viernes, 26 de agosto de 2016

LOS VELOS INVISIBLES


En pleno apogeo de la polémica del burkini en occidente, me encuentro estos días planteándome muchas cuestiones sobre la libertad. Sin ánimo de entrar en temas de política o religión en este blog (no lo he hecho nunca y no tengo intención de empezar a hacerlo ahora), todas las opiniones que he estado oyendo y leyendo en estos días me han hecho plantearme muchas cosas sobre mi propia vida y, en general, sobre la manera de vivir que tenemos en esta sociedad supuestamente moderna y libre.

He estado pensando mucho en lo que es realmente la libertad y en si hay alguien en todo este mundo que realmente sea poseedor de eso que consideramos un derecho, ese bien preciado que anhelamos por encima de todo, llevándonos las manos a la cabeza cada vez que consideramos que ese maravilloso tesoro le ha sido arrebatado a alguien.

Escribo desde el punto de vista de una exiliada. Exiliada de un país en el que aún es obligatorio llevar hijab si eres mujer. Mis padres tomaron la excelente decisión de sacarme de ese país, en el que las libertades de antaño habían sido sustituidas por interpretaciones ridículas del Corán, utilizadas para someter al pueblo en favor de la comodidad y la conveniencia de unos cuántos. Salimos y pusimos rumbo a occidente, a un país supuestamente libre, a una sociedad en la que, al menos teóricamente, cada uno tiene la libertad de ser como quiera ser.  


Gracias a esa decisión de mis padres, no he tenido que vivir tapándome la cabeza con un hijab. No he sido perseguida por mis creencias, ni por la falta de ellas. He tenido libertad de expresión, libertad para vivir mi sexualidad, libertad para dedicarme a lo que me ha dado la gana. He tenido la fortuna de vivir libre.

Sin embargo, estos días no dejo de pensar en todos esos pequeños micro-atentados contra esa libertad. Ésos de los que casi nunca somos conscientes. Ésos que, aunque no nos demos cuenta, nos acompañan en cualquier sociedad. Los describo desde el punto de vista de la mujer, no sólo porque lo soy, sino porque creo que todos podemos estar de acuerdo en que la mujer se suele llevar la peor parte de todas esas afrentas:

¿Vas a salir a la calle vestida así? 
No vayas tan ajustada, que parece que vas provocando
¿Qué hiciste exactamente para evitar la violación?
¡Vaya jaca! ¡Te voy a comer todo el...!
Qué guapa eres... si te maquillaras un poco atraerías todas las miradas
Sácate partido
Tíñete las canas
Con esa cara tan bonita que tienes, si te quitaras esos kilos de más, serías irresistible

Vivimos en una sociedad a la que se le llena la boca hablando de ese gran atentado contra la libertad que es el burkini, pero que falla a la hora de identificar sus propios atentados. Una sociedad en la que la mujer que se acuesta con un hombre casado es un buscona (el hombre es simplemente... un hombre), la mujer que disfruta de su vida sexual es una zorra (el hombre que hace lo mismo es un machote), la mujer que viste de manera sensual porque ama su cuerpo es una fresca (el hombre que se siente con derecho a hacer un comentario soez sobre su aspecto - o incluso a tocarla - está perdonado, porque ella lo iba buscando). 


Al mismo tiempo, la mujer que no se maquilla no se está cuidando, la que tiene unos kilos de más es gorda y vaga, la que no se tiñe las canas se está dejando envejecer, la que está sola después de los 35 es una solterona, la que no ha tenido hijos no sabe lo que es ser una mujer de verdad.

Quizás no vivamos tapándonos la cabeza con un velo, pero nuestro mundo, lejos de ser completamente libre, es en muchos sentidos una fabricación, una ilusión de libertad sustentada por cientos de velos invisibles que casi siempre se nos olvida cuestionar.

Creo que, además de ver la paja en el ojo ajeno, debemos comenzar a prestar atención a lo que pasa aquí, en nuestro entorno, en nuestras propias vidas. Todo atentado contra la libertad de cualquier ser vivo es una aberración. El hijab y el burkini lo son, pero ha llegado el momento de mirar también con ojo crítico lo que pasa en nuestro propio día a día. Únicamente conociendo la realidad de nuestras vidas seremos capaces de rebelarnos contra lo que nos ata y lo que nos empequeñece. Sólo así empezaremos a vivir más cerca de nuestro máximo potencial y, sobre todo, más cerca de la auténtica libertad.




miércoles, 27 de julio de 2016

RAÍZ Y ESENCIA


Mañana me voy de viaje a Budapest. Tal y como ya hice hace cinco años, voy a reunirme con mi pequeña Torre de Babel. Os hablé de ella en esta entrada:

http://mipequenoteatrodesuenos.blogspot.com.es/2011/07/traves-del-tiempo.html

Mi familia, que ha estado desperdigada por el mundo desde que tengo uso de razón, compuesta por personas que han adquirido las costumbres de sus países adoptivos, nuevas generaciones que ya ni siquiera hablan persa, todos nosotros separados, desarraigados de nuestro mundo y convertidos en ciudadanos forzosos del mundo occidental. Y, sin embargo, encontrarme con ellos me hace volver a mi esencia más profunda, me hace sentir arraigada, parte de una tribu, perteneciente al clan.

Cuando era pequeña, el hecho de ser exiliada, de no tener una gran familia a mi alrededor, de no conocer a mis abuelos, a mis primos... me hacía sentir perdida, casi vacía. Me daban envidia mis amigas, porque vivían jugando con sus primos, yendo a la boda de la cuñada de su hermana, visitando a los abuelos el Domingo y peleándose con toda la familia en navidades. Yo sólo tenía a mis padres y a mi hermana y ésa fue una de las razones por las cuales, desde el principio, fuimos una familia tremendamente unida. Con el tiempo, encontré mi propia identidad y el hecho de haber sido arrancada de mi tierra siendo tan pequeña dejó de parecer algo tan trágico. La educación que me regalaron mis padres y los caminos que fui tomando en mi vida hicieron que comenzara a verme, no como una persona desarraigada, sino más bien como una ciudadana del mundo. Los conceptos de nacionalidad, raza e incluso religión se han ido diluyendo en mi cabeza hasta desaparecer y han sido sustituidos por sentimientos de internacionalidad, conexión y espiritualidad.


Uno de los grandes retos del ser humano es encontrar su verdadero ser, su esencia más pura. Vivimos en una sociedad tan condicionada por nuestros miedos, por la inseguridad, por los intereses de unos cuántos, que detrás de cada esquina siempre hay alguien diciéndote quién eres o quién deberías ser. El reto es escapar del camino trazado y buscar la verdad. No es tarea de unos días. Y tampoco creo que sea un trabajo con un principio y un fin. Todo lo que yo he ido construyendo en estos años ha sido a base de mucho trabajo personal y no creo ni por asomo que haya terminado. Lo que sí es cierto es que ahora, a diferencia de hace unos años, convivo conmigo misma con gusto, convencida de que quiero estar en esta relación para toda la vida, segura de que quiero arreglar lo que se vaya rompiendo y, sobre todo, de que puedo hacerlo.

Quizás por eso, porque mi relación conmigo misma ha madurado lo suficiente como para poder volar lejos y sin ayuda, ayer me despedí definitivamente de mi terapeuta de hace ocho años. Los dos estuvimos de acuerdo en que era el momento. Y sin embargo, para mí no fue tarea fácil. No porque me preocupe prescindir de la terapia: estoy más que convencida de que ya no la necesito. Pero ocho años es mucho tiempo y, cuando la persona de la que te despides ha sido una parte tan importante de tu vida, un elemento tan esencial en tu camino para convertirte en la persona que hoy eres, da mucha pena decir adiós. Aunque nos volvamos a ver en otros contextos. Aunque los dos sigamos viviendo en Madrid. Aunque podamos seguir en contacto. Aun así, ayer me sentía exactamente igual que cuando tu mejor amiga se va a vivir a otro país - estás contenta porque vuestras vidas están evolucionando, eres feliz por ella porque está haciendo lo que quiere, pero la sensación de nostalgia y esas ganas de llorar no te las quita nadie.


Por no montarle el numerito en la consulta, y porque realmente no me sentía con fuerzas de decir todo lo que sentía sin llorar, me callé, le abracé y me fui. Y aunque sé que él es consciente de lo que siento porque se lo he dicho muchas veces, también se lo tengo que decir desde este blog porque se lo merece:

Que ha sido la persona que más cosas ha sabido de mí en estos años (más, incluso, que mi propia familia). Que la persona en la que me he convertido existe en gran parte gracias a él y que le estaré eternamente agradecida por haberme ayudado a encontrar mi verdadero yo. Que espero poder ayudar a mis propios pacientes como él me ha ayudado a mí, porque también me ha enseñado a ser mejor terapeuta. Y que sé que no le gustan las muestras de cariño ñoñas, así que le pido perdón por ésta.
Y que le voy a echar de menos. 

jueves, 30 de junio de 2016

EL OLOR DE LOS RECUERDOS


Estoy trabajando como monitora en un campamento de verano. Andaba buscando un trabajillo extra para el verano, ya que en estas fechas el número de pacientes en la consulta baja bastante y no viene mal tener un plan de contingencia. Así que ahora me paso el día rodeada de esos locos bajitos, que diría Serrat.

Siempre me ha gustado trabajar con niños. Aunque no tenga deseos de ser madre, me encanta introducirme por un ratito en ese mundo puro, amoroso y algo extraño, en el que todo importa muchísimo y, sin embargo, nada importa durante demasiado tiempo. Se me llena el corazón de ternura con sus sonrisas pícaras, con sus preguntas, con esos llantos desbordados que enseguida se olvidan y se sustituyen por alegría y risas. Ellos juegan a la vida. Y estar con ellos me hace sentir casi igual de libre y auténtica que cuando estoy sobre el escenario, que es el lugar en el que mi niña interior siempre ha estado más contenta y más reconciliada con mi yo adulto.


Hoy, uno de los niños me ha dicho que tenía que pasarse por su clase (algunos de los niños del campamento van a ese mismo colegio durante el año escolar) para recoger una carpeta que se había dejado ahí. Le he acompañado para que no fuera solo y, cuando hemos abierto la puerta, mis fosas nasales se han llenado de inmediato con un olor que me ha traído tantos recuerdos, y tan llenos de emociones, que me he quedado parada durante unos segundos, incapaz de moverme. Ese olor de aula de colegio: esa mezcla de libros y niños y llantos y esperanza y futuro. El olor de la infancia. De mi infancia.


Volviendo a casa, pensaba en la potencia tan grande que tienen los olores a la hora de retrotraernos al pasado. El olfato es el sentido que con más fuerza nos provoca emociones y sensaciones y, cuando éstas pertenecen a nuestra infancia, esa fuerza se multiplica. Mi profesor de interpretación, la persona que me enseñó prácticamente todo lo que sé sobre el arte al que he dedicado tanto tiempo, ha sido muy importante en mi vida por razones obvias; pero aparte de todo lo que me ha aportado, tengo un recuerdo muy tierno de él... y es que, cada Sábado, cuando llegaba a la escuela para dar clase, olía a mi infancia. Nunca supe identificar con exactitud ese olor, ni sé a qué parte de mi infancia pertenece, pero ese olor me transportaba, cada mañana de Sábado, a ese tiempo en el que aún jugaba a la vida y todo era como el teatro: efímero, intenso y muy bello.

Ahora que empiezo (otra vez) una nueva etapa en mi vida, en la que las cosas van a volver a cambiar (espero que para bien), en la que espero poder disfrutar y llenar mi casa de más gente, más trabajo, más pasiones y más esperanzas que nunca, espero saber acompañar mis experiencias con los mejores olores, para poder revivir todas las alegrías que vengan, durante el resto de mi existencia.

 

martes, 31 de mayo de 2016

CUANDO DUELE


Hace unos días, buscando en el baúl de los recuerdos (ése que ahora guardamos en el disco duro de nuestro ordenador), me encontré con el primer book fotográfico que me hice como actriz. Fue en el año 2004. Desde entonces, han llovido doce años y un montón de otras cosas. Me llamó la atención mi mirada en aquellas fotos. Limpia, inocente y algo infantil. Porque se puede decir que, por aquel entonces, aún no me había pasado nada: no había tenido un gran desamor, ni había perdido a nadie, ni había experimentado la muerte de cerca... y así, una infinidad de cosas que me han pasado en estos doce años y que aquella niña del 2004 quizás entendía a nivel intelectual y abstracto, pero no tenía ni idea de cómo la iban a cambiar una vez que ocurrieran.

No es que quiera recuperar a esa niña de las fotos. No envidio su inocencia. De hecho, la recuerdo como una persona bastante incompleta y débil, llena de complejos y de ideas muy poco realistas sobre la vida. Mi mirada de hoy es algo menos limpia, manchada por la pérdida de la inocencia, por la consciencia de los males de este mundo y por el dolor. El dolor de la pérdida, de la separación, de la traición y de ese naufragio del corazón que es la nostalgia.


La vida duele. Y, por naturaleza, intentamos evitar ese dolor. Nuestro instinto de supervivencia nos hace querer estar bien, encontrarnos a gusto, disfrutar. Pero es obvio que no siempre es posible. Opino que hemos creado una sociedad en la que el dolor está demonizado - no nos gusta mostrar que estamos mal ni tampoco ver que los demás lo están. Las redes sociales han elevado esto a la enésima potencia y, hoy en día, sentimos la presión de mostrar nuestra vida perfecta en ese escaparate que hemos creado para espiarnos los unos a los otros sin parar. Lo más común no es que la gente cuente sus miserias (ésas que absolutamente todos tenemos). Sólo contamos lo bueno. Nos hacemos la foto de rigor y vendemos esa mentira al mundo. Y el mundo la compra.

Pero el dolor está ahí por algo. Si no sintiéramos dolor, tampoco podríamos sentir alegría, alivio, tranquilidad, felicidad. El dolor nos cuenta que nos ha pasado algo, que nuestra vida se ha movido y nos ha sacado del eje. Eso hay que sentirlo y procesarlo para poder seguir adelante. Evitar el dolor, ignorarlo, pretender que la vida sea siempre fácil y placentera nos mantendrá anclados en el mismo lugar hasta que un día explotemos de tanto sentimiento sofocado. El dolor nos avisa de que algo no va bien y nos protege de seguir haciéndonos daño.


Y no estamos solos. El dolor da la oportunidad a otras personas de ayudarnos y de querernos. Dar y recibir ayuda en esos momentos cambia las relaciones y enriquece de una manera que la alegría y la tranquilidad no consiguen. Porque el dolor une.

Por eso, no echo de menos a esa niña de mis fotos. Puede que mi mirada haya cambiado, pero es porque ahora lleva dentro las penas y las alegrías de todo lo que he vivido y, sobre todo, el amor que las ha acompañado. Y eso, jamás se me ocurriría cambiarlo.


sábado, 30 de abril de 2016

(DES)CONTROL


Siete de la mañana. Suena el despertador. Me encantaría darle al botón de snooze y quedarme en la cama un rato más, pero Julieta ya espera impaciente detrás de la puerta de mi habitación para que la saque a pasear. Hacerlo no es cosa de quince minutos. Caminamos durante aproximadamente una hora y media (la mayoría de los días, es mi hora de máximo ejercicio; quemo unas 600 calorías de las 1200 que me he impuesto como objetivo diario) y después vamos al parque para que ella corra detrás de su pelota (su momento favorito del día). 

Probablemente, los pacientes empezarán a venir temprano. Y aunque hoy no tenga pacientes por la mañana, es seguro que tengo una larga lista de otras cosas pendientes de hacer. No hay más que un plátano mustio en el frutero y dos tomates casi estropeados en la nevera, así que me toca hacer compra. Comer bien no es sólo importante para mi salud, también es parte de mi trabajo. ¿Cómo voy a asesorar a otras personas sobre nutrición si yo no llevo a cabo mis propios consejos? Por lo tanto, la compra es una prioridad. La perra también, porque es mi responsabilidad. Y tengo un curso de una semana (cinco largas horas al día) sobre los secretos de un buen emprendedor. El curso ha añadido unas diez cosas a mi lista de quehaceres (por lo visto, mi página web es una porquería, no sé nada sobre finanzas, tengo que darme de alta en más redes sociales y ya estoy tardando en ponerme en contacto con los medios para vender mi negocio). Además, participo en una nueva obra de teatro, en la cual dirijo y actúo en varias escenas. Estar en contacto con el teatro de nuevo me llena de vida, pero lo cierto es que tengo que meter los ensayos con calzador entre pacientes, cursos y eventos y aún no he memorizado ni una sola palabra del texto.


Éstas son las grandes ramas de mi pequeño árbol personal de caos. También hay ramitas: cumpleaños, bodas, comidas, cafés, expos a las que asistir, una larga lista de programas que he grabado en la tele para ver más tarde... y libros... una montaña de libros pendientes de leer. Cada mañana a las siete, cuando suena el despertador, tengo intención de leer esos libros y ver esos programas, pero cuando llego a casa a las nueve de la noche, tras ver al último paciente, estoy tan agotada que lo único que quiero hacer es cenar y ver algo ligero. Mi cabeza no tolera ni libros sobre fitoterapia china (y ni siquiera novelas) ni documentales de National Geographic. 
  

Todo esto hace que tenga una sensación permanente de descontrol. No me molesta siempre, pero siempre está ahí. Mi neurosis (esos pequeños toques de trastorno obsesivo compulsivo que me acompañan desde pequeña) hace que necesite ordenar mi vida. Así que cuando el caos me molesta, ordeno. Tener mi casa y mi consulta ordenadas, las facturas pagadas y los pequeños recados hechos me hace sentir que tengo algo de control sobre lo que sucede a mi alrededor. 

Claro que, en el fondo, sé que no es así. No hay control. No puedo evitar que el ordenador falle de repente y me haga perder el trabajo de una hora. No mando sobre la voluntad de los pacientes que cancelan en el último momento, ni sobre el dependiente que se toma su tiempo para pesar la fruta, charlar con el de al lado y darle una calada a su cigarrillo cuando yo tengo exactamente treinta segundos para pagarle, coger mi compra y salir corriendo, porque no llego. De la misma forma, no tengo completo control sobre mi salud, ni sobre la de mis seres queridos. Y, obviamente, tengo cero control sobre los desastres naturales y sobre las mentes psicópatas de los terroristas.


Por mucho que ordene, la vida va a pasar. Quiero decir, que va a ocurrir. Y también que el tiempo seguirá corriendo. Y lo cierto es que a mí me gusta correr con él. No creo que me vaya a convertir nunca en una persona completamente relajada, que deje todo por hacer, que no se preocupe de llegar a tiempo, que no le importe hacer menos para su negocio o que se olvide de comprar el regalo perfecto de boda o de cumpleaños. No quiero convertirme en esa persona. Pero vivo cada día buscando el equilibrio... ése que no me distrae de todo lo que quiero hacer... pero que me permite a la vez sonreír al dependiente de la frutería, sabiendo que esa calada a su cigarrillo no va a romper mi día.

Me he pasado media vida intentando eliminar el caos de mi vida. Pero me he dado cuenta de que la respuesta no es eliminarlo, sino aceptar que es parte de mí (y que, en realidad, me gusta). 
Y después, simplemente, fluir con él lo mejor que sepa.   


domingo, 27 de marzo de 2016

DAME LA MANO


Hoy he pasado un rato en El Retiro con mi amigo Iñaki. Es una pequeña tradición nuestra: solemos quedar un Domingo cada mes o mes y medio para vernos, dar un paseo y charlar. A los dos nos encanta El Retiro y este pulmón de Madrid se ha convertido en nuestro lugar de encuentro habitual. Hoy me he acercado al Palacio de Cristal quitándome abrigo, pañuelo y guantes, ya que el día ha sido típicamente primaveral, muy frío por la mañana y llegando hasta 23 ºC al sol a mediodía. El Retiro estaba abarrotado de gente: padres y niños dando de comer a los patos del estanque, parejas paseando y disfrutando del sol y músicos tocando una melodía mágica de hang.


Mi cabeza también estaba abarrotada. De pensamientos, decisiones por tomar, dilemas, dudas. Aproveché la compañía de mi amigo para soltar un poco de lastre, contar lo que me asusta y preocupa y pedir consejo. Un par de horas después, cuando volvía paseando a casa, pensaba en lo ligera que me sentía y en cómo, muchas veces, el simple hecho de decir algo en voz alta nos ayuda a aclarar nuestros pensamientos y tomar decisiones casi inmediatas. 

Qué importante es el contacto humano para nuestra existencia. En los últimos meses, toda mi energía ha estado destinada a montar mi negocio, a preparar la consulta, a mejorarla, a mis pacientes, a mis continuos estudios. Aunque en teoría tengo más contacto directo con otras personas que en mi anterior trabajo, lo cierto es que - en este sentido - la relación con los pacientes no cuenta. Al establecer una relación terapeuta-paciente, es necesaria cierta barrera emocional, para protección de ambos. Y aunque los pacientes, de manera natural, suelen contarme cosas ajenas a su motivo de consulta, yo no puedo implicarme emocionalmente en sus temas personales y, evidentemente, mucho menos contarles los míos. Por lo tanto, en consulta no se suele establecer ese vínculo emocional tan humano y tan necesario para nosotros.


Por otro lado, mi situación económica desde que no disfruto de un sueldo fijo se ha traducido en una falta de actividad social: nada de cursos, eventos contados con los dedos de una mano y muy pocas salidas con los amigos. Estos meses he sentido la necesidad de dedicar todo mis esfuerzos económicos, intelectuales y emocionales únicamente a mi trabajo. Lo he hecho conscientemente, sabiendo lo que hacía. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que ésta no es una situación sostenible.

Nos necesitamos los unos a los otros. Es ridículo, irreal y bastante peligroso intentar convencernos de lo contrario. Y es que, cuando nos encerramos en nosotros mismos, perdemos perspectiva. Anaïs Nin dijo: No vemos las cosas como son; las vemos como somos nosotros. Esta verdad es más grande que nunca cuando estamos solos, cuando no hay espejos donde mirarnos, personas lo suficientemente alejadas de nuestros agobios y nuestras pesadillas como para sacarnos de nuestra espiral y ponernos los pies en la tierra de nuevo.     


Mi abuelo materno solía gastar todo su dinero en dar fiestas a las que invitaba a todos sus amigos y familiares. Nunca le interesó tener propiedades, ni ahorrar, ni gastar en cosas materiales. Lo que más feliz le hacía era tener la casa llena de las personas a las que quería. Y qué razón tenía. Nuestro círculo, nuestra gente, nuestros seres queridos. Son nuestro escudo protector, nuestro cable a tierra, el viento que nos impulsa para volar. 

La única realidad inquebrantable de nuestra existencia. 

Lo único que quedará para siempre, aun cuando todo lo demás ya haya desaparecido.





sábado, 27 de febrero de 2016

FINALES FELICES


Hace unos días, un Domingo por la tarde, me hice un té y me senté en el sofá a ver la televisión. Estaban poniendo Sabrina y sus amores, que no es la película original de la única y adorable Audrey Hepburn, sino una versión moderna que se hizo en los años 90, con Harrison Ford y Julia Ormond. Una de tantas versiones modernas de clásicos del cine: las colocan en un contexto de hoy, cambian ciertas cosas para que no quede arcaico, suelen añadir algo de sexo y lo disfrazan todo con el fin de crear la impresión de que esta nueva versión es para un público totalmente liberado, una era moderna en la que mujeres y hombres somos iguales, en la que se ha eliminado cualquier referencia machista. La protagonista es inteligente, cultivada, tiene (o encuentra durante el transcurso de la película) una profesión fascinante, es independiente, viajera y estupenda. Cómo hemos avanzado, pensará el público. Qué suerte tenemos de que hoy en día no se perpetúen los estereotipos machistas de antaño.

Lamentablemente, sólo hay una cosa más peligrosa que esos estereotipos machistas de antaño. Y es la perpetuación de esos mismos estereotipos escondidos bajo el disfraz de la igualdad. Estoy harta de ver películas en las que la mujer consigue todo lo que se propone, una vida realmente envidiable a todos los niveles... y sin embargo nos tenemos que tragar una penúltima escena en la que se la ve caminando melancólica por una playa, o bajo la lluvia en las calles de París, o en su balcón (en su precioso balcón, que es parte de su maravillosa casa, esa casa que ha conseguido gracias a su esfuerzo, a su valentía, a su valía), sorbiendo una taza de té y lamentándose por ese amor perdido. Por supuesto, después de esa penúltima escena viene la última: la reconciliación, el (re)encuentro o la posibilidad de un nuevo amor. Y entonces... por fin todo encaja. Alegría. Emoción. Música de violines. Final feliz.


Tengo una misión personal: la de encontrar películas en las que el personaje protagonista (sea hombre o mujer) haga su camino, viva su vida, supere los obstáculos y encuentre lo que busca... sin necesidad de que aparezca esa coletilla del amor al final. Porque ya es lo suficientemente peligroso que en nuestra psique colectiva exista esta idea de los finales felices, como para además añadir una condición más: si estás sol@, todo lo que hayas conseguido no importa. Estás incomplet@. No es suficiente. Sigue buscando.

Y es que esto va mucho más allá que la perpetuación de ideas machistas. Aunque las mujeres, desafortunadamente, seguimos siendo las más afectadas por este tipo de trampas sociales, esto incumbe a los hombres también. Mi pregunta es la siguiente: ¿en qué momento nos han convencido de que no estamos completos? ¿Cómo hemos permitido que la sociedad nos enseñe que siempre falta algo, que siempre hay que ir a por más?

Lo que quiero es ver más personas que digan con total sinceridad: yo estoy complet@. Ahora mismo. No porque haya conseguido todos mis objetivos o porque no tenga sueños y deseos. Sino porque he comprendido por fin que - aunque las películas, la publicidad y todos los demás mensajes sociales que me rodean insistan en lo contrario - soy suficiente. Tengo sangre en mis venas y aire en mis pulmones, me he levantado esta mañana con salud, con un techo sobre mi cabeza, con gente que me quiere, con comida en la nevera, agua potable, ropa y calzado. Es posible que no esté haciendo lo que me gusta. O que a veces eche de menos otro cuerpo en mi cama. O que las circunstancias no me hayan permitido tener hijos. O que el tener hijos no me permita estudiar una carrera. Es posible que consiga algunas de las cosas que quiero con el tiempo y es posible que no. Pero no tengo por qué esperar a conseguirlas para sentirme complet@. Porque eso ya lo soy. Una persona completa en medio de toda esta imperfección.


En algún momento, nos han vendido la gran mentira. Han conseguido convencernos de que, en realidad, no somos unos auténticos privilegiados. Porque conviene. Conviene que nos sintamos inadecuados y pequeños. Conviene que siempre tengamos la sensación de que nos falta algo. Porque si eres feliz no se te vende cualquier cosa: ni un coche nuevo que no necesitas, ni cosmética para falsear belleza que ya tienes, ni citas online para encontrar esa mitad que nunca te ha faltado.

Si fuera posible que todos entendiéramos esto y sobre todo, si se lo enseñáramos a las nuevas generaciones (en lugar de envenenarlas con las mismas tonterías de siempre), todo nuestro mundo cambiaría.