miércoles, 15 de junio de 2011

PEQUEÑOS GESTOS DE AMOR


No creo en ninguna religión, pero creo que todas tienen al menos una cosa que nos puede resultar valiosa a todos, seamos creyentes o no. Las distintas religiones siempre me han interesado muchísimo y, siempre que puedo, intento indagar un poco más en cada una de ellas. Lamentablemente, suelo tener mucho menos tiempo del que me gustaría para hacerlo, pero ya he podido descubrir varias cosas que me han encantado y que me han resultado útiles en mi día a día. Una de mis favoritas está en la Biblia, en el libro de Eclesiastés:

3:1 Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol:
3:2 un tiempo para nacer y un tiempo para morir,
un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado,
3:3 un tiempo para matar y un tiempo para curar,
un tiempo para demoler y un tiempo para edificar,
3:4 un tiempo para llorar y un tiempo para reír,
un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar,
3:5 un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas,
un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse,
3:6 un tiempo para buscar y un tiempo para perder,
un tiempo para guardar y un tiempo para tirar,
3:7 un tiempo para rasgar y un tiempo para coser,
un tiempo para callar y un tiempo para hablar,
3:8 un tiempo para amar y un tiempo para odiar,
un tiempo de guerra y un tiempo de paz.


Últimamente pienso mucho en estas palabras, ya que estoy intentando poner en práctica un cambio de actitud ante la vida, cultivar la paciencia, dejar de sentirme tan atrapada en la eterna inmediatez de la vida moderna e intentar no proyectar mis deseos de una manera que ha llegado a ser verdaderamente dañina para mi paz mental y espiritual.

Cuando éramos niños, no entendíamos que no podíamos tener todo lo que queríamos en el mismo instante en el que lo deseábamos. Lo queríamos todo ya. Los adultos de nuestro entorno tuvieron que echarse a la espalda la desagradable tarea de hacernos comprender que no era así (con mayor o menor éxito, dependiendo de las circunstancias). Sin embargo, ahora a nosotros nos ha tocado ser adultos en el mundo de la satisfacción inmediata. En nuestro mundo, todo va a mil por hora. Las nuevas tecnologías hacen que todo ocurra a la vez y en este preciso instante, internet ha hecho que estemos informados de lo que pasa en el mundo a tiempo real y es prácticamente imposible perderle la pista a alguien a menos que ambas partes lo deseen de verdad.

Mientras giramos y giramos, atrapados sin remedio en el remolino de este mundo loco, todo lo que aprendimos de niños se nos olvida y nos metemos de lleno en la vorágine del lo quiero todo y lo quiero ya. Y es que, en el fondo, seguimos siendo unos niños caprichosos.

Nos volvemos impacientes. Nos volvemos egoístas. Pensamos demasiado en lo que no tenemos y demasiado poco en las bendiciones de nuestras vidas. Nos olvidamos de sonreir a los desconocidos y de dar los buenos días creyéndonoslo. Cada vez hacemos menos favores sin esperar nada a cambio y somos tan cínicos que nos cuesta creer que otra persona los haga por nosotros. Somos capaces de gastarnos cientos de euros en FNAC, pero se nos olvida comprar un café caliente para el vagabundo que está sentado en la puerta. Casi siempre nos acordamos de criticar, pero a menudo se nos olvida dar las gracias. Soñamos y hablamos de un mundo mejor, pero a veces, lamentablemente, no nos lo merecemos.

Lo más curioso (y quizás también lo más esperanzador) es que casi siempre actuamos de esta forma sin darnos cuenta, sin ánimo de ser crueles o desconsiderados. Simplemente, estamos demasiado preocupados por el futuro, agobiados por el presente o tristes por el pasado, como para acordarnos de cosas tan nimias como mirar a la cara a la cajera del supermercado y desearle un buen día.

Sin embargo, sé por experiencia que, a veces, son estos pequeños gestos del día a día los que tienen repercusión, los que son capaces de crear un cambio, por muy pequeño que sea. Y sé que todos esos pequeños cambios, uno tras otro, son capaces de crear un efecto mucho más grande a largo plazo: sólo necesitamos un poco de paciencia y mucha perseverancia.

Hace un par de semanas, cuando saqué la ropa de verano, hice limpieza en mi armario y llené nada menos que cuatro bolsas grandes de basura con ropa que ya no me ponía. Decidí donarla a Humana (www.humana-spain.org), pero resulta que no tienen ninguna tienda cerca de mi casa. Como las bolsas pesaban muchísimo y no tengo coche, tuve que coger un taxi. El taxista me preguntó por las bolsas y le conté a dónde iba y para qué. Comenzamos a charlar para matar el tiempo en el atasco de las 6 de la tarde de la calle Alcalá. Unos diez minutos después, el taxista me dijo de pronto: ¿Sabes lo que te digo? Tú vas a donar esta ropa y encima estás pagando un taxi para hacerlo... vamos a hacer la donación entre los dos y te paro el taxímetro. ¿Te parece? Me llevó unos segundos reaccionar ante su amabilidad, pero cuando lo hice se lo agradecí sinceramente y con todo mi entusiasmo. Y es que, en los tiempo que corren (sobre todo para gremios como el de los taxistas) lo que hizo fue uno de esos pequeños milagros que salen del corazón humano cuando menos los esperamos.

No hacen falta grandes cosas para tener una vida mejor, ni para hacer mejor la de los demás. Hay gente que dedica su vida entera a cultivar su espiritualidad o a ayudar a los demás (o a ambas cosas). Pero si no tienes tiempo, dinero o energía para este tipo de cosas, piensa que puedes poner tu granito de arena de mil maneras distintas.

Saluda con ganas. Dile a una amiga que hoy está muy guapa. Ayuda en lo que puedas y cuando puedas. Diles a tus padres que les quieres. Sonríe al coger el teléfono. Abraza. Besa. Empatiza. Tolera. Comprende.

Todos los fundamentos de Reiki comienzan con Sólo por hoy... Con ello, nos lanzan el mensaje de que no hace falta hacer grandes planes para ser mejor: simplemente, trabaja en tu hoy. Con pequeños gestos de Amor, todo puede ser diferente.

Soy una persona utopista... a veces en demasía. Pero no creo estar siéndolo con esto. Creo sinceramente que cada vez que cogemos una mano, cada vez que escuchamos, cada vez que hacemos un regalo espontáneo, sea del tipo que sea, estamos contribuyendo a ese mundo mejor con el que tanto soñamos.

Es totalmente cierto que cada cosa tiene su momento. Si dejamos de vivir con tanta prisa por llegar (¿a dónde?), nos resultará mucho más fácil identificar cada uno de esos momentos y dejar de intentar hacerlo todo a la vez o angustiarnos por lo que estamos viviendo. Y siempre es bueno recordar que, independientemente de lo que estemos viviendo, todo momento es bueno para esos pequeños gestos que crean el regalo de nuestro presente.

martes, 24 de mayo de 2011

NO QUIERO SER ZEN


Hace un par de semanas, tuve un maravilloso (y muy esperado) reencuentro con el Reiki. Hacía más de un año que había completado el curso y la iniciación al Nivel II. Sin embargo, el día a día, todas las actividades que me mantenían ocupada y cierta reticencia a explorar algunas zonas misteriosas de mi propia alma, habían hecho que lo practicara poco durante todos estos meses.

Realicé un esfuerzo consciente por retomarlo, ya que en ningún momento he olvidado lo beneficiosa que ha sido esta práctica para mí y siempre he sabido que la quiero mantener en mi vida. Y efectivamente, tras repetir el Nivel II hace un par de semanas, me he encargado de mantener una práctica regular y lo estoy notando muchísimo.

Siempre me han parecido curiosas las reacciones y la relación de la gente con las prácticas espirituales. Como en todos los aspectos de la vida, hay un poco de todo: la gente que las rechaza sin pensárselo ni un momento, la gente que mantiene una práctica regular, la gente que sólo practica de vez en cuando... y la gente que va de espiritual sin serlo.

Puesto que siempre me han interesado estas prácticas, me he encontrado con todo tipo de personas. Hay muchísimas genuinas y realmente comprometidas con su ideología espiritual: yo he tenido la suerte de poder conocerlas y aprender de ellas. También hay muchas personas farsantes que utilizan estas prácticas de la peor manera posible, para engañar a otros y conseguir dinero u otros beneficios personales, muy alejados de los valores espirituales que predican. E incluso hay ciertas personas que piensan que ser espiritual es una manera de vestir, de comer o de hablar.

Lo que yo he aprendido en los últimos años, es que la espiritualidad no es siempre lo que parece. Desde luego, no tiene nada que ver con una manera de vestir ni de comer. Pero tampoco tiene que ver necesariamente con estar tranquilo todo el tiempo, no inmutarse con casi nada y ser lo que denominaríamos Zen. Ciertamente, la palabra Zen tiene su origen en el Sánscrito Dhyāna, que significa estado meditativo. Mi problema fue que, durante mucho tiempo, engañada por la cultura popular y por mis propias convicciones erróneas, intenté llegar a ese estado meditativo de manera permanente, intenté fluir por la vida como si nada fuera conmigo. Ni qué decir tiene que fue una tarea imposible para una persona como yo, cuyos sentimientos y reacciones salen disparados a borbotones en los momentos menos esperados. Mis sentimientos se desbordan, me vencen y no puedo evitar rendirme a ellos y admitir que eso es lo que hay y que no lo puedo evitar. Finalmente, tras mucho aprendizaje y mucho viaje interior, me di cuenta, lo acepté, me planté y lo dije: "¡No quiero ser Zen!"

El quid de la cuestión era, por supuesto, que estaba malentendiendo el concepto. O más bien, me estaba malentendiendo a mí misma en relación al concepto. La verdad es que algunas de las personas más espirituales que he conocido - aun siendo tremendamente equilibradas - tienen un amplio espectro de reacciones buenas y malas, de sentimientos positivos y negativos, aman la vida pero también se indignan, se enfadan, se ponen nerviosas y hay cosas que realmente les desagradan. Tardé en darme cuenta de que puedo buscar un equilibrio sin necesidad de buscar un estado permanentemente inalterable.

Pienso que la práctica espiritual no tiene por qué estar reñida con la vida terrenal. Estamos en un plano físico, vivimos en un cuerpo con una piel que siente, con unos ojos que ven, con un corazón que se acelera cuando sentimos deseo, que nos duele cuando sufrimos una pérdida y que canta cuando recibimos una alegría. Éste es el regalo que se nos ha concedido, es el verdadero milagro: estamos vivos.

Por lo tanto, que me dejen en paz los predicadores de la ropa Zen, porque no quiero nada con ellos. Y a aquellas personas que han llegado a ese estado permanente de quietud, las respeto totalmente y espero que esta práctica funcione a la perfección para sus vidas... pero no es para mí. Hace tiempo que lo he entendido.

Mi espiritualidad consiste en celebrar mi estado físico y en disfrutar de mi capacidad para sentir y aprender, tanto en cuerpo como en alma. Consiste en trabajar día a día para mantener mi optimismo y mi alegría. Y consiste en ejercitar la gratitud, una y otra vez, todos y cada uno de los días de mi vida.

sábado, 30 de abril de 2011

EL PESO DEL FIRMAMENTO


Me he hecho unas fotos vestida de pin-up. Hacía tiempo que me apetecía, el concepto de pin-up siempre me ha fascinado; me parece sexy, estético, y divertido. La chica pin-up es pícara, traviesa y no se toma a sí misma demasiado en serio y creo que ésta es una gran parte de su atractivo, al menos para mí.


En general, soy una persona optimista, tengo sentido del humor e intento vivir la vida al máximo. La pin-up que hay en mí se parte de la risa con casi todo y le encanta pasárselo bien. La diferencia entre esas chicas que obsesionaron a Gil Elvgren durante décadas y yo, es que ellas viven plasmadas en esas ilustraciones llenas de color, mientras que yo soy una chica real que vive en un mundo real. Como consecuencia, no soy todo color y alegría. Tengo un lado oscuro - muy oscuro - que a veces sale cuando menos lo espero y me vapulea hasta que me deja hecha puré.

A veces odio y temo mi lado oscuro, lo que yo llamo mi Sombra. Vivimos en una sociedad que nos vende la alegría continua, pase lo que pase. Tenemos que ser felices, tenemos que pasarlo bien, tenemos que reírnos. La sociedad no acepta la tristeza y el mal humor. Como dijo Ella Wheeler Wilcox, ríe y el mundo reirá contigo, llora y llorarás solo. Todos tenemos muchos amigos cuando estamos bien... la pregunta es: ¿cuántos de ellos quedan cuando estamos mal? La respuesta es que se pueden contar con los dedos de una mano (y sobran). Como consecuencia de todo esto, solemos rechazar nuestro lado oscuro, lo evitamos, no queremos ni aceptar que existe.

Una de las ocasiones en las que mi Sombra aparece es cuando me pongo enferma. Afortunadamente, soy una persona fuerte y sana y no suelo enfermar. El caso es que siempre he tenido la fantasía de que, si algún día tuviera una enfermedad grave, lo llevaría con entereza y buen humor, como esos personajes tan valientes que veo en las películas. Pero hace poco me di cuenta de que ésta es otra de tantas fantasías que sólo viven en mi cabeza: mi terapeuta insiste en que tengo que empezar a vivir más en el mundo real, olvidarme de tanta fantasía y caerme del guindo de una vez. Estoy en ello, pero me parece que aún me queda mucho camino por recorrer.

La semana pasada cogí uno de esos virus pseudo-gripales, nada graves pero tremendamente molestos, y me pasé toda la Semana Santa en la cama con fiebre y un dolor de cabeza incesante. Me encantaría decir que lo llevé fenomenal, pero lo cierto es que soy una enferma terrible - soy quejica, paranoica e hipocondriaca. Me pasé toda la semana gimiendo de dolor, preocupándome por todas las cosas que no estaba haciendo y planteándome si lo que tenía no era algo gravísimo que iba a acabar matándome. En fin, Dios me libre de tener alguna vez una enfermedad grave.

A lo que iba con todo esto es que, cuando estoy incubando algún virus - y durante el periodo de enfermedad posterior - mi Sombra sale con toda su fuerza y no me deja en paz. Lo veo todo negrísimo, me deprimo y no hay quien me saque de mi pesimismo. Entonces sale mi otro lado, esa persona que no solamente piensa que el mundo es un lugar terrible, sino que en el fondo también piensa que lo tiene que arreglar ella, enterito y sin ayuda de nadie. Lo llamo mi lado Atlas, por el mito griego del titán condenado por Zeus a llevar sobre sus hombros el peso del firmamento para siempre. Afortunadamente, cuando se me pasa la enfermedad, vuelvo a ver la luz y el mundo vuelve a brillar.


Muchas veces desearía que mi Sombra desapareciera para siempre, para poder ser siempre como una de esas maravillosas chicas pin-up de Elvgren. Pero, aunque aún me queda mucho por aprender, ya tengo parte del camino recorrido y me doy cuenta de que hay una razón por la cual esas chicas sólo existen en ilustraciones. Son una utopía, como tantas otras. No son reales. Su existencia es insostenible porque, si la Sombra no fuera una realidad, la Luz tampoco podría serlo.

Durante mi sesión de pin-up, el fotógrafo me dijo: "¿Sabes lo que creo, Parisa? Creo que tú no eres una chica pin-up; más bien, diría que eres una chica burlesque." Creo que tenía razón. Y es que el burlesque está lleno de alegría y de vida, pero también tiene su lado oscuro. Ese mismo lado oscuro que me deja hecha polvo de vez en cuando, pero que es parte de mi realidad.


Como soy una persona de extremos, mi trabajo personal siempre está dirigido a encontrar un equilibrio. Intento aprender que ni soy Atlas, ni soy una chica pin-up. Porque el mundo no es una ilustración de colores, pero tampoco es un trágico mito griego. Sí me atrevería, sin embargo, a decir que es algo parecido a un espectáculo de burlesque: a veces alegre, a veces oscuro e incómodo, pero siempre real y siempre vivo.


Fotos de Luis F. Lorenzo - www.fotospn.com

viernes, 8 de abril de 2011

EL MALO DE LA PELI


Estoy trabajando en una obra de teatro musical llamada The Fantasticks. Es la primera vez que se hace en España, puesto que nunca ha llegado a traducirse al castellano. La primera representación de la obra original fue en Mayo de 1960 y este musical ha sido el más duradero de la historia en el Off-Broadway neoyorquino.

www.thefantasticks.com

Cuando hice el casting para este proyecto aún no conocía la obra, pero durante el proceso de ensayos me fui enamorando de esta dulce alegoría de la vida y de lo brillante que es su mensaje, aun dentro de su sencillez. Esto, unido al hecho de que siempre he sido una fanática de los musicales y de que he tenido la suerte de trabajar con unos compañeros maravillosos, han hecho de esta experiencia algo realmente especial.

Como tantas veces me ha ocurrido con el teatro, lo que estoy aprendiendo va mucho más allá de mi trabajo sobre el escenario. Como siempre, la experiencia teatral me está ofreciendo miles de capas de aprendizaje y evolución personal que estoy descubriendo una a una. Algunas son capas bonitas y agradables, otras no lo son tanto... pero con cada una de ellas, algo importante está cambiando en mí.

Mi personaje en la obra es ambiguo y dicotómico. En principio, es una farandulera venida a menos que no se resigna al hecho de que sus días de gloria pasaron hace mucho tiempo... pero, dentro del loco mundo del musical, evoluciona por vías totalmente inesperadas, abstractas y bastante surrealistas. Me encanta este personaje porque, en un momento de mi vida en el que necesitaba recuperar la ilusión por mi oficio, me ha dado la mayor de las libertades para enloquecer, para jugar, para reírme a carcajadas y dejarme volar.

Pero también me encanta porque, en un momento específico de la obra, saca una personalidad malvada que hasta entonces no se aprecia. Los personajes malvados son caramelos para el actor; creo que nunca encontraréis a un actor a quien no le encante hacer de malo. En este caso, yo tengo la oportunidad de saborear ese caramelo, de ser por un ratito la mala de la peli... y pocas veces he disfrutado tanto con mi trabajo.

El caso es que una de las muchas cosas que he aprendido en el proceso de este proyecto es que las cosas no suelen ser lo que parecen. Nunca sabemos realmente lo que ocurre tras las puertas cerradas de un hogar o en la vida privada de otra persona. A veces lo que nos resulta molesto acaba trayendo una bendición inesperada. A veces la gente que nos hace daño nos está empujando, incoscientemente, a avanzar y a mejorar. Y a veces, el hecho de que viejas sombras del pasado vuelvan a nuestras vidas acaba arrojando luz donde sólo había negra - negrísima - oscuridad. De la misma manera en la que en cada película, libro u obra de teatro hay un malo que crea el llamado nudo argumental y hace que los personajes sufran y aprendan a palos de sus propios errores hasta llegar al desenlace, en la vida real estos personajes también existen y están allí por algo.

Pero al igual que mi personaje en The Fantasticks, la vida no es blanca o negra. Ninguna persona es mala (o buena) siempre, todos tenemos matices y miles de capas y nuestros sentimientos, pensamientos y relaciones nos hacen elegir vías distintas en cada momento de nuestras vidas. Si nos paramos a pensarlo con detenimiento, todos somos, o hemos sido en algún momento, el malo de la peli de alguien. Es inevitable. Nuestra condición humana lo hace inevitable. Hacemos daño, lo queramos o no, y podéis estar seguros de que en algún lugar del mundo, en algún momento de la vida, alguien os ha etiquetado como el malo de su historia.

Supongo que lo realmente importante es entender que, haga lo que haga el malo, seguimos teniendo parte de control sobre lo que nos pasa y que de nosotros depende si nos hacemos pequeños hasta desaparecer de la historia o si, por el contrario, aprovechamos el nudo argumental para aprender, dar un paso hacia delante y seguir buscando - siempre - nuestro final feliz.

The Fantasticks sigue en cartel este fin de semana:
Sábado 9 de Abril a las 21:00
Domingo 10 de Abril a las 20:00
Teatro La Madrilera, Calle Don Felipe, 9 Madrid


www.lamadrilera.com



miércoles, 23 de marzo de 2011

UN ATISBO DE ETERNIDAD


Siempre que fallece un actor, un cantante, o cualquier otro artista al que admiro, se me coloca un nudo enorme en la garganta, el día se me vuelve algo más gris e, inevitablemente, suelto un par de lágrimas. Creo que es porque pienso en todas las maravillas que aún podrían llegar a hacer si siguieran con vida, las cuales ahora quedarán irremediablemente relegadas a ese lugar sin tiempo ni espacio, ese país de "nunca jamás" del arte que existe en mis peores pesadillas.

Hoy ha sido Elizabeth Taylor quien ha dejado este mundo y, por alguna razón que no llego a comprender del todo, su muerte me ha afectado más que la de la mayoría de sus predecesores. Quizás es por su calidad de mito atemporal que ya sedujo a la generación de mis padres antes de hacer lo mismo con la mía. Quizás es porque he tenido la suerte de que algunas personas - demasiado amables y algo fantasiosas - me hayan comparado físicamente con ella en varias ocasiones. Una comparación que no merezco, pero que evidentemente me halaga muchísimo.

O quién sabe, quizás es porque su Gata Sobre el Tejado de Zinc Caliente fue uno de mis referentes cuando estudiaba interpretación. Nunca olvidaré ese trabajo de fin de curso que me permitió ser Maggie por un día, amar a mi Brick con desesperación, subirme una media de liga delante de sus ojos como si le estuviera acariciando y gritarle como si me estuviera rompiendo por dentro. Era mi propia Maggie, distinta a la de Taylor. Vestía ropa interior negra en lugar de blanca y estaba llena de todo el miedo, la imperfección y la desmesurada ilusión de quien está empezando y aún lo tiene todo por aprender. Pero, durante el proceso de creación de ese personaje, vi la película cincuenta veces y cincuenta veces me quedé sin respiración. Cincuenta veces deseé tocar algún día ese estado de gracia en mi trabajo interpretativo. Fue imposible interpretar esa escena de La Gata sin tener a Elizabeth Taylor en la cabeza. Y es que un mito nunca muere.

Hoy he vuelto a acordarme de ese día de fin de curso. Lo recuerdo todo con claridad: los nervios, la expectación, la autoexigencia, las ganas (de salir a escena, de ser mejor, de brillar, de esconderme, de morir de frustración, de vivir para siempre). Lo recuerdo todo como si hubiese ocurrido ayer, pero ocurrió hace casi siete años y, desde entonces hasta ahora, ha llovido mucho.

Entre otras cosas, en este tiempo he llegado a la conclusión de que ese estado de gracia al que pretendía llegar es un oasis, una especie de quimera, una meta que se aleja más y más cuanto más perseguida se siente. El artista no puede perseguir el estado de gracia, porque no le pertenece. El artista sólo puede trabajar duro y abrir su alma a Eso, a eso tan inmenso que es más grande que él, pero de lo que también es parte. Llámalo Dios, Universo, Vida... llámalo como quieras, pero está ahí. Todos lo sabemos porque todos hemos sido testigos de ello en alguna ocasión. Y si el artista tiene la suerte de que esa Luz pase a través de él, durante un solo segundo, durante un ínfimo momento dentro de la eternidad, es un verdadero afortunado.

Elizabeth Gilbert, autora de Comer, Rezar, Amar, dio una charla hace un par de años, mientras escribía la secuela de su libro. Comentaba que las antiguas tribus del Norte de África solían tener reuniones nocturnas en las que se llevaban a cabo bellísimos rituales de danza. Los bailarines eran excepcionales y siempre ofrecían un espectáculo increíble. Pero había veces - muy pocas veces - en las cuales uno de esos bailarines parecía de pronto iluminarse por dentro, en las cuales parecía haber sido tocado por algo más allá de todo entendimiento humano y entraba de pronto en ese casi inalcanzable estado de gracia. Cuando esto ocurría, los miembros de la tribu tocaban palmas y emitían un cántico: "¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!"... es decir, "¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!". Lo que querían decir es que eso que estaba ocurriendo delante de sus ojos...eso, era Dios.

Por cierto, el dato curioso de esta historia es que ese cántico fue traído a España por los invasores árabes y, con el tiempo, se convirtió en "¡Olé! ¡Olé! ¡Olé!". Os suena, ¿verdad?

Claro que siempre existe la otra cara de la moneda: todos esos momentos de duro trabajo que parecen "no llevar a ninguna parte", todo el esfuerzo, la frustración, la siempre acechadora sensación de fracaso. La otra cara de la moneda, según Gilbert, es "el día siguiente" de ese bailarín, cuando se levanta y se da cuenta de que ya no es una manifestación de Dios, sino un ser humano con rodillas permanentemente lesionadas y el cuerpo entero machacado y que, muy probablemente, jamás volverá a tocar ese estado de gracia. Y entonces, ¿qué significado tiene el resto de su vida?

Lo que explica Gilbert en su charla, y lo que yo he aprendido en los siete años que separan ese trabajo de fin de curso de mi yo actual, es que lo único que puede hacer ese bailarín es dar las gracias fervientemente por haber podido experimentar ese ínfimo atisbo de Eternidad y seguir trabajando, sabiendo, sin la más mínima duda, que el hecho de dedicarse a su arte es la máxima expresión humana del Amor.

Así que supongo que por eso me emociono cada vez que muere un artista de verdad. Porque, en mi opinión, todo el que se dedica a su oficio porque le apasiona y da todo de sí mismo en cada trabajo que realiza, es una manifestación de Dios.
Y por ello, cuando deja este mundo, desaparece una pequeña parte de cada uno de nosotros.


Para ver la charla de Elizabeth Gilbert: http://www.youtube.com/watch?v=t7f8X766Dss

lunes, 7 de marzo de 2011

CRUZAR EL CHARCO


Acabo de regresar de un viaje a Connecticut, Estados Unidos, donde he estado visitando a parte de mi familia paterna. Últimamente, suelo bromear diciendo que me estoy dedicando a hacer una "ruta familiar" por el mundo, visitando a todos los familiares a los que hasta ahora no conocía. Comencé en Berlín y seguí en Londres, Colorado y ahora, Connecticut. Hay quien me dice que utilizo cualquier excusa para viajar y tienen toda la razón: cualquier razón es buena para echarme la mochila al hombro y emprender el recorrido, sea largo o corto, a este lado del charco o al otro.

Alguna vez he mencionado que solía usar mis viajes como vía de escape, buscando constantemente ese algo inalcanzable que finalmente resultó estar delante de mis propias narices. Una vez comprendido esto, mis viajes tomaron un matiz diferente. La realidad es que cada camino que emprendo me enseña algo nuevo, cada avión que cojo me lleva en un recorrido que me hace crecer, ser mejor, más completa y más dichosa.


Los viajes de "la ruta familiar" me están enseñando muchas cosas sobre mi familia, me están acercando a mis raíces y me ayudan a comprender muchas cosas sobre el pasado, el presente y también el futuro de esa familia que se desgranó por todo el mundo hace tantos años.

En este viaje, he tenido la oportunidad de conocer a una prima en particular, con quien tengo una conexión muy especial. No nos habíamos visto desde que yo tenía seis años y ella, quince.


Cuando nos volvimos a poner en contacto hace unos meses, descubrimos que somos tremendamente parecidas, que pensamos y sentimos igual con respecto a muchas cosas. Teníamos muchas ganas de conocernos y la realidad de nuestro tiempo juntas fue tan especial como la habíamos imaginado. El tiempo y la distancia desaparecieron y nuestra relación fue, instantáneamente, como la de dos personas que se conocen de toda la vida.


Mi prima y yo nos parecemos tanto en alma, que al vernos juntas la gente adivinaba enseguida que éramos parientes, aunque físicamente no nos parecemos en lo más mínimo. Las dos tenemos la misma risa, a carcajada limpia, sin importarnos lo que piensen los demás, las dos bailamos como si nadie nos estuviera mirando y las dos sentimos el Amor con la misma pasión y profundidad.

El tiempo que he pasado con mi prima y con su hija, así como los ratos de risas, charla, recuerdos y planes de futuro que he pasado con su hermana y la maravillosa familia de ésta, han hecho que este viaje sea de los más especiales que he hecho hasta ahora.


En el avión de vuelta a casa, se me ocurrió que "cruzar el charco" significa muchísimo más que sentarse durante ocho horas en un avión para encontrarse de pronto en el otro lado del mundo. Cruzar el charco es la búsqueda de la identidad, es atreverse a buscar sin saber si te va a gustar lo que encuentras, es invertir tiempo, dinero e ilusión en descubrir nuevos mundos y en redescubrir los viejos, es arriesgarse a expandir los horizontes y buscar siempre algo más.

Dándole vueltas a esta nueva definición de "cruzar el charco" en mi cabeza, también comprendo mejor por qué hay personas que son reticentes a hacerlo, a quienes les cuesta más tomar la decisión. Y es que de la mano de cada viaje físico hay un viaje emocional que no tiene por qué ser fácil, ni agradable.

Aun así, aun con todo el equipaje emocional de mis viajes a cuestas, yo sigo queriendo echarme la mochila al hombro. Porque por cada dificultad en el camino, por cada recuerdo desgradable, por cada intento fallido, he encontrado un nuevo horizonte en el mapa y cien nuevos horizontes en el corazón.

jueves, 10 de febrero de 2011

DECIDO, LUEGO EXISTO


Todas las mañanas, mi perrita Julieta y yo salimos de casa y vamos hasta un parque cercano, donde pasamos aproximadamente una hora paseando y jugando con la pelota. El parque es muy grande y, a esas horas de la mañana, hay bastante gente, la mayoría de paso. Hay padres llevando a sus hijos al colegio, personas mayores dando su primer paseo del día, jóvenes en traje apretando el paso para coger el autobús hasta la oficina e incluso un grupo de personas haciendo Tai-Chi. Y, por supuesto, hay muchos perros paseando con sus dueños. En general nosotros, los dueños, intentamos asegurarnos de no molestar a ninguna de las otras personas, tirando la pelota lejos de ellas, estando pendientes de nuestros perros, etc. Y, en general, no hay problemas.

Sin embargo, siempre me llama la atención que haya personas que pasan por nuestro lado refunfuñando, quejándose por lo bajo del hecho de tener que compartir el espacio del parque con los perros. Aunque respeto la incomodidad o el miedo que puedan sentir hacia estos animales, también se me ocurre que si cada mañana deciden que su camino pase por el parque, deberían ser conscientes de la realidad y atenerse a las consecuencias: en este caso, simplemente, tener que compartir el espacio con los perros.

Éste es un ejemplo muy pequeño de algo muy común en nuestras vidas. Cada día, tomamos decisiones, grandes o pequeñas, triviales o cruciales, buenas o malas... cada momento de la vida es una decisión. Sin embargo, más tarde, no podemos evitar llorar y patalear por las consecuencias de esas decisiones. Echamos la culpa a los demás, nos frustramos y no entendemos qué broma del destino nos ha hecho llegar hasta donde estamos.

La realidad es que, en muchas ocasiones, somos nosotros los únicos responsables de lo que nos pasa. Puede que esto no sea cierto siempre, pero sí lo es con bastante frecuencia. Y aun cuando no somos los responsables, sigue siendo nuestra la tarea de decidir cómo enfrentarnos a lo que vivimos. En suma, la decisión es nuestra.

Cuando comprendemos esto, entendemos también que nuestras circunstancias, muy probablemente, no son tan terribles, porque al fin y al cabo son parte de lo que somos: nosotros las hemos creado. Por lo tanto, siendo consecuentes con lo que somos, no podemos frustrarnos con lo que estamos viviendo. El arrepentimiento, el enfado o la tristeza ya no tienen cabida. Siguen existiendo, por supuesto, porque somos humanos y no robots... pero con esta comprensión, son sentimientos mucho menos fuertes y mucho menos duraderos.

Desde que soy consciente de esto, ha cambiado radicalmente mi forma de vivir mis circunstancias. Yo, como todos, tomo mis decisiones y son mis decisiones las que me han traído a este lugar, a donde estoy ahora; son mis decisiones las que me han convertido en lo que soy, para lo bueno y para lo malo.

Recuerdo que hace algunos años, en otro blog, escribí que es mil veces mejor tomar la decisión de hacer algo, lanzarte y equivocarte, que acobardarte y dejar que el miedo te congele. Sigo creyendo esto, sin lugar a dudas. Algunas de las decisiones que he tomado en la vida me han llevado a lugares oscuros, me han hecho sufrir, he tropezado y he caído cientos de veces... pero no cambiaría ni una sola de esas decisiones. Gracias a ellas soy más fuerte y más poderosa para con mi propia vida.

Y, desde luego, bajo ningún concepto desearía haberlas cambiado por no hacer nada, por el vacío, por la neutralidad de quedarme en mi "zona segura". Creo que, si quieres algo, debes perseguirlo, sin dudas innecesarias y sin cobardía. He aplicado esta regla a todas mis decisiones: desde hacerme un tatuaje hasta hacer las maletas y cruzar el mundo por Amor. Y lo seguiré haciendo. Y viviré las consecuencias como mejor sepa hacerlo.

Porque no es necesario esperar hasta el final de la vida para comprender que casi nada es tan grave o tan importante. Y porque la vida es muchísimo más que el mero hecho de existir.