miércoles 8 de febrero de 2012

EL AMOR EN TIEMPOS DE CRISIS


Vivimos tiempos difíciles. Lo más probable es que la pésima situación económica que atraviesa nuestro mundo vaya para largo; las soluciones rápidas no existen en este caso y, en lo que respecta a España, el cambio de gobierno ha creado más insatisfacción que esperanza, más frustración que ganas de seguir luchando. Es nuestra realidad actual y no nos queda más remedio que lidiar con ella mientras dure porque, como me dijo alguien hace pocos días, todo pasa, tanto lo bueno como lo malo. Nada en esta vida es eterno.

Como cada persona es un mundo, cada uno de nosotros lleva los buenos y los malos momentos de maneras distintas. Existen personas que se mantienen en un equilibrio casi completo, independientemente de lo que estén viviendo. Otras personas viven con el miedo constante de perder lo que tienen, ya sea salud, amor o bienes materiales. Por otro lado, también están aquellos que nunca piensan que nada malo les vaya a pasar a ellos: no valoran su salud hasta que la pierden, no respetan a su pareja hasta que les deja, no piensan en su dinero hasta que se quedan sin nada... Como en todo, el equilibrio es, también en este caso, la mejor opción.

Punset dijo: la felicidad es la ausencia de miedo. Es totalmente cierto que el miedo impide y paraliza, no es un buen compañero de viaje en nuestras vidas. Sin embargo, también es importante tener siempre en mente la precariedad de nuestras vidas y de todo lo que tenemos. La realidad es que todo puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Entender esto es lo que hace que aprendamos a valorar cada segundo de nuestra existencia.

Cierta vez leí que quizás lo más sabio para nosotros sea pensar y actuar como los indios yaquis. Este pueblo indígena de México ve la muerte como una gran consejera; utilizan la consciencia de su propia muerte como motor para su forma de vivir, preguntándose: ya que voy a morir, ¿qué debo hacer ahora? Si nosotros conseguimos pensar de la misma forma, lograremos acercarnos cada vez más al momento presente.


Sin embargo, este tiempo de crisis ha hecho que vivir sin estar sujetos a nuestros miedos y aprovechar cada segundo como nos gustaría se haya convertido en una tarea de titanes. Hoy en día, el que no tiene trabajo sólo puede pensar en encontrar uno y el que tiene trabajo no puede hacer otra cosa que luchar por conservarlo. Ahora, más que nunca, no es buen momento para perder nuestra fuente de ingresos. Así que trabajamos. Y trabajamos un poco más. Pasamos horas y horas en la oficina, nos preocupamos, nos estresamos... hasta que entramos en un círculo vicioso de angustiosas horas laborales del que es muy difícil salir.

Creo que debe llegar un momento en la vida en el que nos obliguemos a nosotros mismos a parar, a mirar a nuestro alrededor (y sobre todo, en nuestro interior) y a plantearnos dónde estamos, por qué estamos aquí y en qué dirección estamos yendo. Tengo la triste sensación de que muchos de nosotros no estaríamos contentos con los resultados de esta observación.

En mi caso, me temo que estoy pasando por el momento laboral más agobiante de mi vida. Los últimos dos meses han sido una vorágine de nervios, cansancio, cantidades inabarcables de trabajo, falta de sueño y pérdida de ilusión y de ganas de casi todo. En estas circunstancias, es difícil encontrar el momento de parar y evaluar la situación con objetividad. Sin embargo, me he obligado a hacerlo, porque no consigo dejar de pensar en esos indios yaquis y, sinceramente, creo que nuestro tiempo en este plano físico es demasiado precioso como para desperdiciarlo. Sería un pecado imperdonable.

En mi caso, la observación de mis circunstancias me lleva a pensar - inevitablemente - en el amor de pareja, esa escurridiza parcela de mi vida que jamás he conseguido conquistar. ¿Es posible seguir creyendo en el amor de pareja en esta sociedad que hemos creado? Y lo que es más importante, ¿es recomendable? Muchos dicen que vivimos en la era del desamor, de la desesperanza. Dicen que ahora cada cual va a lo suyo y que a nadie le importa nada más que lo que ocurre en su pequeña parcela en este mundo. No tenemos tiempo ni ganas de vivir: de vivir de verdad, de revolcarnos en la vida con todas nuestras pasiones y sensaciones a flor de piel. Es la era de las citas por internet, de la comida basura, de las charlas por email en lugar de en persona. Las distancias físicas ya no existen gracias a la tecnología, pero gracias a esa misma tecnología, vivimos más distantes que nunca. Hoy en día, parece que creer en el amor es como seguir creyendo en los cuentos de hadas.


Pero supongo que el problema es que yo no puedo dejar de creer. Lo he intentado y, siempre que lo he hecho, he acabado incluso más frustrada y triste que antes. Así que sigo creyendo - como una tonta - en las grandes historias de amor. Es más, sigo creyendo que merezco vivir una de esas grandes historias. Hay una - al menos una - en ese universo paralelo que nunca alcanzo, que me pertenece.

Así que sigo negándome a conformarme con menos que eso. Aunque hayan pasado años desde que sentí por última vez lo poderoso que es estar enamorada. Aunque casi no me acuerde de lo increíblemente viva que estaba. Aunque me haya tocado vivir el amor en tiempos de crisis.

No sé cuál es la solución a mi pequeña gran crisis personal. Llevo buscándola quince años y creo que ha llegado el momento de dejar de buscar. Y simplemente vivir. Y esperar que la vida sea generosa conmigo... y que encuentre la manera de llevarme a donde tengo que estar.

martes 17 de enero de 2012

NO HAY MÁS QUE UNA


He heredado muchas cosas de mi madre. Las dos somos mujeres emotivas y cabezotas, intentamos ayudar a los demás siempre que podemos, somos alegres, caprichosas y auténticas urracas con todo lo que brilla, ya sea un objeto o una persona... También tenemos rasgos similares. Los míos han ido cambiando con la edad para parecerse cada vez más a los suyos. Siempre he pensado que soy una versión más alta y bastante menos brillante y luminosa de esa mujer que volvía cabezas en su juventud y que acumuló muchas y muy variopintas proposiciones de matrimonio antes de casarse con mi padre.



Sin embargo, una gran cualidad de mi madre que yo no logro ejercitar siempre es el optimismo. Soy generalmente optimista, pero mi lado oscuro también suele manifestarse en los peores momentos, para hundirme en un pozo de pesimismo y depresión cuando menos lo espero. Nunca he visto algo así en mi madre, ni siquiera en las más trágicas situaciones, ni en los momentos más duros (y os aseguro que ha tenido muchísimos). Su optimismo es completamente invencible y eso es algo que admiro y envidio. Ella hace todo lo que puede para resolver la situación y luego, simplemente, se pone en manos de su Dios. Dice inshala y sigue adelante, con la certeza de que todo será como tenga que ser. Esta actitud le ha hecho salir airosa de todo tipo de situaciones: desde la falta de dinero hasta la muerte de sus padres, desde decir adiós a su patria hasta recuperarse de complicadas operaciones quirúrgicas.

Ahora que se acaba de jubilar, me doy cuenta de que mi relación con mi madre es más fuerte y cercana que nunca. Aún nos peleamos y nos colgamos el teléfono la una a la otra, aún me pone de los nervios igual que cuando era una adolescente consentida... pero las dos sabemos que la otra siempre estará ahí, contra viento y marea, en cualquier circunstancia, para todo lo que sea necesario y para mucho más.

El caso es que cuando una persona es activa, saludable y joven para su edad, el momento de la jubilación siempre es muy duro y la adaptación puede ser lenta. Mi madre ha intentado llevarlo con una sonrisa y con su natural optimismo, pero los que la conocemos bien sabemos lo difícil que está siendo para ella.

Para echarle una mano, tuvimos la idea de darle una fiesta sorpresa, a la cual invitamos a sus compañeros de trabajo más cercanos. Estuvimos organizándola durante semanas, con todo el trabajo y el estrés que ello implica, pero cuando finalmente tuvo lugar fue tan maravillosa que todo ese esfuerzo mereció la pena.

Los compañeros de mi madre son personas cariñosas, espontáneas y alegres, que hicieron de la fiesta un evento lleno de momentos memorables. Pero, sobre todo, no dejó de llamarme la atención lo mucho que quieren a mi madre, la importancia que ella ha tenido en su día a día, las historias que cada uno tenía que contar sobre cuánto les había ayudado y apoyado, sobre el cariño y la empatía que les había brindado a lo largo de todos estos años de vida laboral.





Siempre he estado muy orgullosa de ser parte de mi familia, que con sus cosas buenas y sus cosas malas, con sus peleas y sus alegrías, con todo lo dramático y lo cómico que ha sido parte de nuestras vidas, siempre ha sido el único pilar inamovible de mi existencia, una familia fuerte y unida en la que nunca ha faltado el Amor. Pero nunca he estado tan orgullosa como ahora de ser la hija de esta mujer tan querida por todos los que la conocen.

Sólo me queda esperar haber heredado una cosa más de ella: su capacidad de cambiar para mejor la vida de todos los que la rodean... Inshala.

sábado 24 de diciembre de 2011

EVOLUCIÓN


Dicen que todo cambio es bueno, aunque no sea bienvenido en un primer momento. La vida está en constante movimiento: dinámica, voluble, impredecible. Lo natural no es que las cosas se mantengan siempre igual; al contrario, lo natural es el cambio, la evolución.

Sin embargo, el ser humano es un animal de costumbres y, por ello, a veces nos cuesta mucho aceptar las nuevas situaciones de nuestras vidas. Nos aferramos a lo que conocemos, a lo que nos resulta familiar, independientemente de si nos hace realmente felices o no. Es una actitud peligrosa, porque el principio de la evolución dicta que hay que adaptarse o morir, cambiar con nuestro entorno o acabar desapareciendo sin remedio.

Sé por experiencia lo que se siente cuando algo bueno desaparece de tu vida. He sentido el inmenso dolor de perder lo adorado: personas, experiencias, situaciones... El alma se llena de una gran sensación de impotencia, como si la Vida nos hubiese mostrado un atisbo de la felicidad completa para luego quitárnosla sin piedad. Es un dolor físico en el pecho, como si el corazón, literalmente, se rompiera. Las lágrimas que lloras son, inexplicablemente, distintas a las que sueles llorar y nos parece que el consuelo nunca llegará.

Pero la realidad es que ese dolor, como todo lo demás en la vida, también pasa. Las lágrimas desaparecen, el pecho se calma, el consuelo llega. Pero la adaptación, el uso de todo ese dolor para evolucionar, está en nuestras propias manos. Sólo de nosotros depende pasar al siguiente nivel y reinventarnos una vez más para no caer en el olvido de nuestra propia existencia.

El problema está en que, como decía Facundo Cabral, solemos estar demasiado distraídos: distraídos de nuestra propia existencia, de lo bueno que nos ofrece la Vida, del milagro de nuestra respiración, del latido de nuestro corazón, de todo lo que crece, muere y renace a nuestro alrededor. Y en nuestras manos está trabajar nuestra consciencia para eliminar toda esa distracción.

Hace pocas semanas, mi hermana se fue de casa. Se mudó para comenzar una nueva etapa, natural, necesaria, lógica... A la emoción, las ganas y la alegría acompañaron momentos de duda, de nervios, de ansiedad ante el cambio. ¿Pero qué sería de nosotros si no abrazáramos las nuevas etapas de nuestra existencia? ¿De qué nos serviría quedarnos estancados en lo que fue, sin permitir la entrada a lo que será? Lo cierto es que no seríamos humanos si no sintiéramos nostalgia: de conversaciones, de la compañía del otro, de momentos compartidos... no seríamos humanos si no hiciéramos duelo por el fin de cada uno de nuestros ciclos.


Pero debemos saber que con el fin de cada ciclo llega el comienzo de un nuevo camino, lleno de sus propias bifurcaciones, baches, penas y alegrías. Si mantenemos la mirada en ese camino, mantendremos la puerta abierta a nuestra propia vida.


En estos días, somos testigos del final de otro año, otra etapa que se cierra para dar paso a algo nuevo. Es muy común mantener conversaciones sobre los deseos que tenemos para el 2012, deseos de mejora, de que se cumplan nuestros objetivos, de llegar a nuestras metas en la vida... Pero se me ocurre pensar que, a veces, usamos demasiado la palabra FUTURO e ignoramos más de la cuenta la palabra PRESENTE. Es posible que, en lugar de hacer tantos planes (ésos que, como decía Borges, tienen una manera de caerse en la mitad), sea bueno centrarse más en ese camino, el que estamos haciendo, con todos sus cambios y sus distintos ciclos. Es posible que lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos sea dejar de mirar tan lejos y abrir nuestros brazos a lo que es... porque la única verdad es que eso - y sólo eso - es lo único que hay.

Kavafis escribió:
Si vas a emprender el viaje a Ítaca,
pide que tu camino sea largo
(...)
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
(...)
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.


Ojalá que nuestro viaje en esta nueva etapa - en todas nuestras etapas - esté lleno de saber y de vida.

Feliz 2012 a todos.

miércoles 30 de noviembre de 2011

MIEDO, TENGO MIEDO


Acabo de cumplir 32 años. Mis cumpleaños siempre son todo un acontecimiento para mí, soy una de esas pocas personas que se siguen emocionando con este día especial, tanto o más que cuando era pequeña. Por otro lado, unos días antes de la fecha señalada, también suelo experimentar algo de - aparentemente inexplicable - melancolía. El hecho es que (y os puedo asegurar que no me siento orgullosa de esto) tiendo a sentirme muy sola.

Pensándolo con objetividad, es una gran verdad que estamos solos. Todos lo estamos, en el sentido de que la única persona con la que podemos contar cien por cien, la única por la que podemos poner la mano en el fuego sin un atisbo de duda, somos nosotros mismos. Por lo demás, los cambios de vida, las preocupaciones, ilusiones y sueños de cada uno y la cualidad finita de nuestras vidas, hacen que nadie pueda estar con nosotros para siempre. Es una idea que puede causar tristeza o incluso miedo, pero es la realidad.

La realidad: tan cruda, tan difícil, tan impredecible. Qué difícil es a veces aceptarla, da igual cuán nítida se presente frente a nuestros ojos. Cuando tenemos que aceptar una enfermedad, una pérdida, la verdad de nuestra propia soledad, daríamos lo que fuera por escapar de todo ello. Y, sin embargo, sea como sea, la realidad es lo único que tenemos.


Este año, he vivido mi cumpleaños de una manera algo distinta. Los acontecimientos más recientes de mi vida me han hecho pensar y reconsiderar muchas cosas. Por eso, cuando esa conocida melancolía pre-cumpleañera llamó a mi puerta, decidí no darle la bienvenida con tanto entusiasmo como lo había hecho otros años. Mi frío recibimiento la sobresaltó, pero decidió entrar de todas maneras y quedarse durante unos días... como uno de esos temibles invitados que nunca se quieren marchar.

Así pues, con mi invitada llenándome la cabeza de charla innecesariamente negativa, llegó el día de mi cumpleaños. Aun así, como era mi día especial, decidí vivirlo al máximo y ser completamente feliz, pasara lo que pasara. Así que comencé el día con una sonrisa, con la determinación de mantenerla en mi rostro el día entero. El caso es que, como ya he comprobado muchas otras veces, cuando decides ser feliz, lo eres. Tan simple como eso. Así que, finalmente, el día de mi cumpleaños fue maravilloso sin que yo tuviera que hacer esfuerzo alguno.

Lo que a menudo se nos olvida es que hay otra realidad, más allá de la cruda, de la difícil, de la impredecible... sólo hay que querer verla. Comprendí esto por primera vez hace algunos años, en un viaje a Vietnam. Un viaje hecho por una razón muy específica, pero que acabó siendo un verdadero regalo, porque me dio una perspectiva totalmente diferente sobre mi vida. Este año, en mi cumpleaños, recordé de nuevo esta otra perspectiva y comprendí una vez más que no hay días especiales para ser feliz. Todos los días merecen ser vividos como un cumpleaños o como un viaje al corazón de una exótica tierra desconocida.

Claro que es muy difícil ver lo bueno que hay a nuestro alrededor en todo momento. Una de las razones por las que esto es así es el miedo. No conozco ningún otro sentimiento que paralice más o que haga más daño. Sin embargo, todos tenemos miedos: miedo a morir, miedo a la soledad, miedo al rechazo... Todos ellos se traducen en una sola cosa: miedo a vivir.

Roosevelt dijo: lo único que debemos temer es el temor mismo - hay pocas cosas tan ciertas como ésta. Solamente cuando nos desprendemos de nuestros miedos conseguimos vivir nuestra vida plenamente, desde el fondo del alma. Y cuando conseguimos esa consciencia entendemos que, como bien decía Roosevelt, no hay absolutamente nada que temer.

Sí, moriremos algún día, pero ahora estamos vivos. Sí, en nuestra vida hay soledad, pero también hay amistad, cariño y Amor. La gente que nos quiere nos lo demuestra día a día, de mil maneras distintas.

Es verdad que nuestro mundo está lleno de peligros para cuerpo y para alma, pero también está lleno de alegrías tan dulces y tan poderosas que nos pueden hacer olvidar cualquier tipo de sufrimiento. Sólo tenemos que dejarlas entrar.

lunes 14 de noviembre de 2011

EL GRAN TESORO


Me acaban de diagnosticar hipertiroidismo, una enfermedad bastante común y no necesariamente grave, aunque con síntomas que impiden en gran medida hacer una vida normal a una persona tan activa como yo. A las semanas de agotamiento, malestar, médicos y pruebas se ha unido ahora una impaciencia por comenzar con el tratamiento y resolver el tema, así como cierto miedo nacido de investigar demasiado en internet (cosa que he dejado de hacer para conservar mi salud mental).

Sin embargo, como yo misma predije, el saber la razón de mi malestar me ha dado también una tranquilidad que no había tenido en mucho tiempo. El conocimiento es poder, y saber a qué nos enfrentamos siempre es más útil que la ignorancia a la hora de resolver el problema.

Estas últimas semanas me han hecho pensar muchísimo en la salud. Puesto que siempre he tenido un contacto muy regular con la enfermedad (a través de mi trabajo y demás actividades) siempre he apreciado mucho mi propia salud y la de los míos... y verdaderamente, siempre he sido una persona increiblemente sana, sin más achaques que aquellos producidos por el estrés y el trabajo diario, cosas sin importancia que desaparecieron en cuanto equilibré un poco mi estado emocional.

Lo que he entendido en estas últimas semanas es que, por muy agradecidos que nos sintamos por lo que tenemos, por mucho que lo apreciemos, nunca llegamos a sentir de verdad, hasta el fondo de nuestras entrañas, lo importante y maravilloso que es hasta que lo perdemos. Hace unos meses, estaba cansada y agobiada con mi exceso de actividad y deseaba pasar más tiempo sentada en mi sofá. Ahora, no hay nada que desee más que volver a estar totalmente sana, enganchar actividades de la mañana a la noche, caer rendida en la cama de madrugada y levantarme al día siguiente con la batería totalmente recargada, para comenzar de nuevo. Nuestros abuelos y nuestros padres no se cansan de decirlo y, como siempre, tienen toda la razón: la salud es el mayor de todos los tesoros, un milagro que hay que cuidar y agradecer todos los días de nuestras vidas.

Cuando el cuerpo nos falla, nos toca buscar soluciones y ponernos en manos de personas que nos puedan ayudar. Nuestra responsabilidad es buscar el mejor tratamiento y seguir las pautas para recuperarnos lo antes posible. Al mismo tiempo, es esencial recordar que hay una clara (y más que comprobada) relación entre cuerpo y mente. Yo estoy comprobando esta relación día a día, viendo cómo mis síntomas se ven exacerbados cuando dejo que la preocupación y el miedo se apoderen de mi mente y cómo remiten hasta casi desaparecer cuando consigo calmarme.

Todo esto no es nada nuevo. En la medicina tradicional china, se dice que la base de toda enfermedad es emocional. Nosotros mismos lo comprobamos en nuestra vida diaria, en cuanto el estrés, la preocupación o la tristeza se traducen en agotamiento, en una gripe causada por una bajada de nuestras defensas, en una contractura, una úlcera o una migraña. Y todos hemos sido testigos - directos o indirectos - de cómo personas con enfermedades gravísimas han salido adelante poniendo en funcionamiento el pensamiento positivo.

Sigo maravillándome, día tras día, con el increíble poder de la mente humana y con cómo las energías en nuestro interior y en nuestro entorno responden a la nuestra... al fin y al cabo, somos parte de un gran Todo, de una sola cosa manifestada de mil maneras distintas.

Por eso sé que, en relación a mi enfermedad, las historias de miedo que he leído en internet mienten. También sé que esa gran bola de nieve que a veces imagino - rodando rápida y descontrolada - sobre la que no tengo ningún poder, no es real. La realidad está dentro de mí y, con el tratamiento adecuado y un poco de ayuda, voy a hacer que ese gran tesoro brille como no lo ha hecho hasta ahora.

jueves 27 de octubre de 2011

EL TIEMPO DE LA FELICIDAD


Por fin ha llegado el otoño. Es época de cambio, de renovación, de desechar las hojas secas y esperar el nacimiento de las nuevas. Es el momento para dejar atrás lo que ya no nos sirve, lo que está muerto, lo que ya no nos pertenece. Es el momento de preparar el terreno para la llegada de cosas nuevas y mejores a nuestras vidas. El otoño es mi estación favorita del año por todo lo que significa.

Sin embargo, esta estación también trae frío, lluvia y algo más de oscuridad y, a veces, es difícil adaptarse a ella. Los ánimos en estos meses del año suelen andar bajos y, puesto que cualquier cambio siempre lleva consigo un cierto grado de miedo y de duda, el ambiente despreocupado del verano desaparece de un plumazo, dando paso a la inseguridad y a la melancolía que van de la mano de esta época de transición.

Pensamos, planeamos, cambiamos de idea cientos de veces y buscamos incesantemente las respuestas, los cambios y novedades que esperamos nos acerquen un poquito más a ese oasis efímero llamado felicidad. Hay quien dice que la felicidad no existe... Yo solía estar de acuerdo, pero últimamente he ido comprendiendo que el hecho no es que no exista, sino que no la buscamos en los sitios correctos.

Para empezar, solemos hablar de la felicidad en tiempo futuro, como si fuese algo a lo que aspiramos para más adelante, incluso para el final de nuestras vidas. Y solemos vivir luchando y buscando la manera de llegar a esa meta algún día, trabajando, peleando por las cosas que nos hemos empeñado en tener, aun cuando ha quedado claro que no son para nosotros, forzando la maquinaria de nuestra vida como si tuviéramos en la mano la verdad de nuestro destino y, en muchas ocasiones, pasándolo francamente mal por el camino.

Mi amiga April me contó hace poco que solía poner pequeñas notitas por la casa con las siguientes palabras: ESTAR AQUÍ, AHORA. Lo hacía para recordarse a sí misma que no debía dejarse atrapar por la nostalgia del pasado ni por la preocupación del futuro. Todos oímos, leemos y hablamos sobre la importancia de estar en el presente, pero es tan difícil hacerlo... ¿Cómo es posible no preocuparse por el futuro, vivir en el presente pero, al mismo tiempo, no perder de vista nuestros sueños? ¿Cómo es posible mantener los recuerdos de nuestro pasado como una parte de lo que somos, y al mismo tiempo no regodearnos en la nostalgia o en la pena por lo que hemos perdido? Facundo Cabral dijo: ... crees que perdiste algo, lo que es imposible, porque todo te fue dado (...) Además, la vida no te quita cosas: te libera de cosas. Es una reflexión maravillosa, pero cuando algo que deseamos con tanta fuerza se aleja de nosotros, qué difícil es recordarla.

Últimamente, he pensado mucho en el concepto de libertad. En las últimas semanas he intentado eliminar algo de estructura de mi vida, quería quitarle algo de orden y alivianar un poquito mi tiempo y mi espacio. Con ello, buscaba más libertad. Y es que, aunque la mayoría de nosotros nos consideramos seres libres, hay demasiadas cosas en nuestro día a día que nos van quitando pequeñas parcelas de libertad y que nos van atrapando sin que nos demos cuenta: nuestros hobbies, los favores que hacemos, las cosas que comienzan haciéndose por gusto y que acaban siendo un lastre... y efectivamente, nuestras obsesiones del pasado y nuestras proyecciones de futuro... ¿Por qué nos cuesta tanto deshacernos de todo ello? ¿Por qué no entendemos que no seremos realmente libres hasta que consigamos hacerlo?


La completa libertad, en el más estricto sentido de la palabra, nunca será nuestra, porque siempre va a haber reglas que cumplir, trabajo que hacer y cosas que resolver, aunque no queramos. Además, siempre es importante seguir nuestros sueños y tener objetivos para nuestras vidas. Sin embargo, también merece la pena (y mucho) intentar recuperar nuestras pequeñas parcelas de libertad. Y, sobre todo, merece la pena luchar contra nuestra tendencia a perdernos en el remolino de nuestros propios pensamientos.

Creo que, si pensamos en ello, comprenderemos que la verdadera libertad no está en dejar de cumplir todos los horarios o en eliminar todas las obligaciones, sino en sentir que no estamos anclados en las aguas estancadas del pasado ni atrapados en el huracán de incertidumbres de nuestro futuro.

La libertad es sentir que el tiempo de la felicidad es éste y ningún otro.

miércoles 5 de octubre de 2011

ENSAYO Y ERROR


Cierto día, hace ya bastantes años, me encontraba en una parada de autobús, esperando para volver a casa. Era una de esas paradas colocadas en estaciones de servicio en la carretera, por lo que había mucho espacio a mi alrededor. Yo estaba sentada en el bordillo de la acera, observando a la gente que esperaba conmigo. A mi izquierda, una joven madre leía una revista mientras su hija, un bebé que no podía tener más de dos años, jugaba a su lado. En la acera había un pequeño escalón y aquella niña se había autoimpuesto el reto de subir ese escalón, fuese como fuese. Me quedé absorta observándola mientras ella levantaba su piececito una y otra vez para sobrepasar ese obstáculo, tan grande y complicado para su joven mundo. Creo que lo intentó unas diez veces antes de conseguirlo. Su madre no la ayudó en ningún momento, dejando que ella misma encontrase la manera de triunfar. Y ella no se rindió hasta que lo consiguió: su radiante sonrisa cuando lo hizo lo decía todo. La anécdota ocurrió hace unos trece o catorce años, pero aún la recuerdo: así de admirable y aleccionadora me pareció la actitud de esa pequeña.

Desde que salimos del protector y amoroso vientre materno, desde que nos lanzan a este mundo frío, incómodo y en ocasiones tan cruel, cada paso que damos es un auténtico desafío. Y aunque nuestros mayores nos enseñen todo lo que pueden, la vida nunca deja de ser un camino de ensayo y error en el que, como ese niña de la parada de autobús, nos equivocamos y nos caemos cientos de veces hasta encontrar la manera de hacer las cosas bien.


Es interesante que los niños, en general, tengan una voluntad de hierro para caerse y levantarse un millón de veces hasta conseguir lo que quieren, mientras que a los adultos nos cuesta bastante más aceptar nuestros fracasos y seguir adelante. Nos da vergüenza equivocarnos y, sobre todo, nos da miedo volver a caer. Porque duele.

Cuando nos caíamos de pequeños, nuestra madre besaba la herida y nos ponía una tirita. Ese pequeño gesto de Amor hacía que todo volviera a tener sentido. Las caídas emocionales de un adulto son algo más difíciles de sobrellevar. Para colmo, las consecuencias de una caída adulta pueden ser graves: ¿qué pasa si la equivocación trae secuelas para el resto de nuestras vidas? ¿Qué pasa si ese error, ese único error cometido en un momento concreto, cambia el curso de nuestro destino para siempre?
Una posibilidad totalmente aterradora.

Hace unos años, pasé una tarde/noche con una antigua compañera de trabajo en los Veranos de la Villa en Madrid. Vimos una obra de teatro al aire libre y luego paseamos por los puestos de artesanía y tarot que había alrededor. Una señora de mediana edad me hizo una lectura de tarot y aún recuerdo lo que me dijo: Dentro de unos meses, aparecerá una potencial pareja en tu vida, pero es esencial que estés atenta para poder reconocerla. Si te centras en los errores del pasado y no ves a esta persona cuando llegue, pasarás muchísimos años sola.

En fin. Independientemente de si esta señora era una farsante o no (no tengo ni idea), me dijo algo muy cierto. Y es que si nos empeñamos en centrarnos en los errores del pasado, resulta muy difícil ver el presente. Por cierto, esa potencial pareja de la que hablaba nunca apareció... o quizás es que no supe verla. Supongo que nunca lo sabré con seguridad.

Creo que sí es posible cometer un error tan grande que haga que nuestro destino cambie para siempre. Quien diga que no es así está mintiendo. Yo no he cometido muchos errores graves en mi vida (al menos de momento), pero los que he cometido han cambiado el curso de mi existencia. Me he lamentado durante años por esos errores y aún hoy hay días en los que sigo castigándome (implacablemente) por ellos. Pero lo que está claro es que, si no los hubiese cometido, todas las cosas que he vivido no habrían existido: las cosas malas no estarían, pero tampoco estarían las buenas.

Thomas Edison inventó la bombilla tras haber realizado más de mil intentos fallidos para conseguirlo. Uno de sus discípulos le preguntó: Sr. Edison, ¿por qué persiste usted en sus experimentos, si tras más de mil intentos no ha conseguido más que fracasos?. A lo que Edison respondió: No he conseguido ni un solo fracaso. Lo que he conseguido es conocer mil formas distintas de cómo no debo hacer las cosas.


Nuestros destinos pueden cambiar cada día, con cada acción, con cada encuentro. En lo que dura un solo latido de nuestro corazón, nuestra vida puede volverse del revés. Nuestros fracasos, al igual que nuestros triunfos, dan forma a nuestro porvenir. Afortunadamente, tenemos la capacidad de aprender de nuestros errores y de redireccionar nuestra vidas. Lo importante, al fin y al cabo, es saber jugar con las cartas que tenemos en la mano, aprender a concentrarnos en ellas en lugar de lamentarnos por las que hemos perdido en otro momento de la partida.

También es bueno recordar que el resultado de esta nueva jugada puede terminar siendo más favorable y más placentero que lo que habría ocurrido si no hubiésemos fallado nunca. Y tampoco está de más tener en cuenta que no jugamos la partida solos... pero cultivar el maravilloso arte de dejarse ayudar es un tema lo suficientemente importante como para hablar de él en otra ocasión y dedicarle el tiempo y las palabras que merece.

La verdad es que es muy posible que el proceso no sea tan sencillo ni tan rápido como una tirita y el beso de una madre, pero qué importante es saber que levantarse sí es posible... e intentarlo de nuevo, realmente imprescindible.