martes, 30 de junio de 2015

CREATIVIDAD Y ALQUIMIA


Durante la mayor parte de mi vida, he sido actriz. He pasado más años sobre un escenario que haciendo cualquier otra cosa. Me subí a los trece y, aunque ahora estoy desvinculada profesionalmente del mundillo del teatro, nunca me he llegado a bajar del todo. Es una parte de mi vida que me ha dado muchísimas cosas buenas, pero también me ha hecho sufrir más que cualquier otra actividad que haya realizado. Me ha hecho llorar, dudar, odiar y machacarme hasta decir basta. Saca lo mejor y lo peor de mí: mi pasión, mi generosidad y mi disciplina, pero también mi envidia, mi inseguridad y mi ego. Es un mundo del que tomé distancia porque empezó a hacerme daño, pero del que nunca me voy a separar porque lo amo y porque siempre me hace sentir viva, realizada... en suma, feliz.


Ahora, que llevo un mes dedicada en cuerpo y alma a otra de mis grandes pasiones, a mi vocación sanadora, a mi deseo de aliviar a quien acude a mí en busca de ayuda, mis pensamientos han vuelto más de una vez a esa época entre bambalinas, a esos tiempos en los que el escenario era mi hogar y no me podía imaginar ser ninguna otra cosa sino artista. 

Me viene a la cabeza algo que dijo hace tiempo Ben Kingsley: La tribu te ha escogido para contar su historia. Eres el chamán, el sanador, eso es lo que es un contador de historias. Y creo que es importante que los actores entiendan esto. Muchas veces los actores piensan que se trata de ellos, cuando en realidad se trata del público, que se reconoce en ellos. Siempre me llamaron la atención estas palabras, porque es cierto que los actores y todas las personas que dedican todo o parte de su tiempo a una labor creativa, están regalando al mundo una manera de sanar(se), un espejo en el que mirarse, una moraleja, un alivio, un consuelo, una fuerza. Me entristece mucho que se reste valor al arte (sea la disciplina que sea), porque el ser humano es arte, es creatividad. Y junto a todos los médicos, terapeutas y sanadores del mundo deben existir los chamanes de las palabras, los de la música, los de los trazos y los colores y las formas. Porque al fin y al cabo, todos estamos hablando de lo mismo, sólo que en lenguajes distintos.


Cada vez que trabajo un nuevo personaje (me pasaba antes y me sigue pasando ahora) hay una parte de mí que está totalmente aterrorizada, que tiene miedo de fallar, de no dar suficiente al personaje, de no ser capaz de contar su historia. Lo curioso es que en mi consulta me pasa exactamente lo mismo. Cada vez que tengo un nuevo paciente, hay un vértigo, un revuelo de mariposas en mi estómago, un temor de no saber mostrarle el camino, de no lograr la alquimia que tanto necesita. Con cada nuevo paciente, una parte de mí se siente nueva, novata, principiante... al igual que con cada nuevo personaje, una parte de mí sigue siendo la niña de trece años que se subía por primera vez a un escenario de colegio.

Y se me ocurre que esto es realmente maravilloso. Qué bonito y qué útil para la sanación (de cualquier tipo), empezar de cero, sentir que uno no sabe nada, que lo tiene todo por descubrir sobre uno mismo y sobre la persona que tiene enfrente. Creo que es esencial para el trabajo de cualquiera, para la vida de cualquier persona que quiera ir más allá, que no se conforme con automatizar, que busque y rebusque y se reinvente en cada nuevo paso. Porque eso nos hace ser creativos y apasionados en todo lo que hacemos, sea cual sea nuestra actividad. 


Nuestro trabajo y nuestros estudios nos dan los datos y la experiencia para avanzar, para ser cada vez mejores en lo que hacemos. Pero la mezcla de creatividad, pasión y profundo deseo de ser parte de la alquimia es lo que nos hace ser realmente extraordinarios.

domingo, 31 de mayo de 2015

CAÍDA LIBRE

Nunca voy a lo fácil. No es que considere que esto es algo especialmente bueno. En realidad, en la mayoría de los casos, lo único que hace es complicarme la vida. Tampoco voy a decir que no sé ser de otra manera: lo más probable es que, si me pusiera a ello, acabaría aprendiendo a elegir la opción más cómoda, la más agradable, la menos trabajosa... al menos algunas de las veces. Pero el caso es que no quiero. No quiero ser de otra manera. Porque cuando me tengo que trabajar el camino difícil, es posible que llore y patalee y me den ganas de mandarlo todo a freír espárragos, pero en el fondo pienso que sería mucho más difícil conformarme con algo distinto a lo que desea mi corazón. Por eso, cuando la gente me dice que mi forma de hacer las cosas le parece valiente, paso de puntillas sobre el comentario, sin darle demasiada importancia. No es falsa modestia ni tendencia a infravalorarme. Es simplemente que me parece que, por muchos huevos que necesite para hacer las cosas que hago, muchos más necesitaría para condenarme a mí misma a ser infeliz para siempre. 

El viernes fue mi último día de trabajo en el sector farmacéutico. Llevaba dos meses esperando ese día con impaciencia, concretamente desde que tomé la decisión de dimitir de mi puesto en la empresa en la que llevaba algo más de un año. Lo que ocurrió cuando finalmente llegó el día y, sobre todo, lo que ha ocurrido en los días que han seguido, me ha sorprendido muchísimo. Ahora soy consciente de que fue demasiado inocente por mi parte, pero lo cierto es que esperaba que todo fuera alegría, que todo fuera emoción y energía desbordada por haber llegado por fin a mi objetivo: dedicarme a lo que realmente me apasiona. Pero cuál ha sido mi sorpresa cuando me he dado cuenta de que la sensación predominante no es la felicidad desmesurada. Satisfacción con la decisión tomada, sí, mucha. Pero lo que siento sobre todo es vértigo. Vértigo, vértigo y más vértigo. Una sensación de haber estado al borde del abismo y finalmente estar cayendo, en caída libre, sin apoyos, sin paracaídas, sin red.


La gente que me rodea no deja de repetirme que todo esto es normal. Y por supuesto que mi lado más racional también entiende que así es, que salir de la zona de confort siempre da vértigo, que dejar quince años de nóminas fijas en un sector estable al que una ya está acostumbrada, en el que se siente cómoda y en el que tiene buena proyección laboral, para comenzar un negocio propio prácticamente de la nada es suficiente como para lanzar a cualquiera en una auténtica caída libre emocional. 

Y, sin embargo, no lo vi venir. Mi mente no lo procesó. Por eso, cuando llegaron los dolores de cabeza, las noches sin dormir y la irritabilidad sin motivo aparente, no entendía qué me estaba pasando. Hasta que finalmente mi cuerpo, mucho más sabio que yo, se encargó de hacerme parar y recapacitar un poco, con un mini-ataque de ansiedad en plena calle. Gracias, cuerpo, tú sí que sabes.

Mi pequeño episodio (que ocurrió ayer) me ha hecho ser de pronto mucho más consciente de lo que todo este cambio me está haciendo sentir. Digamos que al fin lo tengo identificado y, como consecuencia de ello, también me encuentro mucho más capacitada para aceptarlo, afrontarlo y convertirlo en energía para seguir adelante, para convertir la caída libre en vuelo.

La realidad es que, en esta vida, lo único que podemos hacer para evitar la caída libre es no movernos. No saltar. No arriesgar. No vivir. Dar el salto siempre es elegir el camino más difícil, el que nos da miedo, el que nos regala noches sin dormir y mucho trabajo y decisiones complicadas y algún que otro ataque de ansiedad. Pero os aseguro que la alternativa es muchísimo más temible. 

No existen reglas fijas, no hay manual de instrucciones. Lo único que debemos hacer es mantenernos en movimiento y seguir avanzando. Y, sobre todo, recordar que mientras nos movamos en dirección a nuestro deseo, hasta la peor decisión de nuestra vida siempre será mil veces mejor que no haberlo intentado nunca.


miércoles, 29 de abril de 2015

QUE LLUEVA, QUE LLUEVA...


¿Por qué nos molesta tanto la lluvia? En países como España, donde no estamos acostumbrados a vivirla, parece que nuestro mundo se para cada vez que empieza a llover. Los atascos en la carretera están asegurados, no tenemos ni idea de cómo andar con un paraguas por la calle sin sacar un ojo a alguien y nos ponemos de un humor de perros. En países en los que la lluvia es más frecuente, la viven con más normalidad... aun así, para todos - independientemente de nuestra localización - es poco más que un inconveniente a la hora de vivir nuestro día a día, de ir a trabajar, de andar de un sitio a otro con todos nuestros (urgentísimos, importantísimos, esenciales) quehaceres.
 
Me pregunto en qué momento dejamos atrás nuestra ilusión infantil. Ese lienzo en blanco, esa pura inocencia que nos hace vivir en el momento y disfrutarlo sin pensar en nada más... ésa que hace que queramos pisar todos los charcos, que nos dé igual mojarnos mientras podamos seguir jugando. Las responsabilidades de la vida adulta pesan sobre nuestros hombros y, por muy alegres y despreocupados que seamos, vivir en la sociedad moderna nos hace estar sujetos a ellas: a nuestra lista de cosas por hacer, a nuestros debo, nuestros tengo que y nuestros no puedo... 


Hace unos días, llovió en Madrid. Fue una típica lluvia primaveral: breve y torrencial. Salí de la consulta sin paraguas (nunca lo llevo) y me apresuré hacia la parada del autobús para evitar mojarme. Estaba cansada, había trabajado mucho y tenía la cabeza embotada. La lluvia caía con fuerza y me daba en la cara, me mojaba la ropa... el semáforo estaba en rojo y no tenía más remedio que aguantar. Por otro lado, no me apetecía nada meterme en un autobús lleno de gente malhumorada, que sin duda alguna tardaría el doble de tiempo de lo normal en llegar a mi parada. De repente, tomé una decisión: eché los hombros atrás, relajé el cuerpo, miré hacia arriba y dejé que la lluvia cayera libremente sobre mí. Con ese simple gesto, todo cambió. Las gotas que me molestaban al caer sobre mi ropa se volvieron placenteras y la sensación del agua sobre la cara era maravillosa. Así que dejé de pensar y, simplemente, comencé a andar... 

Llegué andando hasta mi casa, sintiendo cómo mi cansancio desaparecía y sonriendo a la gente que me miraba desde bares y portales como si estuviera loca. 

Evidentemente, no estoy diciendo que debamos andar siempre por la vida dejándonos empapar por la lluvia: es cierto que tenemos nuestras rutinas, que tenemos quehaceres y responsabilidades. Eso es así. Sin embargo, qué bueno es tener siempre presente a ese niño que todos - en el fondo - seguimos siendo. Qué bueno es permitirnos, de vez en cuando, andar sin reparos bajo la lluvia. Qué importante es aprovechar los momentos que nos da la vida para volver a ser inocentes, puros, disfrutones, traviesos. Qué importante es reírnos de todo, pasar de todo, apasionarnos por todo. 

Sí, estamos muy ocupados, no nos da tiempo, no llegamos... pero a veces, lo mejor que podemos hacer para avanzar, para ser mejores y más felices, es pararnos, sonreír y dejar que la lluvia nos empape.




lunes, 30 de marzo de 2015

GIRA, MUNDO LOCO


Acabo de regresar de Boston. Tuve que ir a principios de la semana pasada por trabajo y decidí quedarme unos días para conocer la ciudad y los alrededores. La verdad es que ha sido un viaje emocionalmente complicado, en el cual la gran carga de trabajo y el estrés se han mezclado con sentimientos encontrados, nervios por las cosas que están por venir y una sensación continua de desasosiego. Tanto es así, que pensé que me costaría mucho conseguir disfrutar de mi tiempo libre en la ciudad.

Además, llevaba un tiempo sin viajar por ocio, con lo cual a todo lo anterior se sumaba - por así decirlo - una cierta falta de costumbre. Por todo ello, em mi primer día libre me aventuré a salir a la calle con relativamente poco convencimiento. Boston, por su lado, me recibió gris y nublada... y aun así, sorprendemente agradable. Es una ciudad inusualmente bella, llena de buena arquitectura, elegantes monumentos y zonas verdes que - incluso con la nieve, los charcos y el frío - resultaban mágicas.



Tardé tan solo media hora en volver a ser yo misma: en ponerme de nuevo la piel de exploradora y convertirme una vez más en la viajera que siempre he sido. No se había ido a ninguna parte... era sólo que la pobre estaba enterrada bajo una montaña de responsabilidades no deseadas. Ya le tocaba salir a pasear.

En este semana me he enamorado tanto de Boston que he llegado a decir que la prefiero a Nueva York. Cualquier que me conozca bien entenderá la envergadura de esta afirmación. Pero es que cuando una ciudad consigue encantarte bajo un manto de nubes, lluvia torrencial y un día entero de nieve continua, es evidente que tiene algo especial.

Ayer, durante mi último día en USA, Boston me regaló un sol espléndido. No quedaba rastro de la nieve del día anterior, parecía mentira que se tratara de la misma ciudad, tan solo un día más tarde. Puesto que además era Domingo, la gente se lanzó a la calle y los bares y restaurantes se llenaron de grupos y parejas, disfrutando del tradicional brunch o tomando un café o unas cervezas. Había niños correteando en los parques y perros paseando con sus dueños, deseosos de disfrutar del día. La ciudad parecía contenta de estar viva.


Caminando entre la gente y observando sus idas y venidas, me puse a pensar en todas las historias que habitan todas las ciudades de este mundo. Las alegrías, las tristezas, los pequeños y grandes dramas de cada una de las almas que caminan sobre esta Tierra. 

Vivimos en un mundo cada vez más loco, en el que nieva durante todo un día a finales de Marzo, en el que se gastan millones de dólares en reuniones de dos días para hablar del compromiso de las multinacionales con el bienestar en el Tercer Mundo, mientras ahí mueren millones de personas cada minuto, esperando los resultados de ese compromiso. Es un mundo en el que un demente estrella un avión llevándose por delante las vidas de cientos de personas sin razón alguna.

Destrozamos vidas en nombre del progreso, gastamos dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos y cada día perdemos la noción verdadera de lo que significa la felicidad.

Qué difícil es a veces seguir viviendo... viviendo de verdad, cogiendo la vida por los cuernos y arriesgándonos cada día cuando el mundo no deja de demostrarnos que cada momento es un riesgo, que casi nada tiene sentido.

Y sin embargo, quizás ésa sea la única respuesta. Bukowski escribió: "Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos." En un mundo en el que cada momento se puede convertir en una tragedia sin sentido, lo mejor que podemos hacer es seguir confiando, levantarnos cada mañana, poner un pie delante del otro, disfrutar del sol (y de la lluvia y de la nieve) y vivir de manera feroz... quizás ésa sea nuestra única posibilidad real de desafiar a la muerte.


martes, 24 de febrero de 2015

TERREMOTO


Hoy, Madrid ha temblado. Ha sido muy leve y ha durado sólo unos segundos pero el caso es que el suelo se ha movido bajo nuestros pies. El epicentro fue en Albacete y ocurrió algo después de las cinco de la tarde. Yo estaba en la oficina, pasando un día francamente mejorable. Un día que comencé con energía, contenta tras un fin de semana de lo más productivo y con ganas de comerme el mundo... pero que se convirtió rápidamente en una jornada mas bien rara, llena de percances, problemas tecnológicos, cantidades de trabajo fuera de lo razonable y noticias que, sin ser graves, me han dejado con una sensación de desasiego y descontrol que no he podido quitarme de encima aún. 

Cuando volvía a casa en el metro iba pensando en esos 5,4 puntos en la escala de Richter. Me imaginaba lo que podría haber sucedido si el terremoto hubiese sido más fuerte, más cerca, si hubiese sucedido mientras estaba en el metro o debajo de un andamio o sobre un asfalto que se podía haber abierto bajo mis pies en menos de un momento. Es mucho imaginar, lo sé. Pero el viaje en metro es aburrido... y yo había tenido un día raro.

El caso es que los pequeños y grandes terremotos de nuestra vida ocurren continuamente, cuando menos los esperamos y sin avisar. Y casi nunca estamos preparados para afrontarlos. Aunque se nos olvide continuamente, un día de lo más normal puede acabar siendo lo mejor que nos ha pasado nunca y, de la misma forma, el mejor día de nuestra vida se puede convertir en una auténtica pesadilla.

Cuando miramos hacia atrás y recordamos nuestros peores días, siempre creemos que si pudiéramos volver a esos momentos y hacernos con una bola de cristal que nos dijera cómo iba a temblar nuestro mundo, hasta qué punto los cimientos de lo que creíamos verdadero e inamovible quedarían destrozados en pocos segundos, elegiríamos no levantarnos de la cama. Simplemente, pasaríamos de ese día de mierda y esperaríamos al siguiente.


Pero la verdad es que no podemos escapar de las inclemencias del destino: ni de las meteorológicas, ni de las geológicas, ni de las físicas, ni de las emocionales. No podemos. Lo único que conseguiríamos quedándonos en la cama sería perdernos todo lo bueno que viene de la mano de esas inclemencias. Nos libraríamos de las risas, del cariño, de los abrazos, de las lágrimas, de todo lo maravilloso que acompaña a todo lo terrible de nuestra existencia... y lo peor es que el temblor no pasaría de largo. Lo sentiríamos igualmente y acabaríamos sufriendo de todas maneras... sólo que lo haríamos en vacío.  

Así que se me ocurre que lo mejor que podemos hacer es dejarnos llevar por los pequeños y grandes terremotos que nos sacuden... sacar lo mejor de cada uno, aprender a protegernos algo más para el siguiente y seguir viviendo. 

Puede que los temblores más fuertes acaben haciéndonos caer... pero eso nunca importa. Porque con algo de valor y un poco de fuerza, siempre hay tiempo para volver a ponernos en pie. 

Y eso, siempre importa.


sábado, 31 de enero de 2015

ESTA ALMA QUE RÍE Y GRITA


El corazón tiene razones que la razón desconoce. Lo escribió Blaise Pascal en el siglo XVII y sigue siendo tan real hoy como lo era entonces. Porque los asuntos de nuestro corazón, todos los altibajos maravillosos y terribles de nuestro instinto humano - afortunadamente - nunca cambian. 

Nuestras vidas sí que cambian: adquirimos responsabilidades, nos convertimos en profesionales, en padres, manejamos hipotecas, trabajos y dinero. Y a veces, todas esas responsabilidades ocupan tanto nuestro día a día, que parece que llevamos la vida a cuestas. Se nos olvida que ese corazón, esa alma a la que estamos ignorando, tiene vida propia y sus propias intenciones, por mucho que a nuestra lógica le gustara encerrarla y tirar la llave para poder vivir tranquila.

Como siempre he sido una persona de instintos, nunca he entendido bien ese empeño - que parece tener tanta gente - de guiarse por la razón en lugar de por el corazón. No niego que el corazón está loco. Nos suele llevar por el camino más difícil, por el rocoso, por el que nos hace pedazos. La razón es la calma, la lógica, la seriedad. La razón nunca te dejará hecho pedazos, porque tiene cuidado... mucho, mucho cuidado. Yo, que siempre he seguido a mi corazón con los ojos vendados y los cordones de los zapatos desatados, ya me he roto en cien, mil, cien mil pedazos y he tenido que recomponerme como quien intenta parar una hemorragia con tiritas. Es un proceso lento y doloroso y, cuando termina, nunca vuelves a ser la misma persona que eras antes. Hay una pérdida de inocencia, una cicatriz que nunca desaparece, cuando algo en lo que has puesto toda tu pasión se desmorona. ¿Y qué nos queda después? ¿Remordimientos? ¿Arrepentimiento? ¿Poco más que una ristra de dulces recuerdos?

Pues en mi humilde opinión: no, no es eso lo que nos queda. Lo que nos queda es una vida llena de deseos y de pasiones. Una vida llena de risas, de las que hacen que te duela la tripa, de ésas que parece que no vas a poder parar nunca. Nos quedan lágrimas amargas de sentimientos, una piel que hormiguea de vida, unos ojos que brillan y las ganas de vivir más... porque, aun en sus cien mil pedazos, el alma lo sabe: sabe que, tras todas esas cosas increíbles que ya hemos vivido, lo mejor sigue estando por llegar.

El corazón tiene razones que la razón desconoce. Somos dulces víctimas de nuestros instintos, de nuestros deseos más puros y básicos. Nuestra alma magnífica - esta alma que ríe y grita - quiere más. Quiere que digamos lo que pensamos, que no escondamos lo que queremos, que vivamos como lo que somos: seres en estado físico, hechos para reír y llorar, para entregarnos, para correr, besar, tocarnos, abrazar... hechos para comer(nos), para querernos, para corrernos y para bailar. Eso es lo que somos y eso es lo único que tenemos. Porque en cien años, cuando ninguno de nosotros esté aquí, cuando no seamos más que el humo de un recuerdo que una vez existió, nada más va a importar: sólo lo que hemos vivido, lo que hemos amado y la pasión con la que lo hemos hecho. 

Por eso puede que no sea mala idea, de vez en cuando, dar un respiro a la razón. Que se relaje. Que se tome una copa. Que se deje llevar. Y que el corazón nos recuerde lo que realmente significa vivir.



martes, 30 de diciembre de 2014

EN MUCHAS DIRECCIONES

Se termina otro año. A veces me resulta realmente terrorífico lo rápido que pasa el tiempo. Cada vez más. Cuando éramos pequeños, un día era una eternidad. Nos parecía que no íbamos a soportar tener que esperar hasta el día siguiente (nuestro cumpleaños, Navidad, la vuelta al cole, el comienzo de las vacaciones), porque cada minuto era elástico y se estiraba hasta el infinito. Los veranos - esos mismos con los que ahora haríamos mil y una cosas maravillosas - se nos hacían eternos porque nos aburríamos como setas. Queríamos volver al cole, ver a nuestros amigos, jugar, comprar libros que olían a nuevo, lápices con la punta perfectamente afilada y cuadernos impolutos.


Pero cuantos más años cumplimos, más veloz se nos antoja el tiempo. Un día de veinticuatro horas es corto para hacer todo lo que queremos y un año vuela a una velocidad que da vértigo. Mi frustración personal con todo esto es que el tiempo es demasiado rápido y la vida - sin embargo - parece lentísima. Al menos ésa es mi impresión. El tiempo pasa, inexorable, y las cosas que tengo entre manos, las que me gustaría hacer, mis proyectos y mis sueños, parecen progresar a velocidad de tortuga. 

Siempre se dice que la razón por la cual los niños perciben el tiempo de una manera tan diferente es que han vivido menos años y, por lo tanto, sus referencias temporales son distintas a las de un adulto. No dudo de que así sea. Pero también se me ocurre que los niños lo perciben todo de manera diferente porque viven en un micro-mundo radicalmente distinto al nuestro. Ellos son puros, nuevos, aún no están contaminados por objetivos, prejuicios y programaciones mentales. Y me parece que quizás ésta sea otra razón por la cual la vida les parece más larga: porque no tienen más planes que vivirla.

Estos días he estado disfrutando de algo de tiempo de descanso. He tenido algunos días de vacaciones en la oficina y eso me ha permitido dormir, recuperar fuerzas y plantearme las cosas de una manera lógica y coherente, sin el atenuante del cansancio y el estrés nublando mi juicio. Distanciarme del remolino de trabajo en el que he vivido inmersa durante todo este año me ha venido muy bien pero, por otro lado, también ha resultado algo peligroso... porque cuando paramos y nos damos tiempo de pensar y de observar nuestra vida, corremos el riesgo de caer en la duda, en la impaciencia y en la desesperanza. 


Sin embargo, yo finalmente he llegado a una gran conclusión: mi mejor opción, la que más feliz me va a hacer, es aceptar esa supuesta lentitud en mis sueños y objetivos, abrazarla como a una amiga y dejarme llevar por su vaivén. Y es que, por mucho que me impaciente, por mucho que piense, me desespere y siga planeando como una loca, las cosas no van a ir más rápido de lo que deben. La vida va a su ritmo y eso no lo puedo cambiar. Por supuesto que seguiré trabajando y creando mi camino, pero he decidido aparcar las frustraciones. No las quiero. No me sirven para nada. Lo único que consiguen es evitar que disfrute de mi día a día. Y la realidad (¿para qué engañarnos?) es que si perdemos la felicidad del camino, lo perdemos todo. 

Federico Fellini decía: "hay que vivir de manera esférica, en muchas direcciones. Nunca pierdas tu entusiasmo infantil... y las cosas llegarán a tu vida". No se me ocurre mejor consejo para comenzar un nuevo año. No sé cuándo llegaré a mis objetivos soñados. Lo único que sé es que la esfera de mi vida es rica y emocionante y está llena de cosas que nada tienen que ver con esos objetivos. Por lo tanto, mi mejor baza es comenzar el 2015 con el entusiasmo de una niña... 
... y los objetivos, que vengan: aquí los espero.
¡Feliz 2015 a todos!