miércoles, 30 de noviembre de 2016

UN DÍA ESPECIAL


La semana pasada, celebré mi cumpleaños. Parece mentira que entre estas dos fotos ya haya pasado un año. Y es que el 2016 ha pasado volando. Pensaba que era cosa mía, que tal y como me han dicho siempre, cuantos más años cumples, más rápido parece pasar el tiempo. Pero casi todas las personas con las que he hablado en estos días tienen la misma impresión que yo. Es posible que haya sido por todos los cambios que está sufriendo el mundo, por la cantidad tan elevada de tragedias o porque la humanidad parece estar más loca que nunca.

En cualquier caso, como dice la canción, el tiempo pasa... y no de largo. Con cada cumpleaños, revisamos inevitablemente nuestra vida, miramos atrás y pensamos en cómo hemos vivido este último año... y los anteriores. Y casi siempre nos parece que podríamos haber vivido más, que podríamos haber aprovechado mejor el tiempo, que hay cosas que ya han pasado y que nunca volverán. O que simplemente nunca llegarán a ser, porque ya no tenemos la edad para hacerlas.


Hace un par de semanas, actué en Romeo & Julieta, una versión de la eterna historia de amor de Shakespeare, producida por English Theatre Madrid (www.englishtheatremadrid.com). Fue una experiencia que me resultó muy intensa, muy reveladora y, en ocasiones, muy oscura, mientras trazaba paso a paso el camino de la construcción de mi personaje, llenándolo de partes de mí que se mostraban, bellas y terribles, casi sin que me diera cuenta. Sentí muchas cosas que no esperaba, pero la más poderosa de todas fue el amor maternal. No estaba del todo preparada para ese sensación, para el vértigo y la nostalgia y la tragedia y el poder y la maravilla que trajo a mi corazón. Pero ahí estaba. Y, por primera vez, se me ocurrió que quizás, sólo quizás, me arrepentiría algún día de no haber sido madre. El pensamiento cayó como una losa hasta el fondo de mi estómago para luego levantar el vuelo de inmediato y convertirse en un huracán de preguntas y esperanzas: quizás aún estoy a tiempo, ¿cómo lo haría?, ¿podría adoptar siendo soltera?, ¿podría permitirme un proceso de inseminación artificial?, ¿de dónde podría salir el dinero?

Todas mis preguntas, dudas y esperanzas me acompañaron silenciosas, pero muy presentes, entre copas, música y baile después de nuestra última función. Y cuando la primera luz de la mañana se llevó consigo las copas, la música y el baile, amanecí en mi cama, sola, con todo el día a mi disposición, para hacer con él lo que quisiera. Me levanté, me hice un café y, mientras lo saboreaba lentamente - con tiempo por primera vez en varios meses - todas mis dudas, preguntas y esperanzas se colocaron en su lugar.


Lo cierto es que yo no quiero ser madre. Nunca he querido. Sólo ha habido dos ocasiones en mi vida en las que me he planteado esa posibilidad: una fue cuando mi padre enfermó y falleció. El amor que se manifestó en mi familia desde el momento del diagnóstico de mi padre hasta después de su muerte fue tan fuerte, tan potente y nos ha unido tanto, que me hizo desear crear otra familia así, tener un hijo para poder continuar esa cadena de amor inquebrantable.

La otra ocasión ha sido ésta: la obra de teatro, el personaje, la madre y su amor incondicional hacia su hijo. No me había dado cuenta hasta este momento, hasta que me he sentado a escribir estas palabras, que el denominador común de las dos es el amor. Porque aunque cada amor sea distinto y aunque digan que el maternal es insuperable, al fin y al cabo, todos los tipos de amor son eso... amor. Creo firmemente que todo lo que he vivido, las alegrías, pero sobre todo las dificultades, las pérdidas (sobre todo la de mi padre), las pequeñas y grandes tragedias de mi vida me han traído hasta aquí, hasta convertirme en una persona más completa, más empática, más generosa y con más capacidad para amar. También me han hecho capaz de sentir cada momento tan intensamente como si fuera el mejor o el peor de mi vida.

Y creo que esto es algo que he notado mucho en este cumpleaños. Las mejores ocasiones especiales son aquellas que no están desproporcionadas, que no nos sacan de nuestro eje. No hay nada mejor que vivir un día especial sin el agobio de necesitar hacerlo especial, simplemente porque es una fecha señalada. Cuando vivimos cada día como algo realmente único (puesto que lo es), cuando celebramos nuestra vida cada mañana, porque es nuestra y porque la vivimos como nos gusta, cuando disfrutamos cada evento, cada quedada, cada obra de teatro, cada curso, cada café, como si fuera lo más importante que hemos hecho (porque. en este momento, realmente lo es), nuestro cumpleaños - o cualquier otra fecha señalada - deja de ser motivo de presión, o de nostalgia, o de arrepentimientos y esperanzas vacías... y se convierte, simplemente, en otra maravillosa alegría que añadir a nuestra lista, para vivirla como nos dé la gana... que para eso nos pertenece.



lunes, 31 de octubre de 2016

MUÑECAS RUSAS


Acabo de regresar de Nueva York, donde he asistido a un curso para obtener mi certificación oficial como Vegan Lifestyle Coach (Coach de Vida Vegana). Es algo que quería hacer desde hace tiempo, no sólo para obtener el título oficial, sino por la experiencia en sí misma. El curso fue organizado e impartido por Victoria Moran, una de las autoras y educadoras más conocidas en el ámbito de la nutrición y el estilo de vida vegano, una persona a la que he admirado mucho desde hace años y que deseaba muchísimo conocer. Además, la experiencia de compartir conocimientos, vivencias, dudas y preguntas con otras personas con los mismos intereses y principios que yo era algo que no me podía perder. El hecho de que el curso se impartiera en Nueva York, esa ciudad que adoro, que me llena de vida y de energía cada vez que la visito, era la maravillosa guinda del precioso pastel que se me ofrecía con esta oportunidad única.

Creo que hacer este viaje ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. He disfrutado la experiencia de una manera casi inexplicable, con pasión y ganas y arrojo y profunda gratitud, a un nivel realmente extraordinario... incluso para una persona tan disfrutona como yo. Hace algún tiempo, leí un artículo en el que la autora declaraba que había decidido gastar su dinero solamente en cosas que se podía llevar a la tumba: es decir, en experiencias. Me siento muy identificada con ese propósito. Y creo que este viaje es el ejemplo perfecto de ello. Es muy probable que este nuevo título me abra nuevas puertas profesionales, pero eso no es lo que más me importa. Para que nos entendamos, si supiese que iba a morir mañana, habría hecho este curso de igual manera: por lo que me ha aportado en el presente, por lo que me ha hecho sentir, por la energía que ha movido, por la riqueza de mi vivencia, por la profundidad de los sentimientos y de las emociones que ha suscitado. Martin Luther King lo explicó a la perfección: Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol.


Venía en el metro pensando en todo esto... y en que con este curso he añadido otro yo, otra faceta más, a mi ser interior. Siempre he intentado seguir enriqueciendo lo que soy, ser muchas personas en una... algo que me ha venido a la cabeza especialmente hoy, mientras observaba a tanta gente en el metro disfrazada por Halloween. El caso es que todos tenemos nuestros disfraces, también en el día a día... máscaras que nos ponemos, personas en las que nos convertimos dependiendo de la situación y del entorno: madre, padre, empleado, jefe, amigo, hijo, enemigo, ayudante, amante, amado. A veces, esas diferentes personas que somos en cada parcela de nuestras vidas son máscaras falsas, irreales, que nos hacen sentir incómodos y frustrados. Era mi caso cuando trabajaba en el mundo corporativo; me sentía como una niña haciendo de mayor, trajinando con cosas que no le interesaban en absoluto. Otras veces, esos supuestos disfraces son en realidad como pieles distintas, partes reales de nosotros mismos que nos hacen sentir realizados y felices. Ésa es la sensación que tengo ahora: la de una vida compuesta por una serie cada vez más extensa de muñecas rusas, que van mostrándose poco a poco mientras voy dibujando los pasos de mi camino. Al haber eliminado lo que tanto tiempo y energía ocupaba sin aportar nada de bienestar, he dejado sitio para todas las demás facetas de mi ser que no conseguían salir a la luz del todo. Así, la terapeuta, la profesora de inglés, la actriz, la animadora infantil, la traductora, la coach, la comunicadora y muchas otras partes de mi existencia conviven en mí en perfecta armonía. Y con cada trabajo, por muy agotador que sea, salgo contenta, realizada, feliz de estar dibujando el camino que quiero, lejos de miedos, prejuicios y convenciones sociales.

Cada día es un nuevo comienzo y cada jornada es distinta. Y yo, enemiga aterrada de la rutina, doy gracias por ello en cada respiro, desde lo más profundo de mi ser.



viernes, 30 de septiembre de 2016

CTRL + ALT + DELETE


Hoy he tomado el aperitivo con mi amiga Esther. Como las dos somos autónomas y estamos intentando sacar adelante nuestros negocios, el tema del trabajo sale inevitablemente siempre que hablamos. A veces comentamos las preocupaciones y tribulaciones a las que se enfrenta cualquier persona que intenta salir adelante con un negocio propio en esta economía precaria. Pero casi siempre (y esto es lo que me encanta de charlar con Esther) nuestra conversación gira en torno a cosas mucho más personales, únicas e individuales: nuestra visión, nuestro amor por lo que hacemos, nuestras ganas de mejorar la vida de los demás con nuestro trabajo. Esto me gusta porque, en general - y sobre todo cuando trabajamos por cuenta ajena - las conversaciones sobre trabajo no suelen llevar una carga personal acentuada. Pero las conversaciones entre autónomos son distintas. Sobre todo si los autónomos en cuestión han elegido sus negocios por pasión, por vocación, por fe. No es lo mismo un autónomo que crea una start-up con el objetivo de venderla a corto/medio plazo, que una persona que pone en marcha un negocio porque quiere dedicar su vida a hacer algo que le encanta.


Es cierto que, cuando amas lo que haces, todo te duele más: el cliente que no vuelve, el curso que no sale, el producto que no funciona. No es sólo cuestión de dinero. Se te parte el alma cada vez que tienes que hacer borrón y cuenta nueva. Pero la realidad es que, en cualquier negocio, hacer borrón y cuenta nueva está a la orden del día. Cuando empiezas, todo el mundo te dice que vas a cometer mil errores y tú dices que sí, que lo sabes. Pero, en el fondo, no piensas que te vayas a equivocar. Lo tienes tan claro que sabes que lo vas a hacer bien. 

Pero sí que te equivocas. Mucho. Una, dos, cien, mil veces. Es así. La única forma de avanzar cuando se congela la pantalla (y se va a congelar, hagas lo que hagas) es reiniciar: CTRL + ALT + DELETE. Y vuelta a empezar.

El camino de un emprendedor apasionado (y de hecho, el de cualquier persona apasionada, sea cual sea su ocupación) es difícil. Pero también es muchísimo más bonito y enriquecedor que el del que pone el piloto automático y evita la implicación personal. Además, tiene una ventaja adicional: la pasión te da una capacidad sobrehumana para reinventarte. La pasión es energía y la energía es fuerza: te levanta una y otra vez, aunque ya sea la enésima vez que te caes y te haya dolido más que nunca. 


La reinvención no es un problema grave para aquel al que le mueve la pasión. Simplemente porque siempre, siempre, siempre tiene inquietudes, cosas nuevas que quiere probar, aventuras emocionantes que no se puede perder. El apasionado es incansable. Su energía no es de este mundo, contagia a todos los que tiene a su alrededor y lo llena todo de vida. 

Así que si tú también eres una de esas personas apasionadas y da la casualidad que estás leyendo este blog, sólo quiero animarte a que no cambies. 
Que no se te olvide que puedes con todo (sí, literalmente con todo). 
Y si esa última caída te ha hecho mucha pupa, recuerda que de ésta también te podrás levantar. 
Ya sabes: CTRL + ALT + DELETE y adelante.


viernes, 26 de agosto de 2016

LOS VELOS INVISIBLES


En pleno apogeo de la polémica del burkini en occidente, me encuentro estos días planteándome muchas cuestiones sobre la libertad. Sin ánimo de entrar en temas de política o religión en este blog (no lo he hecho nunca y no tengo intención de empezar a hacerlo ahora), todas las opiniones que he estado oyendo y leyendo en estos días me han hecho plantearme muchas cosas sobre mi propia vida y, en general, sobre la manera de vivir que tenemos en esta sociedad supuestamente moderna y libre.

He estado pensando mucho en lo que es realmente la libertad y en si hay alguien en todo este mundo que realmente sea poseedor de eso que consideramos un derecho, ese bien preciado que anhelamos por encima de todo, llevándonos las manos a la cabeza cada vez que consideramos que ese maravilloso tesoro le ha sido arrebatado a alguien.

Escribo desde el punto de vista de una exiliada. Exiliada de un país en el que aún es obligatorio llevar hijab si eres mujer. Mis padres tomaron la excelente decisión de sacarme de ese país, en el que las libertades de antaño habían sido sustituidas por interpretaciones ridículas del Corán, utilizadas para someter al pueblo en favor de la comodidad y la conveniencia de unos cuántos. Salimos y pusimos rumbo a occidente, a un país supuestamente libre, a una sociedad en la que, al menos teóricamente, cada uno tiene la libertad de ser como quiera ser.  


Gracias a esa decisión de mis padres, no he tenido que vivir tapándome la cabeza con un hijab. No he sido perseguida por mis creencias, ni por la falta de ellas. He tenido libertad de expresión, libertad para vivir mi sexualidad, libertad para dedicarme a lo que me ha dado la gana. He tenido la fortuna de vivir libre.

Sin embargo, estos días no dejo de pensar en todos esos pequeños micro-atentados contra esa libertad. Ésos de los que casi nunca somos conscientes. Ésos que, aunque no nos demos cuenta, nos acompañan en cualquier sociedad. Los describo desde el punto de vista de la mujer, no sólo porque lo soy, sino porque creo que todos podemos estar de acuerdo en que la mujer se suele llevar la peor parte de todas esas afrentas:

¿Vas a salir a la calle vestida así? 
No vayas tan ajustada, que parece que vas provocando
¿Qué hiciste exactamente para evitar la violación?
¡Vaya jaca! ¡Te voy a comer todo el...!
Qué guapa eres... si te maquillaras un poco atraerías todas las miradas
Sácate partido
Tíñete las canas
Con esa cara tan bonita que tienes, si te quitaras esos kilos de más, serías irresistible

Vivimos en una sociedad a la que se le llena la boca hablando de ese gran atentado contra la libertad que es el burkini, pero que falla a la hora de identificar sus propios atentados. Una sociedad en la que la mujer que se acuesta con un hombre casado es un buscona (el hombre es simplemente... un hombre), la mujer que disfruta de su vida sexual es una zorra (el hombre que hace lo mismo es un machote), la mujer que viste de manera sensual porque ama su cuerpo es una fresca (el hombre que se siente con derecho a hacer un comentario soez sobre su aspecto - o incluso a tocarla - está perdonado, porque ella lo iba buscando). 


Al mismo tiempo, la mujer que no se maquilla no se está cuidando, la que tiene unos kilos de más es gorda y vaga, la que no se tiñe las canas se está dejando envejecer, la que está sola después de los 35 es una solterona, la que no ha tenido hijos no sabe lo que es ser una mujer de verdad.

Quizás no vivamos tapándonos la cabeza con un velo, pero nuestro mundo, lejos de ser completamente libre, es en muchos sentidos una fabricación, una ilusión de libertad sustentada por cientos de velos invisibles que casi siempre se nos olvida cuestionar.

Creo que, además de ver la paja en el ojo ajeno, debemos comenzar a prestar atención a lo que pasa aquí, en nuestro entorno, en nuestras propias vidas. Todo atentado contra la libertad de cualquier ser vivo es una aberración. El hijab y el burkini lo son, pero ha llegado el momento de mirar también con ojo crítico lo que pasa en nuestro propio día a día. Únicamente conociendo la realidad de nuestras vidas seremos capaces de rebelarnos contra lo que nos ata y lo que nos empequeñece. Sólo así empezaremos a vivir más cerca de nuestro máximo potencial y, sobre todo, más cerca de la auténtica libertad.




miércoles, 27 de julio de 2016

RAÍZ Y ESENCIA


Mañana me voy de viaje a Budapest. Tal y como ya hice hace cinco años, voy a reunirme con mi pequeña Torre de Babel. Os hablé de ella en esta entrada:

http://mipequenoteatrodesuenos.blogspot.com.es/2011/07/traves-del-tiempo.html

Mi familia, que ha estado desperdigada por el mundo desde que tengo uso de razón, compuesta por personas que han adquirido las costumbres de sus países adoptivos, nuevas generaciones que ya ni siquiera hablan persa, todos nosotros separados, desarraigados de nuestro mundo y convertidos en ciudadanos forzosos del mundo occidental. Y, sin embargo, encontrarme con ellos me hace volver a mi esencia más profunda, me hace sentir arraigada, parte de una tribu, perteneciente al clan.

Cuando era pequeña, el hecho de ser exiliada, de no tener una gran familia a mi alrededor, de no conocer a mis abuelos, a mis primos... me hacía sentir perdida, casi vacía. Me daban envidia mis amigas, porque vivían jugando con sus primos, yendo a la boda de la cuñada de su hermana, visitando a los abuelos el Domingo y peleándose con toda la familia en navidades. Yo sólo tenía a mis padres y a mi hermana y ésa fue una de las razones por las cuales, desde el principio, fuimos una familia tremendamente unida. Con el tiempo, encontré mi propia identidad y el hecho de haber sido arrancada de mi tierra siendo tan pequeña dejó de parecer algo tan trágico. La educación que me regalaron mis padres y los caminos que fui tomando en mi vida hicieron que comenzara a verme, no como una persona desarraigada, sino más bien como una ciudadana del mundo. Los conceptos de nacionalidad, raza e incluso religión se han ido diluyendo en mi cabeza hasta desaparecer y han sido sustituidos por sentimientos de internacionalidad, conexión y espiritualidad.


Uno de los grandes retos del ser humano es encontrar su verdadero ser, su esencia más pura. Vivimos en una sociedad tan condicionada por nuestros miedos, por la inseguridad, por los intereses de unos cuántos, que detrás de cada esquina siempre hay alguien diciéndote quién eres o quién deberías ser. El reto es escapar del camino trazado y buscar la verdad. No es tarea de unos días. Y tampoco creo que sea un trabajo con un principio y un fin. Todo lo que yo he ido construyendo en estos años ha sido a base de mucho trabajo personal y no creo ni por asomo que haya terminado. Lo que sí es cierto es que ahora, a diferencia de hace unos años, convivo conmigo misma con gusto, convencida de que quiero estar en esta relación para toda la vida, segura de que quiero arreglar lo que se vaya rompiendo y, sobre todo, de que puedo hacerlo.

Quizás por eso, porque mi relación conmigo misma ha madurado lo suficiente como para poder volar lejos y sin ayuda, ayer me despedí definitivamente de mi terapeuta de hace ocho años. Los dos estuvimos de acuerdo en que era el momento. Y sin embargo, para mí no fue tarea fácil. No porque me preocupe prescindir de la terapia: estoy más que convencida de que ya no la necesito. Pero ocho años es mucho tiempo y, cuando la persona de la que te despides ha sido una parte tan importante de tu vida, un elemento tan esencial en tu camino para convertirte en la persona que hoy eres, da mucha pena decir adiós. Aunque nos volvamos a ver en otros contextos. Aunque los dos sigamos viviendo en Madrid. Aunque podamos seguir en contacto. Aun así, ayer me sentía exactamente igual que cuando tu mejor amiga se va a vivir a otro país - estás contenta porque vuestras vidas están evolucionando, eres feliz por ella porque está haciendo lo que quiere, pero la sensación de nostalgia y esas ganas de llorar no te las quita nadie.


Por no montarle el numerito en la consulta, y porque realmente no me sentía con fuerzas de decir todo lo que sentía sin llorar, me callé, le abracé y me fui. Y aunque sé que él es consciente de lo que siento porque se lo he dicho muchas veces, también se lo tengo que decir desde este blog porque se lo merece:

Que ha sido la persona que más cosas ha sabido de mí en estos años (más, incluso, que mi propia familia). Que la persona en la que me he convertido existe en gran parte gracias a él y que le estaré eternamente agradecida por haberme ayudado a encontrar mi verdadero yo. Que espero poder ayudar a mis propios pacientes como él me ha ayudado a mí, porque también me ha enseñado a ser mejor terapeuta. Y que sé que no le gustan las muestras de cariño ñoñas, así que le pido perdón por ésta.
Y que le voy a echar de menos. 

jueves, 30 de junio de 2016

EL OLOR DE LOS RECUERDOS


Estoy trabajando como monitora en un campamento de verano. Andaba buscando un trabajillo extra para el verano, ya que en estas fechas el número de pacientes en la consulta baja bastante y no viene mal tener un plan de contingencia. Así que ahora me paso el día rodeada de esos locos bajitos, que diría Serrat.

Siempre me ha gustado trabajar con niños. Aunque no tenga deseos de ser madre, me encanta introducirme por un ratito en ese mundo puro, amoroso y algo extraño, en el que todo importa muchísimo y, sin embargo, nada importa durante demasiado tiempo. Se me llena el corazón de ternura con sus sonrisas pícaras, con sus preguntas, con esos llantos desbordados que enseguida se olvidan y se sustituyen por alegría y risas. Ellos juegan a la vida. Y estar con ellos me hace sentir casi igual de libre y auténtica que cuando estoy sobre el escenario, que es el lugar en el que mi niña interior siempre ha estado más contenta y más reconciliada con mi yo adulto.


Hoy, uno de los niños me ha dicho que tenía que pasarse por su clase (algunos de los niños del campamento van a ese mismo colegio durante el año escolar) para recoger una carpeta que se había dejado ahí. Le he acompañado para que no fuera solo y, cuando hemos abierto la puerta, mis fosas nasales se han llenado de inmediato con un olor que me ha traído tantos recuerdos, y tan llenos de emociones, que me he quedado parada durante unos segundos, incapaz de moverme. Ese olor de aula de colegio: esa mezcla de libros y niños y llantos y esperanza y futuro. El olor de la infancia. De mi infancia.


Volviendo a casa, pensaba en la potencia tan grande que tienen los olores a la hora de retrotraernos al pasado. El olfato es el sentido que con más fuerza nos provoca emociones y sensaciones y, cuando éstas pertenecen a nuestra infancia, esa fuerza se multiplica. Mi profesor de interpretación, la persona que me enseñó prácticamente todo lo que sé sobre el arte al que he dedicado tanto tiempo, ha sido muy importante en mi vida por razones obvias; pero aparte de todo lo que me ha aportado, tengo un recuerdo muy tierno de él... y es que, cada Sábado, cuando llegaba a la escuela para dar clase, olía a mi infancia. Nunca supe identificar con exactitud ese olor, ni sé a qué parte de mi infancia pertenece, pero ese olor me transportaba, cada mañana de Sábado, a ese tiempo en el que aún jugaba a la vida y todo era como el teatro: efímero, intenso y muy bello.

Ahora que empiezo (otra vez) una nueva etapa en mi vida, en la que las cosas van a volver a cambiar (espero que para bien), en la que espero poder disfrutar y llenar mi casa de más gente, más trabajo, más pasiones y más esperanzas que nunca, espero saber acompañar mis experiencias con los mejores olores, para poder revivir todas las alegrías que vengan, durante el resto de mi existencia.

 

martes, 31 de mayo de 2016

CUANDO DUELE


Hace unos días, buscando en el baúl de los recuerdos (ése que ahora guardamos en el disco duro de nuestro ordenador), me encontré con el primer book fotográfico que me hice como actriz. Fue en el año 2004. Desde entonces, han llovido doce años y un montón de otras cosas. Me llamó la atención mi mirada en aquellas fotos. Limpia, inocente y algo infantil. Porque se puede decir que, por aquel entonces, aún no me había pasado nada: no había tenido un gran desamor, ni había perdido a nadie, ni había experimentado la muerte de cerca... y así, una infinidad de cosas que me han pasado en estos doce años y que aquella niña del 2004 quizás entendía a nivel intelectual y abstracto, pero no tenía ni idea de cómo la iban a cambiar una vez que ocurrieran.

No es que quiera recuperar a esa niña de las fotos. No envidio su inocencia. De hecho, la recuerdo como una persona bastante incompleta y débil, llena de complejos y de ideas muy poco realistas sobre la vida. Mi mirada de hoy es algo menos limpia, manchada por la pérdida de la inocencia, por la consciencia de los males de este mundo y por el dolor. El dolor de la pérdida, de la separación, de la traición y de ese naufragio del corazón que es la nostalgia.


La vida duele. Y, por naturaleza, intentamos evitar ese dolor. Nuestro instinto de supervivencia nos hace querer estar bien, encontrarnos a gusto, disfrutar. Pero es obvio que no siempre es posible. Opino que hemos creado una sociedad en la que el dolor está demonizado - no nos gusta mostrar que estamos mal ni tampoco ver que los demás lo están. Las redes sociales han elevado esto a la enésima potencia y, hoy en día, sentimos la presión de mostrar nuestra vida perfecta en ese escaparate que hemos creado para espiarnos los unos a los otros sin parar. Lo más común no es que la gente cuente sus miserias (ésas que absolutamente todos tenemos). Sólo contamos lo bueno. Nos hacemos la foto de rigor y vendemos esa mentira al mundo. Y el mundo la compra.

Pero el dolor está ahí por algo. Si no sintiéramos dolor, tampoco podríamos sentir alegría, alivio, tranquilidad, felicidad. El dolor nos cuenta que nos ha pasado algo, que nuestra vida se ha movido y nos ha sacado del eje. Eso hay que sentirlo y procesarlo para poder seguir adelante. Evitar el dolor, ignorarlo, pretender que la vida sea siempre fácil y placentera nos mantendrá anclados en el mismo lugar hasta que un día explotemos de tanto sentimiento sofocado. El dolor nos avisa de que algo no va bien y nos protege de seguir haciéndonos daño.


Y no estamos solos. El dolor da la oportunidad a otras personas de ayudarnos y de querernos. Dar y recibir ayuda en esos momentos cambia las relaciones y enriquece de una manera que la alegría y la tranquilidad no consiguen. Porque el dolor une.

Por eso, no echo de menos a esa niña de mis fotos. Puede que mi mirada haya cambiado, pero es porque ahora lleva dentro las penas y las alegrías de todo lo que he vivido y, sobre todo, el amor que las ha acompañado. Y eso, jamás se me ocurriría cambiarlo.