa es bueno, mis compañeros son amables y divertidos y, en general, me gusta pasar esa pequeña parte de mi semana laboral con ellos. 

El único contratiempo, en mi caso, ha venido a la hora comer. Siendo vegana, la oferta alimenticia en los locales que rodean nuestra oficina es mas bien escasa para mí. Mis compañeros, que sin compartir mis principios y mi forma de vida se han mostrado siempre totalmente respetuosos con todo ello, han intentado por todos los medios buscar un sitio donde podamos comer todos con tranquilidad. Pero, poco a poco, hemos tenido que ir descartando hasta llegar a la conclusión de que, aparentemente, la cosa es imposible. Evidentemente, esto no me agrada, porque la razón por la que vengo a la oficina es precisamente poder pasar tiempo de calidad con mis compañeros (y hacerlo cuando todos tenemos las cabezas metidas en la pantalla del ordenador no es ideal). Sin embargo, en ningún momento me he sentido frustrada, enfadada o triste por la situación: ni viéndome obligada a comer sola, ni teniendo que aguantar los malos modos de algunos camareros. La razón es, básicamente, mi total convencimiento acerca de la forma de vida que he escogido. Hoy, sentada en el parque que rodea nuestro edificio, disfrutando de mi comida y de un sol maravilloso, pensaba en todas las otras personas que, como yo, eligen cada día vivir de manera consecuente con las cosas en las que creen y se me ocurría que, paso a paso, persona a persona, irán cambiando las cosas. De hecho, ya se ven muchos cambios en las ofertas alimenticias de restaurantes y tiendas de nuestro país. El cambio es lento (lucha contra siglos de hábitos alimenticios y culturales) pero yo estoy convencida de que, aunque a veces parezca que todo es en balde, el camino se hace andando y nunca hay que desistir.


Esto es aplicable a todos los ámbitos de nuestra vida. Personalmente, acabo de pasar unas semanas complicadas, tristes... de esas épocas en las que realmente no sabes lo que quieres, por qué lo quieres, a dónde dirigirte ni cómo llegar. Pero gracias a ello también he acabado entendiendo por fin lo que quiere decir eso de que la felicidad es una decisión. Siempre había creído entenderlo, pero lo hacía desde un lugar intelectual, cerebral. En estos días lo he entendido de manera visceral, instintiva. 

Hace poco, mi amiga Yolanda compartió un artículo conmigo que hablaba de echarle ganas a la vida; decía lo siguiente: 

Las ganas de levantarte por la mañana después de un mes de infierno y decir "hoy sí, hoy me como el mundo". Y te lo comes. Punto. Así de fácil. *

Y es que realmente es así. Así de fácil. Porque como andemos esperando a que la vida se nos arregle para ser felices, vamos listos. Es más, si andamos esperando a resolver cosas en nuestra cabeza para ser felices, también estamos perdidos. Yo solía necesitar tenerlo todo claro en mi mente para poder estar tranquila. Andaba todo el día resolviendo, haciendo esquemas y planes en mi cabeza. Y hasta que no quedaba todo claro - aunque sólo estuviera claro en mi cabeza - no me quedaba a gusto. Pero he entendido el increíble peligro de hacer esto: y es que mientras tú te haces tus esquemas mentales - como quien no quiere la cosa - la vida pasa de largo y tú ni te has enterado. 

No hay caminos establecidos. Hasta los que se dibujan nítidos delante de nosotros cambian en un segundo. El asfalto se convierte en arenas movedizas, la luz se vuelve oscuridad, el sol da paso a lluvia torrencial. Todo, de un momento a otro. Hay que recordar que el camino no está delante de nosotros: nosotros somos el camino. Lo creamos al andar. Por eso hay que seguir levantándose tras ese mes difícil y decidir comerte el mundo. Por eso hay que seguir saliendo de casa aunque lo que nos apetezca sea meternos bajo el edredón y que nos avisen cuando la realidad se vuelva bonita. Por eso hay que crear momentos felices, porque nadie es responsable de nuestra felicidad excepto nosotros mismos. La verdadera libertad está en tomar esa decisión cada mañana, en borrar el camino y dibujarlo de nuevo con nuestros propios pasos. Y entonces, sólo entonces - de manera totalmente mágica y espectacular - toda nuestra realidad cambia.


* Artículo completo: http://loqueellosnosaben.com/2014/10/23/las-cosas-que-no-tienen-precio/

domingo, 21 de septiembre de 2014

LOS AÑOS DORADOS


Mi madre se va a ir de vacaciones a Galicia. Se va con el Imserso y le sale por dos duros. El otro día me lo contaba y yo me maravillaba - una vez más - de la vida tranquila y feliz que lleva ahora, sin grandes responsabilidades, sin estrés, sin horarios de trabajo imposibles... Claro que, para conseguir esto, ha estado toda la vida trabajando: levantándose a las cinco de la mañana para coger dos autobuses al trabajo y lidiando con niños de colegio todo el día, para luego coger de nuevo esos dos autobuses y volver a casa para hacer la cena, lidiar con dos hijas, hacer la comida del día siguiente e irse a la cama a medianoche, para repetir todo el proceso otra vez al día siguiente.

El otro día me puse a pensar en lo injusto que es eso. No me refiero a que no me parezca bien que, para disfrutar de la jubilación, tengamos que trabajar. A lo que me refiero es a la injusticia vital de que los mejores años, los años dorados, los que transcurren sin responsabilidades laborales, los que nos sirven para descansar, para disfrutar, para dedicarnos a la buena vida, vengan tan tarde, que vengan al final, cuando menos podemos disfrutarlos, porque ni el cuerpo ni las ganas nos dan ya para todo lo que nos daban cuando teníamos treinta.

En estos meses en los que me he dedicado en cuerpo y alma a lanzar mi nuevo proyecto profesional, he pensado mucho en todo esto. En cómo nos dejamos la piel trabajando, corriendo tras nuestros sueños (sean los que sean) durante los mejores años de nuestra vida. Estoy a punto de cumplir treinta y cinco años, lo cual para mí (no me preguntéis por qué) marca un hito, una separación, el fin de una parte de mi vida y el comienzo de otra. Creo firmemente en que éstos son, sin duda, los mejores años de mi vida: soy joven, estoy sana y en forma y tengo energía máxima para dedicarme a lo que yo quiera. A veces, cuando termino mi día a las 02:00 de la madrugada, agotada de mirar la pantalla del ordenador, agotada de cursos de formación, de diseño de páginas web, de publicidad, de buscar maneras de captar clientes, de hurgar buscando la mejor estrategia de marketing... me pregunto si realmente merece la pena, si esto es lo que se supone que tengo que estar haciendo con mis mejores años. ¿Realmente me toca pasarme los Sábados por la noche metida en foros de discusión de un curso de nutrición? ¿Me toca sacrificar mis vacaciones de verano para dedicarme a fomentar mi empresa? ¿Realmente me toca invertir toda la energía fresca y arrolladora de mis treinta y cinco años en este sueño?

¿O quizás haría mejor despreocupándome de todo? Podría dejar de ahorrar para la empresa y dedicar todo mi dinero a viajar durante las vacaciones, como he hecho hasta ahora. Podría dejar de preocuparme todos los días por algo, de perder sueño pensando en el siguiente paso. Podría pasar mis fines de semana saliendo a tomar copas (las más caras, porque no haría falta mirar el dinero), quedando con mis amigos, yendo al cine y al teatro. Me pondría guapa todos los días porque siempre habría algún sitio donde ir, alguna quedada a la que acudir. Los moños mal hechos y las gafas y la ropa cómoda de estar en casa (delante del maldito ordenador) pasarían a la historia. Saldría y viviría Madrid y bailaría en sus calles y quizás hasta conocería a alguien que bailara conmigo... y quizás, algún día, dejaría de dormir sola.


Pero no estoy haciendo nada de eso. Éstos, los mejores años de mi vida, los estoy dedicando a algo muy bonito, pero muy difícil y muy solitario. Es algo que sé que quiero, sin la menor duda... y sin embargo... qué duro se hace a veces.

No voy a cambiar mi estrategia porque sé que estoy haciendo lo correcto, lo que realmente quiero hacer, lo que me toca. Pero me he dado cuenta de que debo evitar que estos años se desperdicien en el intento. Es algo que me cuesta mucho: una vez que comienzo a correr, es difícil pararme. Pero en el fondo sé también que la única manera de que esto salga adelante, la manera de que funcione y, sobre todo, de que merezca la pena, es disfrutar el camino.

Así que quizás tenga que adaptarme un poco. Ponerme un moño bien hecho y pintarme los labios todos los días, aunque sólo salga a comprar el pan. Alejarme un poco, aunque sólo sea un fin de semana. Dar descanso a mis ojos mirando la pantalla de un cine en lugar de la de un ordenador. Y bailar en las calles de Madrid, aunque lo haga sola.

Puede que estos años no sean como me los había imaginado, pero eso no quiere decir que tengan que brillar menos. Se me ocurre que lo único realmente importante es que nuestras decisiones vitales vengan directamente desde nuestro corazón. Si estamos convencidos de eso, lo mejor que podemos hacer es seguir viviéndolas... e intentar disfrutar al máximo de las imperfecciones de nuestro camino.




lunes, 18 de agosto de 2014

EL COMPROMISO


Hace unos días, tuve una cita. No era exactamente una cita a ciegas, pero el hombre en cuestión y yo casi no nos conocíamos (sólo de vista), así que se puede decir que era algo muy parecido. Quedamos en una terraza del centro para tomar unas cervezas. Y a mí me pasó algo diferente en esta cita. Algo que nunca me había pasado antes. Por primera vez, en toda mi vida, no me pasé la cita pensando en si le estaría gustando a ese hombre o no. En lo único en lo que pensé en ese par de horas fue en si él me estaba gustando a mí. 

Creo que en general todos, en una situación así, intentamos agradar. Pero cuando eres una persona con un largo historial de decepciones e inseguridades en el terreno sentimental, ese intentar agradar se convierte en una verdadera trampa de la cual es muy difícil escapar. Por lo tanto, el patrón se repite, una y otra vez, cita tras cita. Es una bola de nieve que no deja de crecer, un pequeño gran desastre. Por eso, para mí fue toda una alegría volver a casa y darme cuenta de que al fin había roto ese patrón. 

Lo curioso de dejar de pensar en cómo agradar y fijarte en lo que está pasando a tu alrededor, es que te abre muchísimo los ojos a la realidad. De esta forma, fui capaz de darme cuenta (a tiempo) de que ese hombre no me hizo ni una pregunta sobre mí durante todo el tiempo que pasamos juntos. No me preguntó a qué me dedico ni a qué me gustaría dedicarme, no me preguntó nada sobre mi familia, ni sobre mis pasiones, mis gustos, mis sueños, mis aspiraciones. Nada. Cero. Las pocas preguntas que me hizo tenían un propósito claro: dirigir la conversación hacia él y hacia lo que a él le interesaba. 

Por eso, cuando quedó claro que quería que nos viéramos otra vez, yo sabía con seguridad que no era precisamente por mi arrolladora personalidad. En los días que siguieron a esa cita, aproveché el molde roto de mi patrón sentimental para revisitar mis anteriores relaciones. Pensé en todos los hombres que, como éste, pasaron horas sentados al otro lado de la mesa de un restaurante, haciendo conversación mediocre, porque en lo único en lo que estaban pensando era en quitarme la ropa. Pensé en todos aquellos que nunca me preguntaron nada real sobre mí, que decidieron que no merecía la pena conocerme. Pensé en todos los que me han visto y me ven como una tía buena, una pin-up, una foto sensual, un objeto erótico, sin ir más allá. Pero sobre todo, pensé en mí, en mi parte de responsabilidad en mi historial sentimental. Y me di cuenta de que, aunque yo no soy responsable de lo que piensan, sienten o hacen los demás, sí soy responsable de lo que les permito que me hagan sentir a mí. Pensé en todas aquellas veces en las que, en lugar de comprometerme conmigo misma, con mis deseos y con mis valores, lo hice con la situación en la que estaba, ignorando mis propios límites y, por lo tanto, no haciéndolos respetar. 

Y entonces vi claramente cómo, delante de mis propios ojos, el molde de ese patrón de relaciones indeseables caía al suelo y se hacía mil añicos con un estruendo espectacular. 

Y es que a veces, ya sea en el terreno sentimental, ya sea en el laboral, en el familiar o en cualquier otro, sin darnos cuenta, creamos nuestra propia realidad de la peor forma posible. Vamos empujando nuestros límites, moviéndolos, abriéndolos, cada vez un poquito más, sin entender que, cada vez que lo hacemos, estamos siendo infieles a la relación más importante de nuestras vidas: la que tenemos con nosotros mismos. Puede que suene trillado y algo cliché, pero el hecho es que una vez que comprendemos esto de verdad, nuestra realidad da un giro de 180 grados. 

Mi compromiso conmigo misma ya no me permite alargar citas que me aburren, ni aceptar cosas que no me convencen, ni cerrar la boca cuando tengo algo que decir. Mi compromiso es el que hace que no aguante ni un comentario lascivo en la calle sin responder, que haya perdido el miedo a parecer borde, feminista, maleducada, burda. También es el que hace que me siga poniendo lo que me da la gana, que disfrute de mi cuerpo, que viva con orgullo mi belleza. Porque mi compromiso no tiene que ver con los hombres que han pasado por mi vida ni con los que pasarán; no tiene nada que ver con el que se siente con derecho a silbarme por la calle como si fuera un perro, ni con el que decide que si soy sexual no puedo ser también intelectual/emocional/pareja/madre/persona. Tampoco tiene que ver con los que se permiten decirme que debería esconder mi sexualidad para que los hombres me tomen en serio. No tiene que ver con ninguna de estas personas. 

Mi compromiso tiene que ver conmigo. De alguna manera, con tiempo y esfuerzo, he llegado a este punto de equilibrio y me he jurado completa fidelidad: en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, en mis aciertos y en mis errores, cuando me adore y cuando me odie, cuando esté gorda, cuando esté flaca, cuando me vea fea y cuando me vea guapa... me he entregado a mí misma y he prometido amarme y honrarme, pase lo que pase, durante todos los días de mi vida.