domingo, 30 de septiembre de 2018

LA DISCIPLINA DEL CORAZÓN EN CALMA


Mi rutina diaria ha cambiado bastante en las últimas semanas. Hacia finales de verano, tomé la decisión de buscar un trabajo a media jornada, como apoyo económico para complementar mi negocio. Una mezcla de suerte y habilidades hizo que, afortunadamente, no tardara mucho en encontrarlo y ya llevo dos semanas haciendo un trabajo que nunca pensé que disfrutaría y que, sin embargo, me está aportando muchísimo más de lo que esperaba. Desde el principio, se ha mostrado como una buenísima experiencia de vida, un aporte de conocimientos y una forma muy disfrutable de pasar mis mañanas y me siento inmensamente agradecida por haber podido encontrarlo.

Por otro lado, la constante preocupación por el dinero y el estrés que irremediablemente conlleva ser autónomo en verano (uno de los periodos de vacas flacas para la mayoría de nosotros), me hizo decidir retomar mi conexión con prácticas energéticas y espirituales que tenía algo abandonadas. Comencé a practicar Reiki todas las mañanas, a meditar, a mantener mi casa y mi mente en silencio en lugar de llenarlo todo de ruido desde el momento en el que salía de la cama (móvil, música, tele, etc). Cuando comencé mi trabajo por las mañanas, toda esta rutina sufrió, porque no hay tiempo material para todo, pero me estoy asegurando de mantenerla como parte de mi día, ya que realmente me ayuda a mantener el corazón en paz y la mente en quietud.


Claro que no siempre funciona. Para empezar, es necesaria muchísima disciplina para mantener el hábito todos los días. Incluso con algo que nos hace tanto bien, es fácil caer en la vagancia, en la desidia, acomodarnos en otras actividades que requieren menos concentración y menos esfuerzo. Pero es que la paz interior no viene sola. En el mundo loco en el que vivimos, en el ir y venir de nuestras vidas llenas de actividad, de estrés, de preocupaciones y de ruido, quien se mantiene en paz no lo hace por arte de magia. El corazón calmo se trabaja cada día.

Noto muchísima diferencia entre los días en los que practico mi espiritualidad y los días en los que no lo hago. Mi perspectiva con respecto a los obstáculos y baches del camino es completamente distinta. También cambia radicalmente la relación entre mis miedos y mi esperanza. Mi mente se aclara de una forma realmente extraordinaria.  E incluso el tiempo, que suele escapar entre mis dedos como humo, parece ralentizarse... de repente, tengo tiempo para todo, casi como si éste se estirara como chicle para acomodar todas mis actividades.


Cuando más difícil es pensar en sentarse a aquietar la mente y el espíritu, más importante es que lo hagamos. Porque cuando estamos preocupados, cuando tenemos miedo, cuando el futuro se nos presenta lleno de bruma, lo que menos nos apetece a veces es sentarnos a buscar la paz interior. La mente, que se trampea a sí misma todo el tiempo, busca alivio inmediato y radical: comida basura, perderse en programas de televisión sin sentido, alcohol, tabaco, sexo... cualquier cosa que le permita alejarse de esa situación dolorosa y escapar, aunque sea por unos minutos. En esto radican muchas adicciones, muchos casos de sobrepeso/obesidad y muchos otros comportamientos nada saludables tanto para el cuerpo como para la mente.

Pero si somos capaces de tomarnos una pausa, por muy pequeña que sea, de parar unos segundos y reflexionar sobre lo que nos está atormentando, ser conscientes de ello y no huir de la realidad, sino enfrentarla de cara - con el corazón y la mente en calma - el tormento se reducirá de forma radical. Y no solo eso, sino que encontraremos que no necesitamos ponerle una tirita inservible al problema. Que somos muchísimo más fuertes que él. Y muchísimo más capaces de lo que pensábamos para enfrentarlo, pelearlo y superarlo. Sea lo que sea.




domingo, 26 de agosto de 2018

EL CAMINO DE LOS RECUERDOS


He pasado parte de las vacaciones en la playa y la otra en el pueblo de mi madre. Eran unas vacaciones muy necesarias y llegaron en el momento justo para que el estrés y la actividad frenética de este año no llegaran a pasar factura. Decidí desconectar de todo lo tecnológico para reconectar conmigo, con mi paz interior y con mi salud física y emocional, así que avisé a mis pacientes y desconecté el móvil durante dos semanas. En ningún momento lo eché de menos o me sentí tentada de volver a conectarlo. La libertad que siento cuando no tengo que estar pendiente de ese cacharro no se paga con dinero. Me hace replantearme todo y querer no volver a conectarme nunca más a las redes sociales y al número infinito de pings avisando de que tengo un email en la bandeja de entrada.

Lamentablemente, vivimos en un mundo en el que, para un negocio como el mío, la tecnología es cien por cien necesaria y no puedo permitirme renegar de ella. Lo que sí puedo hacer es mejorar mi relación con ella, tomármela con más calma y darme pequeños descansos cada cierto tiempo para no acabar tan quemada. Estoy en ello.


Reducir la tecnología y aumentar el contacto con la naturaleza. Esto es lo que me recuerdan siempre las vacaciones, vaya a donde vaya, pero siempre con más insistencia en el pueblo de mi infancia. Un pueblo que nunca aprecié cuando era una adolescente atrapada a cuarenta kilómetros de Madrid, sin coche y sin transporte público frecuente para moverme con libertad. Ahora, sin embargo, pasear por su parque natural, oír el río correr, sentarme a disfrutar del aire limpio, dormir con un silencio absoluto y despertarme con el canto de los pájaros... son cosas que me devuelven la vida que siento que pierdo en el asfalto de Madrid.

El pueblo es, además, mi retorno al pasado. Este año, más que en otras ocasiones, he sentido el sabor agridulce de ese camino de nostalgia, ese nudo en la garganta que se deshace a base de llanto y carcajadas, esa mezcla de pena por la pérdida de la inocencia, alegría por todo lo vivido y orgullo por el camino recorrido.

Este año, mi retorno al pasado ha venido con fuerza, al igual que el luto por mi padre, que cinco años después me ha golpeado de nuevo, implacable. Convencí a mi madre, a regañadientes, para ordenar el trastero y de ahí salieron cosas hace tiempo olvidadas, recuerdos tan bellos como para enmarcar y otros tan tristes como para volver a enterrarlos en el rincón más oscuro de ese trastero desastroso. Cuando los recuerdos y los sentimientos vienen así, como en huracán, una se siente desnuda hasta de su propia piel, casi insoportablemente vulnerable.

Pero la realidad es que no podemos huir de los recuerdos para siempre. Al fin y al cabo, son parte de nosotros y siempre estarán ahí dentro, acompañándonos, por muy lejos que corramos. Tanto si evitamos afrontar los buenos para evitar la nostalgia y la tristeza por lo perdido, como si huimos de los malos por miedo a desestabilizarnos, estaremos ignorando parte de lo que somos, parte de nuestra esencia, de nuestra realidad.


La vida está llena de éxitos y pérdidas, alegrías, traumas y cuentas pendientes. Las relaciones se resienten, la circunstancias cambian, las personas venimos a este mundo y en algún momento, inevitablemente, lo dejamos. Con un poco de suerte, muchas ganas y trabajo diario, entremedias VIVIMOS; así, en mayúsculas.

De nosotros depende afrontar la vida - con todo lo que conlleva - sin achantarnos.

viernes, 27 de julio de 2018

MUDAR PIEL


Hay ocasiones en la vida en las que una, de repente, sin esperarlo y de forma totalmente radical, cambia. Cuando pasamos por una situación traumática o cuando un solo acontecimiento cambia las circunstancias de nuestra existencia para siempre. Entonces nosotros, consciente o inconscientemente, nos adaptamos. Mudamos piel. Nos convertimos en personas equipadas para lidiar con nuestra nueva situación. Es una ley evolutiva: adaptarse o morir.

Sin embargo, a veces, ese cambio de piel viene de forma gradual. Tan lenta, tan discreta, que ni te das cuenta de que está ocurriendo hasta que un día te miras en el espejo y te das cuenta de que eres una persona distinta. De repente, tus deseos han cambiado. Tus prioridades, también. Tu pasión se ha redireccionado hacia lugares que quizás nunca imaginaste.

Éste ha sido mi caso en los últimos años. No he sido consciente de los cambios que han ido ocurriendo de forma individual, uno a uno, poquito a poco, pero cuando miro atrás, compruebo que no soy la persona que era hace cinco años. Ni siquiera soy la que era hace uno.


Al principio, estos cambios me ponían nerviosa. Me preocupaba haberme convertido en una persona menos apasionada, menos alocada, más seria, más tranquila. En algún momento, sin darme cuenta, el deseo de danzar por las calles de Madrid de madrugada con un hombre maravilloso, besándonos en cada esquina, volviéndonos locos con la belleza de la ciudad, riéndonos hasta no poder más, fue sustituido por el deseo de de cenar con un buen amigo, reírnos hasta no poder más (eso no cambia nunca) e irme a casa con cinco recomendaciones de libros increíbles y una quedada para ir al teatro a ver una obra tan potente y tan bien hecha, que dicen que te cambia la vida.

Me ha costado darme cuenta de que lo que me ha pasado no es una pérdida de pasión, sino mas bien que ésta ha tirado por otro lado. Su camino es completamente distinto al que era. Quizás es la edad. Quizás es la experiencia. O quizás es haberme dado cuenta de lo enriquecedoras que son estas nuevas pasiones, lo completa y llena y feliz que me hacen sentir (no siempre podía decir lo mismo de las anteriores).

Me apasiona lo que he hecho en este último año en el teatro. Me apasiona enseñar. Me apasiona aprender y ayudar a mis pacientes en la consulta. Me apasiona un buen libro, una película excepcional. Me apasiona un plato de comida tan delicioso que casi no puedes creerte que sea de verdad. En estos momentos, me apasiona poco el aspecto físico de las personas y muchísimo las maravillas que pueden conseguir sus mentes. Me siento atraída como un imán hacia la gente que sabe lo que quiere, que crea cosas que aportan belleza a la vida y, sobre todo, que tienden la mano, que escuchan, que quieren ayudar, que se interesan por hacer de este mundo en el que vivimos un lugar mejor.

Ésta es otra piel. Lo más probable es que tampoco ésta dure para siempre y mude y se convierta en otra cosa (espero que más compleja y más llena de matices). Pero ésta es la que tengo ahora mismo.
Y la verdad es que me siento bien dentro de ella.
Creo que me favorece.


sábado, 30 de junio de 2018

LOS LÍMITES DE LA VIDA


Estoy cansada. Ése es un hecho innegable. A estas alturas del año, me encuentro con que necesito desesperadamente tomarme un respiro, pero en estos momentos no veo la luz al final del túnel. He ido tachando cosas de mi lista, una por una, sintiendo cada vez que podré respirar un poco, pero la lista es tan larga y los proyectos y quehaceres se solapan tanto que hasta ahora no ha habido manera. No hay descanso.

Hace un año desde que estuve ingresada en el hospital y, cuando salí, me prometí que me tomaría las cosas con más calma, que me daría tiempo para descansar, que me regalaría tiempo para mí. Sin embargo, creo que éste ha sido el año en el que más ocupada he estado en toda mi vida. Es tonto y facilón decir que no puedo evitarlo. Todos podemos evitar lo que realmente queremos evitar. La verdad es que no he querido dejar de hacer todo lo que he hecho (y sigo haciendo) este año porque todo tiene un propósito muy claro. Y aunque la razón me dice que no todos los propósitos pueden ser míos ni todos los proyectos pueden ser mi responsabilidad, el corazón me lanza hacia ellos por pasión y sin arrepentimiento. No quiero poner límites a mi vida.

Soy consciente de que esto no es recomendable. Ni siquiera realista. La vida está llena de límites. Nuestro cuerpo los tiene. Nuestra mente también. E independientemente de lo resilientes que seamos, ninguno de nosotros tiene fuerza emocional infinita. Nos agotamos. Nos frustramos. Nos derrumbamos. 


Mi pasión y mis ganas para con todas las cosas que tengo entre manos hacen que me levante enseguida y siga caminando. Pero no puedo evitar preguntarme si mi cuerpo acabará rebelándose. La amenaza de una segunda diverticulitis siempre estará presente y yo, que me dedico a una profesión de la rama sanitaria y además soy hipocondríaca (controlada, reformada, pero hipocondríaca al fin y al cabo) no puedo evitar sufrir con cada pinchazo en el abdomen o cada vez que tengo la más mínima sensación de náuseas, por si la diverticulitis - o algo peor - vuelve a atacar.

Otra cosa de la que me he percatado en los últimos tiempos es que mi percepción del paso del tiempo ha cambiado. Puesto que tengo tantas bolas en el aire y mis días requieren de mi atención en tantos ámbitos distintos, el tiempo se ha vuelto escurridizo, más fugaz que nunca. Un día se pasa en un suspiro, las fechas señaladas llegan casi sin que me dé cuenta y los proyectos empiezan y acaban como en un sueño. 

Se me ocurre que éstos también son límites en la vida. Al querer abarcar tanto, pongo límite al disfrute de cada vivencia. Mi sensación general es de estar viviendo al máximo, pero cuando miro atrás hacia todo lo que he hecho este año, siento que habiendo hecho menos, todo estaría menos difuminado. 

No sé si alguna vez encontraré el equilibrio, si sabré encontrar ese lugar perfecto en el que podré vivir más tranquila y descansada sin tener que cortar alas a ninguno de mis deseos y pasiones. Es un trabajo en progreso. 

Mientras tanto, las alegrías y satisfacciones que me dan todos esos deseos y pasiones son el combustible perfecto para seguir caminando. 


jueves, 31 de mayo de 2018

LA DIGNIDAD DE LO AUTÉNTICO


A menudo pienso en lo mucho que ha cambiado mi vida en los últimos años. Ahora, cuando miro atrás y veo la persona que fui, la recuerdo casi como si fuese otra o como si hubiese vivido otra vida completamente separada de la que tengo ahora. Sin embargo, no hay duda de que todo lo que viví en esa otra vida me ha traído hasta aquí y que las habilidades y la experiencia que adquirí en esos años me permiten ahora desarrollar con éxito esta nueva etapa. 
El caso es que todo lo que hacemos, si se hace bien, nos convertirá - como poco - en personas más completas. Y en el mejor de los casos, además de esto, podremos aplicar el aprendizaje a otros aspectos de nuestra vida. Muchas veces me he preguntado por qué dedico tanto tiempo, esfuerzo y energía al teatro, puesto que - desafortunadamente - no me proporciona un medio de vida. Sin embargo, una y otra vez me encuentro a mí misma dedicándole horas y horas, sacrificando tiempo libre, horas de sueño y días de descanso. La mayoría de las veces, me resulta complicado justificarlo, incluso en mi propia mente. ¿Qué me aporta ese afán de perfeccionismo? ¿Qué me da el dedicar tantas horas, tanto esfuerzo y tanta energía a lo que se supone un hobby

La respuesta es que, para mí, el teatro nunca ha sido ni será un hobby. Es verdad que lo hago como una actividad amateur, que no me pagan por ello, que me gano la vida de otra forma. Sin embargo, es demasiado importante para mí como para hacerlo a medias. Me consta que la mayoría de la gente que se dedica a este tipo de teatro lo hace como algo social, una manera de hacer algo que les gusta, quitarse estrés, pasar tiempo con gente afín y pasarlo bien. Para mí, el aspecto social del teatro es secundario y la calidad del trabajo que hago es la prioridad, por encima de todo. La realidad es que esto, en general, no me conduce a relaciones sociales llenas de diversión y risas. En concreto, cuando dirijo una obra, no suelo socializar con mi elenco y nuestra relación, aun estando llena de respeto mutuo y mucho cariño, no suele ser una relación social. 

Pero me he dado cuenta de que, paradójicamente, esas relaciones que formo con los actores a base de trabajo duro son muchísimo más profundas que cualquier relación social que pudiera formar tomando unas copas después de un ensayo. Porque al marcarme un objetivo de calidad profesional en mi trabajo, también les conduzco a ellos hacia esa misma calidad, dándoles la oportunidad de trabajar al máximo de su capacidad, mostrando todo lo que son y todo lo que pueden hacer encima de ese escenario. Y para un actor, hay pocas cosas mejores que ésa, porque le aporta todo un mundo, tanto a nivel profesional como personal.  

Al igual que en el teatro, en otros aspectos de la vida es aplicable la misma premisa: vivir de forma auténtica, dando lo mejor de nosotros en lo que hacemos, para ser mejores y más completos cada día. Se me ocurre que trabajar (y vivir) de esta forma, dignifica. Y que, independientemente de los resultados (que a veces dependen de cosas que están fuera de nuestro control), esa dignidad se queda con nosotros para siempre.

Martin Luther King dijo: Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol. ¿Por qué? Porque lo importante no es el resultado, ni cuánto dure éste. Lo importante es poner lo mejor de nosotros en este mundo, llenarlo de cosas buenas, repletas de corazón, de pasión y de amor. Cada obra de teatro que hacemos, cada niño al que enseñamos, cada cosa que escribimos, cada paciente al que tratamos, cada cliente al que atendemos, cada persona con la que nos encontramos... todos son únicos e irrepetibles. Y, al tratarlos como tal, honramos su existencia... y también la nuestra. Y eso, no tiene precio.









lunes, 30 de abril de 2018

VIVIR ES FÁCIL CON LOS OJOS ABIERTOS


El verano pasado tuve una diverticulitis y estuve ingresada en el hospital durante una semana. Como el estrés fue un factor importante en mi enfermedad, lo que me pasó me hizo abrir los ojos y replantearme muchas cosas. Llamaba (y sigo llamando) a mi estancia en el hospital mi retiro espiritual, porque me hizo parar, reflexionar y recolocar mi vida. Hablé de todo ello en este post.

El problema es que, una vez que salimos del ojo del huracán, cuando ya ha pasado un tiempo y nos volvemos a acomodar en nuestra vida saludable, y los recuerdos de la enfermedad y del hospital se vuelven cada vez más tenues, también acabamos quitando protagonismo a muchas de las cosas que nos propusimos en su momento. No me entendáis mal, yo sigo siendo increíblemente consciente de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos, la posibilidad (siempre presente) de una nueva diverticulitis siempre está ahí y no la olvido... y sigo intentando cuidarme. Pero esa urgencia, ese afán de priorizar mi salud sobre absolutamente todo lo demás, ya no está. 

Me parece que es muy humano todo esto. En cierto modo es un mecanismo de defensa de nuestra propia mente. Sería imposible vivir continuamente conscientes de nuestra propia vulnerabilidad sin volvernos locos. No podemos vivir pensando que en cualquier momento podemos enfermar, porque eso sería morir en vida. Pero tengo la sensación de que ése, precisamente, no es el quid de la cuestión. No se trata de vivir pensando en prevenir una enfermedad, sino mas bien en darnos a nosotros mismos la mejor vida posible. Porque nos la merecemos. Porque nos queremos. Y porque la vida es para vivirla de verdad.


Se me ocurre que vivir es fácil si lo hacemos con los ojos abiertos. Si nos damos cuenta de que nada puede ser más importante que nuestra propia salud física, mental y espiritual. Si aprendemos a decir no. Si desterramos las culpas por cosas que solo nos atormentan a nosotros. Si comprendemos que el dinero no son las personas, ni las experiencias, ni nada de lo esencial... sino simplemente un objeto de trueque que viene y va y que simplemente debemos utilizar para construir una vida que realmente importe. Si entendemos que la mayor liberación es que nos importe un bledo lo que piensen los demás. Si nos mantenemos fieles a lo que somos y alejados de las máscaras y de la falsedad. Si nos mantenemos cerca de lo que amamos y no lo sacrificamos por todos esos debería que usurpan tanto espacio en nuestra existencia.

He aprendido que no se trata de vivir para evitar otra diverticulitis o cualquier otra enfermedad. La realidad es que la mayoría de lo que nos pasa en la vida pasa sin que podamos evitarlo y cuando menos las esperamos. Vivir con miedo a la muerte o a la enfermedad no va a evitar que nos ocurran cosas. De hecho, cuanto menos miedo y preocupación tengamos, más probabilidades de mantenernos sanos tendremos.

En lugar de preocuparnos tanto por espantar los males, preocupémonos por atraer lo bueno. Preguntémonos cada día: si no tuviera nada que perder, si no tuviera miedo, si no pensara en lo que piensan los demás, si no me preocupara tanto por ser perfecta sino por ser, simplemente, feliz... ¿cómo viviría este día? Y después hagamos todo lo posible por vivirlo exactamente de esa manera.

Asegurémonos de vivir cada día como si fuera lo más importante del mundo.
Porque lo es.





jueves, 29 de marzo de 2018

MIS CAMINOS


Cuando era pequeña, me encantaba jugar a que mis muñecas estaban malitas y yo curaba su enfermedad. Cuando crecí un poco, quise ser enfermera y también psicóloga... pero fui una niña demasiado sensible y una adolescente depresiva y mi padre, preocupado por los efectos que podrían tener estos oficios sobre mi salud mental, me disuadió de ambas ideas. Pese a ello, lo cierto es que siempre tuve la vocación de curar los males ajenos y de ayudar a los demás y supongo que por ello, aunque haya tomado el camino largo, he acabado dedicándome a la sanación y a la enseñanza.

En realidad, he sido sanadora desde que curaba a mis muñecas y creo que he sido profesora desde que explicaba las lecciones de Química a mis compañeros del instituto cuando no las entendían. Al mismo tiempo - mientras explicaba las lecciones de Química y pensaba en ser enfermera o psicológa - mi corazón me lanzaba una y otra vez hacia el escenario. Amé el teatro desde que me dieron mi primer papel interpretando a Genghis en un musical sobre Drácula. Tenía trece años y me moría de la vergüenza cada vez que salía a escena. No me podía creer que mi interpretación gustara al público pero la gente habló de ella durante semanas después de que la obra hubiese terminado y, años más tarde, cuando terminé el instituto, había quien me lo seguía mencionando.

No recuerdo cuál fue el proceso exacto desde la vergüenza máxima que sentía al ser el centro de atención en esa obra hasta la completa felicidad que siento hoy en día cada vez que piso un escenario. Pero sea como sea, eso es lo que he sido toda mi vida: sanadora, profesora y actriz.



Y sin embargo éstos no eran los caminos que se habían trazado para mí. El camino de mi éxito se suponía otro, aquél que vino de la mano de mi licenciatura en Ciencias... un éxito que quizás no deseaba pero que mantuve durante casi quince años por necesidad, porque parecía ser lo correcto, por cordura. Nunca me reconocí en el trabajo de esos quince años en la industria farmacéutica, salvo quizás cuando nos llegaban historias de pacientes que habían conseguido curarse con nuestra medicación. Esas historias esporádicas, así como las ocasiones en las que tenía oportunidad de enseñar haciendo presentaciones para los médicos, eran los únicos momentos en los que realmente sentía que hacía algo que merecía la pena.

Era un camino aceptable, respetable y potencialmente perfecto... sin embargo, o era el camino equivocado para mí o yo era la persona equivocada para él. Aun así, creo que era necesario que pasara ese tiempo recorriéndolo para poder llegar a donde estoy ahora.

Mi camino actual no es fácil. Tiene muchos más baches, curvas y cruces que el anterior. Me mareo mucho más, tropiezo muchísimo y me caigo un montón. No faltan los días en los que me sigo planteando si he hecho lo correcto. Me preocupo mucho por mi situación económica. Estoy constantemente ocupada y casi siempre agotada. A veces, lloro. Y cuando un paciente no mejora o cuando un alumno no aprende o cuando un personaje no cobra vida como yo lo había concebido, dudo total y dolorosamente de mis talentos.


Pero es que éste es mi camino. Y después de quince años de sentirme como si estuviera viviendo la vida de otra persona, por fin siento que soy yo. Y cada vez que un paciente mejora o cuando un alumno aprende o cuando un personaje cobra vida exactamente como lo había concebido, siento que todo tiene sentido.

Quién sabe si éste es mi camino definitivo. La vida da millones de vueltas, nos pone todo patas arriba y nos obliga a recolocar todo y empezar de cero. Pero éste es mi camino, ahora. Y pase lo que pase en el futuro, ya sea seguir andando por él o empezar de nuevo por otro, sabré que he sido fiel a mi vocación, a lo que realmente soy.

Y si el día que muera me enseñan lo que he hecho con mi vida y veo a un paciente que ha vivido mejor gracias a mí, a un alumno que ha aprendido algo que yo le he enseñado o a una persona que se ha emocionado, que ha reído, llorado o reflexionado con alguno de mis personajes, podré morir feliz.