lunes, 27 de marzo de 2017

ES PURO TEATRO


Hoy es el Día Mundial del Teatro y, como casi todos los años, lo recibo inmersa en una nueva producción teatral. Desde que comencé a dedicarme en serio al teatro, han sido poquísimas las ocasiones en las que no me he encontrado con el 27 de Marzo sin tener algún proyecto entre manos... me atrevería a decir que sólo me ha pasado una vez, cuando dejé mi trabajo corporativo para montar mi negocio, cosa que no me dejó tiempo para involucrarme en nada más ese año.

Es difícil para mí explicar, o incluso entender, el poder que tiene el teatro en mi vida, lo importante que es para mi existencia, las emociones que mueve, lo mucho que me ancla y me sacude a la vez. A veces me quedo pensando en lo curioso que es este oficio, en lo raro que le parecería a un ser de otro planeta llegar aquí y ver a decenas de personas sentadas en filas de butacas, completamente quietas, observando algo que ocurre en un escenario. El teatro es entretenimiento, pero también es comunicación, catarsis, magia, chamanismo, vida. Cuando un dramaturgo pone lápiz sobre papel para contar una historia, cuando un director la interpreta para ponerla en escena, cuando un actor la vive, transitando sus propios sentimientos y vivencias y lanzándolos al público como flores, como ráfagas de viento, como bofetadas de realidad... están abriendo canales, moviendo energía, sacando penas, resolviendo dudas, celebrando la vida.

Amo mucho mi trabajo como terapeuta, estoy completamente entregada a mis pacientes, a mis alumnos, a mi oficio de sanar. Sin embargo, el teatro nunca ha perdido su sitio en mi realidad. Cuando me dedicaba a algo que no me gustaba, funcionaba como vía de escape, como una manera de encontrar la felicidad fuera de mi horario de trabajo. Pero también ahora, y aun dedicándome a algo que amo con todas mis fuerzas, sigue siendo especial e irremplazable. Ésa es mi realidad. Y entiendo que no todo el mundo la comprenda... creo que es privilegio de unos pocos tener algo que nos haga sentir tanto. Para los que lo amamos, el teatro no es un oficio, sino un lugar. Un lugar de creación de sueños y de destrucción de traumas, un patio seguro en el que jugar y - al mismo tiempo - una montaña rusa en la que dar rienda suelta a nuestras obsesiones, deseos y pasiones. No siempre es agradable: a veces es duro, muy duro. Y como nos importa, lo sufrimos. Y cuando los traumas y las penas y las obsesiones salen a la superficie, duelen. Y tenemos que hacernos con ellas y arrancarlas del alma y lanzarlas al universo desde un escenario para quedar en paz.

A veces me pregunto por qué no puedo estar sin teatro; a veces no entiendo por qué nada me hace sentir igual de viva, por qué no puedo dejar de pensar en ello, por qué ha sido la semilla, el núcleo, el corazón de mi existencia desde que tenía trece años y pisé por primera vez un escenario. Y quizás nunca sea capaz de explicarlo con palabras. Mi única manera de expresarlo es con mi trabajo. Cada palabra que digo en el escenario, cada movimiento que hace un actor bajo mi dirección, es un acto de amor hacia mi oficio. Y es que a veces, las palabras sobran.

Feliz Día Mundial del Teatro a todos.

(Nota: "Un Tranvía Llamado Deseo" se representará bajo mi dirección, en versión original, del 1 al 4 de Junio en el Teatro Tribueñe - para más información, echa un vistazo al poster al principio de este post)

martes, 28 de febrero de 2017

NIÑOS CON HIPOTECAS


Llevo algunos meses - desde el comienzo del año escolar - inmersa en el enriquecedor, complicado, maravilloso y terrible mundo de la enseñanza infantil. En mi trabajo con los niños, he encontrado una vocación oculta que nunca había pensado que podía tener. A pesar de las dificultades con las que me tropiezo cada día, los retos individuales de cada niño y los generales de una persona que no ha estudiado pedagogía pero intenta cada día ser mejor educadora y mejor modelo a seguir para esos seres diminutos, este mundillo se ha convertido rápidamente en una de mis pasiones.

Lo que ocurre con esta historia de amor es que el período de luna de miel y el de la desilusión y el hastío no han ido uno detrás de otro, sino que ocurren a la vez: paso de uno a otro varias veces al día y a veces lo siento todo junto y me dan ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. No es que me esté volviendo loca (o al menos no lo creo); es simplemente que mi trabajo se ha convertido en una montaña rusa que me puede hundir en el agobio más absoluto a las 4 de la tarde y llenarme de orgullo y felicidad a las 6 del mismo día. Y más me vale no bajar la guardia, porque a las 8 todo se puede volver a hundir en el abismo de la frustración y el agotamiento total.


A veces me siento a reflexionar sobre las actitudes y las reacciones de los pequeños. Ellos aún no han aprendido a filtrar sus emociones, no entienden de estar en público, de tener que mantener la compostura, de callarse las cosas porque no proceden, o porque no es conveniente que nadie las sepa. Esto les convierte en jueces brutales de todo, incluidos sus profesores. Un adulto puede aburrirse en tu clase de inglés y callárselo con una media sonrisa, quizás guardárselo para más tarde, hablar contigo en privado en una esquina y decirte diplomáticamente que en su opinión éste no es el mejor método de enseñanza para él. Un niño te mira a los ojos y te dice: Esto es muy aburrido y no quiero hacerlo. ¿Podemos hacer algo más diver?

En ocasiones me quedo pensando que envidio esa libertad de la infancia de decir las cosas sin filtro... y que realmente no importe, porque eres un niño y esa brutal sinceridad se te disculpa. La otra cara de la moneda son las pataletas, las rabietas descontroladas de algunos de los pequeños cuando no consiguen lo que quieren. Cuando yo era pequeña, sabía que las pataletas no eran aceptables. Mis padres me educaron dejándome muy claro que las cosas no se conseguían así. Ésta no parece haber sido la educación recibida (o, al menos, comprendida) por algunos de los pequeños con los que trabajo. No dejo de creer que es importantísimo enseñarles que las cosas no se arreglan montando una escena, que no siempre podemos tener todo lo que queremos y una larga lista de etcéteras que mis padres me hicieron el favor de enseñarme a mí para convertirme en una adulta feliz, eficiente y capaz de construir mi vida a diario. Pero a veces - sólo a veces - cuando estoy muy cansada, cuando me siento frustrada o triste o harta, se me ocurre pensar que les entiendo perfectamente y que si yo pudiera, si fuera aceptable y correcto y no fuera a desembocar en un viaje al manicomio, yo también me tiraría al suelo a currarme una buena pataleta de vez en cuando.

Porque, ¿sabéis qué? La vida es dura. Y a veces es triste. Y a veces nos sentimos tan derrotados que creemos que no podemos continuar. Y, en el fondo, muy dentro de nosotros, seguimos siendo esos niños: esos niños sin filtro, libres, limpios, sinceros... y a la vez asustados y vulnerables y necesitados de protección. Una parte de nosotros nunca deja de ser ese niño al que le daba miedo la oscuridad, ése que pensaba que había monstruos debajo de la cama y que se creía al niño mayor que le contaba que si dices Bloody Mary tres veces delante del espejo del baño, se te aparece y te mata. Una parte de nosotras sigue siendo la niña con corrector dental a la que le daba miedo sonreír por si se reían de ella o a la que llamaban cuatro ojos porque llevaba gafas. Esa niña que, a día de hoy, siente que se le echa el mundo encima si tiene que quitarse las lentillas y salir a comprar el pan con sus gafas de Ralph Lauren con cristal reducido y montura de 800 euros.


Una parte de mí sigue siendo la niña pre-adolescente con la que se metían porque sacaba dos cabezas a todos los niños de su clase... y aun hoy, con 37 años, sigo teniendo cero sentido del humor con mi altura y me siguen dando bajones ocasionales cuando tres personas seguidas me la mencionan o cuando una potencial pareja me dice que no podría estar con una mujer tan alta como yo. 

Siempre seremos un poquito niños. Niños con trabajos e hipotecas y tarjetas de crédito. Niños que tienen que hacer girar el mundo todos los días con su esfuerzo y con sus acciones y que, a veces, sienten que esa responsabilidad se les queda demasiado grande.

Pero tenemos muchísima ventaja sobre los niños que fuimos hace años. Porque ahora también tenemos un adulto dentro de nosotros. Un adulto que ha aprendido a base de caerse y levantarse e intentarlo y fallar y volver a empezar. Tenemos que dejar que ese adulto nos guíe... y acordarnos de decirle que tampoco se olvide de dar un abrazo al niño de vez en cuando. 
Que le entienda, que le hable. 
Y que le quiera mucho. 


martes, 31 de enero de 2017

VULNERABLES


Hace algo más de una semana, estaba tumbada en la cama leyendo un libro, cuando por casualidad noté un pequeño bulto en un pecho. Mi mente tardó un par de segundos en registrar lo que estaba pasando. Tuve que volver a tocarlo para acabar de creérmelo. Pero sí. Ahí estaba. Un bultito del tamaño de un guisante que se movía bajo mi dedo cuando lo tocaba. Enseguida comencé a hacer mis cábalas: no era especialmente duro y se movía, con lo cual no pintaba mal. Además estaba muy en la superficie y no parecía estar conectado al resto del tejido del pecho. Estoy acostumbrada a tocar bultos de este tipo en el cuerpo de mi perrita, porque es propensa a los quistes de grasa. Así que probablemente era eso: un quiste de grasa. Me quedé dormida tras haber decidido llamar a mi ginecóloga a primera hora del día siguiente para pedir cita para mirármelo. Pero pensé hasta en escribirme una notita para no olvidarme de llamar: así de tranquila estaba. 

Lo que ocurre es que la mente es muy traicionera. Y cuanto más tiempo le damos para sabotear nuestra paz interior, peor. Cuando me levanté a la mañana siguiente, ya no estaba tan tranquila. Pasé un día complicado, con ensayos y clases y una gripe cuyos síntomas (estoy segura) empeoraron considerablemente con mi preocupación. Aun así, viví mi día, realicé mi trabajo, me mantuve presente en lo que estaba haciendo. Y me di cuenta de que, hace unos años, no podría haber hecho eso. El mantener un estado de paz interior frente al miedo y la preocupación es algo que se aprende y se cultiva. Hay personas a las que les sale de forma natural. Otras debemos ser conscientes de ello y trabajarlo cada día. A mí me ha llevado años de trabajo personal pero, a día de hoy, puedo decir que tengo suficiente fuerza mental y emocional para mantenerme en mi eje cuando las cosas se tuercen o el camino es incierto. 


Afortunadamente, no tuve que sufrir la preocupación durante mucho tiempo. Mi doctora me dio cita urgente para el día siguiente y una ecografía dejó claro que todo estaba bien. Supongo que lo normal en estos casos es darnos cuenta de lo vulnerables que somos, de lo precario que es nuestro destino, de lo fácilmente que puede cambiar la vida en un segundo. Pero ya sabéis que yo todo eso ya lo tenía claro: no hay día en el que no sea consciente de lo fugaz de nuestro paso por el mundo, de la rapidez con la que la vida puede dar un giro de 180º y lanzarnos del cielo al infierno (y viceversa) en un solo momento. Y qué importante es no necesitar un susto, una enfermedad o una pérdida para tener esa consciencia. Eso es lo que hace que nos aseguremos de no distraernos con tonterías, de eliminar la morralla, de reírnos a carcajadas hasta que nos duela la tripa, de pararnos a contemplar el cielo de Madrid, de mirarnos a los ojos y perdernos en una sonrisa. 

Y de querernos. De querernos mucho. De amar profundamente a nuestra gente. Y de permitir que ellos también nos quieran y nos ayuden. Porque lo más importante que he aprendido sobre los pequeños y grandes sustos de esta vida es que tratar de vivirlos en soledad, sin contar con quien nos quiere, sólo para intentar evitarles el disgusto o la preocupación, es lo peor que podemos hacer. A veces pensamos que tirar hacia delante y enfrentar la tormenta solos significa que somos fuertes. Queremos evitar la vulnerabilidad a toda costa, tanto la nuestra como la de las personas a las que amamos. Pero no nos damos cuenta de que hacernos vulnerables, compartir nuestros miedos, hablar de nuestras penas y apoyarnos en los nuestros es precisamente lo que nos hace más fuertes. A todos.

Y es que no basta con sentir el amor. El amor hay que ejercitarlo, utilizarlo, sacarlo a pasear. Y es sólo entonces cuando ese amor se convierte en una bestia invencible que puede con cualquier giro que a la vida se le ocurra dar.



sábado, 31 de diciembre de 2016

¿BORRÓN Y CUENTA NUEVA?


Hoy es el último día del año y, como todos los años, nuestros teléfonos y redes sociales se llenan de buenos deseos y maravillosos propósitos para el año que entra. Todo lo que estoy leyendo hoy es positivo, pero en esta semana, mientras se acercaba el final de este año tumultuoso y complicado, los mensajes eran de alivio por el fin de esta vuelta al Sol y los comentarios eran negativos, agresivos, llenos de enfado y de frustración.

Es cierto que el 2016 ha sido un año difícil para el mundo. Las noticias han estado plagadas de tragedias, de guerra, de terrorismo, de mala política, de pronósticos macabros para los próximos meses. Yo no sé qué va a pasar con el mundo; no tengo ni idea de si Trump nos va a llevar a todos a la ruina (económica y humana), no conozco el futuro que llegará para mis amigos ingleses como consecuencia del Brexit, ni sé si mañana, la semana que viene o dentro de tres meses vamos a salir todos volando en pedazos en algún atentado terrorista. No lo sé. Pero creo con total sinceridad que la percepción del año que comienza, igual que la del que termina, depende de cada uno de nosotros. No puedo arreglar el mundo, pero sí puedo arreglar mi vida: ordenarla, amarla y vivirla de manera consciente, saboreando al máximo los momentos buenos y asegurándome de tener la fuerza suficiente para sobrellevar los malos y aprender de ellos.


Por eso, cuando oigo a alguien decir que está deseando que acabe el 2016, mi respuesta es preguntarle qué piensa que va a suceder una vez que eso ocurra. ¿El hecho de que el año termine cambiará las circunstancias del mundo? ¿Acaso dejará de morir gente una vez que el 2017 entre, en todo su esplendor, en nuestras vidas? ¿Será todo mejor una vez que reemplacemos nuestros calendarios y agendas con los del nuevo año? 

Los que me conocen saben que no soy enemiga de la realidad espiritual y energética que nos rodea. Es más, creo firmemente en ella. Y creo que el cambio de año sí que puede traer nuevos aires a nuestra existencia. Sobre todo, el ritual de borrón y cuenta nueva que conlleva la Nochevieja es una buena manera de limpiarnos mentalmente y un buen momento para decidir comenzar de nuevo. Sin embargo, también estoy completamente segura de que las respuestas de nuestras vidas no están en una fecha. La respuesta, como siempre, está dentro de nosotros. La respuesta es vivir atentos, con los ojos abiertos, de manera consciente y plena. Una vez que conseguimos hacer esto, damos cada día un paso más en el camino hacia convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Y eso nos hace fuertes.

A diferencia de lo que muchos nos quieren hacer creer, tener el corazón y el alma abiertos no nos hace débiles: nos hace poderosos. Y contra eso, no hay mal año que pueda.

¡Feliz 2017 a todos!


miércoles, 30 de noviembre de 2016

UN DÍA ESPECIAL


La semana pasada, celebré mi cumpleaños. Parece mentira que entre estas dos fotos ya haya pasado un año. Y es que el 2016 ha pasado volando. Pensaba que era cosa mía, que tal y como me han dicho siempre, cuantos más años cumples, más rápido parece pasar el tiempo. Pero casi todas las personas con las que he hablado en estos días tienen la misma impresión que yo. Es posible que haya sido por todos los cambios que está sufriendo el mundo, por la cantidad tan elevada de tragedias o porque la humanidad parece estar más loca que nunca.

En cualquier caso, como dice la canción, el tiempo pasa... y no de largo. Con cada cumpleaños, revisamos inevitablemente nuestra vida, miramos atrás y pensamos en cómo hemos vivido este último año... y los anteriores. Y casi siempre nos parece que podríamos haber vivido más, que podríamos haber aprovechado mejor el tiempo, que hay cosas que ya han pasado y que nunca volverán. O que simplemente nunca llegarán a ser, porque ya no tenemos la edad para hacerlas.


Hace un par de semanas, actué en Romeo & Julieta, una versión de la eterna historia de amor de Shakespeare, producida por English Theatre Madrid (www.englishtheatremadrid.com). Fue una experiencia que me resultó muy intensa, muy reveladora y, en ocasiones, muy oscura, mientras trazaba paso a paso el camino de la construcción de mi personaje, llenándolo de partes de mí que se mostraban, bellas y terribles, casi sin que me diera cuenta. Sentí muchas cosas que no esperaba, pero la más poderosa de todas fue el amor maternal. No estaba del todo preparada para ese sensación, para el vértigo y la nostalgia y la tragedia y el poder y la maravilla que trajo a mi corazón. Pero ahí estaba. Y, por primera vez, se me ocurrió que quizás, sólo quizás, me arrepentiría algún día de no haber sido madre. El pensamiento cayó como una losa hasta el fondo de mi estómago para luego levantar el vuelo de inmediato y convertirse en un huracán de preguntas y esperanzas: quizás aún estoy a tiempo, ¿cómo lo haría?, ¿podría adoptar siendo soltera?, ¿podría permitirme un proceso de inseminación artificial?, ¿de dónde podría salir el dinero?

Todas mis preguntas, dudas y esperanzas me acompañaron silenciosas, pero muy presentes, entre copas, música y baile después de nuestra última función. Y cuando la primera luz de la mañana se llevó consigo las copas, la música y el baile, amanecí en mi cama, sola, con todo el día a mi disposición, para hacer con él lo que quisiera. Me levanté, me hice un café y, mientras lo saboreaba lentamente - con tiempo por primera vez en varios meses - todas mis dudas, preguntas y esperanzas se colocaron en su lugar.


Lo cierto es que yo no quiero ser madre. Nunca he querido. Sólo ha habido dos ocasiones en mi vida en las que me he planteado esa posibilidad: una fue cuando mi padre enfermó y falleció. El amor que se manifestó en mi familia desde el momento del diagnóstico de mi padre hasta después de su muerte fue tan fuerte, tan potente y nos ha unido tanto, que me hizo desear crear otra familia así, tener un hijo para poder continuar esa cadena de amor inquebrantable.

La otra ocasión ha sido ésta: la obra de teatro, el personaje, la madre y su amor incondicional hacia su hijo. No me había dado cuenta hasta este momento, hasta que me he sentado a escribir estas palabras, que el denominador común de las dos es el amor. Porque aunque cada amor sea distinto y aunque digan que el maternal es insuperable, al fin y al cabo, todos los tipos de amor son eso... amor. Creo firmemente que todo lo que he vivido, las alegrías, pero sobre todo las dificultades, las pérdidas (sobre todo la de mi padre), las pequeñas y grandes tragedias de mi vida me han traído hasta aquí, hasta convertirme en una persona más completa, más empática, más generosa y con más capacidad para amar. También me han hecho capaz de sentir cada momento tan intensamente como si fuera el mejor o el peor de mi vida.

Y creo que esto es algo que he notado mucho en este cumpleaños. Las mejores ocasiones especiales son aquellas que no están desproporcionadas, que no nos sacan de nuestro eje. No hay nada mejor que vivir un día especial sin el agobio de necesitar hacerlo especial, simplemente porque es una fecha señalada. Cuando vivimos cada día como algo realmente único (puesto que lo es), cuando celebramos nuestra vida cada mañana, porque es nuestra y porque la vivimos como nos gusta, cuando disfrutamos cada evento, cada quedada, cada obra de teatro, cada curso, cada café, como si fuera lo más importante que hemos hecho (porque. en este momento, realmente lo es), nuestro cumpleaños - o cualquier otra fecha señalada - deja de ser motivo de presión, o de nostalgia, o de arrepentimientos y esperanzas vacías... y se convierte, simplemente, en otra maravillosa alegría que añadir a nuestra lista, para vivirla como nos dé la gana... que para eso nos pertenece.



lunes, 31 de octubre de 2016

MUÑECAS RUSAS


Acabo de regresar de Nueva York, donde he asistido a un curso para obtener mi certificación oficial como Vegan Lifestyle Coach (Coach de Vida Vegana). Es algo que quería hacer desde hace tiempo, no sólo para obtener el título oficial, sino por la experiencia en sí misma. El curso fue organizado e impartido por Victoria Moran, una de las autoras y educadoras más conocidas en el ámbito de la nutrición y el estilo de vida vegano, una persona a la que he admirado mucho desde hace años y que deseaba muchísimo conocer. Además, la experiencia de compartir conocimientos, vivencias, dudas y preguntas con otras personas con los mismos intereses y principios que yo era algo que no me podía perder. El hecho de que el curso se impartiera en Nueva York, esa ciudad que adoro, que me llena de vida y de energía cada vez que la visito, era la maravillosa guinda del precioso pastel que se me ofrecía con esta oportunidad única.

Creo que hacer este viaje ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. He disfrutado la experiencia de una manera casi inexplicable, con pasión y ganas y arrojo y profunda gratitud, a un nivel realmente extraordinario... incluso para una persona tan disfrutona como yo. Hace algún tiempo, leí un artículo en el que la autora declaraba que había decidido gastar su dinero solamente en cosas que se podía llevar a la tumba: es decir, en experiencias. Me siento muy identificada con ese propósito. Y creo que este viaje es el ejemplo perfecto de ello. Es muy probable que este nuevo título me abra nuevas puertas profesionales, pero eso no es lo que más me importa. Para que nos entendamos, si supiese que iba a morir mañana, habría hecho este curso de igual manera: por lo que me ha aportado en el presente, por lo que me ha hecho sentir, por la energía que ha movido, por la riqueza de mi vivencia, por la profundidad de los sentimientos y de las emociones que ha suscitado. Martin Luther King lo explicó a la perfección: Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol.


Venía en el metro pensando en todo esto... y en que con este curso he añadido otro yo, otra faceta más, a mi ser interior. Siempre he intentado seguir enriqueciendo lo que soy, ser muchas personas en una... algo que me ha venido a la cabeza especialmente hoy, mientras observaba a tanta gente en el metro disfrazada por Halloween. El caso es que todos tenemos nuestros disfraces, también en el día a día... máscaras que nos ponemos, personas en las que nos convertimos dependiendo de la situación y del entorno: madre, padre, empleado, jefe, amigo, hijo, enemigo, ayudante, amante, amado. A veces, esas diferentes personas que somos en cada parcela de nuestras vidas son máscaras falsas, irreales, que nos hacen sentir incómodos y frustrados. Era mi caso cuando trabajaba en el mundo corporativo; me sentía como una niña haciendo de mayor, trajinando con cosas que no le interesaban en absoluto. Otras veces, esos supuestos disfraces son en realidad como pieles distintas, partes reales de nosotros mismos que nos hacen sentir realizados y felices. Ésa es la sensación que tengo ahora: la de una vida compuesta por una serie cada vez más extensa de muñecas rusas, que van mostrándose poco a poco mientras voy dibujando los pasos de mi camino. Al haber eliminado lo que tanto tiempo y energía ocupaba sin aportar nada de bienestar, he dejado sitio para todas las demás facetas de mi ser que no conseguían salir a la luz del todo. Así, la terapeuta, la profesora de inglés, la actriz, la animadora infantil, la traductora, la coach, la comunicadora y muchas otras partes de mi existencia conviven en mí en perfecta armonía. Y con cada trabajo, por muy agotador que sea, salgo contenta, realizada, feliz de estar dibujando el camino que quiero, lejos de miedos, prejuicios y convenciones sociales.

Cada día es un nuevo comienzo y cada jornada es distinta. Y yo, enemiga aterrada de la rutina, doy gracias por ello en cada respiro, desde lo más profundo de mi ser.



viernes, 30 de septiembre de 2016

CTRL + ALT + DELETE


Hoy he tomado el aperitivo con mi amiga Esther. Como las dos somos autónomas y estamos intentando sacar adelante nuestros negocios, el tema del trabajo sale inevitablemente siempre que hablamos. A veces comentamos las preocupaciones y tribulaciones a las que se enfrenta cualquier persona que intenta salir adelante con un negocio propio en esta economía precaria. Pero casi siempre (y esto es lo que me encanta de charlar con Esther) nuestra conversación gira en torno a cosas mucho más personales, únicas e individuales: nuestra visión, nuestro amor por lo que hacemos, nuestras ganas de mejorar la vida de los demás con nuestro trabajo. Esto me gusta porque, en general - y sobre todo cuando trabajamos por cuenta ajena - las conversaciones sobre trabajo no suelen llevar una carga personal acentuada. Pero las conversaciones entre autónomos son distintas. Sobre todo si los autónomos en cuestión han elegido sus negocios por pasión, por vocación, por fe. No es lo mismo un autónomo que crea una start-up con el objetivo de venderla a corto/medio plazo, que una persona que pone en marcha un negocio porque quiere dedicar su vida a hacer algo que le encanta.


Es cierto que, cuando amas lo que haces, todo te duele más: el cliente que no vuelve, el curso que no sale, el producto que no funciona. No es sólo cuestión de dinero. Se te parte el alma cada vez que tienes que hacer borrón y cuenta nueva. Pero la realidad es que, en cualquier negocio, hacer borrón y cuenta nueva está a la orden del día. Cuando empiezas, todo el mundo te dice que vas a cometer mil errores y tú dices que sí, que lo sabes. Pero, en el fondo, no piensas que te vayas a equivocar. Lo tienes tan claro que sabes que lo vas a hacer bien. 

Pero sí que te equivocas. Mucho. Una, dos, cien, mil veces. Es así. La única forma de avanzar cuando se congela la pantalla (y se va a congelar, hagas lo que hagas) es reiniciar: CTRL + ALT + DELETE. Y vuelta a empezar.

El camino de un emprendedor apasionado (y de hecho, el de cualquier persona apasionada, sea cual sea su ocupación) es difícil. Pero también es muchísimo más bonito y enriquecedor que el del que pone el piloto automático y evita la implicación personal. Además, tiene una ventaja adicional: la pasión te da una capacidad sobrehumana para reinventarte. La pasión es energía y la energía es fuerza: te levanta una y otra vez, aunque ya sea la enésima vez que te caes y te haya dolido más que nunca. 


La reinvención no es un problema grave para aquel al que le mueve la pasión. Simplemente porque siempre, siempre, siempre tiene inquietudes, cosas nuevas que quiere probar, aventuras emocionantes que no se puede perder. El apasionado es incansable. Su energía no es de este mundo, contagia a todos los que tiene a su alrededor y lo llena todo de vida. 

Así que si tú también eres una de esas personas apasionadas y da la casualidad que estás leyendo este blog, sólo quiero animarte a que no cambies. 
Que no se te olvide que puedes con todo (sí, literalmente con todo). 
Y si esa última caída te ha hecho mucha pupa, recuerda que de ésta también te podrás levantar. 
Ya sabes: CTRL + ALT + DELETE y adelante.